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domingo, 18 de marzo de 2018

San José, esposo de María - Lc 2,41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

Comenzamos un nuevo año, y la primera festividad que celebramos es la de María, madre de Dios. Será Pablo el primero que nos recordará (segunda lectura) que «envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer». Y la mujer es María. Este acontecimiento nos ha abierto el camino para vivir en plenitud la filiación divina; ahora podemos llamar a Dios, abba, padre, papá. La madre de Jesús ha jugado un papel importantísimo, necesario en este evento.

La liturgia nos invita a meditar en este día una lectura del evangelista Lucas que nos trae a la memoria lo nuclear de las celebraciones navideñas que estamos viviendo. Unos personajes sencillos, unos pastores, reconocen la acción de Dios en algo tan normal y cotidiano como encontrar a un niño, a Jesús, acostado en un pesebre, con María y José, sus padres. Y ello les anima a dar gloria y alabanza a Dios.
           
María, por su parte, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Ella acoge la acción de Dios y la hace suya. No siempre entiende todo, pero la «Palabra de Dios» va calando en ella, la guarda y la medita en su corazón.

Estas dos actitudes que sugiere el evangelista son fundamentales: saber ver la acción de Dios en lo simple y cotidiano, y dar gracias por ello; y la escucha atenta, permeable de la Palabra de Dios, guardándola en lo más íntimo nuestro, meditándola en el corazón. Sólo así cambiarán nuestras vidas y también la sociedad y la iglesia, según el plan amoroso de Dios.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia - Lc 2,22-40

Cada año, dentro de las celebraciones navideñas, hay un «hueco» para recordar que Jesucristo, el Hijo de Dios, no sólo se hizo un ser humano como nosotros y nosotras, sino que lo hizo en el seno de una familia. Todas las lecturas de este domingo nos «hablarán» de la familia. La «familia de Nazaret» será la familia de Jesús durante un período largo de su vida: Él, María y José.
           
El evangelio de Lucas nos narra cómo la familia de Jesús es una familia fiel a las tradiciones religiosas de su pueblo. En la visita de los tres al Templo de Jerusalén, siendo Jesús aún un bebé, se encuentran con dos personajes peculiares: Simeón y Ana. Ambos son ancianos, pero fieles al Señor. Y los dos saben «ver» en este niño pequeño la respuesta a las esperanzas del «pueblo de Dios». Sólo las mujeres y los hombres de Dios saben «leer» la voluntad divina en los acontecimientos más sencillos aparentemente.

La liturgia de hoy nos invita a ver en las realidades cotidianas, seguramente también en las de nuestra propia familia, la acción de Dios. No hemos de buscar cosas extraordinarias –que rara vez ocurren–, sino el proyecto de Dios que se hace presente en la cotidianidad. Es ahí donde hemos de comenzar a construir el Reino de Dios.

martes, 27 de diciembre de 2016

Sagrada Familia - Mt 2,13-15.19-23


El evangelio que nos propone la liturgia para la fiesta de la «Sagrada Familia» es el de la huida a Egipto de María y José, con Jesús niño. A la mayoría de nosotros nos resulta difícil identificarnos con esta escena: tenemos un hogar (mayor o menor, en propiedad o en alquiler, pero tenemos un lugar donde vivir), disfrutamos de cierta seguridad económica (aunque  a veces a algunos nos cueste llegar a final de mes) y, sobre todo, no peligra nuestra vida ni la de nuestros seres queridos.

La narración resulta más próxima a muchos inmigrantes, por no decir a los refugiados políticos o a los exiliados. Jesús, María y José tienen que emigrar a un país extraño, con el miedo en el cuerpo de la persecución, a un lugar con lengua y cultura diferentes, abandonando casa, familia, amigos y conocidos, como delincuentes que escapan de la justicia. Y con la incertidumbre de si serán acogidos o rechazados en su nuevo destino. ¿Éste es el modelo de familia que nos propone el evangelio? 

