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martes, 4 de septiembre de 2018

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,31-37

En el evangelio de este domingo encontramos dos temas muy frecuentes en todo el evangelio de Marcos: el mandato de Jesús de guardar silencio, después de una acción extraordinaria y, por contraste, la proclamación insistente del hecho por parte de la persona beneficiada, no haciendo caso de la advertencia de Jesús.  

El llamado «secreto mesiánico», que no es otra cosa que la insistencia de Jesús en no hacer publicidad de sus hechos prodigiosos, responde a la sospecha de que no sea bien entendido su mesianismo. El mensaje de Jesús no se puede confundir con una fe «milagrera». Sus milagros no son magia, no buscan impresionar a los presentes, no intentan demostrar nada; responden al poder de Dios puesto al servicio del ser humano necesitado. Lo nuclear es la imagen de un Dios misericordioso, solidario con el dolor humano. Por eso, Jesús se acerca a los enfermos y los atiende, los escucha, los cura; como lo hará con todos los pobres y marginados.

Pero quien ha sido acogido por Jesús; quien ha experimentado su fuerza sanadora; el que ha percibido que Dios le ama personalmente no puede callar, aunque se lo pida el mismo Jesús. La proclamación del don de Dios, experimentado en la propia vida, responde a un corazón agradecido. No podemos guardar silencio si Dios ha actuado en nuestras vidas. ¡Y lo ha hecho!

miércoles, 25 de julio de 2018

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
El domingo leeremos-escucharemos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.

jueves, 23 de marzo de 2017

Domingo IV de Cuaresma, ciclo A - Jn 9,1-41

Juan nos presenta, en el evangelio de este domingo, un relato de milagro o mejor, cómo él prefiere denominarlo, de «signo» de una realidad más profunda. Cada uno de los personajes de la narración es fácil identificarlo con diferentes actitudes en la comunidad eclesial o en relación de dicha comunidad con el exterior.

Jesús es el protagonista principal: Él es la luz, capaz de iluminar la oscuridad y la ceguera de los seres humanos. Él es la respuesta a las diversas preguntas que se hacen los hombres y las mujeres sobre el sentido de la existencia. Pero sólo desde una disposición de apertura al don de Dios, de sencillez, de pobreza (en el sentido de sentirse necesitado, en contraposición a la autosuficiencia) es posible captar, recibir, salir de la ceguera del pecado, del mal y ver la luz.

Los fariseos representan en el relato la cerrazón, la ceguera, la imposibilidad de ver, porque no están ni siquiera dispuestos a reconocer su necesidad de luz. Los discípulos, por su parte, no entienden, pero preguntan, buscan..., y serán espectadores privilegiados de la acción de Dios, a través de Jesús. Los padres del ciego personifican la actitud de cobardía, de miedo a complicarse la vida; han visto el cambio radical acaecido en su hijo, pero no son capaces de testimoniarlo públicamente. El ciego que recobra la vista participa de todo un camino de conversión: es curado de su ceguera física y, más importante, de la ceguera espiritual. Él acaba reconociendo a Jesús como Señor, aunque ello le acarrea insultos y marginación; pero ha descubierto la Luz.

lunes, 30 de mayo de 2016

Domingo X del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 7,11-17

Jesús siente compasión de una mujer viuda que acaba de perder a su único hijo. La escena, que el evangelista sitúa en la aldea de Naín, está cargada de emotividad y de amor entrañable.

Las viudas era uno de los colectivos más frágiles en la sociedad mediterránea del siglo I. Al no tener esposo que las mantuviese y, en este caso, al quedarse sin hijos que la ayudasen, eran condenadas a la mendicidad o a la prostitución. Así que junto a la desgracia de la muerte de los seres queridos se añadía la tragedia de una vida sin futuro.


Jesús no es ajeno al sufrimiento humano, a la injusticias sociales que condenan a seres inocentes a situaciones dramáticas, trágicas. Y utiliza el poder de Dios para ponerse del lado de los más necesitados,  de los marginados.


