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martes, 7 de agosto de 2018

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,41-51

Continúan los diálogos y discusiones con respecto a Jesús, después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio de hace dos domingos); no comprenden –o no quieren comprender– que Jesús sea el «pan de vida» (domingo pasado).

Jesús aprovechará para ofrecerles –para ofrecernos– una catequesis alrededor de dos ideas centrales y complementarias: la Palabra y la Eucaristía.

La primera es sobre la Palabra. Invita a sus interlocutores a leer, a escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, recuerda lo que han dicho los profetas; invita a escuchar «lo que dice el Padre»; apremia a creer en la Palabra de Dios: «tiene vida eterna». El que «escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí», afirmará. Es escuchar y aprender; es escuchar y llevar la Palabra a la vida. La Palabra nos habla de Jesús, nos acerca a Jesús.

Y es que Jesús es el «pan vivo», segunda imagen de su catequesis. Jesús se ofrecerá en sacrificio de amor por todos los hombres y todas las mujeres. Y esa realidad de amor inconmensurable se actualiza en cada eucaristía. Es una realidad de amor y de vida: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» No podemos separar estas dos realidades, la Palabra y la Eucaristía: una nos lleva a la otra y viceversa. Ambas juntas –en nosotros y con nosotros– son capaces de cambiar la sociedad, el mundo, de cambiarnos.

viernes, 30 de marzo de 2018

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» Con este saludo y la consiguiente respuesta nuestros hermanos cristianos orientales se saludan este día tan especial, tan extraordinario, y durante todo el tiempo pascual. Hoy celebramos que la muerte no ha podido con Jesucristo, con su mensaje, con su proyecto. Dios Padre lo ha resucitado.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena como primer testimonio del sepulcro vacío del Señor. Lo que comunica inmediatamente a Pedro y al discípulo amado. Ambos llegan corriendo. Es el «discípulo amado» el que al entrar, ve y cree. Entiende las Escrituras, puntualiza el narrador.

El evangelista pretende que nosotros lectores y lectoras nos identifiquemos con la actitud del «discípulo amado». Éste personaje –del que curiosamente no se menciona el nombre en todo el evangelio– es capaz de creer a partir de unos signos materiales, que en sí no producen la fe. Sólo una fe profunda, cimentada en la Palabra de Dios, y una confianza plena en la persona de Jesús permiten captar y asumir la fuerza de la resurrección del Señor. Será el discípulo que se siente amado personalmente por Jesús quien entenderá que Jesús vive, que ha vuelto a la vida, que su mensaje y su proyecto valen la pena. Dios Padre resucitándolo lo ha certificado.

martes, 20 de febrero de 2018

Domingo II de Cuaresma, ciclo B - Mc 9,2-10

Iglesia de la Transfiguración
La escena de la Transfiguración de Jesús es un anticipo de su resurrección. La Cuaresma no termina con la muerte violenta de Jesús, ajusticiado en una cruz como un malhechor. Su vida y su predicación hacen comprensible su final trágico. Los poderosos de este mundo no están dispuestos a aceptar su mensaje de la buena noticia del Reino de Dios, donde cada mujer y cada hombre son valorados en si mismos y no por lo que tienen o por lo que parecen, donde todos participan de la misma dignidad. Pero el mal, la violencia, el poder no tienen la última palabra. La Transfiguración preanuncia esta realidad; Dios-Padre se pone del lado de Jesús: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

Más aún, toda la Escritura –significada por Moisés y Elías: la Torá (la Ley) y los Profetas– avalan la «razón» de Jesús. La causa de Jesús responde al plan amoroso de Dios. La Pascua, su resurrección será la prueba de que no se equivocó. Como no se equivocan tantos hombres y tantas mujeres que también hoy en día –a ejemplo de Jesús, el Maestro– ponen toda su existencia al servicio de los demás.

No es fácil aceptar esta realidad. Nos gusta –como a Pedro, a Santiago y a Juan– la vida sin complicaciones; «¡qué bien se está aquí!» repetimos como ellos cuando las circunstancias nos son propicias. Pero no siempre estamos dispuestos a jugarnos la vida por la causa de Jesús, por la buena noticia del Reino.

miércoles, 3 de enero de 2018

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

El evangelio de la Epifanía nos presenta a unos sabios (o magos) de Oriente siguiendo a una estrella y buscando no saben bien qué. El nacimiento de una estrella indicaba –era una creencia generalizada– el nacimiento de un personaje importante. Todo apunta a que el acontecimiento será en Israel. Y con estas credenciales se presentan en Jerusalén. Son unos extranjeros que están buscando, sin saberlo exactamente, la manifestación de Dios.

