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miércoles, 31 de octubre de 2018

Celebración de «Los fieles difuntos» - Jn 14,1-6

Estoy convencido que nuestros difuntos, familiares y amigos, por los que hago oración hoy (y en tantas ocasiones) ya han sido honrados en la fiesta del día anterior, de «Todos los santos»; ya disfrutan de la plenitud del amor que es el cielo, que es Dios.

La fe nos hace percibir que somos «ciudadanos del cielo» (segunda lectura); aunque, eso sí, pisando firmemente con los pies en la tierra. Nos fiamos de Jesús, y Él afirma que «en la casa de mi Padre hay muchas estancias»; hay sitio para todos y todas. El «camino» nos lo mostró Jesús, mejor, es Jesús.

Jesús es el camino, el auténtico camino, que nos lleva a la verdad, a la verdad en plenitud. Su persona, su mensaje, su proyecto no son una quimera. Otro mundo es posible, es factible una realidad más justa, donde sea respetada la dignidad de cada persona, de cada individuo, donde cada ser humano considere hermano a cualquier otro ser humano. Los discípulos y discípulas de Jesús tenemos la tarea, el compromiso de hacerlo posible. Ese «camino», esta «verdad» nos llevarán a la «vida», a la auténtica «vida», a la «Vida» con mayúscula. Nuestros seres queridos, que nos han «dejado» momentáneamente, ya están disfrutando de esa Vida, que comenzaron a construir aquí.

martes, 23 de octubre de 2018

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,46-52

La súplica que el ciego Bartimeo dirige a Jesús: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí», que leemos-escuchamos en el evangelio del domingo, ha pasado a ser una de las oraciones principales entre los cristianos orientales (y no sólo entre ellos) y es conocida como la «oración del corazón» u «oración del nombre de Jesús». Se repite reiterativamente, de forma letánica, al ritmo de los latidos del corazón. Es una oración que nace de la confianza en Jesús y produce una gran paz interior.

Nuestro personaje, en la narración, interpela persistentemente a Jesús. Está convencido que Jesús puede curarle. Por eso, cuando éste le llama, abandona todo lo que le ata a su situación anterior, «soltó el manto», y lo hace con toda prontitud, «dio un salto y se acercó a Jesús» Su gran fe, su plena confianza, su oración insistente… han hecho posible el «milagro»

Jesús ha hecho que «vea» y no sólo en un sentido físico. Su recobrar la vista se ha convertido en seguimiento de Jesús: «recobró la vista y lo seguía por el camino». Hemos de descubrir la fuerza de la oración, la confianza en la acción de Dios. El Señor es Alguien próximo, que nos ama hasta el extremo.

martes, 4 de septiembre de 2018

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,31-37

En el evangelio de este domingo encontramos dos temas muy frecuentes en todo el evangelio de Marcos: el mandato de Jesús de guardar silencio, después de una acción extraordinaria y, por contraste, la proclamación insistente del hecho por parte de la persona beneficiada, no haciendo caso de la advertencia de Jesús.  

El llamado «secreto mesiánico», que no es otra cosa que la insistencia de Jesús en no hacer publicidad de sus hechos prodigiosos, responde a la sospecha de que no sea bien entendido su mesianismo. El mensaje de Jesús no se puede confundir con una fe «milagrera». Sus milagros no son magia, no buscan impresionar a los presentes, no intentan demostrar nada; responden al poder de Dios puesto al servicio del ser humano necesitado. Lo nuclear es la imagen de un Dios misericordioso, solidario con el dolor humano. Por eso, Jesús se acerca a los enfermos y los atiende, los escucha, los cura; como lo hará con todos los pobres y marginados.

Pero quien ha sido acogido por Jesús; quien ha experimentado su fuerza sanadora; el que ha percibido que Dios le ama personalmente no puede callar, aunque se lo pida el mismo Jesús. La proclamación del don de Dios, experimentado en la propia vida, responde a un corazón agradecido. No podemos guardar silencio si Dios ha actuado en nuestras vidas. ¡Y lo ha hecho!

martes, 21 de agosto de 2018

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,60-69

Continuamos con el capítulo 6 del evangelio de Juan que inauguramos el último domingo de julio: multiplicación de los panes y de los peces, Jesús «pan de vida», Jesús eucaristía que se entrega por todos, etc.