El discipulado de Jesús ─nosotros y nosotras─ no podemos pasar de largo ante las situaciones de injusticia de nuestro alrededor, situaciones agravadas en estos tiempos de crisis. El ejemplo de Jesús nos interpela.

lunes, 23 de mayo de 2016

El Cuerpo y la Sangre de Cristo - Lc 9,11b-17

En el evangelio de este domingo Jesús quiere implicar a los discípulos en el «milagro» de la multiplicación de los panes y de los peces. La acción de Dios se realiza a través de individuos concretos.

Hay un grupo importante de personas que siguen a Jesús: están hambrientos de la Palabra de Dios que sale de su boca. Están tan entusiasmadas por las palabras y las acciones de Jesús que hasta se olvidan de comer. Algunos de entre los más íntimos, los Doce, se percatan que no tienen comida para tanta gente; se mueven aún según una perspectiva muy limitada: no tenemos suficiente, hace falta mucho dinero, son demasiados...

Jesús les muestra otro camino, el del servicio, confiando plenamente en los planes de Dios, en la Palabra de Jesús: «Dadles vosotros de comer»; [...] los partió (los panes) y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. La forma de actuar de Jesús con frecuencia desconcierta; pero hemos de fiarnos (tener fe), y se produce el milagro, con abundancia (sobraron doce cestos). 

La narración nos evoca, sin muchos esfuerzos, la Eucaristía, donde Jesús se entrega no a unos cuantos si no a todos como el auténtico alimento que sacia el corazón humano. Palabra de Dios y Eucaristía aparecen íntimamente unidas.

martes, 12 de enero de 2016

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo C - Jn 2,1-11

Se celebra una boda en Caná de Galilea, a la que asisten como invitados Jesús, María y algunos discípulos de Jesús.

María, atenta a las necesidades de los demás y servicial por naturaleza, se da cuenta, antes que nadie, que la familia de la pareja se encuentra en apuros, se han quedado sin vino para agasajar a los invitados, y esta situación es un problema que exige una solución urgente. María hace suyas las necesidades de los demás, y las convierte en petición confiada a Jesús, su hijo: No tienen vino. La respuesta de Jesús es enigmática, sólo en la lectura de todo el evangelio quedará clarificada.

María no se arredra, y se dirige a los sirvientes de la casa: Haced lo que él os diga. Si la primera intervención de María nos muestra su preocupación por las necesidades ajenas, ésta nos indica una confianza plena en su Hijo, y una actitud a seguir, una consigna: fiarse plenamente de la voluntad de Dios, ponerse al servicio de ella. Si María primero hace notar a Jesús su desvelo por los demás, no tiene vino; ahora se pone al servicio de su voluntad, de la voluntad divina. Ambas actitudes son complementarias: una oración confiada, concretada en las necesidades del prójimo y, al mismo tiempo, una apuesta humilde por la voluntad de Dios. Y se produce el «milagro», que Juan prefiere llamar en su evangelio «signo»

lunes, 31 de agosto de 2015

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,31-37

En el evangelio de este domingo encontramos dos temas muy frecuentes en todo el evangelio de Marcos: el mandato de Jesús de guardar silencio, después de una acción extraordinaria y, por contraste, la proclamación insistente del hecho por parte de la persona beneficiada, no haciendo caso de la advertencia de Jesús.

El llamado «secreto mesiánico», que no es otra cosa que la insistencia de Jesús en no hacer publicidad de sus hechos prodigiosos, responde a la sospecha de que no sea bien entendido su mesianismo. El mensaje de Jesús no se puede confundir con una fe «milagrera». Sus milagros no son magia, no buscan impresionar a los presentes, no intentan demostrar nada; responden al poder de Dios puesto al servicio del ser humano necesitado. Lo nuclear es la imagen de un Dios misericordioso, solidario con el dolor humano. Por eso, Jesús se acerca a los enfermos y los atiende, los escucha, los cura; como lo hará con todos los pobres y marginados.

