jueves, 30 de diciembre de 2010

Fiesta de «Santa María, Madre de Dios» - Lc 2,16-21


María, la madre de Jesús, es una mujer sencilla y seguramente por eso es capaz de percibir la profundidad de los designios de Dios, aunque no los entienda plenamente. Es una mujer siempre atenta a la Palabra de Dios: «María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente» La Palabra ilumina su existencia, la conforma: la ha llevado en las entrañas (Jesús es la Palabra de Dios), además de en su corazón; la cuida y alimenta; la presenta a los demás… Es la madre de la Palabra de Dios; es la madre de Dios. Y todo ello vivido con naturalidad, con sencillez, desde la cotidianidad.

En la escena de este evangelio junto a Jesús y María está José, ocupando discretamente un plano secundario. Su fe, su sencillez, su labor callada y necesaria no necesitan más comentarios. Hemos de admirarlo y aprender de él.

«Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído» Ellos han visto y oído la fuerza de la Palabra hecha carne. No han visto ni oído nada «extraordinario» según los parámetros habituales: «encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre» Pero ellos descubren el plan salvífico de Dios. Sólo los sencillos como María, José, los pastores… están capacitados para detectar esa realidad redentora inaugurada con el nacimiento de Jesús.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Fiesta de «La Sagrada Familia: Jesús, María y José» - Mt 2,13-15.19-23


La escena que nos narra el evangelio de hoy, para celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, está muy lejos de un relato idílico. Es la historia de unos padres que deben huir con su hijo pequeño, perseguidos, exiliados a un país extraño. No es la historia de una familia «normal». O quizás sí. Cuantas familias, por desgracia, viven una situación similar. En muchas ocasiones muy cerca de nosotros, aunque para muchos pasen como «invisibles».

Jesús ha querido compartir con nosotros todo, también las situaciones más dolorosas. Y de ello han participado igualmente María y José. Esa primera «iglesia doméstica» no lo tuvo fácil.

Nuestras familias, nuestras comunidades, el discipulado de Jesús no puede vivir de espaldas a estas realidades. La crisis que estamos sufriendo no afecta de la misma manera a todos. Hay quienes ya sufrían dificultades antes de comenzar la crisis y ésta lo que ha hecho es agudizarlo, llevarles en algunos casos a situaciones desesperadas, sin salida. Como seguidores y seguidoras de Jesús somos responsables de aliviar, en la medida de nuestras posibilidades, estas situaciones; de denunciar las estructuras que provocan estas injusticias; de luchar por una sociedad, por un mundo que responda al plan de Dios.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La Natividad del Señor - Lc 2,1-14

Lugar del nacimiento de Jesús

En el evangelio de la eucaristía de medianoche, más conocida como la «Misa del gallo», escuchamos el anuncio del ángel a los pastores: «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo» La «buena noticia» no es para unos cuantos privilegiados, como era lo habitual (también hoy). Es para todo el pueblo. En esto consiste la novedad de la venida de Jesús, de su buena noticia: es para todos, sin excepción.

La señal que les ofrece el enviado de Dios está en la misma línea: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» No es una señal prodigiosa, portentosa o mágica. Es, diríamos, una antiseñal, a los ojos del mundo. Así es la forma de actuar del Dios de la Biblia. Él se manifiesta en lo sencillo, en lo pobre, en lo humilde.

Esta es la primera Navidad. ¿Se parece a la nuestra? Deberíamos revisar cómo vivimos el mensaje de Jesús en nuestras comunidades, cómo lo vivo yo personalmente. Es posible que nos hayamos apartado mucho de su mensaje original.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Domingo IV de Adviento - Mt 1,18-24

Iluminación navideña

En pocos días estaremos celebrando la Navidad. La publicidad ambiental y los medios de comunicación ya nos lo recuerdan y anticipan. Todos estamos convencidos e incluso comentamos que estas fiestas se han convertido en puro consumismo. No obstante, la mayoría de nosotros caemos en la trampa y las vivimos de forma estresante, sucumbiendo a las redes del derroche desenfrenado. Y no siempre tenemos presente cuantos hombres y cuantas mujeres no tienen ni lo imprescindible para llevarse a la boca o para vestirse, han sido desahuciados de sus casas, están en paro varios miembros de su familia y un largo etcétera, en Navidad y siempre.

El evangelio dominical nos narra, de una forma sencilla, cómo Jesús nacerá de María. Ella, junto con José, espera ese nacimiento misterioso, fiándose plenamente de Dios. Más aún, como nos recuerda el narrador, ese niño que María dará a luz «le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»

Éste es el auténtico sentido de la Navidad: Dios quiere estar, quedarse con nosotros, compartir nuestra existencia. Y esto es lo que los cristianos deberíamos celebrar. Dios quiere quedarse con nosotros, también con los marginados de la sociedad, que son sus predilectos. A nosotros nos toca el creérnoslo, el proclamarlo, el vivirlo, el compartirlo. Comencemos a vivir así la Navidad y las cosas cambiarán.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Domingo III de Adviento - Mt 11,2-11


¿Qué esperamos? ¿A quién esperamos? La pregunta que hace Juan Bautista, a través de sus discípulos, sigue siendo actual. Quizás ya hemos perdido el entusiasmo de nuestra primera conversión, o tal vez nunca hemos experimentado ese entusiasmo o no lo recordamos; vivimos un cristianismo mediocre, por costumbre, por inercia que no convence a nadie, ni siquiera a nosotros mismos. Asistimos a la eucaristía dominical esperando que acabe lo antes posible. Nuestro seguimiento de Jesús, nuestra espera de su venida le falta pasión, convicción.

La «Buena noticia» de Jesús transforma a las personas. Hace posible que la vida tenga sentido, que los individuos sean transformados. Es posible ver (estamos ciegos), andar (nos falta apasionamiento), quedar limpio (ganar la partida al mal, al pecado), oír (escuchar y entusiasmarnos con la Palabra de Dios), resucitar (nacer a una nueva vida) y recibir y anunciar a los pobres el Evangelio. ¡Es posible! Es posible con Jesús. Él es el único que esperamos, el único capaz de colmar nuestras expectativas.

