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lunes, 9 de abril de 2018

Domingo III de Pascua - Lc 24,35-48

Continuamos con las diversas escenas de la resurrección que nos narran los evangelios. El texto de este domingo es la continuación de la narración del encuentro de Jesús resucitado con los dos discípulos que volvían a Emaus. Ellos son los que cuentan a los otros discípulos que han reconocido a Jesús resucitado en la «fracción del pan», nombre con el que se designa en los evangelios a la eucaristía.

Cuando están comentando estas cosas Jesús se hace presente, pero les cuesta reconocerle. Jesucristo con su resurrección ha entrado en una nueva realidad: es Él mismo (les muestra las manos y los pies, les pide de comer, etc.); pero ya no pertenece a este mundo (no le reconocen, se presente en medio de ellos, etc.). Es el misterio de la resurrección.

Él les «abre el entendimiento» para comprender las Escrituras, la Palabra de Dios. Y cómo su vida, pero también su muerte y resurrección responden a la respuesta amorosa de Dios, que se concreta, se hace comprensible a través de su Palabra.

La Eucaristía y la Palabra de Dios se convierten en dos «lugares» privilegiados para reconocer a Jesús, para entender su mensaje, para comprometerse en la «buena noticia» del Reino. «Vosotros sois testigos de esto» les dice Jesús a los discípulos de entonces y a los de ahora.

martes, 3 de abril de 2018

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31


La experiencia de la resurrección, que nos narra hoy el evangelio de Juan, acontece el primer día de la semana, es decir, el domingo. Éste día, el de la resurrección de Jesús, será a partir de entonces el que sustituirá el sábado judío. En aquella celebración se conmemoraba tanto el final de la creación, de la que el ser humano es el culmen, como la experiencia liberadora del Éxodo para el pueblo de Israel. Ahora celebramos la nueva creación que la resurrección de Cristo ha inaugurado; la liberación universal de toda la humanidad del mal, de la injusticia, de cualquier tipo de esclavitud; el nacimiento del nuevo Pueblo de Dios.

Es una experiencia de paz, de felicidad, de perdón, de amor, de Espíritu Santo, de fe. Todos estos elementos están presentes en el texto que meditamos. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos invitados, tanto personal como comunitariamente, a experimentar esta realidad. Lo realmente importante no es tanto la «experiencia física» de la resurrección: «Dichosos los que crean sin haber visto» Lo definitivo es el encuentro con Cristo resucitado. Un encuentro que transforma nuestras vidas, nos hace vivir más felices, nos posibilita amar, nos invita al perdón… ¿Es posible este cambio en mi vida, en mi familia, en mi comunidad?

viernes, 30 de marzo de 2018

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» Con este saludo y la consiguiente respuesta nuestros hermanos cristianos orientales se saludan este día tan especial, tan extraordinario, y durante todo el tiempo pascual. Hoy celebramos que la muerte no ha podido con Jesucristo, con su mensaje, con su proyecto. Dios Padre lo ha resucitado.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena como primer testimonio del sepulcro vacío del Señor. Lo que comunica inmediatamente a Pedro y al discípulo amado. Ambos llegan corriendo. Es el «discípulo amado» el que al entrar, ve y cree. Entiende las Escrituras, puntualiza el narrador.

El evangelista pretende que nosotros lectores y lectoras nos identifiquemos con la actitud del «discípulo amado». Éste personaje –del que curiosamente no se menciona el nombre en todo el evangelio– es capaz de creer a partir de unos signos materiales, que en sí no producen la fe. Sólo una fe profunda, cimentada en la Palabra de Dios, y una confianza plena en la persona de Jesús permiten captar y asumir la fuerza de la resurrección del Señor. Será el discípulo que se siente amado personalmente por Jesús quien entenderá que Jesús vive, que ha vuelto a la vida, que su mensaje y su proyecto valen la pena. Dios Padre resucitándolo lo ha certificado.

martes, 29 de agosto de 2017

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 16,21-27

Aunque la respuesta de Pedro sobre la identidad de Jesús es la correcta (evangelio del domingo pasado), su comprensión de la misma deja mucho que desear. Jesús les anuncia el final violento de su vida, lo que ha de padecer y cómo morirá ejecutado, aunque también les anticipa su resurrección; es la consecuencia previsible de su vida y de su predicación. Pero Pedro no está dispuesto a aceptar esa realidad, intenta apartar a Jesús de este destino. No entiende que ese final está unido indisolublemente a la forma de ser de Jesús, a su mesianismo que poco antes ha proclamado, a su estilo de vida. 