Este domingo el evangelista afirmará que no todos entienden el mensaje de Jesús, incluso entre sus discípulos, entre sus seguidores: «muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él», lo encuentran duro, difícil. Esta es una circunstancia que se repetirá muchas veces, también en nuestros días. En cuantas ocasiones sentimos cierto complejo a la hora de manifestarnos como cristianos en nuestros ambientes de ocio, de amistad, de trabajo… No siempre estamos plenamente convencidos que la sociedad actual de la tecnología, de la ciencia, de la informática, de Internet, de la globalización, etc., de la que formamos parte sea compatible con nuestra fe, con asistir a la eucaristía dominical, con nuestras creencias religiosas. ¡No cuadra! Sentimos, o podemos sentir, cierto complejo: ¿no estaremos equivocados?; ¡todo el mundo piensa de otra manera!; ¿porqué yo he de ser distinto/a?

La respuesta de Simón Pedro es un reto a nuestras vidas: «Tú tienes palabras de vida eterna.» ¿Yo también creo que la Palabra de Jesús es vida eterna? ¿Estoy persuadido/a que sin Jesús mi vida, nuestra vida es un sinsentido?: «Señor, ¿a quién vamos a acudir?»

lunes, 13 de agosto de 2018

La Asunción de María - Lc 1,39-56

María, en el evangelio de la festividad de la Asunción, aparece como la primera evangelizadora, la que hace de su vida un servicio a los demás. Ella se «pone en camino», aprisa, con prontitud. Sabe que Isabel, su parienta, necesita ayuda, y no se lo piensa dos veces, se dirige hacia Jerusalén, un camino de varios kilómetros, para ponerse a su servicio. María es la mujer creyente por excelencia, pero sabe que la fe implica una respuesta generosa, una demostración de amor de donación. Y, por eso, es «bienaventurada».
          
María proclama con su vida y con sus palabras las grandezas de Dios; un Dios que es grande porque está al lado de su pueblo, al lado de los pobres y necesitados, porque es el siempre fiel.
          
Y esta actitud de servicio, de disponibilidad, de ayuda la sigue ejerciendo desde el cielo, al lado de Dios Padre. Sigue atenta a nuestras necesidades, preocupada y ocupada en ayudar a los que más lo necesitan. Esto es esencialmente lo que celebramos en la fiesta de la Asunción.
          
Al estilo de vida de María estamos invitados toda la cristiandad. Cuando tres cuartas partes de la humanidad están viviendo de una forma precaria, sin lo mínimo necesario; cuando a nuestro alrededor hay tantas personas necesitadas, a causa de la inmigración, del desarraigo social, de marginación, de la crisis económica; cuando hay tantas personas que necesitan una palabra de consuelo, de amor...; y no reacciono, es que no he entendido la Buena Nueva de Jesús, como la vivió y la sigue viviendo María.

martes, 3 de julio de 2018

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,1-6

Sinagoga de Nazaret
Jesús, según la costumbre judía, asiste a la liturgia de la sinagoga del sábado, junto con sus discípulos. Después de las lecturas bíblicas, Jesús, seguramente en pie, como era costumbre, comenta dichos textos, y lo hace con una sabiduría, con una profundidad, con una novedad que produce admiración entre los que lo escuchan.

Pero esta admiración parece que no es general. Hay un grupo, sin duda muy influyente, que busca desacreditar a Jesús. Se preguntan, o mejor preguntan públicamente, en qué es diferente Jesús a los demás, para arrogarse una dignidad que según ellos no le corresponde. Cómo va a ser el Mesías un artesano manual, el hijo de una mujer sencilla, que todos conocen, igual que conocen al resto de su familia. Produce escándalo la pretensión de Jesús.

Jesús se asombra de la incredulidad, de la falta de fe de sus paisanos. Es imposible que se manifieste la acción de Dios, a través de él, cuando no hay fe. Sus compatriotas no entienden que Dios se muestre en lo sencillo, en la humildad, en lo simple. María, su madre, pertenece a la categoría de los sencillos, de los simples, de los pequeños. Por esta razón la mencionan los que quieren desacreditar a Jesús en esta escena: «¿No es éste... el hijo de María?». Con esta pregunta –y con el resto de interpelaciones– pretenden afrentar, ofender a Jesús, desacreditarlo. Pero nada más lejos de conseguir lo que pretenden. María, igual que Jesús, precisamente por su simplicidad, por su humildad, por su fe sencilla, pero profunda, es un auténtico icono de la acción de Dios.

martes, 15 de mayo de 2018

Pentecostés - Jn 20,19-23

La venida del Espíritu Santo conmemoramos este domingo. Jesús ha muerto y ha resucitado; lo han experimentado sus discípulos y discípulas más próximos. Pero tienen miedo, un miedo que los paraliza, y están escondidos, «con las puertas cerradas».