Pero quien ha sido acogido por Jesús; quien ha experimentado su fuerza sanadora; el que ha percibido que Dios le ama personalmente no puede callar, aunque se lo pida el mismo Jesús. La proclamación del don de Dios, experimentado en la propia vida, responde a un corazón agradecido. No podemos guardar silencio si Dios ha actuado en nuestras vidas. ¡Y lo ha hecho!

miércoles, 22 de julio de 2015

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
Este domingo leemos-escuchamos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.

martes, 29 de julio de 2014

Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 14,13-21

Jesús está siempre atento a las necesidades de los otros, tal como podemos comprobar en el evangelio de este domingo y en todo el evangelio en general. Jesús se acerca a los que padecen alguna enfermedad y los cura; está solícito a que no tienen qué comer la multitud que le sigue…

Y quiere implicar a sus discípulos en esa actitud de servicio hacia los que lo necesitan: «dadles vosotros de comer», les dirá. Más tarde les dará el pan de la abundancia para que lo repartan entre la gente; también tendrán que recoger las sobras, con las que llenarán doce cestos.

Sólo es posible percibir el «milagro» de Jesús desde una actitud de servicio, de disponibilidad, de atención exquisita a las necesidades del prójimo. Sólo desde este estilo de vida se puede descubrir que con Jesús los problemas, los retos, las dificultades no son imposibles. Como Jesús hay que alzar «la mirada al cielo», en gesto de oración: Dios quiere el bien del ser humano, está de nuestra parte y de una forma especial del pobre, del desvalido, del necesitado. Pero inmediatamente hay que ponerse a trabajar, a servir, a compartir, a amar. Y el resultado será «milagroso».

miércoles, 26 de marzo de 2014

Domingo IV de Cuaresma - Jn 9,1-41

Juan nos presenta, en el evangelio de este domingo, un relato de milagro o mejor, cómo él prefiere denominarlo, de «signo» de una realidad más profunda. Cada uno de los personajes de la narración es fácil identificarlo con diferentes actitudes en la comunidad eclesial o en relación de dicha comunidad con el exterior.

Jesús es el protagonista principal: Él es la luz, capaz de iluminar la oscuridad y la ceguera de los seres humanos. Él es la respuesta a las diversas preguntas que se hacen los hombres y las mujeres sobre el sentido de la existencia. Pero sólo desde una disposición de apertura al don de Dios, de sencillez, de pobreza (en el sentido de sentirse necesitado, en contraposición a la autosuficiencia) es posible captar, recibir, salir de la ceguera del pecado, del mal y ver la luz.

Los fariseos representan en el relato la cerrazón, la ceguera, la imposibilidad de ver, porque no están ni siquiera dispuestos a reconocer su necesidad de luz. Los discípulos, por su parte, no entienden, pero preguntan, buscan..., y serán espectadores privilegiados de la acción de Dios, a través de Jesús. Los padres del ciego personifican la actitud de cobardía, de miedo a complicarse la vida; han visto el cambio radical acaecido en su hijo, pero no son capaces de testimoniarlo públicamente. El ciego que recobra la vista participa de todo un camino de conversión: es curado de su ceguera física y, más importante, de la ceguera espiritual. Él acaba reconociendo a Jesús como Señor, aunque ello le acarrea insultos y marginación; pero ha descubierto la Luz.

martes, 4 de junio de 2013

Domingo X del tiempo ordinario - Lc 7,11-17

Jesús siente compasión de una mujer viuda que acaba de perder a su único hijo. La escena, que el evangelista sitúa en la aldea de Naín, está cargada de emotividad y de amor entrañable.

Las viudas era uno de los colectivos más frágiles en la sociedad mediterránea del siglo I. Al no tener esposo que las mantuviese y, en este caso, al quedarse sin hijos que la ayudasen, eran condenadas a la mendicidad o a la prostitución. Así que junto a la desgracia de la muerte de los seres queridos se añadía la tragedia de una vida sin futuro.

Jesús no es ajeno al sufrimiento humano, a la injusticias sociales que condenan a seres inocentes a situaciones dramáticas, trágicas. Y utiliza el poder de Dios para ponerse del lado de los más necesitados,  de los marginados.

