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martes, 16 de octubre de 2018

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,35-45

La pretensión de los hijos del Zebedeo, de Santiago y Juan, que nos narra el evangelio dominical, es de entonces, de ahora y de siempre. Les gusta, nos gusta, el poder y el reconocimiento social; es humano. El resto, del grupo de los Doce, se indignan contra ellos, pero en el fondo pretenden lo mismo o parecido.

En la comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús no deben ser así las cosas. Eso es lo que les (nos) intenta explicar Jesús. Y afirma: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» Es paradójica la aseveración de Jesús. Manifiesta a la comunidad de los discípulos que el papel de «grande», de dirigente en la comunidad nada tiene que ver con la forma de entenderlo habitualmente. No es poder, ni prestigio, ni privilegios, ni nada parecido.

Los que tienen o pretenden alguna responsabilidad en la comunidad han de ser quienes están a su servicio, más aún, los que se consideran –y  son literalmente– esclavos de todos. La autoridad así entendida no tiene nada de atrayente, al menos humanamente. Pero es la que pide Jesús, la que Él vivió: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

domingo, 22 de julio de 2018

Festividad de Santiago, apóstol - Mt 20,20-28

Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.
          
El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

lunes, 24 de julio de 2017

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Hoy celebramos la memoria de Santiago, hijo de Zebedeo, que junto a su hermano Juan eran conocidos como los hijos del trueno, por su carácter impetuoso. Fue el primero del grupo de los «Doce» que murió por amor a Jesús, alrededor del año 43 d.C., por mandato del rey Herodes (primera lectura).

En el evangelio escogido para su fiesta no es que queden muy bien parados Santiago y su hermano Juan. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

Jesús les enseñará otro camino a ellos, al resto del grupo de los Doce y a toda la comunidad de discípulos y discípulas: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de todas y de todos, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

martes, 17 de enero de 2017

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 4,12-23

Las circunstancias violentas del encarcelamiento de Juan Bautista empujarán a Jesús a establecerse «en Cafarnaún, junto al lago (de Galilea)». Dios también se vale incluso de las injusticias humanas para hacer posible su plan salvífico. Decía santa Teresa de Jesús: «Dios escribe recto en renglones torcidos».

La primera predicación de Jesús y los primeros relatos de vocación el evangelista los sitúa en este contexto. Jesús llama a la conversión, al cambio de vida, «porque está cerca el reino de los cielos»: una situación nueva exige una actitud nueva. 

La Buena Noticia del Reino implica la liberación del mal, de todo mal, de toda injusticia; significa estar atento e involucrarse en las necesidades del prójimo, en las «dolencias del pueblo», «curarlas» a ejemplo del Maestro. Y para eso Jesús llama a sus primeros seguidores, a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan...; como nos llama a cada uno de nosotros y de nosotras. Es una llamada a predicar, a vivir, a testimoniar la proximidad del Reino de Dios, en el que no habrá más injusticia, donde será respetada la dignidad de todos y de cada uno/a, en donde todos serán hermanos/as, hijos e hijas del único Padre común. Ellos «dejaron (barca, familia, ocupaciones, etc.)... y le siguieron». ¿Qué estoy yo dispuesto a dejar para hacer posible la cercanía del Reino?

domingo, 24 de julio de 2016

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

lunes, 12 de octubre de 2015

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,35-45

La pretensión de los hijos del Zebedeo, de Santiago y Juan, que nos narra el evangelio dominical, es de entonces, de ahora y de siempre. Les gusta, nos gusta, el poder y el reconocimiento social; es humano. El resto, del grupo de los Doce, se indignan contra ellos, pero en el fondo pretenden lo mismo o parecido.