Buscar seguridades, tranquilidad, no complicarse la vida, no «molestar» a los poderosos, dejar de predicar la «Buena noticia» del Reino, renunciar a proclamar el amor de Dios a los pobres, enfermos, pecadores, prostitutas y gente de mala de vida, significaría abandonar todo aquello que da sentido a su vida, aunque esto signifique morir violentamente. Jesús está convencido, la experiencia lo enseña, que esta forma de vivir significa esa forma de morir, pero Dios-Padre está de su parte, esa es su esperanza y su convicción.

Nosotros somos más del estilo de Pedro. Nos gusta la vida fácil y tranquila, y cuando el evangelio de Jesús nos interpela, nos complica la existencia nos vienen las crisis. Nos falta estar convencidos que el estilo de Jesús vale la pena, que la vida tiene sentido cuando se gasta y se desgasta en vivir la radicalidad del Evangelio.

domingo, 13 de agosto de 2017

La Asunción de María, madre de Jesús - Lc 1,39-56

En la fiesta de la Asunción celebramos que María ha subido al cielo y desde allí intercede por todos y cada uno de nosotros y de nosotras. La primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto (segunda lectura) nos recuerda que Cristo ha resucitado, que el es la primicia, el primero que como hombre disfruta ya de una vida que no tiene fin, donde la muerte es aniquilada. María –proclama la liturgia de este día– ya está gozando de esta realidad y, desde ella, sigue preocupándose y ocupándose de todos sus hijos e hijas, de cada ser humano.

El evangelio nos presenta a María visitando a su parienta Isabel, haciendo un largo viaje para ponerse a su servicio. Ha sabido por el anuncio del ángel que está embarazada de seis meses y corre a darle la enhorabuena, a alegrarse con ella, pero sobre todo a ayudarla, a atenderla en lo que necesite. María es una mujer servicial, atenta a las necesidades ajenas, y este papel sigue ejerciéndolo, de una forma amorosa.

Ella «canta», «proclama» las grandezas de Dios, un Dios que está del lado de los humildes, de los hambrientos, de los pobres. Un Dios amor: amor misericordioso, amor fiel. Por eso celebramos que desde el cielo sigue atenta a nuestras necesidades y nos muestra un Dios que rompe con muchos esquemas del mundo, con muchos modelos incluso religiosos: un Dios entrañable.

martes, 1 de agosto de 2017

Domingo de la Transfiguración del Señor - Mt 17,1-9

La narración de la escena de la Transfiguración intenta ser un bálsamo, un canto de esperanza en el camino de Jesús con sus discípulos hacia Jerusalén, lugar, como él les ha repetido en diversas ocasiones, donde será ejecutado. Es verdad que junto al anuncio de su pasión y muerte siempre les ha hablado de resurrección, pero ellos no terminan de entender todo esto.

La Transfiguración es un anticipo de la resurrección; es la constatación de que las palabras y los gestos de Jesús, la Buena Noticia del Reino, los valores de este Reino al que son invitados a construir y vivir su discipulado, la utopía de un mundo donde sea respetada la dignidad de todos… no son un fracaso de un soñador cualquiera. La Palabra de Dios, siempre viva y eficaz, lo avalan; ésta es representada por Moisés y Elías (la Torá y los profetas); Dios mismo lo certifica: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo» Pero antes es necesario pasar por la incomprensión, por el sufrimiento, por la cruz.

