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viernes, 5 de enero de 2018

Celebración de «El Bautismo del Señor», ciclo B - Mc 1,7-11

Las manifestaciones de Dios suelen ser más sencillas de lo que imaginamos o incluso desearíamos. En la narración del evangelio de este domingo encontramos dos personajes humanos, Juan Bautista y Jesús (Jesús, además de hombre, es el Hijo de Dios) y dos divinos, el Espíritu Santo y Dios-Padre. Juan es un hombre humilde, no se predica a si mismo, como hacen otros; él es un mensajero, el anuncia a alguien más grande, al Mesías, a Jesús, y afirma «yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Jesús, por su parte, se presenta como uno más ante el Bautista, para ser bautizado.

La escena siguiente no es tan aparatosa como parece, desde una lectura precipitada y pueril. El Espíritu santo baja sobre Jesús, de la misma forma que baja una paloma cuando está volando, y la «voz» del Padre avala la labor que inicia el Hijo. Seguramente sólo es perceptible para los que tienen fe, entre los que están, lógicamente, Jesús y Juan Bautista. Dios quiere, una vez más, mostrar el amor que nos tiene. Envía a su Hijo para que todos los seres humanos nos reconozcamos como hermanos. Y esta nueva etapa de salvación, la definitiva, se inicia de una forma simple, sencilla, aunque, al mismo tiempo, de una gran intensidad teológica.

A nosotros nos gusta más el «espectáculo», lo ruidoso, lo llamativo… La forma de actuar de Dios, de Jesús es otra.

miércoles, 3 de enero de 2018

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

El evangelio de la Epifanía nos presenta a unos sabios (o magos) de Oriente siguiendo a una estrella y buscando no saben bien qué. El nacimiento de una estrella indicaba –era una creencia generalizada– el nacimiento de un personaje importante. Todo apunta a que el acontecimiento será en Israel. Y con estas credenciales se presentan en Jerusalén. Son unos extranjeros que están buscando, sin saberlo exactamente, la manifestación de Dios.

El único que da importancia a estas noticias es el poder político, pero sus razones son interesadas, de poder, de miedo a perder su estatus… Las autoridades religiosas (sumos sacerdotes) y los estudiosos de la Palabra (escribas) conocen las Escrituras, lo que dice la Biblia sobre el Mesías. Pero sus intereses son otros; el mensaje les resulta indiferente, están demasiado ocupados en sus cosas.

Sólo unos extranjeros, unos que no comparten ni su raza, ni su cultura ni su religión, están buscando, siguiendo una estrella, un signo imperceptible para los que no tienen un corazón sencillo y abierto. Ellos son los que se encuentran con Jesús y le ofrecen lo que llevan. Ellos son los que perciben la acción de Dios es algo tan sencillo como una madre con su hijo: «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron»

domingo, 31 de diciembre de 2017

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

Comenzamos un nuevo año, y la primera festividad que celebramos es la de María, madre de Dios. Será Pablo el primero que nos recordará (segunda lectura) que «envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer». Y la mujer es María. Este acontecimiento nos ha abierto el camino para vivir en plenitud la filiación divina; ahora podemos llamar a Dios, abba, padre, papá. La madre de Jesús ha jugado un papel importantísimo, necesario en este evento.

La liturgia nos invita a meditar en este día una lectura del evangelista Lucas que nos trae a la memoria lo nuclear de las celebraciones navideñas que estamos viviendo. Unos personajes sencillos, unos pastores, reconocen la acción de Dios en algo tan normal y cotidiano como encontrar a un niño, a Jesús, acostado en un pesebre, con María y José, sus padres. Y ello les anima a dar gloria y alabanza a Dios.
           
María, por su parte, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Ella acoge la acción de Dios y la hace suya. No siempre entiende todo, pero la «Palabra de Dios» va calando en ella, la guarda y la medita en su corazón.