El amor que hay en esta familia lo supera todo; un amor que se hace extensivo a todas las mujeres y a todos los hombres. Jesús, desde su niñez, se identifica con el más necesitado (también lo harán María y José). Hemos de descubrir el rostro de Cristo, de la «Sagrada Familia», en cada ser humano que vive en situaciones análogas a las que le toco vivir a esta familia singular.

martes, 13 de diciembre de 2016

Domingo IV de Adviento, ciclo A - Mt 1,18-24

Iluminación navideña
En el tiempo de Adviento la figura de María, la madre de Jesús, juega un papel muy importante, imprescindible. María es la mujer que lleva en sus entrañas al elegido para salvar a su pueblo, al niño que hará presente a Dios en medio de los seres humanos. Esta mujer sencilla, una mujer del pueblo, se convertirá en la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios.

La madre de Jesús se convierte en protagonista necesaria de la historia de la salvación. Ella es la madre de Jesús, del «Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Junto con José se ocuparán de los primeros años de la vida de Jesús. Dios hace presente su plan de salvación para la humanidad valiéndose de personas sencillas, aparentemente sin importancia, pero dispuestas a poner toda su existencia al servicio de la obra de Dios.

María y José son dos ejemplos de cómo hemos de esperar la llegada del Señor (éste es el sentido de la palabra «adviento»): abiertos a la voluntad de Dios –«hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»–, no siempre plenamente comprensible, pero conscientes de que en ella está el bien de la Humanidad.

lunes, 14 de marzo de 2016

Festividad de San José, esposo de María, la madre de Jesús - Mt 1,16.18-21.24a o Lc 2,41-51a

Los pocos textos de los evangelios en que aparece José, esposo de María, son suficientes para hacernos una idea de que es un hombre de Dios por los cuatro costados.

Es un hombre fiel a la voluntad de Dios, una voluntad no siempre comprensible ni fácil. Es una persona de una fe robusta, de una esperanza sin fisuras, de un amor de donación hasta las últimas consecuencias.

Los evangelios de la infancia nos mostrarán a un personaje que pasa casi desapercibido. Él es el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Pero, su papel aparentemente secundario será de una importancia vital: estará al lado de Jesús durante todo el tiempo de su crecimiento. Se preocupará, junto con María, de su cuidado, mantenimiento y educación. Le enseñará los primeros rudimentos, le introducirá en el conocimiento de la Palabra de Dios, le iniciará en los auténticos valores humanos y religiosos y, sobre todo, le amará como un buen padre. Pero sabrá guardar siempre un segundo plano, sin pretensiones, sin buscar el prestigio personal.

Cuánto deberíamos aprender de este hombre sencillo, pero plenamente abierto a la voluntad de Dios y al bien de toda la humanidad.

martes, 29 de diciembre de 2015

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

El evangelio que contemplamos hoy nos habla de admiración, seguida de proclamación, por parte de los pastores, los primeros testigos del nacimiento de Jesús, después de María y José. El misterio del nacimiento del Hijo de Dios, y al mismo tiempo hijo de María, se convierte en una acción de gracias y alabanza a Dios por parte de estos sencillos personajes. No han visto nada extraordinario, sólo a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Pero ellos han descubierto en este acontecimiento la acción maravillosa de Dios, que como siempre rompe muchos de nuestros esquemas: no tiene nada que ver con las grandezas de este mundo. Y se convierten en los primeros proclamadores del don de Dios para toda la Humanidad, un anuncio que maravilla a todos los dispuestos a aceptar que Dios se manifiesta en lo humilde y sencillo.

