viernes, 30 de diciembre de 2016

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

María, la madre de Jesús, es celebrada en esta festividad como la Madre de Dios, ya que en Jesús convergen las dos naturalezas: la humana y la divina. Pablo en la carta a los Gálatas (segunda lectura) «canta» la grandeza de Dios que nos «envió a su Hijo, nacido de una mujer», de María. Esta realidad, tan inmensa, ha posibilitado el que nosotros y nosotras hayamos recibido la adopción divina y podemos llamar a Dios: «¡Abba!», (Padre, Papá). María se ha convertido en protagonista secundaria, pero necesaria, imprescindible, de esta realidad tan inmensa, definitiva, que nos ha traído Jesús.

Ella, María, la madre de Jesús, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (evangelio de hoy). Va descubriendo día a día los planes de Dios y los va viviendo en su propia carne, en la intimidad de la oración, que nace de una fe profunda: ella pondrá su voluntad y toda su existencia al servicio del plan amoroso divino. 

María es modelo de oración confiada, de fe inquebrantable, de escucha atenta de la Palabra de Dios, de hacer suya la voluntad de Dios, aunque no siempre la entienda plenamente, de servicio a los demás, de amor de donación... Ella es la Madre de Dios, la madre de Jesús, quien nos ha traído la libertad definitiva: «ya no eres esclavo, sino hijo».

martes, 27 de diciembre de 2016

Sagrada Familia - Mt 2,13-15.19-23


El evangelio que nos propone la liturgia para la fiesta de la «Sagrada Familia» es el de la huida a Egipto de María y José, con Jesús niño. A la mayoría de nosotros nos resulta difícil identificarnos con esta escena: tenemos un hogar (mayor o menor, en propiedad o en alquiler, pero tenemos un lugar donde vivir), disfrutamos de cierta seguridad económica (aunque  a veces a algunos nos cueste llegar a final de mes) y, sobre todo, no peligra nuestra vida ni la de nuestros seres queridos.

La narración resulta más próxima a muchos inmigrantes, por no decir a los refugiados políticos o a los exiliados. Jesús, María y José tienen que emigrar a un país extraño, con el miedo en el cuerpo de la persecución, a un lugar con lengua y cultura diferentes, abandonando casa, familia, amigos y conocidos, como delincuentes que escapan de la justicia. Y con la incertidumbre de si serán acogidos o rechazados en su nuevo destino. ¿Éste es el modelo de familia que nos propone el evangelio? 

El amor que hay en esta familia lo supera todo; un amor que se hace extensivo a todas las mujeres y a todos los hombres. Jesús, desde su niñez, se identifica con el más necesitado (también lo harán María y José). Hemos de descubrir el rostro de Cristo, de la «Sagrada Familia», en cada ser humano que vive en situaciones análogas a las que le toco vivir a esta familia singular.

martes, 20 de diciembre de 2016

Natividad del Señor - Jn 1,1-18

Lugar del nacimiento de Jesús
En el evangelio de la misa del día de Navidad se lee el prólogo del evangelio de Juan. Jesús, la Palabra viva de Dios, se hace presente entre nosotros, «acampa» en medio nuestro. Pero, curiosamente, pasa casi desapercibida: no la conocemos; no la recibimos.

Cuantos/as cristianos/as –incluso de los/as de misa dominical– no hacen (no hacemos) de la Palabra de Dios el centro de sus vidas: no leen con frecuencia (¿diaria?) la Biblia, no  la contemplan, no hacen oración con ella, no la comparten en grupos de reflexión, no la viven...

El recibir a Jesús, el reconocer en Él la Palabra creadora y definitiva del Padre nos da el «poder para ser hijos de Dios». La oferta es generosa; la respuesta está en nuestra mano. En Jesús, en su Palabra, encontramos la respuesta a los anhelos humanos, el sentido a la existencia.

Su Palabra nos muestra el camino para reconocer en cada ser humano a mi hermana, a mi hermano. Nada de lo que le pasa a mi hermana/o me es indiferente. Jesús ha nacido, es uno de los nuestros, pero, al mismo tiempo, es el Hijo de Dios, quien nos ha mostrado al Padre, el que nos «lo ha dado a conocer », quien nos ha enseñado cómo Dios-Padre nos ama y cómo quiere que nosotros amemos.

martes, 13 de diciembre de 2016

Domingo IV de Adviento, ciclo A - Mt 1,18-24

Iluminación navideña
En el tiempo de Adviento la figura de María, la madre de Jesús, juega un papel muy importante, imprescindible. María es la mujer que lleva en sus entrañas al elegido para salvar a su pueblo, al niño que hará presente a Dios en medio de los seres humanos. Esta mujer sencilla, una mujer del pueblo, se convertirá en la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios.

La madre de Jesús se convierte en protagonista necesaria de la historia de la salvación. Ella es la madre de Jesús, del «Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Junto con José se ocuparán de los primeros años de la vida de Jesús. Dios hace presente su plan de salvación para la humanidad valiéndose de personas sencillas, aparentemente sin importancia, pero dispuestas a poner toda su existencia al servicio de la obra de Dios.

María y José son dos ejemplos de cómo hemos de esperar la llegada del Señor (éste es el sentido de la palabra «adviento»): abiertos a la voluntad de Dios –«hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»–, no siempre plenamente comprensible, pero conscientes de que en ella está el bien de la Humanidad.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Domingo III de Adviento, ciclo A - Mt 11,2-11

En el evangelio de este domingo se nos narra cómo Juan Bautista, desde la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar por la identidad de Jesús. ¿Responde a las esperanzas del pueblo o no? Jesús no replica con un discurso cargado de razones, de argumentos; les invita a observar y a escuchar. Su respuesta es una invitación a percibir cómo el poder misericordioso de Dios actúa en él, a favor del ser humano necesitado (ciegos, inválidos, leprosos, sordos, etc.) y, al mismo tiempo, a escuchar la Palabra de Dios, la Buena Noticia del Reino de Dios, proclamada a los pobres, a aquellos que son capaces de escucharla y vivirla.