El único que da importancia a estas noticias es el poder político, pero sus razones son interesadas, de poder, de miedo a perder su estatus… Las autoridades religiosas (sumos sacerdotes) y los estudiosos de la Palabra (escribas) conocen las Escrituras, lo que dice la Biblia sobre el Mesías. Pero sus intereses son otros; el mensaje les resulta indiferente, están demasiado ocupados en sus cosas.

Sólo unos extranjeros, unos que no comparten ni su raza, ni su cultura ni su religión, están buscando, siguiendo una estrella, un signo imperceptible para los que no tienen un corazón sencillo y abierto. Ellos son los que se encuentran con Jesús y le ofrecen lo que llevan. Ellos son los que perciben la acción de Dios es algo tan sencillo como una madre con su hijo: «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron»

martes, 7 de febrero de 2017

Domingo VI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,17-37

Continuamos con el sermón de la montaña, un auténtico discurso programático de Jesús. En el fragmento que escuchamos (leemos) hoy afirmará que no ha venido a reemplazar lo que está escrito en el Antiguo Testamento (Moisés y los Profetas) sino a «darle su verdadero sentido», su sentido más pleno.

Por este motivo llena de contenido cada uno de los mandamientos que podemos leer en las Escrituras hebreas. El mandamiento «no matarás» no significa, no implica sólo la prohibición de quitar la vida a un semejante. Jesús va mucho más lejos: si me enojo contra mi hermano, si lo insulto, si lo humillo, si lo injurio… no estoy viviendo según el espíritu de la Palabra salvífica de Dios. Y es que aquel o aquella contra quien estoy actuando es mi hermano, es mi hermana, es hijo, hija de Dios. No es tan importante lo que está mandado o prohibido sino la actitud: la actitud de amor que es más fuerte que cualquier mandato.

Esa forma de actuar, de vivir condiciona toda mi religiosidad. Si no estoy dispuesto a perdonar, a amar, a respetar al otro, si no me reconcilio con mi hermano, con mi hermana (cada uno de mis semejantes) no puedo participar del culto eclesial, no puedo compartir la eucaristía. Por tanto he de ponerme en paz con mi hermano, dirá Jesús, antes de acercarme a dar culto a su Padre, a mi Padre, a Dios.

lunes, 25 de abril de 2016

Domingo VI de Pascua - Jn 14,23-29

La Palabra de Jesús es Palabra de Dios, es Palabra del Padre. Hay una estrecha relación entre la Palabra de Dios, la vida íntima en Dios (Uno y Trino) y la vida cristiana personal y comunitaria.

El seguimiento de Jesús, amarle, ser discípulo o discípula suyos implica guardar su Palabra. Guardar no en el sentido de esconder, de ponerla bajo llave, de tenerla tanto «respeto» que nuestra relación con ella sea de distancia. Guardar la Palabra de Dios significa conocerla, leerla y meditarla con frecuencia, convertirla en nuestra habitual oración, compartirla, hacer que informe toda nuestra vida, que nuestras decisiones estén fundamentadas en ella, que llene nuestro corazón y nuestra mente, que nuestra vida personal y comunitaria la actualice constantemente.

Quien convierte la Palabra de Dios en su «brújula», quien la guarda, Dios Padre y el Hijo harán morada en ella o en él, y el Espíritu Santo desde su interior será su consejero, le irá descubriendo la maravilla del mensaje de Jesús, el amor inmenso de Dios narrado en su Palabra. Y hallará la auténtica paz. Una paz que es don de Dios, una paz que no es como la da el mundo, una paz que significa armonía, concordia, seguridad, felicidad, alegría... Una paz que sólo la da Dios.

martes, 19 de abril de 2016

Domingo V de Pascua - Jn 13,31-33a.34-35

Hoy leemos en el evangelio el «mandamiento nuevo» de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros» Pero, ¿dónde esta la novedad de este mandamiento? Ya encontramos en toda la Biblia, desde los textos más primitivos del Antiguo Testamento, diversas llamadas al amor, al amor a Dios y al prójimo. ¿Qué es entonces lo nuevo?