Estas dos actitudes que sugiere el evangelista son fundamentales: saber ver la acción de Dios en lo simple y cotidiano, y dar gracias por ello; y la escucha atenta, permeable de la Palabra de Dios, guardándola en lo más íntimo nuestro, meditándola en el corazón. Sólo así cambiarán nuestras vidas y también la sociedad y la iglesia, según el plan amoroso de Dios.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia - Lc 2,22-40

Cada año, dentro de las celebraciones navideñas, hay un «hueco» para recordar que Jesucristo, el Hijo de Dios, no sólo se hizo un ser humano como nosotros y nosotras, sino que lo hizo en el seno de una familia. Todas las lecturas de este domingo nos «hablarán» de la familia. La «familia de Nazaret» será la familia de Jesús durante un período largo de su vida: Él, María y José.
           
El evangelio de Lucas nos narra cómo la familia de Jesús es una familia fiel a las tradiciones religiosas de su pueblo. En la visita de los tres al Templo de Jerusalén, siendo Jesús aún un bebé, se encuentran con dos personajes peculiares: Simeón y Ana. Ambos son ancianos, pero fieles al Señor. Y los dos saben «ver» en este niño pequeño la respuesta a las esperanzas del «pueblo de Dios». Sólo las mujeres y los hombres de Dios saben «leer» la voluntad divina en los acontecimientos más sencillos aparentemente.

La liturgia de hoy nos invita a ver en las realidades cotidianas, seguramente también en las de nuestra propia familia, la acción de Dios. No hemos de buscar cosas extraordinarias –que rara vez ocurren–, sino el proyecto de Dios que se hace presente en la cotidianidad. Es ahí donde hemos de comenzar a construir el Reino de Dios.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Natividad del Señor - Lc 2,1-14

Lugar del nacimiento de Jesús, según la tradición (Belén)
En el evangelio de la eucaristía de medianoche o «misa del gallo» leemos-escuchamos el evangelio de Lucas, concretamente el anuncio del nacimiento de Jesús a los pastores.

Siempre me ha llamado la atención especialmente esta narración. En el anuncio los pastores escuchan que les traen una «buena noticia» y, por tanto, no han de tener ningún miedo. Pero esa buena noticia no es sólo para ellos, sino «para todo el pueblo», lo que es una constatación alegre y, al mismo tiempo, un encargo: todos se han de enterar, han de participar de la buena nueva. Una novedad que significa «una gran alegría» para todos. ¿Nosotros/as vivimos el nacimiento de Jesús con esta convicción? ¿con esta alegría desbordante? ¿con esta sencillez? ¿sentimos la necesidad gozosa de comunicarlo a todos/as?

Pero, lo más curioso, es el «signo» que el ángel les ofrece, la prueba de la gran noticia: «aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» Es un signo que sólo pueden entender y acoger los sencillos. ¡Mira que el signo de un gran acontecimiento sea un niño en pañales, acostado en un comedero de animales! Es extraña la forma de actuar del Dios de Jesús. A nosotros nos gustan las cosas de otra forma, lo hubiésemos hecho de otra manera; pero, sin dudas, no es la de Jesús. 

martes, 3 de enero de 2017

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

La palabra «Epifanía» significa manifestación. Dios se ha manifestado, en Jesús, a todos los pueblos, a todos los hombres y a todas las mujeres de todos los lugares, de todos los tiempos. Los magos de Oriente que vienen a adorar al «Rey de los judíos», a Jesús niño, representan al conjunto de las naciones, a quien Dios se quiere mostrar como respuesta a sus esperanzas y expectativas.

Las actitudes que muestran los diferentes personajes de la narración del evangelio de hoy también son trasladables a nuestras situaciones actuales concretas. A Herodes le inquieta el nacimiento de Jesús, lo que le preocupa es que alguien le pueda hacer sombra, que alguno rivalice con él y merme su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben, conocen la Escritura, pero se muestran indiferentes ante el acontecimiento que anuncian los sabios de Oriente: ellos ya viven bien, ¿para qué necesitan un salvador? Los extranjeros que siguen la estrella se entusiasman, incluso recorren un largo camino, preguntan, investigan, «se llenaron de inmensa alegría» cuando encuentran el camino y se arrodillan ante la grandeza de Dios que se manifiesta en lo pequeño. María muestra al niño, a su Hijo, a todos los que lo requieren, pasando discretamente a un segundo plano. ¿Cuál es mi actitud ante las manifestaciones de Dios en la vida cotidiana?