Este tiempo de Adviento es una nueva invitación a cambiar de actitud y de vida, a apuntarnos a seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias. Sólo así seremos felices, sólo así nuestra existencia tendrá sentido.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Fiesta de «La Inmaculada Concepción de María» - Lc 1,26-38


«Para Dios nada es imposible» Esta respuesta del ángel a María, en el evangelio de hoy, puede tener varias lecturas posibles. Una de ellas podría ser: Dios lo puede todo, puede con su sola palabra cambiar todas las cosas, solucionar todos los problemas, variar los acontecimientos del mundo y de la historia, acabar definitivamente con el mal en el mundo. En cuantas ocasiones nuestra oración busca la respuesta de un dios así. Y cuando ese dios no nos responde como a nosotros se nos antoja, nos revelamos o le negamos. Pero, ¿el Dios de Jesús y de María y de las primeras comunidades cristianas es ese dios?

La lectura que hace el evangelista, y también María, de la afirmación «para Dios nada es imposible» es diferente. Dios cuenta con nosotros para ejecutar su plan de amor en el mundo. Quiso depender de María, de su sí. Como quiere depender en tantísimos momentos de nuestra respuesta personal y comunitaria. Su forma de actuar es normalmente así, a través de nosotros débiles seres humanos. Aunque, eso sí, contamos con Él; siempre está a nuestro lado, como lo estuvo al lado de María: con Él lo podemos todo. Nuestra confianza es que para Él «nada es imposible», pero curiosamente, sólo será posible a través nuestro.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Domingo II de Adviento - Mt 3,1-12

El Jordán, donde desarrolló su labor Juan Bautista

El Adviento es un tiempo de conversión. Nos lo recuerda el evangelio de este domingo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» Juan Bautista insta a sus oyentes: «convertíos», en imperativo. Literalmente, la expresión que encontramos en el texto significa: «cambiad de mente» Es una llamada imperiosa a cambiar de manera de pensar. Estamos tan acostumbrados a escuchar los textos evangélicos, a oír las demandas a la conversión que este Adviento puede pasar en nuestras vidas y en nuestras comunidades como uno más, sin que ello signifique el más leve cambio.

Pero Jesús vendrá, quiere hacer morada en nuestras vidas, en nuestras comunidades, en el mundo. Sólo es posible percibir su llegada y su mensaje cambiando de forma de pensar y de vivir.

No es suficiente con ser una persona religiosa de siempre, por costumbre, que no hace mal a nadie, que va a misa cada domingo, que reza, etc. Se hace imprescindible cambiar de mente, de corazón, de vida. El mensaje de Jesús es exigente y no admite componendas. Cuando hay tantos hombres y mujeres que sufren; cuando aún el mal en el mundo tiene una importante carta de ciudadanía; cuando los valores que imperan es el disfrutar a costa de lo que sea, el vivir el momento presente, el que cada cual resuelva sus problemas…, no sirve cualquier religiosidad. Hay que cambiar y actuar.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Domingo I de Adviento - Mt 24,37-44


Inauguramos un nuevo año litúrgico, con el inicio del Adviento. Este tiempo fuerte litúrgico nos prepara a la llegada de Jesús, en la Navidad; aunque también sugiere la espera de su segunda venida al fin de los tiempos, de la Parusía.

El mensaje del evangelio es «estad preparados», «estad en vela». En ambas recomendaciones hay una llamada a no aletargarse, a no dormirse, a estar en vigilia. Todo lo contrario a una actitud pasiva ante la realidad que nos envuelve. Nosotros, seguidores de Jesús tenemos la responsabilidad de que este mundo sea más justo, de luchar para que sea respetada la dignidad de cada persona, de que el plan original de amor de Dios cada vez sea una realidad más palpable, de que nuestras comunidades eclesiales sean más acogedoras, de ser una comunidad de amor constatable… No podemos dormirnos, hemos de estar en vela, la labor por hacer es mucha.

No es una llamada a un activismo estresante, nada más lejos. Pero sí a tomar conciencia de nuestra responsabilidad en conseguir una realidad distinta a la que tantos hombres y mujeres están sufriendo. Las posturas aburguesadas, de «pancha contenta», de no complicarse la vida no se corresponden a la de un seguidor de Jesús.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Jesucristo, rey del universo - Lc 23,35-43


La festividad de hoy de Jesucristo, rey del universo cierra el año litúrgico. El domingo que viene ya comenzamos el tiempo de Adviento y un nuevo ciclo, el A.

Hoy la liturgia nos invita a escuchar, leer y meditar la escena de Jesús en la cruz, recibiendo las burlas e insultos de las autoridades, de los soldados e incluso de uno de los malhechores que comparte su mismo suplicio. Éste es Jesucristo, rey del universo. Así está escrito sobre la cruz, en las tres lenguas oficiales en Israel, para que no pase desapercibido para nadie: «Éste es el rey de los judíos.» Resulta grotesco. Pero, esta es la forma de Jesús de manifestar su poder y su reinado, desde el sufrimiento y la cruz, desde el servicio a los demás hasta las últimas consecuencias, desde la búsqueda exclusiva de la voluntad del Padre. Así es el reinado de Jesús.

La comunidad eclesial, cada uno de los discípulos y discípulas de Jesús hemos de hacer un examen de conciencia de nuestra forma de entender la autoridad o las diversas responsabilidades que asumimos eclesial o socialmente. El ejemplo de Jesús no es una opción entre otras, es la única alternativa posible para sus seguidores. Si buscamos poder, prestigio, fama, subir en el escalafón… es muy humano, pero no es el estilo de Jesús.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La Palabra del Señor permanece para siempre

«La Palabra del Señor permanece para siempre» (1Pe 1,25). Con estas palabras comienza la reciente exhortación apostólica postsinodal sobre la «Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia» Verbum Domini. El documento papal responde y recoge las conclusiones del último Sínodo ordinario de los Obispos, celebrado en el Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008. Tanto el Sínodo como este documento señalan la necesidad de que sea reconocida en toda la comunidad cristiana la importancia y centralidad de la Palabra de Dios, y quiere mantenerse en la línea que marcó principalmente la Constitución Dei Verbum, del concilio Vaticano II, subrayando que «la comunidad eclesial crece también hoy en la escucha, en la celebración y en el estudio de la Palabra de Dios» (n. 3).

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jueves, 11 de noviembre de 2010

Domingo XXXIII del tiempo ordinario - Lc 21,5-19


El lenguaje apocalíptico del evangelio de este domingo nos puede llevar a confusión, a pensar que lo que en él se narra nada tiene que ver con nosotros.

La apocalíptica bíblica, tanto la del Antiguo como la del Nuevo Testamento, nació en momentos de opresión, de injusticia generalizada, de persecución. El mensaje de Jesús, por contraposición, es de esperanza y de resistencia. Y la esperanza siempre es actual. El mal y la injusticia no tienen la última palabra, aunque parezca que tienen mucha fuerza. El plan de Dios, que proclama Jesús, es de salvación, y su Palabra no falla. Por consiguiente no cabe ni el derrotismo ni la resignación. Muchos hermanos nuestros, incluso actualmente, para los que vivir su fe y los valores del Reino no resulta precisamente fácil, lo saben muy bien. Algunos lo han pagado con la vida.