La originalidad la introduce Jesús con la expresión: como yo os he amado. Jesús nos ha amado, nos ama hasta las últimas consecuencias, hasta el extremo. Nos ha amado hasta su entrega a la muerte y muerte de cruz. Es mucho más que el amor como a uno mismo. Va mucho más lejos del amor de correspondencia. Su amor es definitivo. No se detiene ni incluso ante la muerte.

Y a este amor es al que invita a todos sus seguidores. Es el distintivo de los que creen en Jesús. Todos los demás mandamientos quedan relativizados ante la novedad de este mandamiento. La medida del amor es desde entonces la del amor de Jesucristo.

domingo, 20 de diciembre de 2015

La Natividad del Señor - Jn 1,1-18

El evangelio que nos propone la liturgia para la eucaristía del día de la Natividad es el prólogo del evangelio de Juan. Aunque este evangelista, a diferencia de Mateo y de Lucas, no narra propiamente el nacimiento de Jesús. Su relato lo inicia mucho más atrás, lo retrotrae al principio de la creación, al origen de todo lo creado. En ese instante original la Palabra está junto a Dios, más aún, «la Palabra es Dios». Y esa Palabra es Jesús. La Palabra de Dios –como subrayaba el sínodo de los obispos sobre la Palabra– tiene un rostro, y ese rostro es Jesucristo.

La Palabra ha venido al mundo, se ha hecho presente entre nosotros, es de los nuestros. Esto es lo que celebramos cada Navidad, lo que rememoramos en cada eucaristía, lo que constatamos cuando leemos, meditamos y oramos con la Biblia. Aunque el peligro siempre está presente: «el mundo no la conoció». El mundo no son los otros; también es posible esta afirmación entre los que nos llamamos sus discípulos: «los suyos no la recibieron».

No estamos ante una Navidad más. Tenemos la oportunidad única de cambiar nuestras vidas, de hacerlas más acordes con el mensaje de Jesús, con los valores del Reino. Cuantas cosas cambiarían a nuestro alrededor si nos tomásemos en serio la propuesta de Jesús. La Palabra de Dios «acampó entre nosotros»; que no pase desapercibida como aquel vecino o compañero que ni siquiera conozco por su nombre y/o no sé nada de él.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 13,24-32

Arco de Tito (detalle)
Este domingo leemos / escuchamos un fragmento del llamado «sermón escatológico», del evangelio de Marcos. Y la primera observación es que no debemos impresionarnos con el lenguaje apocalíptico del texto y descuidar el mensaje de esperanza que encierra.

El profeta Daniel (primera lectura) habla de «tiempos difíciles» y el evangelista de «aquellos días de gran angustia». El contexto, por tanto, de ambos, es de una situación de gran dificultad, de persecución, de injusticia generalizada. La comunidad de creyentes está sufriendo esta situación. Cuantas mujeres y cuantos hombres, también actualmente, soportan condiciones de opresión, de injusticia, de miedo, de tragedia en sus vidas y en la de sus seres queridos…

El mensaje del evangelio es de resistencia y de esperanza. El mal no tiene la última palabra. La historia está en las manos de Dios. Han de resistir, han de luchar. La victoria, al fin, será del bien. Cuantas comunidades, cuantas personas, hoy en día, ven en estos textos bíblicos su consuelo, su fuerza y su esperanza.

lunes, 16 de marzo de 2015

San José, esposo de María - Lc 2, 41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años. 

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

domingo, 4 de enero de 2015

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

El evangelio de la Epifanía nos presenta a unos sabios (o magos) de Oriente siguiendo a una estrella y buscando no saben bien qué. El nacimiento de una estrella indicaba –era una creencia generalizada– el nacimiento de un personaje importante. Todo apunta a que el acontecimiento será en Israel. Y con estas credenciales se presentan en Jerusalén. Son unos extranjeros que están buscando, sin saberlo exactamente, la manifestación de Dios.

El único que da importancia a estas noticias es el poder político, pero sus razones son interesadas, de poder, de miedo a perder su estatus… Las autoridades religiosas (sumos sacerdotes) y los estudiosos de la Palabra (escribas) conocen las Escrituras, lo que dice la Biblia sobre el Mesías. Pero sus intereses son otros; el mensaje les resulta indiferente, están demasiado ocupados en sus cosas.