La vida cristiana a veces tiene también mucho de esto: la resurrección, un horizonte de claridad, de esperanza, de resurgimiento… sólo se da después de la cruz. Pero, ¡vale la pena!

martes, 23 de mayo de 2017

Ascensión del Señor, ciclo A - Mt 28,16-20

Lugar de la Ascensión, Jerusalén
Este domingo celebramos la «Ascensión del Señor», el día en que Jesucristo, después de resucitar, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre (segunda lectura). Pero los discípulos no quedan solos, no permanecerán huérfanos, serán «bautizados con Espíritu Santo» (primera lectura), que les dará fuerzas para predicar la «Buena Noticia» del Reino «hasta los confines del mundo». Más aún, les promete, el mismo Jesús, que no les abandonará nunca, que estará con ellos «todos los días, hasta el fin del mundo» (evangelio).

Esta festividad nos recuerda que la misión que inició Jesús la ha de continuar la comunidad eclesial, cada uno de sus discípulos y discípulas se ha de sentir implicado. La tarea es ingente. Otro mundo es posible, donde cada ser humano sea respetado por lo que es y no por lo que tiene; donde toda mujer y todo hombre consideren a su prójimo su hermana o su hermano, hijos de un único Padre. La tarea de la evangelización no ha concluido: queda mucho trabajo por realizar. 

Es verdad que no siempre estamos por la labor, que nos quedamos «plantados mirando al cielo», pero sabemos que Él no nos fallará nunca y nos ayudará a salir de nuestra apatía o desesperanza: se ha quedado con nosotros…, para siempre.

martes, 16 de mayo de 2017

Domingo VI de Pascua - Jn 14,15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

lunes, 24 de abril de 2017

Domingo III de Pascua - Lc 24,13-35

Este domingo escucharemos una de las páginas más hermosas del evangelio. Tres personajes sobresalen en la narración: Jesús, Cleofás (uno de los dos discípulos de Emaús) y otro personaje del que no se indica el nombre (¿María, la esposa de Cleofás?). Los dos discípulos que caminan hacia Emaús vuelven de Jerusalén cabizbajos, decepcionados, apenados, desesperanzados… Y se encuentran con Jesús, pero no lo reconocen.

Jesús les descubre las Escrituras, les muestra cómo la Palabra de Dios preanuncia al Mesías y la suerte que le tocará vivir: su pasión y muerte, pero también su triunfo sobre la muerte, su resurrección. Ellos, al llegar a su destino, acogen a este forastero que les acompaña, para que no siga de camino sin luz del día o encuentre problemas dónde pasar la noche: sin saberlo están dando cobijo a Jesús. Y sentados a la mesa lo reconocen en la «fracción del pan». Jesús desaparece y ellos vuelven a Jerusalén, desandando su recorrido, para anunciar a la comunidad el gozo inmenso de la resurrección de Jesús y de la forma cómo lo han reconocido. 

La narración es una auténtica catequesis eucarística: arde el corazón de ellos escuchando la Palabra de Dios, lo reconocen en la «fracción del pan» (uno de los nombres con los que se denomina a la Eucaristía en el Nuevo Testamento), pero antes han practicado la hospitalidad, el amor desinteresado con quien lo necesita, y ese alguien resulta que es Jesús. Y, como consecuencia, la necesidad de proclamar la «buena noticia» de la resurrección, olvidándose incluso de las dificultades, como podría ser el caminar ya anochecido.

viernes, 14 de abril de 2017

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

Hoy es día de inmensa alegría en la comunidad cristiana: ¡Cristo ha resucitado!, ¡verdaderamente ha resucitado el Señor!

El primer testimonio de la resurrección lo reciben las mujeres, ocupando un lugar privilegiado María Magdalena (evangelio de la Vigilia Pascual). El anuncio tiene una recomendación: «No tengáis miedo», y contagia una actitud: «llenas de alegría, corrieron a anunciarlo» La fe les hace descubrir, constatar esta nueva realidad: la resurrección de Jesús. El miedo sería la actitud contraria a esta fe; el miedo paraliza, no permite dar la respuesta de fe adecuada. La fe de estas mujeres se traduce en una inmensa alegría, un gozo que les empuja a anunciar esta buena nueva.