Nosotros como comunidad eclesial, como discipulado de Jesús también nos toca proclamar este mensaje de esperanza, de resistencia, de denuncia. En nuestra sociedad, e incluso en algunas ocasiones también en la iglesia, hay muchas situaciones injustas que se apartan del plan original, salvífico de Dios. Tenemos la misión de ser «profetas» (voz de Dios) frente a estas realidades: «yo os daré palabras y sabiduría –dice Jesús– a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro» Aunque esto nos traiga contrariedades e incomprensiones.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Domingo XXXII del tiempo ordinario - Lc 20,27-38


«No es Dios de muertos, sino de vivos» Esta aseveración de Jesús nos llena de esperanza. El Dios de Jesús es el Dios de la vida. La muerte no es el fin de todo. Es el inicio de una nueva etapa, de la etapa definitiva. Pero, ¿estamos plenamente convencidos de ello? En cuantas ocasiones vivimos como si no creyésemos en la vida eterna, de forma similar a como lo hacían los saduceos en tiempos de Jesús.

Nuestra esperanza en la otra vida, en la definitiva, no es una anestesia adormecedora frente a nuestras obligaciones en este mundo. Todo lo contrario. Estamos convencidos que la plenitud del amor, de la vida, de la libertad, de la felicidad… sólo será posible después de la muerte, pero al mismo tiempo, fieles al mensaje de Jesús, estamos persuadidos que es aquí y ahora donde debemos empezar a construirlo. La realidad del «Reino de Dios» o «Reino de los cielos» ha comenzado ya, con Jesús. Y, nosotros, sus discípulos y discípulas tenemos la responsabilidad de hacerlo presente, de contribuir a que no sea una utopía irrealizable, sino una realidad palpable, constatable.

El «venga a nosotros tu Reino», del «Padrenuestro», es plegaria, pero también es compromiso para la comunidad eclesial, para todo cristiano. Trabajar para que las relaciones humanas apunten a una comunidad de amor ha de ser nuestro empeño prioritario. No hemos de esperar a la otra vida, precisamente porque creemos en la otra vida.

martes, 2 de noviembre de 2010

Fiesta de «Todos los fieles difuntos» - Jn 14,1-6


La Iglesia católica sitúa la fiesta de los fieles difuntos inmediatamente después de la de todos los santos. De hecho es costumbre popular comenzar a visitar los cementerios en la fiesta de ayer, aprovechando que es un día festivo, no laboral. De manera que nuestros difuntos son ya vistos, en la conciencia popular, formando parte de la lista de los que están anotados en el «Libro de la vida». Esa es nuestra esperanza y en esa línea se insertan nuestras oraciones por los difuntos en general y por los más cercanos –familiares y amigos– en particular. Nos fiamos de la palabra de Jesús, que afirma que «en la casa de mi Padre hay muchas estancias»

Aunque lo central del mensaje de Jesús, en el evangelio de hoy, es su afirmación tajante: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» Él es la auténtica vida, la definitiva, la que no se acaba nunca. Esa es nuestra convicción más profunda. Pero previamente he de entender que Él es el camino, el camino de la verdad. De la verdad de mi vida, para que mi existencia tenga sentido. El camino de Jesús no es una opción más en mi vida creyente, en nuestro quehacer comunitario, eclesial. El camino que escogió Jesús, su opción por los más necesitados, su apuesta por los valores del Reino, su compromiso por la fraternidad universal no es una elección entre muchas posibles, es la elección, es el camino. Jesús no es «un» camino entre otros para nosotros creyentes en Jesús, es «el» camino.

domingo, 31 de octubre de 2010

Fiesta de «Todos los Santos» - Mt 5,1-12a


El inicio del llamado «Sermón de la montaña», en el evangelio de Mateo, la liturgia lo identifica (en los tres ciclos litúrgicos) con la «Fiesta de todos los santos». No es casualidad esta identificación. Los santos son todos aquellos que ya están disfrutando plenamente del amor de Dios y, por consiguiente, son los totalmente bienaventurados, los colmadamente felices. Utilizo los superlativos (plenamente, totalmente y colmadamente) para subrayar que la felicidad completa pertenece a la realidad escatológica. Pero, ¿hemos de esperar a la otra vida para verificar que los pobres o los que sufren, los empeñados en hacer un mundo mejor, los constructores de la paz, los comprometidos en la construcción del Reino de Dios… comiencen a vislumbrar que sus sufrimientos y esfuerzos no son vanos, a gustar de la felicidad?
Las «bienaventuranzas» van acompañadas de verbos la mayoría de ellas en futuro, pero curiosamente tanto la primera como la última rompen este esquema, están en presente: «de ellos es el reino de los cielos». El evangelio quiere comprometer a la comunidad cristiana (a la de entonces y a la de ahora) a cambiar la realidad que le rodea: es posible que los felices comiencen a ser los que ahora padecen privaciones o sufrimientos. El seguidor de Jesús –el hambriento y sediento de justicia, el misericordioso, el limpio de corazón, el constructor de la paz, el perseguido por hacer presente el Reino–, aunque sepa que su plenitud no podrá alcanzarla en este mundo, ya está empeñado en hacerlo factible, aquí y ahora.

jueves, 28 de octubre de 2010

Domingo XXXI del tiempo ordinario - Lc 19,1-10


Hoy el protagonista, de la narración del evangelio, es un pecador, una de aquellas personas no recomendables socialmente, a las que se acerca Jesús. El Reino de Dios no es privilegio de unos pocos, está abierto a todos y a todas.
 
Zaqueo entra en escena presentado como «jefe de publicanos y rico»; una forma de decir que se había enriquecido gracias a su puesto privilegiado, al servicio del dominador romano. Desde la perspectiva de sus conciudadanos un ladrón y un traidor. Pero Jesús «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» Su perspectiva es inclusiva, no excluyente. Todos tienen cabida en la comunidad de Jesús, en el Reino de Dios.
 
No todos ven las cosas como Jesús: «todos murmuraban» Hemos de examinar cuál es nuestra actitud ante los que se acercan a nosotros, a la Iglesia. ¿Cómo vivimos la acogida eclesial?
 