martes, 27 de diciembre de 2016

Sagrada Familia - Mt 2,13-15.19-23


El evangelio que nos propone la liturgia para la fiesta de la «Sagrada Familia» es el de la huida a Egipto de María y José, con Jesús niño. A la mayoría de nosotros nos resulta difícil identificarnos con esta escena: tenemos un hogar (mayor o menor, en propiedad o en alquiler, pero tenemos un lugar donde vivir), disfrutamos de cierta seguridad económica (aunque  a veces a algunos nos cueste llegar a final de mes) y, sobre todo, no peligra nuestra vida ni la de nuestros seres queridos.

La narración resulta más próxima a muchos inmigrantes, por no decir a los refugiados políticos o a los exiliados. Jesús, María y José tienen que emigrar a un país extraño, con el miedo en el cuerpo de la persecución, a un lugar con lengua y cultura diferentes, abandonando casa, familia, amigos y conocidos, como delincuentes que escapan de la justicia. Y con la incertidumbre de si serán acogidos o rechazados en su nuevo destino. ¿Éste es el modelo de familia que nos propone el evangelio? 

El amor que hay en esta familia lo supera todo; un amor que se hace extensivo a todas las mujeres y a todos los hombres. Jesús, desde su niñez, se identifica con el más necesitado (también lo harán María y José). Hemos de descubrir el rostro de Cristo, de la «Sagrada Familia», en cada ser humano que vive en situaciones análogas a las que le toco vivir a esta familia singular.

martes, 20 de diciembre de 2016

Natividad del Señor - Jn 1,1-18

Lugar del nacimiento de Jesús
En el evangelio de la misa del día de Navidad se lee el prólogo del evangelio de Juan. Jesús, la Palabra viva de Dios, se hace presente entre nosotros, «acampa» en medio nuestro. Pero, curiosamente, pasa casi desapercibida: no la conocemos; no la recibimos.

Cuantos/as cristianos/as –incluso de los/as de misa dominical– no hacen (no hacemos) de la Palabra de Dios el centro de sus vidas: no leen con frecuencia (¿diaria?) la Biblia, no  la contemplan, no hacen oración con ella, no la comparten en grupos de reflexión, no la viven...

El recibir a Jesús, el reconocer en Él la Palabra creadora y definitiva del Padre nos da el «poder para ser hijos de Dios». La oferta es generosa; la respuesta está en nuestra mano. En Jesús, en su Palabra, encontramos la respuesta a los anhelos humanos, el sentido a la existencia.

Su Palabra nos muestra el camino para reconocer en cada ser humano a mi hermana, a mi hermano. Nada de lo que le pasa a mi hermana/o me es indiferente. Jesús ha nacido, es uno de los nuestros, pero, al mismo tiempo, es el Hijo de Dios, quien nos ha mostrado al Padre, el que nos «lo ha dado a conocer », quien nos ha enseñado cómo Dios-Padre nos ama y cómo quiere que nosotros amemos.

lunes, 4 de enero de 2016

Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

Los protagonistas principales del relato del evangelio no son los magos, aunque tienen un papel relevante en la narración: la Buena Noticia de la salvación es para todo el mundo, para todas las naciones, representadas en estos personajes.