Pero hay otra forma de «ver» que dificulta e incluso imposibilita descubrir la acción de Dios en los acontecimientos cotidianos: la curiosidad malsana, el cotilleo, el ansia de novedades... : «¿Qué salisteis a contemplar...? ¿Qué fuisteis a ver...?»

La vida del seguidor o seguidora de Jesús, personal y comunitariamente, debe responder de forma similar a como lo hizo Jesús a los enviados del Bautista. El testimonio de una existencia al servicio de los demás y la centralidad de la Palabra de Dios –vivida, compartida y proclamada– ha de ser nuestro distintivo. La respuesta a las aspiraciones humanas más profundas –también hoy– está en Jesús. Nuestra vida debe mostrar el camino para encontrarle.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Festividad de «La Inmaculada Concepción» - Lc 1,26-38

Celebramos la fiesta de la «Inmaculada Concepción de María», cómo María, la madre de Jesús, no tiene ninguna relación con el pecado, con el mal. El evangelio de la celebración actual nos habla de María, denominándola la «llena de gracia» en el anuncio del ángel. Y María es la «llena de gracia», porque Dios está con ella y en ella: «el Señor está contigo». Ella es receptora de los dones de Dios, es la elegida para ser la madre de Jesús, la madre de Dios. Ella tendrá que jugar un papel decisivo en la historia de la salvación.

Pero María no será un personaje pasivo en esta historia. Será necesaria su fe inquebrantable, su disponibilidad a aceptar la voluntad de Dios –consciente de que sólo en ésta está el bien de la Humanidad–, su respuesta generosa al don de Dios, su apuesta firme por la Palabra de Dios. Su sí no tiene vuelta atrás; sabe que toda su existencia quedará transformada a partir de esta decisión, pero se fía totalmente de Dios, «porque para Dios nada hay imposible».

María es la discípula por excelencia, una mujer sencilla que ha sabido poner toda su existencia al servicio de la voluntad de Dios, participando de las esperanzas de su pueblo y colaborando, de forma decisiva, en hacerlas presentes.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Domingo II de Adviento, ciclo A - Mt 3,1-12

Río Jordán
El evangelio de hoy, a través de la predicación de Juan Bautista, proclama la necesidad de cambiar de vida, de actitudes, de criterios: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos», como condición imperiosa para preparar la venida del Señor. Juan, recordando la profecía mesiánica de Isaías, invita a todos a «allanad sus senderos», a preparar adecuadamente la venida del Señor.

Jesús se hará presente, una vez más, pero puede pasar para mí desapercibido: un año más, una fiesta más, una nueva celebración..., pero nada cambia en mi vida personal, familiar, social, comunitaria.

Nos puede pasar como a los fariseos y saduceos que el Bautista instiga: que no demos «el fruto que pide la conversión», que nos hagamos ilusiones por lo que somos o, peor aún, por lo que tenemos.

El Bautista invita a un cambio de perspectiva: sólo desde la humildad, desde la sencillez es posible acoger al Jesús que viene a nuestro encuentro, el Reino de los cielos que está verdaderamente cerca, en medio de nosotros. Sólo el humilde es capaz de ver en el otro a su hermano, a su hermana. Sólo el sencillo descubre en las realidades cotidianas el rostro de Jesús.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Domingo I de Adviento, ciclo A - Mt 24,37-44

Comenzamos un nuevo tiempo de Adviento, de espera de la venida del Señor. Los textos litúrgicos nos invitan a estar preparados, a una actitud de expectativa, de vela, como el centinela que vigila sin dormirse. Pablo, en la carta a los romanos (segunda lectura), nos recuerda que nuestra salvación está «más cerca» y que nuestra vida se debe adecuar a una espera próxima de la venida del Señor. Y esto es una «buena noticia». El evangelio de hoy, en la misma línea, nos invita a estar siempre preparados, a no adormecernos, a vivir en la tensión de la espera del Señor.

Nuestra existencia debe ser una respuesta a la llamada de Jesús, un cambio radical en nuestros criterios y en nuestras actitudes. Es una invitación a salir de la mediocridad y empeñarnos –dentro de nuestras posibilidades– en cambiar las cosas: que el mundo sea más justo; que todos respeten la dignidad de cada persona independientemente de su raza, condición social, sexo o religión–; que cada ser humano considere al otro su hermano, todos hijos del mismo Padre; que nos empeñemos en la tarea de la evangelización...

No podemos «esperar a mañana», porque no sabemos si habrá mañana: Él vendrá sin avisar, como «viene el ladrón». Dice un refrán castellano: «no dejes para mañana, lo que puedas hacer hoy»

lunes, 14 de noviembre de 2016

Jesucristo, Rey del universo, ciclo C - Lc 23,35-43

Seguro que a más de uno le ha llamado la atención el que para la fiesta de «Jesucristo, Rey del universo» se haya escogido como evangelio el de las burlas a Jesús crucificado: burlas de los dirigentes de los judíos, de los soldados romanos e incluso de uno de los que le acompañan en el suplicio de la crucifixión. Pero es que el reinado de Jesús es algo bien diferente del que ejercen los que llamamos reyes o gobernantes. Él es el ungido (=Mesías) de Dios, el rey de los judíos y también de todo el universo, quien proclama la llegada del reinado de Dios. Su reino no «es» de este mundo, pero no quiere decir que no lo haya iniciado «en» en este mundo. Es un reinado de amor, de perdón («hoy estarás conmigo en el paraíso»), de hermandad, de dignidad humana, de servicio. Es otra forma de entender las relaciones de poder.

Su forma de vivir y de morir enseña a cualquiera que tenga un cargo de responsabilidad, sobre todo en la Iglesia, que no ha de ser como es habitual en este mundo; debe ser de otra manera. Su reinado es servicio –en el sentido literal de la expresión–, sobre todo a los que más lo necesitan; es entrega hasta las últimas consecuencias, incluso hasta la muerte; es hacerse cómo el más pequeño, cómo el más débil; es renunciar a cualquier imposición; es desistir de cualquier privilegio...

lunes, 7 de noviembre de 2016

Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 21,5-19

La fe es perseverante o es una quimera. El evangelio de este domingo narrando entremezcladamente la destrucción de Jerusalén y su Templo y el fin del mundo, hace una afirmación rotunda: «todo será destruido». Pero, después matiza esta afirmación: «ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». 

