martes, 23 de mayo de 2017

Ascensión del Señor, ciclo A - Mt 28,16-20

Lugar de la Ascensión, Jerusalén
Este domingo celebramos la «Ascensión del Señor», el día en que Jesucristo, después de resucitar, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre (segunda lectura). Pero los discípulos no quedan solos, no permanecerán huérfanos, serán «bautizados con Espíritu Santo» (primera lectura), que les dará fuerzas para predicar la «Buena Noticia» del Reino «hasta los confines del mundo». Más aún, les promete, el mismo Jesús, que no les abandonará nunca, que estará con ellos «todos los días, hasta el fin del mundo» (evangelio).

Esta festividad nos recuerda que la misión que inició Jesús la ha de continuar la comunidad eclesial, cada uno de sus discípulos y discípulas se ha de sentir implicado. La tarea es ingente. Otro mundo es posible, donde cada ser humano sea respetado por lo que es y no por lo que tiene; donde toda mujer y todo hombre consideren a su prójimo su hermana o su hermano, hijos de un único Padre. La tarea de la evangelización no ha concluido: queda mucho trabajo por realizar. 

Es verdad que no siempre estamos por la labor, que nos quedamos «plantados mirando al cielo», pero sabemos que Él no nos fallará nunca y nos ayudará a salir de nuestra apatía o desesperanza: se ha quedado con nosotros…, para siempre.

martes, 16 de mayo de 2017

Domingo VI de Pascua - Jn 14,15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

lunes, 8 de mayo de 2017

Domingo V de Pascua - Jn 14,1-12

Jesús invita a sus discípulos –en el evangelio de este domingo– a creer en Dios Padre y en Jesús. Nuestra fe se caracteriza por fiarnos de Jesús: Él es nuestro «horizonte de comprensión».

Más aún, Jesús es «el camino, y la verdad, y la vida». No es sólo el guía que nos muestra cómo llegar al Padre, cómo participar de la salvación que Dios nos ofrece, cómo hacer que nuestra vida tenga sentido. Él es el camino de la verdad y de la vida: el camino que nos lleva a la única verdad integral (no medias mentiras o verdades a medias), el único que satisface nuestras inquietudes y esperanzas, porque exclusivamente en Él, «el camino» (no un camino cualquiera), encontramos la vida, la vida en plenitud. El evangelista subraya que el camino hacia Dios pasa por Jesús.

Pero el creer en Jesús, el ser su discípulo o discípula, significa adecuar mi existencia y mis criterios a los de Jesús: «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago». La respuesta de fe implica entrar en la dinámica de la vida de Jesús, en su forma de vivir, de actuar, de predicar… Comporta comprometernos en la construcción del Reino de Dios ya aquí, «como piedras vivas» (segunda lectura), sin desánimos ni pesimismos. Las cosas pueden cambiar; yo tengo mi parte de responsabilidad en construir un mundo más justo, más solidario, más fraternal, que responda al plan original de Dios.

martes, 2 de mayo de 2017

Domingo IV de Pascua - Jn 10,1-10

Jesús no es un pastor de «borregos» sin capacidad de pensar y que siguen a alguien de forma mecánica: «¿dónde va Vicente?, donde va la gente». Jesús es el buen pastor que conoce y respeta a cada una de las ovejas de su rebaño; las conoce personalmente y por eso llama a «cada una por su nombre». Y estas ovejas siguen a Jesús de una forma consciente y libre, de manera que «no reconocen la voz de los extraños»

Más aún, Él es «la puerta», donde las ovejas encontrarán la salvación, la respuesta a todos sus anhelos y esperanzas. Y podrán «entrar y salir libremente», no condicionadas o manipuladas por nada ni por nadie; pero allí «encontrarán pastos» para saciarse. Y es que Jesús quiere que «tengan vida y la tengan en abundancia».

El símil es fácil de entender, de aplicar. La narración del evangelio está manifestando cómo Jesús muestra el camino de la fe, al que estamos invitados todos y todas, un camino de libertad, donde la persona se siente valorada por sí misma, por lo que es, reconocida individual, personalmente, y encuentra la plenitud de sus aspiraciones más profundas. Pero hay otras «ofertas», con frecuencia tentadoras, pero que no dan vida.