Leemos en el texto: Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron

Mateo quiere dirigir la atención hacia Jesús, aún niño. Toda la historia apunta a Él. Los sabios de Oriente se encuentran al niño con María, su madre. Es Jesús quien es objeto de «adoración», de la ofrenda de los dones: es él la Buena Noticia de parte de Dios. Pero allí está también María, y su presencia no es casual. Ella es su madre, la madre del niño, la madre de Jesús. Jesús en este momento –y en tantos momentos– necesita de su madre, como cualquier niño. La figura de María es esencial en esta escena. Y el evangelista lo subraya. María ocupará un papel importante, necesario en la historia de la salvación, en la vida de Jesús, y este hecho no pasa desapercibido en los Evangelios. Las menciones son breves, pero lo suficientemente acentuadas para percibir esta realidad. María esta al lado de su hijo, junto a Jesús, ocupando un segundo plano, pero siempre asociada a Él, como modelo de la auténtica discípula, como su madre.

viernes, 1 de enero de 2016

Domingo II después de Navidad - Jn 1,1-18

Hace pocos días leíamos – escuchábamos los textos evangélicos del nacimiento de Jesús. Hoy la liturgia nos propone el prólogo del evangelio de Juan, donde Jesucristo aparece, junto al Padre, al principio de la Creación del mundo.

El evangelista nos presenta a Jesucristo como la Palabra que está junto a Dios creándolo todo, más aún, como Dios mismo: «la Palabra era Dios»

La Palabra de Dios, Jesucristo, ha querido hacerse presente en medio de la humanidad; se ha comprometido personalmente en la causa de los hombres y de las mujeres; se ha hecho uno de nosotros, para compartir nuestras alegrías y nuestros dramas… Pero, no la hemos acogido, no la hemos recibido en «nuestra» casa, que era la «suya» Es la paradoja de la encarnación, de la vida, de la predicación, de la pasión y de la muerte de Jesús. No han sido «los otros» los que han actuado así, sino «los suyos no la recibieron» El evangelista también se está refiriendo a nosotros y a nosotras.

Existe el peligro de que Jesús, de que la Palabra de Dios «resbale» en nuestras vidas, tanto personal como comunitariamente. Tantas veces hemos oído su Palabra que quizás no nos diga nada. La Palabra de Dios es capaz de transformarnos si la recibimos como tal. Si la acogemos nos «da poder para ser hijos de Dios»; nos posibilita ser hombres y mujeres nuevos capaces de transformar nuestras vidas, nuestras comunidades, la Iglesia, el mundo…

martes, 29 de diciembre de 2015

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

El evangelio que contemplamos hoy nos habla de admiración, seguida de proclamación, por parte de los pastores, los primeros testigos del nacimiento de Jesús, después de María y José. El misterio del nacimiento del Hijo de Dios, y al mismo tiempo hijo de María, se convierte en una acción de gracias y alabanza a Dios por parte de estos sencillos personajes. No han visto nada extraordinario, sólo a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Pero ellos han descubierto en este acontecimiento la acción maravillosa de Dios, que como siempre rompe muchos de nuestros esquemas: no tiene nada que ver con las grandezas de este mundo. Y se convierten en los primeros proclamadores del don de Dios para toda la Humanidad, un anuncio que maravilla a todos los dispuestos a aceptar que Dios se manifiesta en lo humilde y sencillo.

María guarda en lo más profundo de su corazón todas estas experiencias y las medita en la intimidad de la oración. Ella va haciendo, poco a poco, el peregrinar de la fe. Va descubriendo lentamente, y viviendo en su propia carne los planes de Dios. Unos planes que no siempre entiende, pero en los que ha comprometido su existencia.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La Sagrada Familia: Jesús, María y José - Lc 2,41-52

Curiosamente la liturgia nos propone leer / escuchar, en la fiesta de la Sagrada Familia, el texto del evangelio de Lucas donde Jesús niño se pierde de sus padres. En la vida familiar, de todas las familias, «no tot son flors i violes» (se dice en catalán): todo no es de «color de rosa». Por esto, creo que este pasaje es significativo también hoy para muchas situaciones familiares actuales.

La escena se desarrolla principalmente alrededor del Templo de Jerusalén. Jesús allí después, seguramente, de la ceremonia de la mayoría de edad religiosa entre los judíos, el «Bar Mitzvah», desaparece de la vista de sus padres. La situación, sin lugar a dudas, es angustiosa para María y José. El narrador precisa que lo encontraron a los tres días; ¡que desesperación!, ¡que dolor durante este tiempo! A sus padres les debió parecer una eternidad. Y cuando lo encuentran, la respuesta enigmática de Jesús, que ellos no entienden («no comprendieron»), pero respetan. ¡Cuánto hemos de aprender en nuestras relaciones de familia los que somos padres! Las decisiones de nuestros hijos, a una cierta edad, no siempre las comprendemos. Tenemos la obligación de mostrarles el camino, de preguntarles, de aconsejarles, pero, al final, la decisión es suya.