La presencia de Jesús les tranquiliza, les llena de alegría, les produce paz. Jesús les da el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo». La situación ha cambiado radicalmente. El Espíritu ha producido el «milagro».

Les faltaba fe, como a nosotros nos pasa con frecuencia. Porque lo contrario a la fe no es la increencia sino el miedo. El miedo anula las facultades de decisión y raciocinio. El miedo es angustia ante un riesgo real o hipotético. El miedo es ante todo una falta de confianza. ¿De confianza en qué o en quién? En este caso es falta de confianza en la Palabra de Jesús.

Cuando la Palabra de Dios no es lo central en nuestra vida personal, familiar, comunitaria…, nuestra fe se está quebrando; nos falta alegría, paz, capacidad de perdón. Observamos nuestro alrededor con desconfianza, con miedo.

¡Recibamos el don del Espíritu Santo con los brazos abiertos! Él —si nos dejamos― cambiará nuestras vidas y nuestras comunidades; nos quitará el temor que nos paraliza.

lunes, 7 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor - Mc 16,15-20

Este domingo celebramos que «el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Eso es lo que nos narra el evangelio. Pero el texto no sólo habla de Jesús, sino también de sus discípulos, de los de entonces y de los de ahora.

Comenta el evangelista que estos seguidores son hombres y mujeres de fe, bautizados, vencedores del mal, capaces de hacerse entender por todos cuando proclaman la buena noticia de Jesús, preocupados y ocupados en las necesidades del prójimo. Ésta podría ser una lectura actualizadora de las palabras de Jesús, recogidas por el narrador bíblico.

El bautismo y la fe son nuestra seña de identidad, el fundamento de nuestra dignidad de cristianos y cristianas; por encima de otros cargos o ministerios sociales o eclesiásticos. El concilio Vaticano II nos recordó esta realidad, con frecuencia olvidada.

Pero, esta dignidad implica también una tarea, una responsabilidad. Consiste en hacer presente la «Buena noticia» del Reino. Con el testimonio de una vida que quiere romper radicalmente con toda forma de mal, de injusticia, de discriminación: «echarán demonios en mi nombre»; con capacidad de diálogo con todo el mundo, sin imposiciones, ofreciendo y proponiendo la verdad del Evangelio: «hablarán lenguas nuevas»; sin miedos a ninguna forma de poder: «cogerán serpientes…, nos les harán daño»; privilegiando a los pobres, a los sencillos, a los desvalidos, a los marginados: «impondrán las manos…, y quedarán sanos». Todo un proyecto de vida.

martes, 3 de abril de 2018

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31


La experiencia de la resurrección, que nos narra hoy el evangelio de Juan, acontece el primer día de la semana, es decir, el domingo. Éste día, el de la resurrección de Jesús, será a partir de entonces el que sustituirá el sábado judío. En aquella celebración se conmemoraba tanto el final de la creación, de la que el ser humano es el culmen, como la experiencia liberadora del Éxodo para el pueblo de Israel. Ahora celebramos la nueva creación que la resurrección de Cristo ha inaugurado; la liberación universal de toda la humanidad del mal, de la injusticia, de cualquier tipo de esclavitud; el nacimiento del nuevo Pueblo de Dios.

Es una experiencia de paz, de felicidad, de perdón, de amor, de Espíritu Santo, de fe. Todos estos elementos están presentes en el texto que meditamos. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos invitados, tanto personal como comunitariamente, a experimentar esta realidad. Lo realmente importante no es tanto la «experiencia física» de la resurrección: «Dichosos los que crean sin haber visto» Lo definitivo es el encuentro con Cristo resucitado. Un encuentro que transforma nuestras vidas, nos hace vivir más felices, nos posibilita amar, nos invita al perdón… ¿Es posible este cambio en mi vida, en mi familia, en mi comunidad?

viernes, 30 de marzo de 2018

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» Con este saludo y la consiguiente respuesta nuestros hermanos cristianos orientales se saludan este día tan especial, tan extraordinario, y durante todo el tiempo pascual. Hoy celebramos que la muerte no ha podido con Jesucristo, con su mensaje, con su proyecto. Dios Padre lo ha resucitado.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena como primer testimonio del sepulcro vacío del Señor. Lo que comunica inmediatamente a Pedro y al discípulo amado. Ambos llegan corriendo. Es el «discípulo amado» el que al entrar, ve y cree. Entiende las Escrituras, puntualiza el narrador.