El discipulado de Jesús ─nosotros y nosotras─ no podemos pasar de largo ante las situaciones de injusticia de nuestro alrededor, situaciones agravadas en estos tiempos de crisis. El ejemplo de Jesús nos interpela.

martes, 28 de mayo de 2013

Festividad de «El Cuerpo y la Sangre de Cristo» - Lc 9,11b-17


En el evangelio de hoy Jesús quiere implicar a los discípulos en el «milagro» de la multiplicación de los panes y de los peces. La acción de Dios se realiza a través de individuos concretos.

Hay un grupo importante de personas que siguen a Jesús: están hambrientos de la Palabra de Dios que sale de su boca. Están tan entusiasmadas por las palabras y las acciones de Jesús que hasta se olvidan de comer. Algunos de entre los más íntimos, los Doce, se percatan que no tienen comida para tanta gente; se mueven aún según una perspectiva muy limitada: no tenemos suficiente, hace falta mucho dinero, son demasiados...

Jesús les muestra otro camino, el del servicio, confiando plenamente en los planes de Dios, en la Palabra de Jesús: «Dadles vosotros de comer»; [...] los partió (los panes) y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. La forma de actuar de Jesús con frecuencia desconcierta; pero hemos de fiarnos (tener fe), y se produce el milagro, con abundancia (sobraron doce cestos).

La narración nos evoca, sin muchos esfuerzos, la Eucaristía, donde Jesús se entrega no a unos cuantos si no a todos como el auténtico alimento que sacia el corazón humano. Palabra de Dios y Eucaristía aparecen íntimamente unidas.

martes, 15 de enero de 2013

Domingo II del tiempo ordinario - Jn 2, 1-11


Se celebra una boda en Caná de Galilea, a la que asisten como invitados Jesús, María y algunos discípulos de Jesús.

María, atenta a las necesidades de los demás y servicial por naturaleza, se da cuenta, antes que nadie, que la familia de la pareja se encuentra en apuros, se han quedado sin vino para agasajar a los invitados, y esta situación es un problema que exige una solución urgente. María hace suyas las necesidades de los demás, y las convierte en petición confiada a Jesús, su hijo: No tienen vino. La respuesta de Jesús es enigmática, sólo en la lectura de todo el evangelio quedará clarificada.

María no se arredra, y se dirige a los sirvientes de la casa: Haced lo que él os diga. Si la primera intervención de María nos muestra su preocupación por las necesidades ajenas, ésta nos indica una confianza plena en su Hijo, y una actitud a seguir, una consigna: fiarse plenamente de la voluntad de Dios, ponerse al servicio de ella. Si María primero hace notar a Jesús su desvelo por los demás, no tienen vino; ahora se pone al servicio de su voluntad, de la voluntad divina. Ambas actitudes son complementarias: una oración confiada, concretada en las necesidades del prójimo y, al mismo tiempo, una apuesta humilde por la voluntad de Dios. Y se produce el «milagro», que Juan prefiere llamar en su evangelio «signo»

martes, 23 de octubre de 2012

Domingo XXX del tiempo ordinario - Mc 10,46-52

Oración comunitaria
La fuerza de la oración es incalculable. Bartimeo ruega, con todas sus fuerzas y toda su voz, al escuchar que pasa Jesús (ya que es ciego y no puede verlo): «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí» Su súplica es una oración que nace de la fe. Tiene tanta fuerza su oración que se ha convertido en una forma de oración habitual entre los cristianos orientales: la repiten, al ritmo de la respiración, haciendo una oración continuada, insistente, repetitiva…, desde la confianza, desde la fe.

Sólo la fe, la oración confiada produce el milagro. El relato evangélico es una catequesis sobre la fe; sin ella estamos ciegos. Como Bartimeo necesitamos desprendernos del «manto», de todo lo que nos ata a nuestro pasado, a nuestra ceguera, y dar «un salto» a una nueva realidad, la Buena Noticia de Jesús: «Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino» Apuntémonos a esta novedosa perspectiva, a los valores del Reino, al seguimiento de Jesús: ¡vale la pena!

miércoles, 25 de julio de 2012

Domingo XVII del tiempo ordinario - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
El evangelista sitúa la escena de la multiplicación de los panes y de los peces cronológicamente próxima a la Pascua judía, lo que facilita el hacer del texto una lectura eucarística.