Los textos bíblicos apocalípticos, como el que se proclama este domingo, no son una «película de terror», son una llamada a la esperanza, un grito de resistencia en medio de la injusticia generalizada. El justo ha de saber que el mal no tiene la última palabra, que Dios está de su parte. Lo fácil es sucumbir a la tentación de la oferta del poder, a abandonar la fe y lo que ella significa de proyecto de cambiar el mundo. Ir contracorriente, en muchas ocasiones, puede significar padecer maledicencia, persecución y, en algunos casos, la muerte (pensemos en el testimonio de los cristianos en países de mayoría islámica, o en el martirio que están sufriendo hermanos nuestros en Latinoamérica por defender a los pobres frente a la explotación, o el peligro que padecen muchos misioneros y misioneras en diversos países, o...).

La perseverancia –no la resignación– es la clave. Una perseverancia que nace de la confianza (la fe) en el Dios de Jesús. Ninguna dificultad puede destruirla.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 20,27-38

Abraham, Isaac y Jacob
Jesús nos presenta, en el evangelio de este domingo, al Dios de la vida. La pregunta malintencionada de los saduceos le da pie para hablarnos de un Dios que «no es Dios de muertos, sino de vivos». El Dios de Jesús es un Dios que está siempre al lado de su pueblo, es el «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», un Dios que se hace presente en la historia de su pueblo, un Dios cercano, un Dios de vida.

Dios ama a cada uno de nosotros de una forma singular, individual, personal. Por eso se hace presente en nuestras vidas, en nuestra cotidianidad, en nuestra historia personal, pero también en la comunitaria y eclesial. Y también, por esta razón, por amor, desea que disfrutemos eternamente de su amor, del amor compartido, pleno, total.

Esta visión de la otra vida no tiene nada de alienante, todo lo contrario. Es una vida que se convierte en continuidad con ésta, y sólo así tiene sentido. Dios se hace presente en nuestras vidas, aquí y ahora, y nos ofrece vivir según su plan amoroso. El decirle, con mi vida, sí, significa que empiezo ya a compartir ese amor con los demás, con cada hombre y cada mujer, a los que considero mis hermanos, y esto es el anticipo de la Vida, con mayúsculas, donde el amor será la única puerta de entrada posible.

domingo, 30 de octubre de 2016

Festividad de «Todos los Santos» - Mt 5,1-12a

Lugar de las Bienaventuranzas, Israel
En la solemnidad de «Todos los santos» la liturgia nos propone el texto de las «Bienaventuranzas», en el evangelio de Mateo. La Iglesia nos recuerda que el camino de la santidad pasa por la opción por los pobres, por los desconsolados, por los que sufren, etc. De ellos, afirma el evangelio, es el reino de los cielos. Más, aún, asevera que ellos son los «bienaventurados», los felices; implicando a toda la comunidad eclesial en que esta promesa se convierta en realidad aquí y ahora, sin esperar a la otra vida, donde se cumplirá en toda su plenitud. Pero ya es (en presente) de ellos el reino de los cielos; pueden ya estar «alegres y contentos», aunque la recompensa, su plenitud, todavía no es definitiva en esta vida.

La perspectiva que nos muestra el evangelio es bien distinta a la realidad que nos envuelve. Implica una forma de vida diversa: lo prioritario no es el tener, si no el ser; los importantes no son los ricos, famosos y poderosos, si no los que no tienen nada, los «machacados» por la vida, los que son capaces de padecer con el sufrimiento del prójimo, los que se empeñan en que vivamos en un mundo de paz. Los santos y las santas son aquellos que han puesto toda su vida al servicio del «plan de Dios» para la humanidad, resumido en el Sermón de la montaña.

lunes, 24 de octubre de 2016

Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 19,1-10

Zaqueo, en el evangelio de este domingo, se convierte, junto a Jesús, en personaje principal de la narración. Por su condición de «jefe de publicanos y rico», seguramente a costa de estafar a los demás, es odiado por la gente más «religiosa». Pero Jesús no hace acepción de personas. Su «buena noticia» es para todos sin exclusión: hombres y mujeres, ricos y pobres, judíos y no-judíos, piadosos y pecadores, sanos y enfermos... Precisamente Zaqueo al sentirse acogido, valorado, cambia su vida y sus actitudes. De defraudador se convierte en un hombre generoso; a quien antes había robado le devuelve «cuatro veces más»; incluso es capaz de repartir la mitad de sus bienes entre los pobres. Pero los «piadosos» sólo están ocupados en murmurar que Jesús se junta con pecadores

Cuando hacemos acepción de personas, cuando criticamos –aunque sólo sea interiormente– a todo aquel que es distinto, que no es «de los nuestros», que no frecuenta mucho la iglesia... no hemos entendido el estilo de Jesús. Para Él todos los seres humanos son merecedores de la misma dignidad (también son hijos de Abrahán), su mensaje es integrador: todos caben, también el que «estaba perdido».

lunes, 17 de octubre de 2016

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 18,9-14

El evangelio continúa con el tema de la oración, que ya inició el domingo anterior. Esta semana Jesús se fijará en dos actitudes ante la oración y, para ello, se valdrá de dos personajes tipos: un fariseo y un publicano. Nos hablan de dos formas de dialogar con Dios, de dos maneras de plantear la relación con Él, que necesariamente se traducen también en dos posturas ante el prójimo.