Podemos caer en diversas formas de pre-juicios, de juicios previos, y negar la posibilidad del encuentro gozoso de tantas personas con Jesús. Cuanto bien podemos encontrar en «los otros», los que no son de los nuestros, si somos capaces de mirar –como Jesús– con una mirada limpia, abierta.
 
La actitud de Zaqueo, a partir de su encuentro con Jesús, es un ejemplo de lo que puede cambiar una persona. ¿Nuestra vida ha cambiado, somos más generosos, hemos aprendido a compartir… después de encontrarnos con Jesús?

jueves, 21 de octubre de 2010

Domingo XXX del tiempo ordinario - Lc 18,9-14


Lucas continúa con el tema de la oración, a través de otra parábola de Jesús. En esta ocasión los personajes del relato son un fariseo y un publicano; es decir, un hombre religioso y otro señalado públicamente como pecador.
 
El cumplidor se siente satisfecho consigo mismo, con sus obras, con su piedad; cómo no va a ser así: él es una buena persona, respetable y religiosa; no como otros. Dios debe estar contento con él. En cambio, el pecador se considera indigno de acercarse a Dios, no es merecedor de su perdón y, por eso, lo implora. Su vida deja mucho que desear, incluso se siente incapaz de cambiar; pero pide perdón insistentemente a Dios. La justificación, el perdón de Dios, la salvación –afirma Jesús– llegará al segundo y no al primero.
 
La salvación, el perdón es gracia, es un don de Dios. Nadie es merecedor de ella. No podemos pensar que la merecemos, que Dios nos la debe. Dios no nos debe nada y podemos encontrarnos sin nada. Sólo quien es capaz de sentirse necesitado de Dios, de su perdón, de su salvación es capaz de entender esta parábola.

jueves, 14 de octubre de 2010

Domingo XXIX del tiempo ordinario - Lc 18,1-8


El tema nuclear del evangelio de hoy es la oración y su relación con la fe. Para ello Jesús se valdrá de una parábola un tanto extraña. Compara a un juez inicuo con Dios. El símil tiene su razón de ser en acentuar el contraste. Si un juez injusto acaba atendiendo la solicitud de una mujer viuda, más por su insistencia que por amor a la justicia, cuanto más lo hará Dios, suma justicia e ilimitado amor.
 
La narración quiere subrayar cómo Dios escucha siempre nuestras plegarias; más aún, no «puede» dejar de atenderlas. El Dios que nos presenta Jesús es un Padre todo amor, incapaz de olvidarse de sus hijos, atento continuamente a nuestras necesidades, en espera continua de nuestras peticiones. Es un Padre que se deleita escuchando y complaciendo a sus hijos e hijas.
 
Pero el relato también señala la necesidad de la fe. La pregunta del final de la narración, «¿encontrará esta fe en la tierra?», es un toque de atención a la comunidad creyente. ¿Somos capaces de entender a Dios así? ¿Nuestra oración nace de la fe y confianza en un Padre amoroso? ¿Confiamos en la acción de Dios o ya nos consideramos autosuficientes? ¿Sólo nos fiamos de nuestros medios y nuestros métodos o dejamos algo en manos de la Providencia?

jueves, 7 de octubre de 2010

Domingo XXVIII del tiempo ordinario - Lc 17, 11-19


El evangelista quiere seguir contándonos en qué consiste la fe. En esta ocasión aprovechará una escena de la vida de Jesús: el encuentro con diez leprosos que son curados por Jesús. Pero la sanación no ocurre inmediatamente, sino después de enviarles a los sacerdotes.
 
Si el domingo pasado el acento estaba puesto en el servicio humilde al plan salvífico de Dios, hoy es el de la gratuidad. Como ocurre con cierta frecuencia en las escenas evangélicas (y también en las parábolas) quien muestra mejor su fe traducida en obras no es el creyente sino el extranjero, el hereje: un samaritano.
 
El mensaje de Jesús rompe muchos moldes, también los religiosos. Los otros nueve, creyentes judíos, sólo se preocupan de cumplir lo que está prescrito, lo que está mandado. Pero les falta amor. En cambio el samaritano que no sabe de cumplimientos pero sí de gratitud y de estima vuelve «para dar gloria a Dios» que se ha manifestado en Jesús. Éste –afirmará Jesús– sí que tiene auténtica fe, sí que es idóneo para participar de la «Buena nueva» del Reino.
 
Nuestras comunidades eclesiales, cada uno de nosotros creyentes hemos de revisar qué es lo prioritario en nuestras vidas, cómo entendemos y vivimos nuestra fe. La gratitud, el servicio, el amor es lo fundamental. No significa abandonar el resto de cosas, sino de priorizar.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Domingo XXVII del tiempo ordinario - Lc 17,5-10


Los discípulos piden a Jesús que les aumente la fe y, por segunda vez en el evangelio, el Maestro utilizará la metáfora del «grano de mostaza» La primera fue una parábola para explicarles cómo es el Reino de Dios (Lc 13,18-19); ahora es para hablarles de la fe. En ambos casos los discípulos esperan grandezas, pero Jesús les habla de lo pequeño, de lo sencillo. Las «grandezas» en la «Buena noticia» de Jesús, en el Reino de Dios sólo son posibles desde la humildad, desde la pequeñez, desde el servicio.
 
Por ello inmediatamente el Señor les habla de ser «pobres siervos», indicándoles que la auténtica fe se manifiesta en la disponibilidad a poner por obra, a hacer propio el plan salvífico de Dios; en ser fieles a su plan original para cada persona y para la Humanidad en general. Y todo ello sin aires de gloria. Es lo que nos toca hacer; es la respuesta al don de la fe; es lo que hará posible que las cosas cambien, que el mundo sea más justo, que sea respetada la dignidad de todos y de todas.
 
La fe no consiste en creer en una lista de cosas, sino en fiarse de Jesús, en aceptar y llevar a la práctica su plan salvífico, en ser fieles a su mensaje de amor. El mejor comentario a este pasaje nos vendrá de la mano de Pablo de Tarso: «si tengo tanta fe como para mover montañas, pero no tengo amor, nada soy.» (1Cor 13,2)

jueves, 23 de septiembre de 2010

Domingo XXVI del tiempo ordinario - Lc 16,19-31

Continúa el tema del uso de los bienes terrenos que hemos recibido para administrarlos; en esta ocasión es a través de una parábola de Jesús que nos narra la historia de un hombre que nada en la abundancia y de un mendigo enfermo y hambriento, ignorado por el primero.