Jesús da de comer, de forma extraordinaria, a todos los presentes, hasta saciarse. Sólo el alimento eucarístico sacia las ansias de eternidad del ser humano. El milagro es posible a partir de la pobreza de medios de la comunidad: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» El Maestro se servirá de estos medios (necesarios, aunque insuficientes) para dar de comer a la comunidad humana, incluso sobrando. Los cinco panes, los doce cestos, los cinco mil que comieron no son simplemente números; son signos de la realidad comunitaria: cinco es el número de la Torá (los cinco primeros libros de la Biblia, el plan de Dios) y doce es el número de las tribus de Israel y del grupo de los Apóstoles (la comunidad creyente). Toda una catequesis eucarística y del compartir. 

martes, 14 de febrero de 2012

Domingo VII del tiempo ordinario - Mc 2,1-12


Voluntarios en Haití
Jesús, en la escena de la curación del paralítico, aparece proponiendo la Palabra de Dios, perdonando los pecados, curando. Un auténtico plan de acción para la comunidad creyente. Una comunidad que no está enraizada en la Palabra de Dios, que no ha hecho del perdón incondicional y del amor su seña de identidad, que no está atenta, de forma continua, a las necesidades del prójimo no merece el título de seguidora de Jesús.

Los que llevan al paralítico han pasado la prueba de la fe, se fían plenamente de Jesús y de su Palabra, confían, sin fisuras, en que Jesús escuchará sus suplicas, se apiadará de la necesidad de su amigo. Son capaces de entrar a su amigo, a donde está Jesús aunque sea abriéndose camino por el techo. La fe, la amistad, el amor sincero no conocen de barreras ni de impedimentos. Igual alguno de nosotros, ante las múltiples dificultades, hubiese comentado o pensado: ¡es imposible! Es probable que nos falte fe y amor de verdad.

martes, 7 de febrero de 2012

Domingo VI del tiempo ordinario - Mc 1, 40-45

Enfermo de sida
Jesús no hace ascos de enfermedades tan repulsivas como la de la lepra. Escucha los lamentos, la súplica de un necesitado y lo toca, sin preocuparse si esto significa que él quedará impuro por acercarse a un leproso. Su palabra, su gesto, su tocar limpia, purifica. Pero no quiere publicidad ni fama: «no se lo digas a nadie» Lo importante no es que la gente le admire o le alabe sino ayudar a quien lo necesita, a quien le pide auxilio.

Cuántas necesidades encontramos a nuestro alrededor y no sólo en el llamado Tercer Mundo, que también, sino muy cerca de nosotros. No podemos, no debemos pasar indiferentes ante tanto sufrimiento. El problema no es que se lo han buscado, o que son unos vagos, o sino trabajan es porque no quieren, o que mejor que se queden en su país, o… Si las necesidades de los otros, de nuestros hermanos, no nos conmueven debemos revisar si verdaderamente somos discípulos de Jesús. ¿Nos creemos, en serio, que son nuestros hermanos?

martes, 31 de enero de 2012

Domingo V del tiempo ordinario - Mc 1,29-39

Iglesia construida sobre la casa de
Pedro y Andrés en Cafarnaún
Jesús va a casa de los hermanos Simón y Andrés, en Cafarnaún, acompañado de un grupo pequeño de discípulos, seguramente, con la intención de descansar, después de una jornada difícil. Pero no va a poder ser así. En primer lugar cura a la suegra de Simón, que estaba enferma, con fiebre, y después ha de ocuparse de las necesidades de un grupo numeroso de enfermos y endemoniados. Jesús no sólo dice sino que hace. La predicación del Reino de Dios va acompañada de hechos concretos a favor de todos los que sufren carencias. Cuánto hemos de aprender de la actitud del Maestro.