El fariseo personifica a la persona religiosa, cumplidor escrupuloso de cada uno de los mandamientos, incluso entregaba el diez por ciento de lo que ganaba para obras piadosas. Pero, le faltaba amor en lo que hacía, estaba demasiado «seguro de sí mismo y despreciaba a los demás». Se sentía superior a los otros, porque él era de los «buenos»: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás»

Por el contrario, el publicano no es demasiado religioso, poco cumplidor, más bien de los que «meten la pata» con frecuencia, incluso su trabajo no es excesivamente honrado. Pero, se siente pecador, necesitado de misericordia; sabe que su vida tiene que cambiar. Su oración nace del corazón. Se humilla porque se siente indigno ante Dios.

Y comenta el narrador que el segundo «bajó a su casa justificado», y el primero no. ¡Qué paradoja!; rompe nuestros esquemas. Y es que Jesús señala que el publicano puede cambiar, el fariseo no; el pecador puede amar, el soberbio no.

lunes, 10 de octubre de 2016

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 18,1-8

Mira que comparar a Dios con un juez inicuo: ¡qué cosas se le ocurrían a Jesús! Nos narra el evangelista la historia de un magistrado que no tenía demasiado interés por la justicia, pero la insistencia machacona de una mujer viuda le hace salir de su letargo y acceder a su petición. Y la parábola nos quiere mostrar cómo ha de ser nuestra oración, nuestra relación con Dios.

La oración, desde esta perspectiva, debe ser «orar siempre, sin desanimarse». Es una oración que nace de la confianza en que Dios siempre hace justicia –no cómo el juez de la parábola–, porque nos ama, porque Él nos ha elegido como hijos e hijas suyos. Pero, desea que se lo pidamos, que nuestra oración no desfallezca, que no perdamos nunca la confianza. Dios está siempre de nuestro lado.

Jesús explica que la oración nace de la fe, está íntimamente relacionada con ella. Nace de la necesidad de entrar en diálogo con Dios, de explicarle nuestras alegrías y nuestras necesidades, nuestras inquietudes y desasosiegos. Pero, en algunas ocasiones, se convierte en un grito desesperado, desde una situación sin salida. «Os digo que les hará justicia sin tardar», afirma Jesús. Aunque paro ello se requiere la actitud de fe, de fiarse de Dios, que está siempre de parte de quien sufre la injusticia.

martes, 4 de octubre de 2016

Domingo XXVIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 17,11-19

Samaritanos
Con que frecuencia caemos en expresiones excluyentes: «éste o ésta no es de los nuestros»; «es extranjero/a»; «no se esfuerza por aprender nuestra lengua, nuestra cultura»; «que se vaya a su tierra»; «nos quita el trabajo»; «para ellos son todas las ayudas sociales»; «que trabajen»; etc. En el fondo esta actitud responde a no considerar al otro como un igual: los extranjeros son los «otros», no son de los «nuestros».

Jesús, en el evangelio de este domingo, nos muestra cómo Él no hace acepción de personas, no pregunta de dónde es cada uno para ofrecer su curación gratuitamente, la salvación que libera.

De forma inexplicable el único que vuelve a dar gracias, «alabando a Dios a grandes gritos», es un samaritano, un extranjero. «¿Dónde están?», preguntará Jesús, los otros nueve que no eran extranjeros, los que son de los «nuestros», los de nuestra tierra, los que viven, hablan y piensan como nosotros. ¿No tienen necesidad de ser agradecidos, de dar las gracias?

Jesús señala la gratitud de este extranjero, su fe profunda, su actitud abierta. Todo ello, bien diferente, de aquellos otros que se consideraban del pueblo elegido, personas religiosas, pero incapaces de «sorprenderse» ante el don gratuito de Dios, de considerar que dicho don no conoce fronteras de ningún tipo.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Domingo XXVII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 17,5-10

Arbusto de mostaza
La fe y el servicio son las dos columnas sobre las que se apoya la enseñanza del evangelio de hoy. Y ambas están presentadas por Jesús de una forma paradójica.

La confianza en Dios, a la que nos invita Jesús, está por encima de cualquier cálculo humano; no tiene nada que ver con una fe «racionalista». Implica fiarse del Señor hasta las últimas consecuencias: Él puede cambiar las cosas, incluso las que nos parecen a primera vista imposibles. No podemos perder nunca la esperanza. Las situaciones difíciles en la vida son muchas, pero Dios está de nuestro lado. No lo podemos olvidar.

Aunque, al mismo tiempo, exige de nosotros una actitud de servicio, de disponibilidad: Dios cuenta con cada uno/a de nosotros/as, para cambiar las cosas, para «crear» un mundo mejor. La tarea por realizar en ingente: situaciones de flagrante injusticia; hombres y mujeres a los que no se les reconoce su dignidad de personas; seres humanos «sedientos» de una palabra de apoyo, de reconocimiento social, con necesidades de todo tipo; una labor evangelizadora por hacer titánica...

Y, curiosamente, la lógica evangélica poco tiene que ver con la habitual del mundo: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». No podemos buscar el aplauso de los otros por realizar un servicio ineludible, al que no tenemos derecho a renunciar.

martes, 20 de septiembre de 2016

Domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 16,19-31

El evangelio de este domingo afirma que el gozo cimentado en la injusticia es efímero, no es verdadero, no tiene futuro. En la parábola de hoy la descripción que hace del «rico» es somera, pero precisa: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas.» Estaba inmerso en una continua «alegría festiva»; ni siquiera es consciente de que un pobre –su nombre es Lázaro: no es un ser anónimo, es alguien que tiene un nombre, una dignidad– está a la puerta de su casa «cubierto de llagas» y deseando «hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.» Los perros son más misericordiosos que algunos seres humanos.

En esta parábola vuelve a constatarse que el Dios de Jesús siente predilección por los pobres, por los marginados. Los ricos, los satisfechos, los indiferentes ante las necesidades ajenas, están condenados al aislamiento, a la angustia, a la decadencia, a la esclavitud del dinero.