Curiosamente del primero, del rico, el evangelista no nos proporciona el nombre. El narrador quiere que cada uno de nosotros le pongamos un nombre, el nuestro; que nos paremos a pensar en cuántas ocasiones hemos actuado de forma similar al personaje de la historia: despreocupándonos de las necesidades del prójimo; «pasando» de tantas situaciones de injusticia, de sufrimiento, de dolor de los demás; ignorando que el otro, la otra son hijos de Dios, son mis hermanos.

En cambio el mendigo, el menesteroso sí tiene nombre: Lázaro. El pobre, el necesitado, el hambriento, el «pisoteado» por las circunstancias de la vida y de la sociedad… tiene un rostro, tiene un nombre, tiene una dignidad. No son personas anónimas: tienen una vida, una familia, unas circunstancias; son personas; son «hijos de Dios». Nuestra desidia, nuestra escasa o nula preocupación, no significa que sea menos digno que tú, que yo, que nosotros. La «Buena noticia» de Jesús es que ellos son los elegidos, los primeros, los escogidos para el Reino de Dios, los más dignos. Se impone un examen de conciencia personal, social, eclesial de nuestras actitudes, de nuestras prioridades, de nuestra existencia.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Domingo XXV del tiempo ordinario - Lc 16,1-13

El evangelio de este domingo nos recuerda que todos los bienes que hemos recibido no son exclusivamente para provecho propio. Todos los bienes de la tierra, antes que nada, tienen una función social, están al servicio del bien común. El derecho a la propiedad está subordinado al bien común. Este es una enseñanza que se fundamenta en la Palabra de Dios y de la que se han hecho eco tanto la Patrística como la mayoría de encíclicas sociales de los últimos Papas.

En este sentido siguen siendo actuales las palabras de san Basilio (s. IV): «Si cada cual asumiera solamente lo necesario para su sustento, dejando lo superfluo para el que se halla en la indigencia, no habría ricos ni pobres… Te has convertido en explotador al apropiarte de los bienes que recibiste para administrarlos. El pan que te reservas pertenece al hambriento; al desnudo los vestidos que conservas en tus armarios; al descalzo, el calzado que se apolilla en tu casa; al menesterosa, el dinero que escondes en tus arcas. Así, pues, cometes tantas injusticias cuantos son los hombres a quienes podías haber socorrido» (PG 31,276).

El mensaje de Jesús es claro y contundente: «No podéis servir a Dios y al dinero»

jueves, 9 de septiembre de 2010

Domingo XXIV del tiempo ordinario - Lc 15,1-32

Hoy, la liturgia dominical, nos brinda la oportunidad de meditar las tres parábolas sobre el amor misericordioso de Dios, que encontramos en el capítulo 15 del evangelio de Lucas.

Este amor de Dios es comparado con un pastor que pierde una oveja de su rebaño y sale a buscarla, y cuando la encuentra le invade una alegría inmensa que siente necesidad de compartirla con los demás. De igual manera ocurre cuando una mujer pierde una moneda y la busca diligentemente; al encontrarla se llena de gozo e igual que el pastor de la primera parábola lo hace partícipe a sus íntimas. En los dos casos Jesús afirma que la misma alegría habrá en el cielo por la vuelta de un pecador. El evangelista quiere que tanto hombres como mujeres participen de la experiencia de un Dios que es todo amor; solidario con todas nuestras necesidades; que nunca nos abandona, aunque nosotros sí lo hagamos; que nos busca y se alegra cuando volvemos a Él.

En la misma línea se sitúa la tercera parábola de un padre que nos ama aunque le rechacemos, aunque le neguemos, aunque le ignoremos. Siempre dispuesto a salir corriendo a nuestro encuentro, abrazarnos y besarnos. También cuando hemos hecho de la religión un cumplimiento frío, olvidando que Dios es nuestro Padre y el otro siempre es mi hermano.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Domingo XXIII del tiempo ordinario - Lc 14,25-33

La primera impresión a que llegamos, al leer – escuchar el evangelio de este domingo, es que Jesús es muy exigente, quizás demasiado, nos parece. Nos invita a posponer padre, madre, esposa, hijos y resto de la familia a Él; incluso su petición de llevar la cruz como condición necesaria para ser su discípulo no resulta muy atrayente, al menos a primera vista. Hoy diríamos que el «marketing» que utiliza «vende» poco.

Quizás nos hemos acostumbrado a un cristianismo «descafeinado», «light» y todo lo que nos suena a renuncia, a cruz nos provoca desasosiego. Pero el mensaje de Jesús es exigente. El ser discípulo de Jesús implica una manera de pensar, de ser y de vivir.

Cualquier opción en nuestra vida, incluso el no tomar ninguna decisión, implica una renuncia a algo, a todo lo que es distinto u opuesto a mi elección. El no elegir también significa renunciar a lo que puedo optar.

La «Buena noticia» de Jesús implica una opción fundamental, una elección en la que implico toda mi existencia, por eso es fundamental. Jesús, en el evangelio de hoy, nos está recordando que elegirlo a Él significa que todo en nuestra vida esta condicionado a esa elección: mi familia, mis amistades, mis proyectos, mi vida… Y eso es lo mejor posible para mi familia, mis amistades, mis proyectos y mi vida. Lo que pasa es que no acabamos de creernoslo.

jueves, 26 de agosto de 2010

Domingo XXII del tiempo ordinario - Lc 14,1.7-14

La primera razón, que nos propone Jesús, para no ocupar los primeros puestos, es divertida y curiosa: para no hacer el ridículo. Esa motivación somos todos capaces de entenderla; la sensación de estar haciendo el ridículo es una experiencia enojosa. Parece que nos está diciendo: al menos por no sentirte avergonzado, no vayas de fantasma por la vida; no te crees mejor o superior a nadie; no busques la palmadita en la espalda…, que tienes todos los números para que alguien te baje de la nube o te pegues un batacazo.

Y continúa Jesús con el tema de los banquetes y eventos similares. Ahora dice que no invitemos a familia, amigos y conocidos, si no a los marginados de la sociedad. ¡Qué cosas más extrañas nos sugiere el Maestro!

Pero es que Jesús está hablando del Reino de Dios, que Él ya ha inaugurado. Y en este Reino los primeros, los privilegiados no son los que se creen los mejores económica, intelectual o religiosamente, o por su parcela de poder. Tampoco privilegia a los más cercanos por lazos familiares o de amistad. Los realmente importantes son los últimos, los marginados, los humildes, lo que no cuentan para nada ni para nadie. Y nos enseña a sus discípulos y discípulas cuáles deben ser nuestras prioridades.

jueves, 19 de agosto de 2010

Domingo XXI del tiempo ordinario - Lc 13,22-30


Tengo mis dudas de que entre nosotros se plantee esta pregunta que le hacen a Jesús, en el evangelio de este domingo: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Y, aún así, creo que la pregunta y, sobre todo, la respuesta de Jesús son muy actuales. Hemos de leer, de escuchar atentamente las palabras de Jesús, tanto personal como comunitariamente.