Muy temprano, «se levantó de madrugada», se entrega a la oración. Después de todo un día ajetreado siente necesidad de la plegaria, de diálogo íntimo con Dios-Padre. Y comienza, después, un nuevo día de predicación y de curaciones.

Todo un día completo. ¿Nuestras jornadas tienen algo que ver con las de Jesús? ¿Es prioritaria en nuestra vida la construcción del Reino de Dios? ¿Vivimos con toda la intensidad y confianza los ratos diarios de oración? ¿Tenemos una auténtica preocupación por las necesidades de los que nos rodean?

jueves, 3 de marzo de 2011

Domingo IX del tiempo ordinario - Mt 7,21-27

construir sobre roca, no sobre arena

Seguimos en el contexto del «sermón de la montaña» que ha ocupado la lectura del evangelio de los últimos seis domingos. El texto que cierra esta recopilación es una llamada de atención de Jesús a sus discípulos, a la comunidad creyente contra una falsa confianza en ciertas formas de religiosidad.

La garantía de la entrada en el reino de los cielos no es consecuencia inmediata de ser personas de oración: «no todos los que me dicen “Señor, Señor” entrarán en el reino de los cielos»; ni tampoco de haber predicado en su nombre, ni siquiera de haber podido hacer milagros. Las afirmaciones de Jesús son desconcertantes. Todo lo enumerado anteriormente puede significar «construir sobre arena», sin cimientos; ser, en palabras de Jesús, «como un tonto»

¿Cuál es la actitud que nos sugiere Jesús? ¿Cómo podemos «construir sobre roca»? ¿De qué manera nuestra vida eclesial, comunitaria tendrá cimientos sólidos?

Lo primero es escuchar su Palabra, donde descubriremos «la voluntad de mi Padre celestial» ¿Cuando nos vamos a tomar en serio en nuestras comunidades el priorizar la lectura, estudio, oración, aplicar a la vida personal y comunitaria la Palabra de Dios, la Biblia?

E inmediatamente después hacer de esta Palabra, de la voluntad salvífica de Dios lo nuclear del vivir cristiano. Descubriremos que es oración pero también lucha por la justicia; que es predicación, pero también empeño en construir un mundo mejor, donde sea respetada la dignidad de todas las personas; que es, sobre todo, continuar la construcción del Reino de Dios, inaugurada por Jesús, donde cada hombre y cada mujer tienen el mismo derecho a ser felices, bienaventurados.

jueves, 15 de abril de 2010

Domingo III de Pascua - Jn 21,1-19

El evangelio de Juan situará después de la resurrección de Jesús la escena de la pesca milagrosa. Junto a la catequesis sobre Jesús resucitado, que se hace encontradizo con sus discípulos, pero que sólo es posible reconocerlo plenamente a través de la fe, el narrador nos ofrece otros aspectos a considerar.

El primero es la fuerza de su «Palabra». Será ésta la que hará posible una pesca abundante, también el que no se rompa la red; incluso en situaciones que parece que ya no es posible hacer nada humanamente. La misión que ha encomendado a sus discípulos sólo es posible a partir de la Palabra de Jesús. En su Palabra eficaz el discípulo amado –todos somos el discípulo amado– reconoce al Señor.

Es Jesús quien también les ofrece alimento, participa con ellos de una comida sencilla, que él mismo les ha preparado. Dos «lugares» de encuentro con Jesús: su Palabra y la comida fraternal, que fácilmente nos evoca la Eucaristía.

Pero el texto también nos «habla» de amor de donación. La Palabra de Jesús y la Eucaristía fraternal desembocan necesariamente en el amor. La tarea que encarga a Pedro, apacentar, pastorear sus corderos y sus ovejas, sólo tiene sentido desde el amor, desde el servicio, desde la donación desinteresada. Pedro deberá pasar la prueba del amor, sólo en este crisol quedará probada su idoneidad como dirigente de la comunidad. Una capacidad que tiene mucho más de servicio que de poder, de entrega que de imposición, de amor entrañable que de pretensiones.