No hay una condena propiamente de la riqueza, sino de la insensibilidad ante el sufrimiento del otro. No se puede ser auténticamente feliz sin preocuparse por la situación concreta de los hombres y las mujeres que nos rodean, sin preguntarse constantemente: ¿cómo está mi hermano o mi hermana?

martes, 13 de septiembre de 2016

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 16,1-13

Todo lo que hemos recibido es en usufructo, es decir, no me pertenece. El administrarlo para el bien propio, pero sobre todo para el bien común es la tarea que tenemos encomendada. «No podéis servir a Dios y al dinero» es la máxima del evangelio de hoy. No nos está pidiendo que renunciemos a todo lo que tenemos; nos está invitando a que no seamos esclavos del dinero. El dinero, nos guste o no, es necesario para vivir. Esto es una realidad ineludible, pero no el que el dinero sea una prioridad en nuestra vida: eso ¡no!

No es lógico, ni humano, el que una cuarta parte de la población mundial tenga las tres cuartas partes de la riqueza del mundo. No es lógico, ni humano, que en nuestras ciudades al lado de un lujo desmesurado, de un gasto sin medida, de una vida de diversión, de viajes de placer continuos, etc., encontremos –si no pasamos de largo o «cerramos los ojos»– personas que duermen en un cartón en la calle; individuos que se alimentan de lo que encuentran en los contenedores de basura;  prójimos que no encuentran trabajo, por mucho que lo intenten, porque son «ilegales» o no nos gusta el aspecto que tienen; semejantes de los que nadie se ocupa ni preocupa. No es lógico, ni humano, ni cristiano, que todas estas cosas ocurran y nosotros «pasemos» de ellas: no es mi problema; son unos vagos; se lo gastarán en vino o en drogas; que se vuelvan a su tierra...

martes, 6 de septiembre de 2016

Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 15,1-32

Dios es un padre amoroso que acoge a todos, que está «loco de amor» por cada uno de nosotros; aunque seamos malos hijos, aunque nos cueste aceptar al otro como hermano, porque es distinto, porque no es de los nuestros, porque no es de los «buenos»...

Es un Padre que nos devuelve la dignidad de «hijos de Dios», por mucho que la hayamos pisoteado, que está esperándonos siempre con los brazos abiertos, que hace una fiesta esplendida cuando volvemos, sin tener en cuenta lo que hemos hecho, por grave que sea, por mucho que se haya sentido –con motivo– despreciado por mí y por mi conducta. Lo que cuenta es la vuelta. La alegría inmensa es volver a encontrar al hijo, a la hija, que se habían perdido.

Pero también nos pide a nosotros, los que quizás no nos hemos ido, pero tampoco hemos entendido el amor gratuito del Padre; nos solicita que tratemos al otro como un hermano, como una hermana: mi hermano, mi hermana. Nos demanda que entendamos que el ser cristiano o cristiana no es vivir la vida de una forma rutinaria, seguir por costumbre, ir tirando... La «Buena Noticia» de Jesús es que Dios es mi Padre y que cada ser humano es mi hermano. Y esto es una constatación y un reto. No puedo estar indiferente ante lo que le pasa a mi hermano, a mi hermana.

martes, 30 de agosto de 2016

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 14,25-33

Una lectura superficial del evangelio de este domingo nos puede hacer pensar que Jesús pide renunciar al amor familiar para seguirle. Pero curiosamente también menciona la renuncia a uno mismo y a todos los bienes. Y todo ello envuelto en dos ejemplos que hablan de la necesidad de «calcular», de «deliberar» antes de tomar una decisión.

El seguimiento de Jesús no es algo cultural (y que en otra cultura distinta hubiese sido diferente, ¿o sí?) o que asumimos por costumbre familiar o social. La opción cristiana implica que Jesús es para mí el «horizonte de comprensión», significa que todo en mi vida es según la perspectiva del evangelio de Jesús. Y esto es una elección que implica cálculo y deliberación, nada tiene que ver con ningún tipo de fundamentalismo, ni de cristianismo de costumbre o cultural. Todo queda relativizado ante algo tan inmenso: ese es el sentido de los primeros versículos del texto.

La determinación por seguir a Jesús supone cambiar nuestra escala de valores: el amor de donación, gratuito se convierte en el «norte» de mi existencia; el amor preferencial por los pobres; la lucha por la justicia; el considerar que cada ser humano es mi hermano o mi hermana; la pasión por la Palabra de Dios; la relación íntima con Dios-Padre... 

martes, 23 de agosto de 2016

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 14,1.7-14

Dos actitudes nos propone Jesús en el evangelio de este domingo: la humildad frente a la soberbia y la hospitalidad con los pobres y los últimos frente a las apariencias interesadas.

Lo nuestro, lo «natural» es que busque el primer puesto, el ser considerado, la palmadita en la espalda, la fama fácil, el que me consideren más importante que...

Cuantas veces mis actitudes de soberbia dificultan la convivencia familiar, profesional, comunitaria, eclesial. Y esto ocurre cuando no escucho porque qué me van a enseñar a mí, cuando critico de forma despiadada porque considero al otro una amenaza, cuando lo único que cuenta es mi criterio, cuando no soy apreciado como creo que me merezco, etc.

La otra actitud está en la misma línea. Jesús nos invita a estas abiertos, a ser generosos con «pobres, lisiados, cojos y ciegos». Yo, en cambio, prefiero que los que me rodean admiren mi generosidad, que elogien mi forma de ser, ser importante entre los importantes. Lo que nos propone Jesús no da prestigio, no se entera nadie y, entonces, ¿para qué sirve?

La perspectiva del Reino de Dios va por otro camino. Sólo tenemos cabida, junto a los pequeños, si los valores de la humildad, de la sencillez, del servicio desinteresado son prioritarios en nuestras vidas y en nuestras comunidades.

martes, 16 de agosto de 2016

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 13,22-30

En el evangelio de hoy a la pregunta «Señor, ¿serán pocos los que se salven?», Jesús no responde ni que sí ni que no; al menos eso es lo que parece en una primera lectura. En un lectura más reposada nos daremos cuenta que son muchos –mejor, todos– los que estamos invitados al banquete del Reino: «vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentaran a la mesa en el reino de Dios».