La primera parte de la respuesta del Señor habla de esfuerzo y de la puerta estrecha. Con frecuencia hemos «dibujado» un cristianismo demasiado light. Un anuncio de una bebida refrescante afirma: «con pocas calorías y sin azúcar» A la Buena Noticia de Jesús no se le pueden poner estas etiquetas. Estoy convencido que este mensaje es «lo más natural del mundo», para seguir con el lenguaje publicitario; pero esto no significa que podamos desvirtuarlo rebajando su esfuerzo, su dificultad, su dosis irrenunciable de cruz. La vida, la predicación, la pasión, muerte y resurrección de Jesús es el ejemplo.

Aunque será en la segunda parte de su respuesta donde Jesús clarificará de qué está hablando. Cuantos de los que se creen (nos creemos) personas religiosas, gentes de Iglesia, seguidores de Jesús… deberían (deberíamos) tener presente las duras palabras de Jesús: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados»
No es cuestión de volver a un cristianismo oscuro fundamentado en el miedo; pero sí de tomarnos en serio ¿qué implica en nuestras vidas el seguimiento de Jesús?; ¿qué significa, a nivel existencial, haber optado por el Evangelio, por los valores del Reino de Dios?

jueves, 12 de agosto de 2010

La Asunción de la Virgen María - Lc 1,39-56

El evangelio elegido para la festividad de este domingo, la «Asunción de la Virgen María», es el del encuentro de dos mujeres extraordinarias, María e Isabel, ambas embarazadas. Es un encuentro de dos personas de una fe profunda y comprometida. Isabel sabe reconocer en María la acción de Dios –de hecho, ella ha experimentado también esta acción transformadora– y bendice a su parienta por el Hijo que lleva en las entrañas, pero también por su fe inquebrantable.

María, por su parte, redirecciona la alabanza que ha recibido hacia Dios; ella se siente pequeña ante la grandeza del Señor. El Dios de Israel es el único acreedor de nuestras alabanzas y bendiciones. Sólo Dios ha hecho obras grandes; sólo Él es santo y misericordioso al mismo tiempo; solamente Dios se fija en los pequeños, en los humildes, en los necesitados, en los tratados de forma injusta, en los excluidos socialmente… y los prefiere a los ricos, a los poderosos, a los satisfechos. María anticipa, en su canto del «Magníficat», las bienaventuranzas que su Hijo proclamará más tarde.

Ellas –de una manera singular María– descubren el plan de Dios en las cosas sencillas y cotidianas. Y ponen todo su empeño, toda su vida en hacerlo posible.

jueves, 5 de agosto de 2010

Domingo XIX del tiempo ordinario - Lc 12, 32-48

El evangelio dominical nos recuerda la importancia de la actitud de la vigilancia, que el diccionario define como: «cuidado y atención exacta en las cosas que están a cargo de cada uno» Es decir, este proceder que nos sugiere Jesús está íntimamente relacionado con la responsabilidad. La irresponsabilidad, la desidia, el pasotismo, el dejar las cosas para mañana, etc. están reñidos con el mensaje del Señor.

Pero, Jesús quiere añadir una razón más a la actitud de vela, de vigilancia que pide a sus discípulos y discípulas. El plus añadido es la tensión escatológica, la espera anhelante de la llegada definitiva del Reino. Nos demanda vivir como si la venida definitiva del Señor fuese a ocurrir ya. No es una llamada a vivir angustiados; todo lo contrario. Sabemos que somos responsables de contribuir diariamente, cotidianamente a la construcción del Reino de Dios, que ya inauguró Jesús. Conocemos que este Reino no alcanzará su plenitud en este mundo imperfecto, pero eso no nos excusa de poner nuestro grano de arena cada día, cada instante en su edificación.

Y el Reino que inició Jesús es justicia, dignidad, amor… Él nos mostró un Dios que ama a todos los seres humanos como hijos y que desea que sus hijos se reconozcan como hermanos y hermanas. Los discípulos y discípulas de Jesús tenemos una gran responsabilidad en esta tarea: «Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá»

jueves, 29 de julio de 2010

Domingo XVIII del tiempo ordinario - Lc 12,13-21

El evangelista, en este domingo, nos sugiere dos tipos de riqueza. Una de ellas, la más conocida, está emparentada con la codicia, con el ansia de poseer, con la cultura del placer inmediato y del consumo irresponsable. La advertencia de Jesús sobre esta actitud no admite dobles lecturas: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes»

Toda la felicidad aparente que nos proporciona el tener cosas es sólo eso apariencias. Una enfermedad, una desgracia, un problema familiar o sentimental, por no decir, la muerte marcan su punto final; incluso mucho antes. Hay quien argumentará: «hay que vivir el momento presente; hay que disfrutar de la vida» Son los que confunden –o los que confundimos– la auténtica felicidad con unas ráfagas de placer, con fecha muy breve de caducidad.

Aunque hay otra forma de riqueza. Jesús dirá: «es rico ante Dios». Es el «capital» de los valores del Reino, del amor de donación, del respeto a todo ser humano, de la preocupación por las necesidades del prójimo… Lo contrario de la codicia es la generosidad; sólo la segunda nos hace felices. ¿A qué forma de riqueza me apunto?

jueves, 22 de julio de 2010

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

El evangelio que nos propone la liturgia para este domingo, festividad de Santiago apóstol, no es de lo más aleccionador; al menos la actitud de Santiago y su hermano Juan, junto con su mamá. La madre de los hermanos Zebedeos quiere lo mejor para sus hijos y ella piensa –nosotros también– que un puesto de poder y de prestigio es a lo que deben aspirar y conseguir.

Pero la perspectiva de Jesús es bien distinta. Él no quiere una comunidad de seguidores suyos que se muevan en esas coordenadas: «no será así entre vosotros». Quien tiene un puesto de responsabilidad en la comunidad sólo lo puede entender desde el servicio. Y esto es aplicable a cualquier encargo eclesial: obispo, presbítero, catequista, responsable de la pastoral de salud, caritas, etc. (cada cual que ponga aquí su responsabilidad en la comunidad).