En la comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús no deben ser así las cosas. Eso es lo que les (nos) intenta explicar Jesús. Y afirma: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» Es paradójica la aseveración de Jesús. Manifiesta a la comunidad de los discípulos que el papel de «grande», de dirigente en la comunidad nada tiene que ver con la forma de entenderlo habitualmente. No es poder, ni prestigio, ni privilegios, ni nada parecido. Los que tienen o pretenden alguna responsabilidad en la comunidad han de ser quienes están a su servicio, más aún, los que se consideran –y  son literalmente– esclavos de todos. La autoridad así entendida no tiene nada de atrayente, al menos humanamente. Pero es la que pide Jesús, la que Él vivió: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

lunes, 20 de julio de 2015

Santiago, apóstol - Mt 20,20-28

Catedral de Santiago de Compostela
Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

martes, 24 de febrero de 2015

Domingo II de Cuaresma, ciclo B - Mc 9,2-10

Iglesia de la Transfiguración, Monte Tabor (Israel)
La escena de la Transfiguración de Jesús es un anticipo de su resurrección. La Cuaresma no termina con la muerte violenta de Jesús, ajusticiado en una cruz como un malhechor. Su vida y su predicación hacen comprensible su final trágico. Los poderosos de este mundo no están dispuestos a aceptar su mensaje de la buena noticia del Reino de Dios, donde cada mujer y cada hombre son valorados en si mismos y no por lo que tienen o por lo que parecen, donde todos participan de la misma dignidad. Pero el mal, la violencia, el poder no tienen la última palabra. La Transfiguración preanuncia esta realidad; Dios-Padre se pone del lado de Jesús: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

Más aún, toda la Escritura –significada por Moisés y Elías: la Torá (la Ley) y los Profetas– avalan la «razón» de Jesús. La causa de Jesús responde al plan amoroso de Dios. La Pascua, su resurrección será la prueba de que no se equivocó. Como no se equivocan tantos hombres y tantas mujeres que también hoy en día –a ejemplo de Jesús, el Maestro– ponen toda su existencia al servicio de los demás.

No es fácil aceptar esta realidad. Nos gusta –como a Pedro, a Santiago y a Juan– la vida sin complicaciones; «¡qué bien se está aquí!» repetimos como ellos cuando las circunstancias nos son propicias. Pero no siempre estamos dispuestos a jugarnos la vida por la causa de Jesús, por la buena noticia del Reino.

martes, 22 de julio de 2014

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Hoy celebramos la fiesta de Santiago, hijo de Zebedeo, que junto a su hermano Juan eran conocidos como los hijos del trueno, por su carácter impetuoso. Fue el primero del grupo de los «Doce» que murió por amor a Jesús, alrededor del 43 d.C., por mandato del rey Herodes (primera lectura).

En el evangelio escogido para su fiesta no es que queden muy bien parados Santiago y su hermano Juan. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

Jesús les enseñará otro camino a ellos, al resto del grupo de los Doce y a toda la comunidad de discípulos y discípulas: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» 

Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de todas y de todos, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

martes, 16 de octubre de 2012

Domingo XXIX del tiempo ordinario - Mc 10,35-45

En el evangelio de este domingo se está jugando la forma de entender las diversas responsabilidades eclesiales, ya sea la de obispo o la de catequista, ambas necesarias para el funcionamiento de la comunidad. Los hermanos Zebedeo, y el resto de discípulos también, lo entienden como prestigio y poder. El estilo de Jesús es bien diferente: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» Eso es lo que Él ha practicado siempre y es lo que pide de sus seguidores.

No es fácil de entender y menos de vivir de la manera que sugiere Jesús. A todos nos gusta que nos reconozcan, nos admiren, nos escuchen, nos den la razón… ¡Cuanta soberbia hay detrás de algunas actitudes aparentemente de servicio! Pero estar dispuestos, de verdad, a ser el servidor, incluso el esclavo de todos; eso ya nos apetece menos y si tenemos un cargo de responsabilidad, menos aún. El seguimiento de Jesús nos exige cambiar de mentalidad y de forma de actuar.

lunes, 23 de julio de 2012

Festividad de Santiago, apóstol - Mt 20,20-28

Catedral de Santiago de Compostela
El evangelista nos presenta a la mamá de los Zebedeos intentando «enchufar» a sus hijos; hoy diríamos practicando «tráfico de influencias» Es humano, comprensible, una madre quiere lo mejor para sus hijos… pero no justificable: «no sabéis lo que pedís», afirmará Jesús. A los discípulos, a esta madre, les gusta el prestigio, el renombre, el poder, el dominio sobre los demás… Y a nosotros también.