Pero, hay más matices en la respuesta de Jesús. Jesús habla de esfuerzo: la salvación es un don gratuito, pero exige de nosotros una respuesta, una respuesta de amor, de amor de donación, de amor desinteresado... En mi tierra se dice, con frecuencia: «obras son amores y no buenas razones».

Y Jesús continúa, en un discurso que tiene mucho ver con el juicio final: «Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”». No es difícil descubrir que está hablando de muchos que han participado de la mesa del pan de vida y de la mesa de la palabra de Dios –hoy diríamos de la Eucaristía–, pero que no son reconocidos como dignos del Reino de Dios. No es suficiente una vida de oración y de sacramentos, si en nosotros no hay un cambio definitivo, radical... No nos está pidiendo ser ni superman ni superwoman, sino algo más sencillo, pero más esencial: que toda nuestra vida y todos nuestros actos estén informados por el amor.

domingo, 14 de agosto de 2016

La Asunción de María - Lc 1,39-56

María, en el evangelio de su festividad, aparece como la primera evangelizadora, la que hace de su vida un servicio a los demás. Ella se «pone en camino», aprisa, con prontitud. Sabe que su familiar Isabel necesita ayuda, y no se lo piensa dos veces, se dirige hacia Jerusalén, un camino de varios kilómetros, para ponerse a su servicio. María es la mujer creyente por excelencia, pero sabe que la fe implica una respuesta generosa, una demostración de amor de donación. Y, por eso, es «bienaventurada».

María proclama con su vida y con sus palabras las grandezas de Dios; un Dios que es grande porque está al lado de su pueblo, al lado de los pobres y necesitados, porque es el siempre fiel.

Y esta actitud de servicio, de disponibilidad, de ayuda la sigue ejerciendo desde el cielo, al lado de Dios Padre. Sigue atenta a nuestras necesidades, preocupada y ocupada en ayudar a los que más lo necesitan. Esto es esencialmente lo que celebramos en la fiesta de hoy.

Al estilo de vida de María estamos invitados toda la cristiandad. Cuando tres cuartas partes de la humanidad están viviendo de una forma precaria, sin lo mínimo necesario; cuando a nuestro alrededor hay tantas personas necesitadas, a causa de la inmigración, del desarraigo social, de situaciones de marginación; cuando hay tantas personas que necesitan una palabra de consuelo, de amor...; y no reacciono, es que no he entendido la Buena Nueva de Jesús, como la vivió y la sigue viviendo María.

martes, 9 de agosto de 2016

Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 12,49-53

El Jesús que nos presenta hoy el evangelista Lucas es «signo de contradicción». Su «fuego purificador» mostrará la autenticidad de las personas que se llaman creyentes. Él mismo ha de pasar por un bautismo –signo del martirio que ha de sufrir–, que le produce angustia. 

A nadie le agradan las dificultades y menos el jugarse la vida. A cualquiera en su sano juicio le repugna el sufrimiento y la muerte, también a Jesús. Pero Él es consecuente: sabe que su forma de vivir y su predicación le llevan irremediablemente a la muerte: los poderosos de este mundo no están dispuestos a aceptar su mensaje y, menos, su estilo de vida.

La paz no se puede conseguir a cualquier precio, afirmará Jesús. Inconsciente o conscientemente nos gusta que «nos dejen en paz»; no complicarnos la existencia. La «Buena Noticia» de Jesús nos complica la vida, también en nuestros ambientes más próximos. Es posible incluso que en nuestra propia familia. Pero la pregunta que hemos de hacernos es: ¿vale la pena?. La única respuesta posible para todos los que hemos decidido consciente y voluntariamente seguir a Jesús es: ¡sí!. Sabemos, como comentábamos el domingo pasado que la auténtica felicidad y el sentido de la vida sólo lo encontraremos en hacer vida en nosotros el evangelio del Reino; en adecuar nuestra existencia a ese evangelio.           

martes, 2 de agosto de 2016

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 12,32-48

En la misma línea que el domingo anterior, hoy el evangelio nos invita a no poner la confianza en los bienes efímeros: dinero, fama, placer, etc. Nos propone, como afirmábamos, otra forma de riqueza en la que no hay que temer ni que te roben, ni que se deteriore. Una riqueza en la que el hermano y la hermana necesitados son lo prioritario. Un tesoro que proporciona la auténtica felicidad y da sentido a la vida: «Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón

Jesús quiere que todos participemos del banquete del Reino, pero para ello nos exige estar preparados, vivir en la tensión de la llegada del Reino de Dios (Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas), como oramos en el Padrenuestro: Venga a nosotros tu Reino.

Como seguidores de Jesús hemos de preguntarnos, con frecuencia, dónde tenemos puesto el corazón. ¿Qué es lo prioritario en nuestra vida?. A nuestro alrededor, si no estamos (o no queremos estar) ciegos, hay muchas situaciones de injusticia, de pobreza, de marginación. No puedo pasar indiferente ante esta realidad. La responsabilidad ante estas situaciones no es una opción frente a otras, si nos tomamos en serio el mensaje de Jesús.

martes, 26 de julio de 2016

Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 12,13-21

El evangelio de este domingo nos propone una escala de valores que, con frecuencia, entra en conflicto con los intereses que nos sugieren la sociedad y los diversos medios de comunicación.

Jesús habla de codicia, riqueza, bienes, andar sobrado, darse a la buena vida... Pero, la crítica no está centrada en la persona rica, sino en que el ansia de poseer sea lo central de la existencia: un afán de codicia que ciega la relación con Dios y la preocupación por el otro, por las necesidades del prójimo.

Los medios de comunicación, a través de concursos, programas, cierto tipo de periodismo sensacionalista o rosa..., nos presentan como un bien deseable el dinero y la fama fácil, a cualquier precio, normalmente sin ningún escrúpulo ético. Y, curiosamente, este tipo de programación es el que más éxito cosecha en todas las cadenas televisivas y el resto de mass media.