El evangelista pretende que nosotros lectores y lectoras nos identifiquemos con la actitud del «discípulo amado». Éste personaje –del que curiosamente no se menciona el nombre en todo el evangelio– es capaz de creer a partir de unos signos materiales, que en sí no producen la fe. Sólo una fe profunda, cimentada en la Palabra de Dios, y una confianza plena en la persona de Jesús permiten captar y asumir la fuerza de la resurrección del Señor. Será el discípulo que se siente amado personalmente por Jesús quien entenderá que Jesús vive, que ha vuelto a la vida, que su mensaje y su proyecto valen la pena. Dios Padre resucitándolo lo ha certificado.

domingo, 18 de marzo de 2018

San José, esposo de María - Lc 2,41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

martes, 13 de marzo de 2018

Domingo V de Cuaresma, ciclo B - Jn 12,20-33

Está próximo el final trágico de Jesús; Él lo presiente. Pero, su fe inquebrantable en el Padre le hace intuir, le da la certeza de que del sufrimiento y de la muerte puede resurgir vida: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre»

Desde esta perspectiva es comprensible su extraña afirmación: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» Nuestra experiencia y opinión va en otra dirección. Nos cuesta entender que dé fruto, y menos mucho fruto, el dolor y el sufrimiento, la muerte. Pero nuestra fe en la resurrección de Jesús nos proporciona la convicción de que Él tenía razón.

Pero esta perspectiva es exportable a nuestras vidas. El sufrimiento, el dolor y la muerte forman parte de la naturaleza humana. Por más que queramos esconder esta realidad, huir de ella, nos la encontramos en la propia vida, en la de nuestra familia, en los amigos… Jesús nos ofrece otra lectura de estas realidades. No tiene nada que ver con una búsqueda masoquista del dolor. Es aceptar el sufrimiento inevitable, aquel sobre el que no podemos tener control. Comprobar, tener la certeza, de que la enfermedad,  incluso la más incapacitante, el dolor y la muerte tienen un valor, un valor salvífico.  El sufrimiento y la muerte de Jesús, junto con su resurrección lo certifican.

viernes, 5 de enero de 2018

Celebración de «El Bautismo del Señor», ciclo B - Mc 1,7-11

Las manifestaciones de Dios suelen ser más sencillas de lo que imaginamos o incluso desearíamos. En la narración del evangelio de este domingo encontramos dos personajes humanos, Juan Bautista y Jesús (Jesús, además de hombre, es el Hijo de Dios) y dos divinos, el Espíritu Santo y Dios-Padre. Juan es un hombre humilde, no se predica a si mismo, como hacen otros; él es un mensajero, el anuncia a alguien más grande, al Mesías, a Jesús, y afirma «yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Jesús, por su parte, se presenta como uno más ante el Bautista, para ser bautizado.

La escena siguiente no es tan aparatosa como parece, desde una lectura precipitada y pueril. El Espíritu santo baja sobre Jesús, de la misma forma que baja una paloma cuando está volando, y la «voz» del Padre avala la labor que inicia el Hijo. Seguramente sólo es perceptible para los que tienen fe, entre los que están, lógicamente, Jesús y Juan Bautista. Dios quiere, una vez más, mostrar el amor que nos tiene. Envía a su Hijo para que todos los seres humanos nos reconozcamos como hermanos. Y esta nueva etapa de salvación, la definitiva, se inicia de una forma simple, sencilla, aunque, al mismo tiempo, de una gran intensidad teológica.

A nosotros nos gusta más el «espectáculo», lo ruidoso, lo llamativo… La forma de actuar de Dios, de Jesús es otra.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Natividad del Señor - Lc 2,1-14

Lugar del nacimiento de Jesús, según la tradición (Belén)
En el evangelio de la eucaristía de medianoche o «misa del gallo» leemos-escuchamos el evangelio de Lucas, concretamente el anuncio del nacimiento de Jesús a los pastores.

Siempre me ha llamado la atención especialmente esta narración. En el anuncio los pastores escuchan que les traen una «buena noticia» y, por tanto, no han de tener ningún miedo. Pero esa buena noticia no es sólo para ellos, sino «para todo el pueblo», lo que es una constatación alegre y, al mismo tiempo, un encargo: todos se han de enterar, han de participar de la buena nueva. Una novedad que significa «una gran alegría» para todos. ¿Nosotros/as vivimos el nacimiento de Jesús con esta convicción? ¿con esta alegría desbordante? ¿con esta sencillez? ¿sentimos la necesidad gozosa de comunicarlo a todos/as?