Sólo unos extranjeros, unos que no comparten ni su raza, ni su cultura ni su religión, están buscando, siguiendo una estrella, un signo imperceptible para los que no tienen un corazón sencillo y abierto. Ellos son los que se encuentran con Jesús y le ofrecen lo que llevan. Ellos son los que perciben la acción de Dios en algo tan sencillo como una madre con su hijo: «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron»

martes, 21 de octubre de 2014

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 22,34-40

Oración del Shemá
A la pregunta sobre cuál es el mandamiento principal, Jesús contestará con dos textos de las Escrituras, uno del libro del Deuteronomio que recoge la oración del «Shema» que todo israelita recitaba dos veces al día, por la mañana y al anochecer, donde se recuerda el amor que se debe a Dios, un amor que implica toda la existencia. Pero, junto a esta cita, recoge otra del Levítico que exige el amor al prójimo. Y finaliza la respuesta con una afirmación curiosa: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas» En el lenguaje semita es lo mismo que declarar que lo que da sentido a la Escritura, a la Palabra de Dios es precisamente este doble mandato del amor a Dios y a todos los seres humanos.

Es un evangelio que hemos oído y leído muchas veces. Es una enseñanza que por repetida no siempre «cala» en nuestra existencia, somos «impermeables» a la Palabra de Dios, no entra dentro de nosotros. Pero la verdad es que la enseñanza de Jesús es clara. El Dios de Jesús es un Dios de misericordia, de amor entrañable, compasivo (nos lo recuerda el fragmento del Éxodo de la primera lectura), no soporta las injusticias y escucha siempre el clamor del oprimido. El amor a Dios y al prójimo debe traducirse en hechos concretos. Significa una apuesta por la voluntad de Dios, por el bien de los seres humanos, por la justicia, por los más débiles y necesitados. Si no la Palabra de Dios no pasará de unas ideas bonitas, pero sin fuerza para que las cosas cambien, según el plan amoroso de Dios.

martes, 6 de mayo de 2014

Domingo IV de Pascua - Jn 10,1-10

Jesús no es un pastor de «borregos» sin capacidad de pensar y que siguen a alguien de forma mecánica: «¿dónde va Vicente?, donde va la gente». Jesús es el buen pastor que conoce y respeta a cada una de las ovejas de su rebaño; las conoce personalmente y por eso llama a «cada una por su nombre». Y estas ovejas siguen a Jesús de una forma consciente y libre, de manera que «no reconocen la voz de los extraños»

Más aún, Él es «la puerta», donde las ovejas encontrarán la salvación, la respuesta a todos sus anhelos y esperanzas. Y podrán «entrar y salir libremente», no condicionadas o manipuladas por nada ni por nadie; pero allí «encontrarán pastos» para saciarse. Y es que Jesús quiere que «tengan vida y la tengan en abundancia». 

El símil es fácil de entender, de aplicar. La narración del evangelio está manifestando cómo Jesús muestra el camino de la fe, al que estamos invitados todos y todas, un camino de libertad, donde la persona se siente valorada por sí misma, por lo que es, reconocida individual, personalmente, y encuentra la plenitud de sus aspiraciones más profundas. Pero hay otras «ofertas», con frecuencia tentadoras, pero que no dan vida, que nos abocan al fracaso, que no llenan el corazón humano. La elección está en mi mano.

martes, 29 de abril de 2014

Domingo III de Pascua - Lc 24,13-35

Hoy escucharemos una de las páginas más hermosas del evangelio. Tres personajes sobresalen en la narración: Jesús, Cleofás (uno de los dos discípulos de Emaús) y otro (u otra) personaje del que no se indica el nombre. Los dos discípulos que caminan hacia Emaús vuelven de Jerusalén cabizbajos, decepcionados, apenados, desesperanzados… Y se encuentran con Jesús, pero no lo reconocen.

Jesús les descubre las Escrituras, les muestra cómo la Palabra de Dios preanuncia al Mesías y la suerte que le tocará vivir: su pasión y muerte, pero también su triunfo sobre la muerte, su resurrección. Ellos, al llegar a su destino, acogen a este forastero que les acompaña, para que no siga de camino sin luz del día o encuentre problemas dónde pasar la noche: sin saberlo están dando cobijo a Jesús. Y sentados a la mesa lo reconocen en la «fracción del pan». Jesús desaparece y ellos vuelven a Jerusalén, desandando su recorrido, para anunciar a la comunidad el gozo inmenso de la resurrección de Jesús y de la forma cómo lo han reconocido.