Las afirmaciones de Jesús van en otra dirección: el sentido de la vida no está en ninguna de estas cosas; la vida no depende de los bienes. La persona se define por lo que es y no por lo que tiene. Nos propone otra forma de riqueza, en la que el poseer, la riqueza, la fama no son lo que hace al ser humano más persona.

domingo, 24 de julio de 2016

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

martes, 19 de julio de 2016

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 11,1-13

Oración del Padrenuestro, en arameo y hebreo
Jesús enseña a orar a sus discípulos. Les muestra que Dios es un Padre que siempre escucha, y nos da lo mejor: el gozo del Espíritu.

La oración del Padrenuestro es una plegaria de confianza: es Dios quien santifica, quien perdona, quien preserva del mal, quien nos proporciona el pan de la unidad, quien puede hacer posible que el Reino de Dios se haga presente en este mundo.

Pero, al mismo tiempo, esta oración implica una respuesta nuestra, una responsabilidad de la comunidad cristiana: la plegaria insistente y esperanzada, el compromiso por hacer presente los valores del Reino, el compartir el pan cotidiano, la disponibilidad siempre al perdón (como condición necesaria para recibir el perdón de Dios), la lucha para que el bien prevalezca sobre el mal.

El rezar el Padrenuestro significa fiarse de Dios, pero también el estar dispuesto a vivir las exigencias de esta oración. Si no considero a cada hombre y a cada mujer mi hermano o mi hermana no he entendido lo que estoy orando. Si no me preocupa y ocupa sus necesidades, materiales y espirituales, no tiene sentido lo que repito diariamente: no puedo estar indiferente cuando tantos no tienen que comer, o duermen y viven en la calle, o están desesperanzados o desesperados, o padecen tantas angustias e incluso la muerte por buscar una vida mejor en nuestro egoísta Occidente...

lunes, 11 de julio de 2016

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 10,38-42

La escena del evangelio de este domingo transcurre en la casa de Marta y de María. Jesús es recibido en su hogar por estas dos hermanas. Estas dos mujeres hospedan al Señor, quieren compartir con él la mesa, pero, sobre todo, desean escuchar sus palabras, su mensaje, la Buena Noticia del Reino de Dios.

El narrador presenta a María escuchando atentamente sus palabras, sentada a sus pies. Como una auténtica discípula, en situación de igualdad con los discípulos hombres, escucha, con gran interés, al Maestro Jesús.

Marta, mientras, está sirviendo, desviviéndose por atender también a Jesús. Y protesta porque su hermana no la ayuda.

La respuesta de Jesús no es una crítica del servicio, función que estaba prácticamente reservada a las mujeres. De hecho, en otras ocasiones, pedirá a sus discípulos, hombres y mujeres, una actitud de servicio como distintivo de sus seguidores, sobre todo de los que tienen una función de liderazgo.

Pero ahora quiere subrayar la primacía de la escucha de la Palabra de Dios, de la Palabra de Jesús. Es una actitud necesaria para todos sus seguidores, mujeres y hombres. Sin esa escucha atenta difícilmente se puede seguir el camino de Jesús.

martes, 5 de julio de 2016

Domingo XV del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 10,25-37

El mandamiento del amor, a Dios y al prójimo, es el resumen de la voluntad divina, el plan de Dios para la Humanidad y, al mismo tiempo, el camino en el que el ser humano se encuentra plenamente realizado. Amar a Dios significa poner el corazón, la voluntad, la inteligencia, toda la existencia al servicio del plan divino, que se identifica con el bien de la Humanidad.

Por otro lado, el amor al prójimo como a uno mismo forma parte del mismo y único mandamiento del amor.  Supone que considero que el otro tiene el mismo valor que yo, posee la misma dignidad, es acreedor de los mismos derechos.

Pero, con frecuencia, ponemos límites a este mandamiento: todos no somos iguales; aquel o aquella no es de los nuestros; nos quita el trabajo a los de aquí; que se quede en su tierra; no es mi problema; tengo muchas cosas que hacer; yo no puedo resolver todos los problemas; se lo habrá merecido; ya rezaré por él, por su problema...

Jesús propone una parábola en la que la gente «religiosa», los «buenos» no quedan muy bien parados. No son capaces de socorrer al que necesita urgentemente ayuda. Tienen otras cosas que hacer «más importantes». Sólo un samaritano, un paria de la sociedad, un extranjero, es capaz de considerar prójimo a quien precisa auxilio. Dice Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

jueves, 30 de junio de 2016

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 10,1-12.17-20

¡Poneos en camino! Con esta arenga Jesús envía al grupo de los setenta y dos discípulos a llevar el mensaje del reino de Dios; un reino que está cerca, que ya se hace presente. No hay que esperar a la otra vida para que la situación cambie, para que la injusticia deje paso a la justicia, la guerra sea sustituida por la paz, el mal no prevalezca frente al bien, el odio desaparezca e impere el amor... Él los envía y nos envía porque confiaba en ellos y confía en nosotros. Con Jesús se inauguró el reino de Dios, aunque cada día tengamos que pedir «venga a nosotros tu reino» en la oración del Padrenuestro. Él no nos deja solos en esta titánica tarea.

La misión no es fácil: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies» No siempre será bien recibido este mensaje. Pero Jesús cuenta con nosotros, y nosotros confiamos en Él. Y, por tanto, no sólo no debemos tener miedo a las dificultades, sino que  nuestro distintivo ha de ser la alegría: estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.

A nuestro alrededor encontramos situaciones que no responden al plan amoroso de Dios (pobreza, injusticia, odio, guerra, etc.): ahí se hace presente Jesús, y ahí hemos de hacernos presentes cada uno de nosotros y de nosotras, personal y comunitariamente. Jesucristo nos impele: ¡Poneos en camino!

lunes, 27 de junio de 2016

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

La Tradición, la Iglesia han querido unir en una misma fiesta estas dos grandes figuras de la Iglesia primitiva: Pedro y Pablo. Las diversas lecturas de hoy nos recuerdan algunos momentos de la vida de estos dos personajes.