La resurrección de Jesús implica que Dios Padre ha refrendado su vida y su predicación. Este nueva realidad exige de sus seguidores y seguidoras una nueva actitud, una «vida nueva» (epístola de la Vigilia), morir a la «esclavitud del pecado», romper con todo aquello que significa egoísmo, hedonismo, odio, violencia, acepción de personas, crítica destructiva, discordias, rivalidades, divisiones etc., y vivir según el Espíritu de Jesús: amor fraternal a todo ser humano, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, dulzura en el trato, dominio de uno mismo (cf. Gal 2,19-23).

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

viernes, 31 de marzo de 2017

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Mt 26,14-27,66

El domingo de Ramos anticipa litúrgicamente los acontecimientos que se desarrollarán a lo largo de la Semana Santa que comienza: anuncia el desenlace trágico de la vida de Jesús. Preludia un final, no obstante, que no acaba con la muerte, «una muerte de cruz», como subraya la carta a los Filipenses (segunda lectura), sino con la resurrección, con la exaltación de Jesús, al que se le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre».

Es un final, desde el punto de vista humano, cargado de traición: «Al que yo bese, ése es; detenedlo»; pero con una respuesta de Jesús de amor: «Amigo, ¿a qué vienes?». Su muerte responde a la forma en que vivió. Su máxima fue la fidelidad a la voluntad de Dios-Padre y el amor a cada ser humano, hijo e hija de este Padre. Precisamente, por esto, muere poniéndose en las manos del Padre, desde la experiencia sensible de la ausencia de Dios, como lo prueba la oración del salmo 22 (21) (salmo responsorial) que el evangelista pone en boca de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», pero consciente de que el Padre puede cambiar la muerte en vida, el mal en bien. Será en la cruz donde lo reconocerán, lo reconoceremos como el Hijo de Dios: «Realmente éste era el Hijo de Dios».

martes, 28 de marzo de 2017

Domingo V de Cuaresma, ciclo A - Jn 11,1-45

Iglesia de Marta, María y Lázaro - Betania
Jesús es la «resurrección y la vida»: ésta es la idea que sobresale del evangelio de este domingo. El Dios de Jesús es el Dios de la vida. Y esta vida se manifiesta en Jesús a través de sus gestos y de sus palabras. Jesús amaba a Marta, a María, a Lázaro...; nos ama a cada uno de nosotros personalmente. Es capaz de emocionarse y de llorar ante la desgracia humana: nos muestra el rostro humano del Dios de la vida. Y es capaz de transformar, como enviado del Padre, el mal en bien, el pecado en bondad, la muerte en vida.

Pero la acción gratuita de Dios, manifestada en Jesús, reclama una respuesta generosa humana. Marta, la hermana de Lázaro, responde desde la fe, desde la esperanza, desde el amor: se fía de Jesús. Pero estas actitudes las vive de una forma activa: sale al encuentro de Jesús, tiene un diálogo sincero y confiado con Él, lo comunica a su hermana. María, la otra hermana, cuando se entera que está Jesús y la llama, sale corriendo a su encuentro y se hecha a los pies del Maestro, compartiendo con Él su dolor y su confianza.

Jesús libera a Lázaro de las ataduras de la muerte; nos libera de toda esclavitud que nos oprime, nos atenaza, no nos deja vivir. En Él tenemos la esperanza de que el mal, el pecado, la muerte no tienen la última palabra.

lunes, 6 de marzo de 2017

Domingo II de Cuaresma, ciclo A - Mt 17,1-9

Basílica de la Transfiguración
La escena de la Transfiguración, del evangelio de este domingo, anticipa la exaltación –la  resurrección– de Jesús, que celebraremos al final de este tiempo litúrgico y hacia donde apunta toda la Cuaresma. Prepara a los discípulos a los acontecimientos difíciles de la pasión y muerte del Maestro, con la confianza cierta de un final esperanzador.