María guarda en lo más profundo de su corazón todas estas experiencias y las medita en la intimidad de la oración. Ella va haciendo, poco a poco, el peregrinar de la fe. Va descubriendo lentamente, y viviendo en su propia carne los planes de Dios. Unos planes que no siempre entiende, pero en los que ha comprometido su existencia.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La Sagrada Familia: Jesús, María y José - Lc 2,41-52

Curiosamente la liturgia nos propone leer / escuchar, en la fiesta de la Sagrada Familia, el texto del evangelio de Lucas donde Jesús niño se pierde de sus padres. En la vida familiar, de todas las familias, «no tot son flors i violes» (se dice en catalán): todo no es de «color de rosa». Por esto, creo que este pasaje es significativo también hoy para muchas situaciones familiares actuales.

La escena se desarrolla principalmente alrededor del Templo de Jerusalén. Jesús allí después, seguramente, de la ceremonia de la mayoría de edad religiosa entre los judíos, el «Bar Mitzvah», desaparece de la vista de sus padres. La situación, sin lugar a dudas, es angustiosa para María y José. El narrador precisa que lo encontraron a los tres días; ¡que desesperación!, ¡que dolor durante este tiempo! A sus padres les debió parecer una eternidad. Y cuando lo encuentran, la respuesta enigmática de Jesús, que ellos no entienden («no comprendieron»), pero respetan. ¡Cuánto hemos de aprender en nuestras relaciones de familia los que somos padres! Las decisiones de nuestros hijos, a una cierta edad, no siempre las comprendemos. Tenemos la obligación de mostrarles el camino, de preguntarles, de aconsejarles, pero, al final, la decisión es suya.

Los hijos, por su parte, por nuestra parte (porque todos también somos hijos), respetando, honrando, escuchando a nuestros progenitores, como también comenta el evangelista que hizo Jesús con María y José. Y todo esto incluso cuando nuestros padres comienzan a perder, o ya han perdido, alguna de sus facultades físicas o mentales (primera lectura).

lunes, 16 de marzo de 2015

San José, esposo de María - Lc 2, 41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años. 

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

jueves, 25 de diciembre de 2014

La Sagrada Familia - Lc 2,22-40

Cada año, dentro de las celebraciones navideñas, hay un «hueco» para recordar que Jesucristo, el Hijo de Dios, no sólo se hizo un ser humano como nosotros y nosotras, sino que lo hizo en el seno de una familia. Todas las lecturas de este domingo nos «hablarán» de la familia. La «familia de Nazaret» será la familia de Jesús durante un período largo de su vida: Él, María y José.

El evangelio de Lucas nos narra cómo la familia de Jesús es una familia fiel a las tradiciones religiosas de su pueblo. En la visita de los tres al Templo de Jerusalén, siendo Jesús aún un bebé, se encuentran con dos personajes peculiares: Simeón y Ana. Ambos son ancianos, pero fieles al Señor. Y los dos saben «ver» en este niño pequeño la respuesta a las esperanzas del «pueblo de Dios». Sólo las mujeres y los hombres de Dios saben «leer» la voluntad divina en los acontecimientos más sencillos aparentemente.

La liturgia de hoy nos invita a ver en las realidades cotidianas, seguramente también en las de nuestra propia familia, la acción de Dios. No hemos de buscar cosas extraordinarias –que rara vez ocurren–, sino el proyecto de Dios que se hace presente en la cotidianidad. Es ahí donde hemos de comenzar a construir el Reino de Dios.

martes, 28 de enero de 2014

Domingo, fiesta de la Presentación del Señor - Lc 2,22-40

Una de las fiestas más antiguas del cristianismo es la de la «Presentación del Señor», que este domingo celebramos. El evangelista y la tradición la han unido a la de la purificación de María. También es conocida como la fiesta de la Candelaria o de la Luz.

Junto a Jesús niño, María y José, el narrador bíblico introduce dos personajes ancianos: Simeón y Ana. Ambos son capaces de percibir la singularidad del niño presentado por sus padres en el Templo de Jerusalén. Son dos personas sencillas, piadosas... Ambos están abiertos a la voz del Espíritu Santo; los dos hablan con la Palabra de Dios en sus bocas. 