Los hijos, por su parte, por nuestra parte (porque todos también somos hijos), respetando, honrando, escuchando a nuestros progenitores, como también comenta el evangelista que hizo Jesús con María y José. Y todo esto incluso cuando nuestros padres comienzan a perder, o ya han perdido, alguna de sus facultades físicas o mentales (primera lectura).

domingo, 20 de diciembre de 2015

La Natividad del Señor - Jn 1,1-18

El evangelio que nos propone la liturgia para la eucaristía del día de la Natividad es el prólogo del evangelio de Juan. Aunque este evangelista, a diferencia de Mateo y de Lucas, no narra propiamente el nacimiento de Jesús. Su relato lo inicia mucho más atrás, lo retrotrae al principio de la creación, al origen de todo lo creado. En ese instante original la Palabra está junto a Dios, más aún, «la Palabra es Dios». Y esa Palabra es Jesús. La Palabra de Dios –como subrayaba el sínodo de los obispos sobre la Palabra– tiene un rostro, y ese rostro es Jesucristo.

La Palabra ha venido al mundo, se ha hecho presente entre nosotros, es de los nuestros. Esto es lo que celebramos cada Navidad, lo que rememoramos en cada eucaristía, lo que constatamos cuando leemos, meditamos y oramos con la Biblia. Aunque el peligro siempre está presente: «el mundo no la conoció». El mundo no son los otros; también es posible esta afirmación entre los que nos llamamos sus discípulos: «los suyos no la recibieron».

No estamos ante una Navidad más. Tenemos la oportunidad única de cambiar nuestras vidas, de hacerlas más acordes con el mensaje de Jesús, con los valores del Reino. Cuantas cosas cambiarían a nuestro alrededor si nos tomásemos en serio la propuesta de Jesús. La Palabra de Dios «acampó entre nosotros»; que no pase desapercibida como aquel vecino o compañero que ni siquiera conozco por su nombre y/o no sé nada de él.

domingo, 4 de enero de 2015

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

El evangelio de la Epifanía nos presenta a unos sabios (o magos) de Oriente siguiendo a una estrella y buscando no saben bien qué. El nacimiento de una estrella indicaba –era una creencia generalizada– el nacimiento de un personaje importante. Todo apunta a que el acontecimiento será en Israel. Y con estas credenciales se presentan en Jerusalén. Son unos extranjeros que están buscando, sin saberlo exactamente, la manifestación de Dios.

El único que da importancia a estas noticias es el poder político, pero sus razones son interesadas, de poder, de miedo a perder su estatus… Las autoridades religiosas (sumos sacerdotes) y los estudiosos de la Palabra (escribas) conocen las Escrituras, lo que dice la Biblia sobre el Mesías. Pero sus intereses son otros; el mensaje les resulta indiferente, están demasiado ocupados en sus cosas.

Sólo unos extranjeros, unos que no comparten ni su raza, ni su cultura ni su religión, están buscando, siguiendo una estrella, un signo imperceptible para los que no tienen un corazón sencillo y abierto. Ellos son los que se encuentran con Jesús y le ofrecen lo que llevan. Ellos son los que perciben la acción de Dios en algo tan sencillo como una madre con su hijo: «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron»

jueves, 1 de enero de 2015

Domingo II después de Navidad - Jn 1,1-18

Este domingo leeremos y meditaremos el prólogo del evangelio de Juan. Estamos acostumbrados estos días a lecturas que nos han hablado del nacimiento de Jesús; es lo propio de la Navidad. Si la distancia cronológica con respecto a las narraciones navideñas son de aproximadamente dos mil años, no pasa así con este evangelio. Nos traslada al principio de la creación, a lo que los científicos llaman el «Big-Bang», al instante inicial. Pero nuestro interés en este comentario es teológico (aunque no obviamos lo científico). El evangelista sitúa la Palabra –que personifica a Jesús– al principio de la creación, junto a Dios, participando de la obra creadora.