Y el servicio no es una palabra bonita, que queda muy bien afirmarla públicamente: «yo estoy al servicio de la comunidad». Implica ser y sentirse el último; aquel que siempre esta disponible; quien ama la comunidad más que su propia vida (eso incluye más que la propia comodidad, más que el propio prestigio, más que los propios gustos y necesidades; etc.). No significa abandonar las otras responsabilidades (familiares, sociales, etc.), si no vivir esta responsabilidad sirviendo, como un sirviente.

jueves, 15 de julio de 2010

Domingo XVI del tiempo ordinario - Lc 10,38-42

El evangelista sitúa a Jesús –en la escena del evangelio de este domingo– entrando en la casa de una mujer, de Marta: «Marta lo recibió en su casa». A Jesús no le importa romper esquemas culturales y patriarcales que discriminaban a la mujer. Y allí, como en Él es habitual, proclama la Palabra de Dios, el mensaje del Reino. La diferencia es que en esta ocasión sus discípulos son dos mujeres: Marta y su hermana María.

Las actitudes de estas dos mujeres personifican las características del discipulado de Jesús: el servicio, la escucha y el seguimiento de Jesús. Estas tres disposiciones son requeridas a todo seguidor de Jesús, sea hombre o mujer. Marta no termina de entenderlo. Ella está convencida que, como mujer, lo mejor que puede hacer es servir. Y no se equivoca, pero no es suficiente. Ella, también, al igual que los discípulos hombres, es invitada a escuchar y a seguir a Jesús; como lo está haciendo su hermana María. De igual manera, los hombres también son invitados a servir, además de la escucha y el seguimiento. Toda una lección de igualdad en cuanto a dignidad y a discipulado.

En nuestras vidas, en nuestras comunidades eclesiales, en la sociedad… no siempre queda suficientemente clara esta igualdad proclamada y vivida por Jesús. Nosotros los creyentes estamos invitados a ser los primeros defensores de ella: es la voluntad de nuestro Maestro y Señor.

jueves, 8 de julio de 2010

Domingo XV del tiempo ordinario - Lc 10,25-37

El compendio de las Escrituras, de la Torá (la Ley o voluntad salvífica de Dios), es el amor: el amor a Dios y el amor al prójimo. Eso ya lo repetíamos de niños, cuando aprendíamos los «Diez mandamientos», que se resumen en dos, repetíamos en la catequesis: «amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo»

Pero el evangelista, haciéndose eco de la enseñanza de Jesús, quiere clarificar en qué consiste esta síntesis de la Palabra de Dios. Y lo explica al estilo oriental, como explicaban las cosas en el Antiguo Próximo Oriente, con una narración. Así se entiende todo mejor, tanto niños como adultos.

Nos narra como dos personas religiosas –un sacerdote y un levita– no socorren a un hombre que ha sido apaleado y está en una situación de urgente necesidad; ambos «dan un rodeo» para evitar ver o escuchar a esta persona que sufre. En cambio, un samaritano, un extranjero, alguien no creyente, se para y le socorre: siente compasión, le venda las heridas, las lava con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a un lugar donde continúen los cuidados, pone su dinero a su servicio… Toda una lección para las personas que nos consideramos religiosas. Jesús, en dos momentos del relato, dirá a su interlocutor (nos dirá a cada uno y cada una de nosotros): «Haz esto y tendrás la vida»; «anda, haz tú lo mismo».

jueves, 1 de julio de 2010

Domingo XIV del tiempo ordinario - Lc 10,1-12.17-20

El envío, en esta ocasión (en el evangelio de este domingo), de un grupo numeroso de discípulos –de setenta y dos menciona el evangelio– precede y preanuncia la llegada de Jesús: les encamina «a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él»

El Maestro quiere que sean sus discípulos quienes abran el camino, quienes preparen el terreno. Será la Palabra de Dios quien transforme las personas, los ambientes, la sociedad, el mundo; pero su (nuestra) labor de discipulado es imprescindible –porque así Él lo ha querido– para que se produzca el «milagro» del cambio.

Y los envía (nos envía) con pobreza de medios: «no llevéis…, ni…» El mensaje de Jesús, los valores del Reino no están condicionados a grandes estructuras o un montaje espectacular de marketing. Tampoco se distinguirá por su agresividad expositiva o por la fuerza de unos argumentos irrefutables: «os mando como corderos en medio de lobos».

Jesús les propone que presenten un mensaje sencillo, pero capaz de producir un cambio radical en quien lo escuche atentamente: «está cerca de vosotros el reino de Dios» La realidad de un mundo nuevo, diferente, donde cada mujer y cada hombre se sienta respetado y amado, reconocida su dignidad, ya se ha inaugurado. Lo ha hecho Jesús y lo continúan sus seguidores.

lunes, 28 de junio de 2010

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

La Tradición, la Iglesia han querido unir en una misma fiesta estas dos grandes figuras de la Iglesia primitiva: Pedro y Pablo. Las diversas lecturas de hoy nos recuerdan algunos momentos de la vida de estos dos personajes.

El evangelio nos evoca la confesión de fe de Pedro en Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Seguramente Pedro no es plenamente consciente del alcance de su afirmación, pero es un paso importante. Jesús le confiará el cuidado de su Iglesia.

Pedro es un hombre sencillo, de profesión pescador. Tendrá la misión de ser «piedra» fundamental en la construcción de la nueva realidad que se está inaugurando con Jesús. Tendrá que aprender que el ser dirigente de la Iglesia de Jesús no tiene nada que ver con actitudes de poder ni con imposiciones arbitrarias. El libro de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) lo presenta en la cárcel: el seguimiento de Jesús muchas veces no es fácil. Algo similar pasa con Pablo que en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura) comenta su próximo martirio, después de toda una vida entregada a la evangelización.

Son dos grandes columnas de la Iglesia. Su ejemplo es un espejo donde todos debemos mirarnos: su fe, su espíritu de servicio, su afán evangelizador, su empeño en hacer presente la «Buena Noticia» de Jesús, su entrega hasta las últimas consecuencias…, son actitudes necesarias para la construcción del Reino de Dios y de un mundo más justo.

jueves, 24 de junio de 2010

Domingo XIII del tiempo ordinario - Lc 9,51-62

En muchas ocasiones Jesús y su mensaje no es aceptado no tanto por rechazo directo de su persona y de su predicación si no por el «envoltorio» con el que llega a los destinatarios. Los samaritanos –en el evangelio que meditamos hoy– no proporcionan alojamiento a Jesús y a sus discípulos, pero la razón es que van a Jerusalén, para las fiestas, unas conmemoraciones que recordaban heridas abiertas y no cerradas entre samaritanos y judíos. Los discípulos se sienten atacados y su reacción es violenta, y buscan la complicidad de Jesús en su reacción tan poco «cristiana». Jesús, lógicamente, les recrimina esa actitud enfrentada con su propuesta de amor y de acogida a todos.