La narración es una auténtica catequesis eucarística: arde el corazón de ellos escuchando la Palabra de Dios, lo reconocen en la «fracción del pan» (uno de los nombres con los que se denomina a la Eucaristía en el Nuevo Testamento), pero antes han practicado la hospitalidad, el amor desinteresado con quien lo necesita, y ese alguien resulta que es Jesús. Y, como consecuencia, la necesidad de proclamar la «buena noticia» de la resurrección, olvidándose incluso de las dificultades, como podría ser el caminar ya anochecido.

lunes, 6 de mayo de 2013

¿Y después de la muerte...?

Ayer, domingo, estuve en Cubelles, con unos cuantos de la familia. Es el último pueblo de Barcelona, fronterizo con la provincia de Tarragona. Estuvimos en la «casa de Cubelles», un apartamento que compartimos mis suegros, Antonia y Antonio; mis cuñadas, Núria y Rafi; mi cuñado Paco; nosotros, Paqui y yo; nuestros hijos…

En el terrado de arriba, hemos enterrado a mi suegra Antonia, sus cenizas, debajo de un olivo… Antonia falleció el día 17, del mes pasado.

No sé cómo, en un momento del día me encontraba a solas con ella, conversando. Le hablaba mentalmente…

─Antonia, ¿cómo estás? Sé que en algunos temas –menores– no estábamos siempre de acuerdo, pero eso no es lo importante… ¡Te echo de menos!
[…]
¿Te has encontrado con mi padre? Espero que le hayas dado un abrazo de mi parte. ¡Seguro que sí!
[…]

Y silencio, silencio expresivo, más expresivo que las palabras.

─«Padre nuestro, que estás en los cielos…»

Sois los primeros con quien comparto esto. De hecho, pensaba quedármelo para mí; entre el Señor, Antonia y yo… Pero, he sentido necesidad de ponerme a escribir, de comunicarlo. Y es que creo en la Vida, la Vida con mayúsculas, de la que ya participan mi suegra, mi padre, mi abuelo, mi tía Inés…

Recuerdo, de cuando estudiaba en la Facultat de Teologia de Catalunya, un libro de un profesor, de Mn. Josep Gil, Els morts no envelleixen (Los muertos no envejecen). Me acuerdo que comentaba que para los difuntos el tiempo ya no cuenta. Ya no pertenecen a la perspectiva temporal: ya no cuentan ni pasan los años, ni los meses ni los días. Forman parte de la eternidad de Dios. Ya están disfrutando del abrazo paternal de Dios-Padre.

Sí, ¡creo en la resurrección!. Esa es mi fe. Estoy plenamente convencido. Me fío de la Palabra de Jesús, de la Palabra de Dios.

Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado.
Y si Cristo no ha sido resucitado, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados. En este caso, también los que durmieron en Cristo están perdidos.
Si nuestra esperanza en Cristo sólo es para esta vida, somos los más desgraciados de todos los hombres.
Pero no. Cristo ha sido resucitado de entre los muertos, primicias de los que han muerto. (1Cor 15,16-20)

Creo que mis familiares, mis amigos… que ya no están físicamente conmigo, con nosotros, siguen estando. Ya no pertenecen al tiempo, a nuestro tiempo que corre inexorablemente, para pararse de golpe. Son ya eternos, han resucitado, son plenamente felices, nos están esperando…, pero no tienen prisas.

martes, 19 de febrero de 2013

Domingo II de Cuaresma - Lc 9,28b-36

Iglesia de la Transfiguración (Tabor, Israel)
La escena del Evangelio de hoy anticipa el misterio glorioso de Jesús, pero no obvia la antesala: su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. La liberación que proclama Jesús y de la que su resurrección es el exponente que la garantiza, no ahorra el sufrimiento de la cruz y de la muerte.

En Jesús se cumplen todas las esperanzas del pueblo de Israel, del pueblo de Dios, representado en la escena por Moisés y Elías, la Ley y los Profetas. Dios Padre corrobora que es así: Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

Pedro, Juan y Santiago son espectadores de esta teofanía, de esta manifestación de Dios. Pero, como es habitual, no entienden nada: primero se caen de sueño, luego no saben lo que dicen, al final están asustados... ¡Qué difícil es a veces percibir la fuerza de la Buena Nueva de Jesús!