La Palabra de Dios es la luz que alumbra a todo ser humano, que le posibilita que no viva en oscuridad continua, en una vida sin sentido. La Palabra de Dios, por amor, ha venido a nosotros. Se ha mezclado con nosotros, se ha hecho uno de los nuestros. Esa Palabra es el «Hijo único del Padre», aunque al mismo tiempo es una persona humana como tú y como yo.

Nada es igual, nada puede ser de la misma manera, a partir de la venida de Jesús. La Palabra de Dios no es sólo algo escrito, un libro, es algo vivo, es el Hijo de Dios. Nuestra vida personal, comunitaria, eclesial están llamadas a cambiar. Dios quiere el bien del ser humano, de todas las mujeres y de todos los hombres. No puedo, no tengo derecho a ser indiferente a esta realidad.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

Comenzamos un nuevo año, y la primera festividad que celebramos es la de María, madre de Dios. Será Pablo el primero que nos recordará (segunda lectura) que «envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer». Y la mujer es María. Este acontecimiento nos ha abierto el camino para vivir en plenitud la filiación divina; ahora podemos llamar a Dios, abba, padre, papá. La madre de Jesús ha jugado un papel importantísimo, necesario en este evento.

La liturgia nos invita a meditar en este día una lectura del evangelista Lucas que nos trae a la memoria lo nuclear de las celebraciones navideñas que estamos viviendo. Unos personajes sencillos, unos pastores, reconocen la acción de Dios en algo tan normal y cotidiano como encontrar a un niño, a Jesús, acostado en un pesebre, con María y José, sus padres. Y ello les anima a dar gloria y alabanza a Dios.
           
María, por su parte, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Ella acoge la acción de Dios y la hace suya. No siempre entiende todo, pero la «Palabra de Dios» va calando en ella, la guarda y la medita en su corazón.

Estas dos actitudes que sugiere el evangelista son fundamentales: saber ver la acción de Dios en lo simple y cotidiano, y dar gracias por ello; y la escucha atenta, permeable de la Palabra de Dios, guardándola en lo más íntimo nuestro, meditándola en el corazón. Sólo así cambiarán nuestras vidas y también la sociedad y la iglesia, según el plan amoroso de Dios.

jueves, 25 de diciembre de 2014

La Sagrada Familia - Lc 2,22-40

Cada año, dentro de las celebraciones navideñas, hay un «hueco» para recordar que Jesucristo, el Hijo de Dios, no sólo se hizo un ser humano como nosotros y nosotras, sino que lo hizo en el seno de una familia. Todas las lecturas de este domingo nos «hablarán» de la familia. La «familia de Nazaret» será la familia de Jesús durante un período largo de su vida: Él, María y José.

El evangelio de Lucas nos narra cómo la familia de Jesús es una familia fiel a las tradiciones religiosas de su pueblo. En la visita de los tres al Templo de Jerusalén, siendo Jesús aún un bebé, se encuentran con dos personajes peculiares: Simeón y Ana. Ambos son ancianos, pero fieles al Señor. Y los dos saben «ver» en este niño pequeño la respuesta a las esperanzas del «pueblo de Dios». Sólo las mujeres y los hombres de Dios saben «leer» la voluntad divina en los acontecimientos más sencillos aparentemente.

La liturgia de hoy nos invita a ver en las realidades cotidianas, seguramente también en las de nuestra propia familia, la acción de Dios. No hemos de buscar cosas extraordinarias –que rara vez ocurren–, sino el proyecto de Dios que se hace presente en la cotidianidad. Es ahí donde hemos de comenzar a construir el Reino de Dios.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Natividad del Señor - Lc 2,1-14

En el evangelio de la misa de medianoche o «misa del gallo» del día de la Natividad leemos-escuchamos el evangelio de Lucas, concretamente el anuncio del nacimiento de Jesús a los pastores.