También en la actualidad cuántos no aceptan a Jesús, les produce «alergia» todo lo que suene a religiosidad y más si es cristiana, si es católica. ¿Pero realmente detrás de estas reacciones hay un rechazo auténtico de Jesús y de su mensaje? Estoy convencido que muchas de estas reacciones responden al «envoltorio»: a malas experiencias con personas religiosas; a informaciones deformadas de la realidad religiosa; a un escaso o nulo testimonio cristiano de muchos de los seguidores de Jesús...

Nuestra reacción no puede ser en la misma línea, no debemos, no podemos adoptar actitudes violentas o agresivas: no responden a un auténtico seguidor de Jesús. La historia enseña que con el tiempo un gran número de samaritanos se convirtieron en cristianos; pero no fueron las actitudes antes mencionadas las que lo consiguieron.

jueves, 17 de junio de 2010

Domingo XII del tiempo ordinario - Lc 9,18-24

¿Quién es Jesús? Es la pregunta que plantea el mismo Jesús a sus discípulos y es la pregunta que aún sigue siendo actual.

Para muchos Jesús es un personaje histórico de gran importancia social, incluso para algunos un revolucionario; para otros una celebridad religiosa con gran incidencia en su tiempo e incluso siglos después, que se puede poner al lado de otros como Buda, Confucio, Mahoma o incluso Gandhi o Luther King. Para nosotros, como creyentes, estas respuestas nos resultan insuficientes. Aunque eso no debe nunca significar desprecio a estas aproximaciones a la figura de Jesús de Nazaret; pueden ser un primer paso. Detrás de todas ellas –entonces y ahora– hay una cierta simpatía hacia su persona. Y eso es bueno.

Sabemos que Jesús es el «Mesías de Dios», aunque, es posible, que nosotros tampoco terminemos de entender y asumir lo que significa esto. El anuncio de su pasión, muerte y resurrección inmediatamente después de la afirmación de Pedro, indica que también los creyentes podemos confundir o tergiversar su vida y su mensaje.

Hemos de seguir preguntándonos personal y comunitariamente ¿quién es Jesús para mí, para nosotros?; ¿porqué en tantas ocasiones el mensaje de Jesús que transmitimos en nuestras vidas y en nuestras palabras es poco convincente?

jueves, 10 de junio de 2010

Domingo XI del tiempo ordinario - Lc 7,36–8,3

La protagonista del evangelio de hoy es una mujer anónima: «una mujer de la ciudad, una pecadora.» Debe ser una pecadora pública, ya que Simón el fariseo, quien ha invitado a Jesús, así la reconoce. La escena transcurrirá, principalmente, entre estos tres personajes: Jesús, la mujer y Simón. La imagen de la mujer es la de alguien que ha sufrido mucho, que ha sido maltratada por la vida y por las personas y, también, que ha llevado una vida de pecado, apartada de las reglas de comportamiento mayoritariamente aceptadas. Ella se acerca a Jesús, llora, no es capaz de levantar la vista, se siente indigna, sólo se atreve a enjugar, besar y perfumar los pies del Maestro.

El fariseo –como con frecuencia hacemos todos nosotros y todas nosotras con tantas personas– piensa, juzga que ella es alguien no recomendable; una mujer con la que lo mejor es no relacionarse, al menos públicamente; una compañía incómoda.

Sólo Jesús es capaz de descubrir en ella amor; un amor que relativiza todo lo demás. Por eso, la ofrece perdón, que es otra forma del amor. El amor, el perdón tienen la fuerza de cambiar a las personas, y eso Jesús lo sabe, y lo practica.

El mensaje para lo comunidad de creyentes es en esta línea: hemos de estar dispuestos a amar antes de juzgar. El amor, el perdón cambian a las personas y transforman la sociedad.

jueves, 3 de junio de 2010

Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - Lc 9,11b-17

Todas las lecturas de este domingo hablan de pan, de vino, de comida, de sacerdocio, de cuerpo, de sangre, de Jesús; todos ellos elementos que configuran la fiesta que hoy celebramos: «El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo».

Tanto la primera lectura (Gn 14,18.20) como el salmo (Sal 110 [109]) mencionan a Melquisedec, rey y sacerdote, imagen, según la carta a los Hebreos, de Jesucristo, auténtico sumo sacerdote a través de su propio sacrificio en la cruz.

Pablo, por su parte, en la segunda lectura (1Co 11,23-26) recuerda y proclama la tradición de la primera Eucaristía, fundamento de todas nuestras Eucaristías, que son memorial (actualización) de la última cena del Señor y de su pasión, muerte y resurrección. Mientras Lucas, en su evangelio, narra la multiplicación de los panes, imagen de la Eucaristía, donde todos los presentes «comieron y se saciaron» e incluso sobró.

Toda una estampa del misterio salvador de Jesús: un hombre puesto al servicio de los demás hasta las últimas consecuencias; el Hijo de Dios abajado para que todos tengamos vida; una celebración que nos recuerda y actualiza constantemente su entrega sin reservas… Nosotros, creyentes en Jesús, somos interpelados, a ejemplo de Jesús, a compartir; a entregarnos a todos, especialmente a los más necesitados; a ponernos al servicio de los otros. Éste es el mensaje de la celebración de hoy.

jueves, 27 de mayo de 2010

Domingo de la Santísima Trinidad - Jn 16,12-15

El evangelista nos quiere comunicar la íntima relación que hay entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y su relación con nosotros los humanos. Y, para ello, aporta las palabras de Jesús a sus discípulos. Todo lo del Hijo es del Padre y todo lo del Padre es del Hijo, argumentará. Por su lado, el Espíritu Santo que es reconocido como el Espíritu de la verdad, recibirá de Jesucristo todo aquello que comunicará a todos los humanos. Este mismo Espíritu de verdad –afirma– «os guiara hasta la verdad plena»

Las relaciones en la Trinidad son relaciones de amor y su fundamento es el amor irradiado, del que todos nosotros y nosotras gustamos. Es una perfecta comunidad de amor.

La comunidad cristiana ha de participar de esta espiritualidad; ha de reconocer esta unidad de amor, imagen a la que también ha de aspirar y que nunca puede considerar plenamente conseguida; ha de nutrirse de ese Espíritu de verdad y aproximarse a esa verdad plena que sólo pertenece a Dios; ha de comunicar a todos las personas esta realidad tan profunda.