Simeón «profetizará» tanto la salvación que inaugurará Jesús, como su final trágico, que padecerá de una manera especial, junto a Jesús, su madre, María.

Toda una escena llena de contenido de fe, de humildad, de sencillez, de Palabra de Dios. Para la mayoría pasó desapercibido. Y es que la grandeza de Dios se manifiesta en lo pequeño. Y sólo los pequeños la perciben.

jueves, 26 de diciembre de 2013

La Sagrada Familia - Mt 2,13-15.19-23

El evangelio que nos propone la liturgia para la fiesta de hoy, de la «Sagrada Familia», es el de la huida a Egipto de María y José, con Jesús niño. A la mayoría de nosotros nos resulta difícil identificarnos con esta escena: tenemos un hogar (mayor o menor, en propiedad o en alquiler, pero tenemos un lugar donde vivir), disfrutamos de cierta seguridad económica (aunque  a veces a algunos nos cueste llegar a final de mes) y, sobre todo, no peligra nuestra vida ni la de nuestros seres queridos.

La narración resulta más próxima a muchos inmigrantes, por no decir a los refugiados políticos o a los exiliados. Jesús, María y José tienen que emigrar a un país extraño, con el miedo en el cuerpo de la persecución, a un lugar con lengua y cultura diferentes, abandonando casa, familia, amigos y conocidos, como delincuentes que escapan de la justicia. Y con la incertidumbre de si serán acogidos o rechazados en su nuevo destino. ¿Éste es el modelo de familia que nos propone el evangelio?

El amor que hay en esta familia lo supera todo; un amor que se hace extensivo a todas las mujeres y a todos los hombres. Jesús, desde su niñez, se identifica con el más necesitado (también lo harán María y José). Hemos de descubrir el rostro de Cristo, de la «Sagrada Familia», en cada ser humano que vive en situaciones análogas a las que le toco vivir a esta familia singular.

martes, 17 de diciembre de 2013

Domingo IV de Adviento - Mt 1,18-24

Iluminación navideña
En el tiempo de Adviento la figura de María, la madre de Jesús, juega un papel muy importante, imprescindible. María es la mujer que lleva en sus entrañas al elegido para salvar a su pueblo, al niño que hará presente a Dios en medio de los seres humanos. Esta mujer sencilla, una mujer del pueblo, se convertirá en la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios.

La madre de Jesús se convierte en protagonista necesaria de la historia de la salvación. Ella es la madre de Jesús, del «Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Junto con José se ocuparán de los primeros años de la vida de Jesús. Dios hace presente su plan de salvación para la humanidad valiéndose de personas sencillas, aparentemente sin importancia, pero dispuestas a poner toda su existencia al servicio de la obra de Dios.

María y José son dos ejemplos de cómo hemos de esperar la llegada del Señor (éste es el sentido de la palabra «adviento»): abiertos a la voluntad de Dios –«hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»–, no siempre plenamente comprensible, pero conscientes de que en ella está el bien de la Humanidad.

lunes, 18 de marzo de 2013

Festividad de san José - Mt 1,16.18-21.24a


Los pocos textos de los evangelios en que aparece José, esposo de María, son suficientes para hacernos una idea de que es un hombre de Dios por los cuatro costados.

Es un hombre fiel a la voluntad de Dios, una voluntad no siempre comprensible ni fácil. Es una persona de una fe robusta, de una esperanza sin fisuras, de un amor de donación hasta las últimas consecuencias.

Los evangelios de la infancia nos mostrarán a un personaje que pasa casi desapercibido. Él es el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Pero, su papel aparentemente secundario será de una importancia vital: estará al lado de Jesús durante todo el tiempo de su crecimiento. Se preocupará, junto con María, de su cuidado, mantenimiento y educación. Le enseñará los primeros rudimentos, le introducirá en el conocimiento de la Palabra de Dios, le iniciará en los auténticos valores humanos y religiosos y, sobre todo, le amará como un buen padre. Pero sabrá guardar siempre un segundo plano, sin pretensiones, sin buscar el prestigio personal.