Pero, lo más curioso, es el «signo» que el ángel les ofrece, la prueba de la gran noticia: «aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» Es un signo que sólo pueden entender y acoger los sencillos. ¡Mira que el signo de un gran acontecimiento sea un niño en pañales, acostado en un comedero de animales! Es extraña la forma de actuar del Dios de Jesús. A nosotros nos gustan las cosas de otra forma, lo hubiésemos hecho de otra manera; pero, sin dudas, no es la de Jesús. 

martes, 19 de diciembre de 2017

Domingo IV de Adviento, ciclo B - Lc 1,26-38

Basílica de la Anunciación, Nazaret
Hoy volvemos a leer el relato del anuncio del ángel a María; hace escasos días lo hacíamos en la celebración de la «Inmaculada Concepción de María». Y es que la actitud de María, la madre de Jesús, contemplada en esta narración, completa el cuarto «punto cardinal» de las condiciones que la liturgia de Adviento nos propone (vigilancia, cambio de vida, allanar el camino y la fe hecha disponibilidad) para esperar debidamente la venida de Jesús: la histórica que conmemoramos cada año en Navidad y la definitiva de la Parusía.

El texto subraya la fe y la disponibilidad de María, dos caras de la misma realidad. La fe no es creer una colección de verdades; es, ante todo, fiarse de Dios, ser fiel a su llamada, responder con la vida a su requerimiento. María responderá, con contundencia, al ángel: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» María es una mujer libre, con decisión, que pone su existencia al servicio del plan amoroso de Dios. Un plan que tiene un nombre concreto, Jesús. Dios ha querido compartir, por amor, nuestra humanidad hasta las últimas consecuencias. María contribuirá a que sea posible. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos llamados también a cooperar en esta tarea. La «buena noticia» de Jesús vale la pena.

lunes, 4 de diciembre de 2017

La Inmaculada Concepción de María - Lc 1,26-38

Haciendo un paréntesis en las celebraciones de Adviento este viernes, 8 de diciembre, contemplamos la fiesta de la «Inmaculada Concepción de María», la madre de Jesús.

El evangelio que la liturgia nos propone para esta festividad es el del anuncio del ángel, narrado por Lucas. María es elegida por Dios para ser la madre de Jesús, la madre del Hijo de Dios; ha sido elegida desde toda la eternidad. Nos encontramos ante un relato de vocación, en el que el Señor «llama» a alguien –en este caso a María– para una misión especial, pero antes es necesario la respuesta libre de la persona llamada. María da su «sí» incondicional a la propuesta divina: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Lo hace consciente y libremente; está plenamente convencida que el plan de Dios es lo mejor posible y acepta contribuir, reconociendo sus limitaciones, a que se haga realidad.

No siempre estamos dispuestos, como lo hizo María, a poner toda nuestra vida, toda nuestra existencia al servicio del plan de Dios. Nosotros también –guardando las distancias– estamos llamados a contribuir al plan amoroso divino, a cambiar este mundo en un lugar más fraternal, donde todos/as podamos desarrollar nuestras potencialidades, donde sea respetada la dignidad de cada ser humano, independientemente de su lugar de nacimiento, de su sexo, de su cultura o religión.      

miércoles, 16 de agosto de 2017

Domingo XX del tiempo ordinario,ciclo A - Mt 15,21-28

El evangelio de este domingo nos habla de la fe de una mujer extranjera. Habitualmente los «modelos» de fe eran hombres judíos piadosos. Jesús no está atado a condicionamientos sociales, y nos muestra cómo el don más precioso que es la fe se hace presente en una mujer, que además es extranjera y, por tanto, llamada y considerada una «perra» por sus conciudadanos (los judíos llamaban «perros» despectivamente a los extranjeros y Jesús aprovechará esta circunstancia para demostrar el grave error de este criterio).

La oración de esta mujer se convierte en súplica, en grito desgarrador: «viene detrás gritando», en confianza plena en Jesús, en fe sencilla. Jesús no tiene más remedio que alabar públicamente la fe de esta mujer: «mujer, qué grande es tu fe», y escuchar su ruego, su demanda. La fe lo puede todo y no conoce diferencias de género, de raza o de cultura.