Lugar del nacimiento de Jesús, según la tradición
Siempre me ha llamado la atención especialmente esta narración. En el anuncio los pastores escuchan que les traen una «buena noticia» y, por tanto, no han de tener ningún miedo. Pero esa buena noticia no es sólo para ellos, sino «para todo el pueblo», lo que es una constatación alegre y, al mismo tiempo, un encargo: todos se han de enterar, han de participar de la buena nueva. Una novedad que significa «una gran alegría» para todos. ¿Nosotros/as vivimos el nacimiento de Jesús con esta convicción? ¿con esta alegría desbordante? ¿con esta sencillez? ¿sentimos la necesidad gozosa de comunicarlo a todos/as?

Pero, lo más curioso, es el «signo» que el ángel les ofrece, la prueba de la gran noticia: «aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» Es un signo que sólo pueden entender y acoger los sencillos. ¡Mira que el signo de un gran acontecimiento sea un niño en pañales, acostado en un comedero de animales! Es extraña la forma de actuar del Dios de Jesús. A nosotros nos gustan las cosas de otra forma, lo hubiésemos hecho de otra manera; pero, quizás no es la de Jesús..

domingo, 5 de enero de 2014

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

Epifanía –la festividad de hoy– significa manifestación. Dios se ha manifestado, en Jesús, a todos los pueblos, a todos los hombres y a todas las mujeres de todos los lugares, de todos los tiempos. Los magos de Oriente que vienen a adorar al «Rey de los judíos», a Jesús niño, representan al conjunto de las naciones, a quien Dios se quiere mostrar como respuesta a sus esperanzas y expectativas.

Las actitudes que muestran los diferentes personajes de la narración del evangelio de hoy también son trasladables a nuestras situaciones actuales concretas. A Herodes le inquieta el nacimiento de Jesús, lo que le preocupa es que alguien le pueda hacer sombra, que alguno rivalice con él y merme su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben, conocen la Escritura, pero se muestran indiferentes ante el acontecimiento que anuncian los sabios de Oriente: ellos ya viven bien, ¿para qué necesitan un salvador? Los extranjeros que siguen la estrella se entusiasman, incluso recorren un largo camino, preguntan, investigan, «se llenaron de inmensa alegría» cuando encuentran el camino y se arrodillan ante la grandeza de Dios que se manifiesta en lo pequeño. María muestra al niño, a su Hijo, a todos los que lo requieren, pasando discretamente a un segundo plano. ¿Cuál es mi actitud ante las manifestaciones de Dios en la vida cotidiana?

jueves, 2 de enero de 2014

Domingo II de Navidad - Jn 1,1-18

No siempre nos tomamos en serio en nuestra vida y en nuestras comunidades, parroquias, grupos, asociaciones… la Palabra de Dios, al menos en la importancia que tiene y que debería tener entre nosotros. Esa Palabra de Dios, cuyo rostro es Jesús mismo, ha sido rechazada, no por las tinieblas que «no han podido apagarla», sino por los suyos, las personas creyentes: «vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron»

Ya san Jerónimo (s. IV), que consagró toda su vida al estudio de la Biblia, afirmaba: «No conocer las Escrituras es no conocer a Cristo», subrayando la íntima conexión entre Jesús, Palabra viva del Padre, y Biblia, Palabra revelada por Dios.

Jesús, Palabra de Dios, vino a nosotros, se hizo uno de los nuestros, ha querido quedarse con nosotros. El evangelista señala la necesidad de acoger a Jesús, de estar atentos a su mensaje, a la «Buena Noticia» que proclama, a su persona: el Padre quiere que aceptemos y entendamos su paternidad amorosa, manifestada en Jesús. Desea que aceptemos ese hermoso y exclusivo regalo: «el privilegio de llegar a ser hijos de Dios».

La grandeza de este Dios, y de su enviado e Hijo Jesucristo, la descubriremos diariamente en la lectura y meditación de la Palabra de Dios.