El estilo de Jesús es bien distinto; la forma de hacer las cosas que Él quiere para la comunidad de sus seguidores es otra: «no será así entre vosotros» No quiere grandezas, ni dominio, ni poder, ni prestigio, ni…, lo que desea de sus discípulos es que todos sean servidores de los otros. Ese es su estilo, su forma de actuar. Y espera de la comunidad creyente, de su Iglesia que actúe de la misma manera. Cualquier responsabilidad comunitaria no es para propia notoriedad o utilidad, o por pretensión de poder sino para servir, sólo para servir.

domingo, 24 de julio de 2011

Festividad de Santiago, Apóstol - Mt 20,20-28

Cada 25 de julio la Iglesia, en su liturgia, nos invita a escuchar el evangelio en el que los hermanos Zebedeos, Santiago y Juan, piden a Jesús el mejor puesto en su Reino: «uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» Vamos, que en el seguimiento de Jesús, curiosamente, lo que les importa es, por encima de todo, el poder y el prestigio. En cuantas ocasiones, por desgracia, en la historia de la Iglesia se ha repetido esta escena, en la de ayer y en la de hoy. Más aún, todos y todas deberíamos hacer examen de conciencia de cuál es el motivo más íntimo, más secreto, de la responsabilidad eclesial o social que asumimos (sea la que sea).

La actitud que pide Jesús a los que ocupan responsabilidades entre sus seguidores es bien otra: el último lugar y el servicio. La verdad, nada atrayente. Pero es que los valores del Reino son bien diferentes de los valores habituales, incluso entre los creyentes. Santiago acabó entendiéndolo y lo asumió hasta las últimas consecuencias: «Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan» (primera lectura). Pero es que Santiago, al igual que tantos cristianos a lo largo de la historia, entendió que sólo en la Buena Noticia de Jesús su vida y su muerte, puerta de entrada a la vida eterna, tenían sentido.

jueves, 22 de julio de 2010

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

El evangelio que nos propone la liturgia para este domingo, festividad de Santiago apóstol, no es de lo más aleccionador; al menos la actitud de Santiago y su hermano Juan, junto con su mamá. La madre de los hermanos Zebedeos quiere lo mejor para sus hijos y ella piensa –nosotros también– que un puesto de poder y de prestigio es a lo que deben aspirar y conseguir.

Pero la perspectiva de Jesús es bien distinta. Él no quiere una comunidad de seguidores suyos que se muevan en esas coordenadas: «no será así entre vosotros». Quien tiene un puesto de responsabilidad en la comunidad sólo lo puede entender desde el servicio. Y esto es aplicable a cualquier encargo eclesial: obispo, presbítero, catequista, responsable de la pastoral de salud, caritas, etc. (cada cual que ponga aquí su responsabilidad en la comunidad).

Y el servicio no es una palabra bonita, que queda muy bien afirmarla públicamente: «yo estoy al servicio de la comunidad». Implica ser y sentirse el último; aquel que siempre esta disponible; quien ama la comunidad más que su propia vida (eso incluye más que la propia comodidad, más que el propio prestigio, más que los propios gustos y necesidades; etc.). No significa abandonar las otras responsabilidades (familiares, sociales, etc.), si no vivir esta responsabilidad sirviendo, como un sirviente.

jueves, 15 de octubre de 2009

Domingo XXIX tiempo ordinario - Mc 10,35-45

La pretensión de los hijos del Zebedeo, de Santiago y Juan, que nos narra el evangelio de hoy, es de entonces, de ahora y de siempre. Les gusta, nos gusta, el poder y el reconocimiento social; es humano. El resto, del grupo de los Doce, se indignan contra ellos, pero en el fondo pretenden lo mismo o parecido.

En la comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús no deben ser así las cosas. Eso es lo que les (nos) intenta explicar Jesús. Y afirma: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» Es paradójica la aseveración de Jesús.

Manifiesta a la comunidad de los discípulos que el papel de «grande», de dirigente en la comunidad nada tiene que ver con la forma de entenderlo habitualmente. No es poder, ni prestigio, ni privilegios, ni nada parecido. Los que tienen o pretenden alguna responsabilidad en la comunidad han de ser quienes están a su servicio, más aún, los que se consideran –y son literalmente– esclavos de todos. La autoridad así entendida no tiene nada de atrayente, al menos humanamente. Pero es la que pide Jesús, la que Él vivió: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»