En la escena de la narración, además de Jesús y los tres discípulos, aparecen tres personajes más: Moisés y Elías y Dios-Padre. Toda la Biblia, toda la Palabra de Dios está dando testimonio de Jesús, personificada en Moisés (la Torá, la Ley) y Elías (los Profetas), y el mismo Dios confirma la grandeza del Hijo, con una invitación a escucharlo. 

Invita el pasaje a todos los que lo leen o lo escuchan a estar atentos a la Palabra de Dios, Antiguo (Moisés y Elías) y Nuevo Testamento (Jesús). En ella está la respuesta a nuestros interrogantes, pero también a nuestros miedos, inquietudes, angustias, incomprensiones... La historia del ser humano, la colectiva, pero también la personal, está en las manos de Dios; no hemos de tener miedo. Y, al mismo tiempo, es una llamada a vivir el mensaje de esta Palabra: no podemos quedarnos a hacer «tres tiendas» y eludir nuestra responsabilidad.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 20,27-38

Abraham, Isaac y Jacob
Jesús nos presenta, en el evangelio de este domingo, al Dios de la vida. La pregunta malintencionada de los saduceos le da pie para hablarnos de un Dios que «no es Dios de muertos, sino de vivos». El Dios de Jesús es un Dios que está siempre al lado de su pueblo, es el «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», un Dios que se hace presente en la historia de su pueblo, un Dios cercano, un Dios de vida.

Dios ama a cada uno de nosotros de una forma singular, individual, personal. Por eso se hace presente en nuestras vidas, en nuestra cotidianidad, en nuestra historia personal, pero también en la comunitaria y eclesial. Y también, por esta razón, por amor, desea que disfrutemos eternamente de su amor, del amor compartido, pleno, total.

Esta visión de la otra vida no tiene nada de alienante, todo lo contrario. Es una vida que se convierte en continuidad con ésta, y sólo así tiene sentido. Dios se hace presente en nuestras vidas, aquí y ahora, y nos ofrece vivir según su plan amoroso. El decirle, con mi vida, sí, significa que empiezo ya a compartir ese amor con los demás, con cada hombre y cada mujer, a los que considero mis hermanos, y esto es el anticipo de la Vida, con mayúsculas, donde el amor será la única puerta de entrada posible.

martes, 3 de mayo de 2016

La Ascensión del Señor - Lc 24,46-53

Jesús ha resucitado, asciende al cielo, pero la historia de la Buena Noticia que ha traído para todos los seres humanos sólo ha hecho que empezar.

En su nombre Él envía a todos sus discípulos y discípulas a predicar de palabra, pero sobre todo con el testimonio de su vida que las cosas y las personas pueden cambiar (conversión), que no nos podemos quedar en una crítica negativa y derrotista de la realidad que nos envuelve, que nos hemos de empeñar con todas las fuerzas en hacer posible este cambio. Y, también, que Dios ofrece gratuitamente su perdón a todos los hombres y a todas las mujeres, que siempre hay otra oportunidad, porque lo que define a Dios es el amor.

Él se queda con nosotros, no nos deja solos. Promete –y siempre cumple sus promesas– que seremos revestidos de la fuerza de lo alto; es decir, que Dios estará a nuestro lado, de nuestra parte, y nos proporcionará la fuerza que necesitamos para esta inmensa tarea.

El grupo de discípulos recibe su impulso de la oración: Ellos se postraron ante él. Es la fuerza que nace de una oración confiada. Y, por ello, se vuelven con gran alegría. Algo que define al seguidor y a la seguidora de Jesús es la alegría, la gran alegría, que no desfallece ante las dificultades o dramas de la vida.

martes, 29 de marzo de 2016

Domingo II de Pascua o de la divina Misericordia - Jn 20,19-31

Las dos escenas que narra el evangelio de este domingo acontecen en el día primero de la semana, es decir, el domingo. La resurrección de Jesús se ha producido en domingo, y este día va a ser central para las comunidades seguidoras del Resucitado.