Cuánto deberíamos aprender de este hombre sencillo, pero plenamente abierto a la voluntad de Dios y al bien de toda la humanidad.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21


El evangelio que contemplamos hoy nos habla de admiración, seguida de proclamación, por parte de los pastores, los primeros testigos del nacimiento de Jesús, después de María y José. El misterio del nacimiento del Hijo de Dios, y al mismo tiempo hijo de María, se convierte en una acción de gracias y alabanza a Dios por parte de estos sencillos personajes. No han visto nada extraordinario, sólo a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Pero ellos han descubierto en este acontecimiento la acción maravillosa de Dios, que como siempre rompe muchos de nuestros esquemas: no tiene nada que ver con las grandezas de este mundo. Y se convierten en los primeros proclamadores del don de Dios para toda la Humanidad, un anuncio que maravilla a todos los dispuestos a aceptar que Dios se manifiesta en lo humilde y sencillo.

María guarda en lo más profundo de su corazón todas estas experiencias y las medita en la intimidad de la oración. Ella va haciendo, poco a poco, el peregrinar de la fe. Va descubriendo lentamente, y viviendo en su propia carne los planes de Dios. Unos planes que no siempre entiende, pero en los que ha comprometido su existencia.

lunes, 19 de marzo de 2012

Festividad de san José - Mt 1,16.18-21.24a

José, el esposo de María (como es llamado en los evangelios) es un personaje que pasa en todo el Nuevo Testamento casi desapercibido. Sólo aparece en los relatos de la infancia, narrados por Mateo y Lucas, y siempre como «actor secundario» Pero, ¿es alguien prescindible en el plan de Dios para la Humanidad? ¿Su tarea se reduce a dar cobertura legal al nacimiento de Jesús?

A José no le importan los títulos ni los honores ni su propio prestigio. Pero su labor callada, casi «invisible» es necesaria, irremplazable en el plan de Dios. El hará las veces de padre de Jesús, le cuidará, le alimentará, le educará, le enseñará a rezar, le introducirá en la lectura y en el amor de las Escrituras, le enseñará su oficio... Muchas de estas cosas las hará junto con María, su esposa y madre de Jesús, y su tarea es insustituible. Cuantas cosas hemos de aprender de este gran hombre en nuestro quehacer diario como discípulos de Jesús.

miércoles, 16 de marzo de 2011

San José, esposo de María - Mt 1,16.18-21.24a


Los textos que envuelven litúrgicamente la celebración de hoy nos hablan de promesa (en la primera lectura y en el salmo), de promesa mesiánica hecha a David, cumplida generosamente en Jesús, podemos añadir. Aunque también hablan de fe, de la fe de Abraham (segunda lectura, de la carta de san Pablo a los Romanos); una fe en las promesas y en la Alianza divina.

José, el esposo de María y que hará, a todos los efectos, de padre de Jesús, es un hombre de fe, que confía sin fisuras en la promesa y en la Alianza de Dios. Es un hombre justo, alguien que vive cotidianamente la voluntad de Dios en todos los aspectos de su existencia; una persona de bien, que no desea el mal a nadie, sino que procura en todas sus acciones lo mejor para todos los que le rodean. Ésta es la imagen que nos describen los «relatos de la infancia de Jesús», en los evangelios. Por esta razón, tendrá una misión importantísima, imprescindible en la economía de la salvación, aunque eso sí lo hará de una forma casi «invisible»: él no es el importante, él no es el que ha de sobresalir; pero sin su labor hubiese sido, yo diría, casi imposible. Toda una figura a contemplar y a imitar en nuestra vida.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Fiesta de «Santa María, Madre de Dios» - Lc 2,16-21


María, la madre de Jesús, es una mujer sencilla y seguramente por eso es capaz de percibir la profundidad de los designios de Dios, aunque no los entienda plenamente. Es una mujer siempre atenta a la Palabra de Dios: «María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente» La Palabra ilumina su existencia, la conforma: la ha llevado en las entrañas (Jesús es la Palabra de Dios), además de en su corazón; la cuida y alimenta; la presenta a los demás… Es la madre de la Palabra de Dios; es la madre de Dios. Y todo ello vivido con naturalidad, con sencillez, desde la cotidianidad.