Esta mujer es presentada por el evangelista como modelo de creyente, de discípula, de oración confiada e insistente. Qué fácil es poner etiquetas a la gente, sobre todo a quien es diferente de nosotros. Nos podemos encontrar con auténticas sorpresas, como en el evangelio.

domingo, 13 de agosto de 2017

La Asunción de María, madre de Jesús - Lc 1,39-56

En la fiesta de la Asunción celebramos que María ha subido al cielo y desde allí intercede por todos y cada uno de nosotros y de nosotras. La primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto (segunda lectura) nos recuerda que Cristo ha resucitado, que el es la primicia, el primero que como hombre disfruta ya de una vida que no tiene fin, donde la muerte es aniquilada. María –proclama la liturgia de este día– ya está gozando de esta realidad y, desde ella, sigue preocupándose y ocupándose de todos sus hijos e hijas, de cada ser humano.

El evangelio nos presenta a María visitando a su parienta Isabel, haciendo un largo viaje para ponerse a su servicio. Ha sabido por el anuncio del ángel que está embarazada de seis meses y corre a darle la enhorabuena, a alegrarse con ella, pero sobre todo a ayudarla, a atenderla en lo que necesite. María es una mujer servicial, atenta a las necesidades ajenas, y este papel sigue ejerciéndolo, de una forma amorosa.

Ella «canta», «proclama» las grandezas de Dios, un Dios que está del lado de los humildes, de los hambrientos, de los pobres. Un Dios amor: amor misericordioso, amor fiel. Por eso celebramos que desde el cielo sigue atenta a nuestras necesidades y nos muestra un Dios que rompe con muchos esquemas del mundo, con muchos modelos incluso religiosos: un Dios entrañable.

martes, 8 de agosto de 2017

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 14,22-33

Después de la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, el evangelista sitúa a Jesús –después de despedir a la gente– pasando la noche, solo, en oración. Para Jesús la plegaria es una necesidad vital; todo su obrar nace de su íntima relación con el Padre. No es que siempre esté rezando, pero necesita la frecuencia de la oración para hacer, para actuar, para ponerse al servicio de los demás.

La siguiente escena nos habla del miedo como la actitud contraria a la fe. El que tiene fe se fía, confía. Lo contrapuesto es el miedo, la falta de confianza, la desesperanza. Cuantos miedos externos y/o internos nos paralizan, nos dificultan, nos imposibilitan vivir y compartir la alegría de la «buena noticia» de Jesús. Miedo a los cambios, miedo a lo que piensen los demás, miedo a las dificultades, miedo a la sociedad, al mundo, miedo a un ambiente hostil, miedo al futuro, miedo a la libertad (la propia y la de los demás). Jesús nos ofrece su mano, nos anima: «no tengáis miedo».

La mujer y el hombre de fe se fían de Jesús, saben que la Iglesia, la sociedad, el mundo, la humanidad están en las manos de Dios y no pueden estar en mejores manos. Confían en que es el Espíritu Santo quien dirige la historia y que ésta sólo puede ir hacia adelante, hacia su destino definitivo. Y lo hacen desde una actitud profunda de oración, una oración que les compromete la existencia.

lunes, 8 de mayo de 2017

Domingo V de Pascua - Jn 14,1-12

Jesús invita a sus discípulos –en el evangelio de este domingo– a creer en Dios Padre y en Jesús. Nuestra fe se caracteriza por fiarnos de Jesús: Él es nuestro «horizonte de comprensión».

Más aún, Jesús es «el camino, y la verdad, y la vida». No es sólo el guía que nos muestra cómo llegar al Padre, cómo participar de la salvación que Dios nos ofrece, cómo hacer que nuestra vida tenga sentido. Él es el camino de la verdad y de la vida: el camino que nos lleva a la única verdad integral (no medias mentiras o verdades a medias), el único que satisface nuestras inquietudes y esperanzas, porque exclusivamente en Él, «el camino» (no un camino cualquiera), encontramos la vida, la vida en plenitud. El evangelista subraya que el camino hacia Dios pasa por Jesús.

Pero el creer en Jesús, el ser su discípulo o discípula, significa adecuar mi existencia y mis criterios a los de Jesús: «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago». La respuesta de fe implica entrar en la dinámica de la vida de Jesús, en su forma de vivir, de actuar, de predicar… Comporta comprometernos en la construcción del Reino de Dios ya aquí, «como piedras vivas» (segunda lectura), sin desánimos ni pesimismos. Las cosas pueden cambiar; yo tengo mi parte de responsabilidad en construir un mundo más justo, más solidario, más fraternal, que responda al plan original de Dios.