Los discípulos están temerosos, con miedo, con las puertas cerradas..., y Jesús se hace presente en medio de ellos. Les trae la alegría de la Resurrección y la vida, la paz, la fuerza del Espíritu Santo y el signo del perdón misericordioso.

Aún les falta fe: Tomás es el paradigma de esta situación. Pero la experiencia de Jesús resucitado transforma sus vidas; será el mismo Tomás el que expresará uno de los actos de fe más profundos: «¡Señor mío y Dios mío!».

Todos estamos llamados a experimentar a Cristo resucitado. Desde la fe. Pero, no por eso con menos intensidad. Esta experiencia nos liberará, igual que a los discípulos del evangelio, de nuestros miedos, complejos, faltas de fe o esperanza... Nos empujará a «abrir las puertas de par en par» a Cristo, a los hermanos, a los necesitados. Jesús nos invita a transformar la sociedad, a llevar la paz del evangelio, a cantar la alegría de la vida, a ser portadores de perdón y de amor entrañable.

viernes, 25 de marzo de 2016

Domingo de Pascua de Resurrección, ciclo C - Lc 24,13-35

La escena de Jesús con los discípulos de Emaús (Cleofás y… ¿su esposa María?) es una de las más bellas del evangelio. Estos dos discípulos marchan de Jerusalén decepcionados, sus esperanzas frustradas: «nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves…», han asesinado nuestra esperanza. Les falta fe, les falta amor, por eso no tienen esperanza.

El encuentro con un desconocido va a cambiar su perspectiva. A nadie pasa desapercibida la catequesis eucarística implícita en la narración. El desconocido les explica las Escrituras, les invita a «leer» en la Palabra de Dios el plan divino de salvación; les ofrece ver con otros ojos el proyecto de Dios materializado en la persona de Jesús. La Biblia leída – escuchada así abre nuevas perspectivas, posibilita la fe, entusiasma: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Cuando llegan a Emaús el desconocido se despide de ellos, pero los discípulos no le permiten que continúe solo el camino; está anocheciendo y no es prudente seguir caminando una persona solitaria. La hospitalidad, el amor les va a permitir acoger al mismo Jesús, sin ellos saberlo. Y lo reconocerán en la «fracción del pan», en la Eucaristía. Jesús sale de la escena, y ellos sin demora vuelven a Jerusalén, aunque es de noche, para comunicar a todos su experiencia del Resucitado. Todo ha cambiado en sus vidas. ¿Así vivimos nosotros y nosotras la Eucaristía dominical?

miércoles, 23 de marzo de 2016

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

En la cruz de Jesús, en lo alto, hay un letrero, escrito en hebreo, latín y griego: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos» Una auténtica paradoja. Un rey que reina desde la cruz, colgado en un madero. Su sufrimiento y su muerte son la forma concreta de ejercer su reinado, su poder. Desde entonces el sufrimiento, el dolor, la muerte no son algo inútil. Él ha querido solidarizarse con el sufrimiento humano, con el dolor de todos, en su propia carne. Nos ha mostrado el rostro humano de Dios: de un Dios compasivo, de un Dios que padece con el que sufre.

Pero Él no nos ofrece la alternativa de la resignación, sino de la esperanza. De la esperanza de los justos. A Jesús lo mataron porque sus palabras y, sobre todo, su forma de actuar molestaba a los poderosos: era un peligro para su status. Pero, el mal y la muerte no tienen la última palabra. La cruz de Jesús es signo de esperanza.

Viernes santo es sufrimiento, dolor y muerte. Pero para el seguidor de Jesús, para quien tiene fe es, sobre todo: esperanza, vida, resistencia ante la injusticia y el mal, expectativa de resurrección, certeza de que el bien vencerá; convicción de que el Dios de Jesús es un Dios de vida.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.