En la escena de este evangelio junto a Jesús y María está José, ocupando discretamente un plano secundario. Su fe, su sencillez, su labor callada y necesaria no necesitan más comentarios. Hemos de admirarlo y aprender de él.

«Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído» Ellos han visto y oído la fuerza de la Palabra hecha carne. No han visto ni oído nada «extraordinario» según los parámetros habituales: «encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre» Pero ellos descubren el plan salvífico de Dios. Sólo los sencillos como María, José, los pastores… están capacitados para detectar esa realidad redentora inaugurada con el nacimiento de Jesús.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Fiesta de «La Sagrada Familia: Jesús, María y José» - Mt 2,13-15.19-23


La escena que nos narra el evangelio de hoy, para celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, está muy lejos de un relato idílico. Es la historia de unos padres que deben huir con su hijo pequeño, perseguidos, exiliados a un país extraño. No es la historia de una familia «normal». O quizás sí. Cuantas familias, por desgracia, viven una situación similar. En muchas ocasiones muy cerca de nosotros, aunque para muchos pasen como «invisibles».

Jesús ha querido compartir con nosotros todo, también las situaciones más dolorosas. Y de ello han participado igualmente María y José. Esa primera «iglesia doméstica» no lo tuvo fácil.

Nuestras familias, nuestras comunidades, el discipulado de Jesús no puede vivir de espaldas a estas realidades. La crisis que estamos sufriendo no afecta de la misma manera a todos. Hay quienes ya sufrían dificultades antes de comenzar la crisis y ésta lo que ha hecho es agudizarlo, llevarles en algunos casos a situaciones desesperadas, sin salida. Como seguidores y seguidoras de Jesús somos responsables de aliviar, en la medida de nuestras posibilidades, estas situaciones; de denunciar las estructuras que provocan estas injusticias; de luchar por una sociedad, por un mundo que responda al plan de Dios.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Domingo IV de Adviento - Mt 1,18-24

Iluminación navideña

En pocos días estaremos celebrando la Navidad. La publicidad ambiental y los medios de comunicación ya nos lo recuerdan y anticipan. Todos estamos convencidos e incluso comentamos que estas fiestas se han convertido en puro consumismo. No obstante, la mayoría de nosotros caemos en la trampa y las vivimos de forma estresante, sucumbiendo a las redes del derroche desenfrenado. Y no siempre tenemos presente cuantos hombres y cuantas mujeres no tienen ni lo imprescindible para llevarse a la boca o para vestirse, han sido desahuciados de sus casas, están en paro varios miembros de su familia y un largo etcétera, en Navidad y siempre.

El evangelio dominical nos narra, de una forma sencilla, cómo Jesús nacerá de María. Ella, junto con José, espera ese nacimiento misterioso, fiándose plenamente de Dios. Más aún, como nos recuerda el narrador, ese niño que María dará a luz «le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»

Éste es el auténtico sentido de la Navidad: Dios quiere estar, quedarse con nosotros, compartir nuestra existencia. Y esto es lo que los cristianos deberíamos celebrar. Dios quiere quedarse con nosotros, también con los marginados de la sociedad, que son sus predilectos. A nosotros nos toca el creérnoslo, el proclamarlo, el vivirlo, el compartirlo. Comencemos a vivir así la Navidad y las cosas cambiarán.