El Evangelio del Reino es un mensaje gozoso de liberación. Pero este mensaje no va a ser en muchas ocasiones bien acogido: Jesús sabía que con su predicación y con su estilo de actuar se jugaba la vida. Los discípulos están dispuestos a llegar a la meta, pero no siempre están preparados para asumir las consecuencias del seguimiento radical de las enseñanzas y de la vida de Jesús.

lunes, 15 de octubre de 2012

La Palabra de Dios: el umbral de la fe

La fe y la Palabra de Dios son dos realidades que están íntimamente interrelacionadas. Así lo ha señalado Benedicto XVI en la Carta apostólica Porta Fidei (la puerta de la fe: PF) con la que ha convocado el año de la fe, realidad que se ha inaugurado hace escasos días con el Sínodo de los Obispos sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana», haciéndolo coincidir con la celebración de los cincuenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II.

martes, 2 de octubre de 2012

Domingo XXVII del tiempo ordinario - Mc 10,2-16

Igual dignidad, en el plan original de Dios
Jesús reivindica el plan original de Dios, narrado en los relatos de la Creación (primera lectura), como medida de las relaciones de pareja. En el plan de Dios para la Humanidad no encontramos discriminaciones por ser mujer: ella es una igual, con la misma dignidad que el hombre. Eso es lo que reclama Jesús. El repudio, el divorcio dejaba a la mujer en una situación de precariedad, donde, en muchos casos, las únicas salidas que tenía era la mendicidad o la prostitución. Eso no es justo y, por eso, se opone.

En el momento actual nosotros, discipulado de Jesús, hemos de detectar, señalar, denunciar, combatir todas las situaciones de discriminación de nuestra sociedad, ya sea por razones de sexo, condición social, opinión, origen étnico, color de la piel, religión… No corresponden al plan original de Dios, de la Creación, donde todo era «bueno», «muy bueno» y el mal, el pecado lo trastocó. Es posible cambiar las cosas; ese es el compromiso al que nos invita Jesús.

martes, 24 de abril de 2012

Domingo IV de Pascua - Jn 10,11-18

La figura de Jesús como «el buen Pastor» recuerda fácilmente la imagen de Dios como Pastor de Israel. Y es que el símil del pastor y el rebaño en la Biblia no tienen nada de borreguismo ni de alienante. Es, por el contrario, un símbolo de liberación, de protección divina, de unidad, de identidad. Jesús conoce a sus ovejas y las conoce individual, personalmente; de igual modo sus ovejas le conocen. Más aún, Jesús está dispuesto a dar su vida por las ovejas; como así ocurrió. Lo que define la relación entre Jesús y el rebaño es el amor, hasta las últimas consecuencias.

Aunque Jesús quiere dejar claro que su rebaño tampoco se identifica con un gueto, un grupo cerrado que considera que el resto son distintos y una amenaza. «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor» La Buena Noticia de Jesús ha de llegar a todos sin distinción; su mensaje de liberación es universal; todos y todas están llamados a participar de una fraternidad universal.   

martes, 17 de abril de 2012

Domingo III de Pascua - Lc 24,35-48

El gran tema de la resurrección está flanqueado por otras dos grandes cuestiones: la Eucaristía y la Palabra de Dios. Comienza el evangelio de este domingo con el comentario de los dos discípulos de Emaús, cómo habían reconocido a Jesús resucitado en la fracción del pan, es decir, en la Eucaristía. Jesús, otra vez, se hace presente en medio de la comunidad; y después de comer con ellos les abre «el entendimiento para comprender las Escrituras», para que entiendan que todo responde al plan de Dios manifestado en «la ley de Moisés y en los profetas y salmos», es decir, en la Biblia.

La experiencia de Jesús resucitado no responde a ningún tipo de encuentro mágico, sino que sólo es posible desde la fe. Fue así para la comunidad cristiana primitiva, con un encuentro privilegiado; y lo es también para nosotros creyentes del siglo XXI, desde la experiencia de la fe. Esa experiencia se da en la comunidad eclesial y los «lugares» de ese encuentro son la Eucaristía y la Palabra de Dios.