El evangelio nos evoca la confesión de fe de Pedro en Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Seguramente Pedro no es plenamente consciente del alcance de su afirmación, pero es un paso importante. Jesús le confiará el cuidado de su Iglesia.

Pedro es un hombre sencillo, de profesión pescador. Tendrá la misión de ser «piedra» fundamental en la construcción de la nueva realidad que se está inaugurando con Jesús. Tendrá que aprender que el ser dirigente de la Iglesia de Jesús no tiene nada que ver con actitudes de poder ni con imposiciones arbitrarias. El libro de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) lo presenta en la cárcel: el seguimiento de Jesús muchas veces no es fácil. Algo similar pasa con Pablo que en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura) comenta su próximo martirio, después de toda una vida entregada a la evangelización.

Son dos grandes columnas de la Iglesia. Su ejemplo es un espejo donde todos debemos mirarnos: su fe, su espíritu de servicio, su afán evangelizador, su empeño en hacer presente la «Buena Noticia» de Jesús, su entrega hasta las últimas consecuencias…, son actitudes necesarias para la construcción del Reino de Dios y de un mundo más justo.

jueves, 23 de junio de 2016

Domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 9,51-62

El evangelio de este domingo nos muestra cuan «humanos» son los primeros seguidores de Jesús; se parecen tanto a nosotros.

Cuando se sienten ofendidos por alguien, en este caso porque no les dan alojamiento en Samaria, su reacción es de odio y de desprecio. Incluso no dudan en querer utilizar el nombre de Dios para que castigue a los que consideran sus enemigos. Que poco entendemos la lógica de Jesús, la lógica del amor. ¡Cuantas guerras, cuantos crímenes en nombre de Dios! También en nuestros días, entre nosotros. Musulmanes, judíos, cristianos... pretendemos que Dios esté de nuestro lado, haciendo el mal a otros de sus hijos o hijas, porque es distinto/a de nosotros. ¡Cuando rechazo a alguien porque es diferente significa que no he entendido nada del mensaje de la Palabra de Dios!

Cuantas excusas, legítimas, pero excusas, para tomarnos en serio el seguimiento de Jesús. Él nos pide radicalidad (no radicalismo ni fundamentalismo) en la respuesta a su llamada. Implica romper con la lógica de la que hablábamos antes. Supone echar mano al arado sin mirar atrás. Significa empeñarse en mostrar en nuestra vida y en contagiar a los demás los valores del Reino de Dios: amor a todos, incluso a los enemigos; denuncia de las situaciones de injusticia; empeño en construir un mundo en el que todos se sientan hermanos, hijos de Dios...; aunque nos toque ir a Jerusalén.

lunes, 20 de junio de 2016

Natividad de san Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán
Hoy celebramos el nacimiento de Juan el Bautista. La venida al mundo de un nuevo ser humano es normalmente motivo de gran alegría. En el nacimiento del Bautista comparten este gozo con sus padres los vecinos y parientes. Pero no todos son conscientes, aunque algunos intuyen en él algo especial, de que ha sido elegido por Dios, desde el vientre materno, para una importante misión: ser el precursor del Mesías, anunciar la inauguración del Reino de Dios en Jesús.

La madre, el padre, la familia, los amigos y conocidos se preguntan con frecuencia ante un bebé recién nacido, como en el caso de Juan Bautista: «¿Qué va a ser este niño?»

Cada uno de nosotros ha sido elegido personalmente por Dios. Dios espera mucho de ti. Y la cuestión no es que seas capaz de cosas extraordinarias. Con facilidad lo extraordinario dura poco, es como los fuegos artificiales: mucho ruido, mucha vistosidad, pero todo acaba demasiado rápido. Lo importante es que lo ordinario, lo cotidiano lo vivamos desde la perspectiva de Dios. Me explico: el plan de Dios significa que todos los seres humanos se reconozcan como hermanos, hijos de un mismo Padre. Y esto implica respeto por el otro, preocupación por sus necesidades y problemas, ponerse en la piel del otro...; y hacerlo de forma sencilla.

lunes, 13 de junio de 2016

Domingo XII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 9,18-24

¿Quién es Jesús? Es la pregunta que plantea el mismo Jesús a sus discípulos y es la pregunta que aún sigue siendo actual.

Para muchos Jesús es un personaje histórico de gran importancia social, incluso para algunos un revolucionario; para otros una celebridad religiosa con gran incidencia en su tiempo e incluso siglos después, que se puede poner al lado de otros como Buda, Confucio, Mahoma o incluso Gandhi o Luther King. Para nosotros, como creyentes, estas respuestas nos resultan insuficientes. Aunque eso no debe nunca significar desprecio a estas aproximaciones a la figura de Jesús de Nazaret; pueden ser un primer paso. Detrás de todas ellas –entonces y ahora– hay una cierta simpatía hacia su persona. Y eso es bueno.

Sabemos que Jesús es el «Mesías de Dios», aunque, es posible, que nosotros tampoco terminemos de entender y asumir lo que significa esto. El anuncio de su pasión, muerte y resurrección inmediatamente después de la afirmación de Pedro, indica que también los creyentes podemos confundir o tergiversar su vida y su mensaje.

Hemos de seguir preguntándonos personal y comunitariamente ¿quién es Jesús para mí, para nosotros?; ¿porqué en tantas ocasiones el mensaje de Jesús que transmitimos en nuestras vidas y en nuestras palabras es poco convincente?

lunes, 6 de junio de 2016

Domingo XI del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 7,36–8,3

La protagonista principal del evangelio de hoy es, junto con Jesús, una mujer: Una mujer de la ciudad, una pecadora. El evangelista no nos facilita el nombre de esta mujer anónima, señalada negativamente por algunos que se creían justos y con derecho a juzgar a los demás.

Esta mujer trata a Jesús con un amor exquisito; se siente pequeña y necesitada ante la grandeza del Maestro. Se considera indigna y, por eso, baña con sus lágrimas los pies de Jesús, los cubre de besos y los unge con perfume. El narrador invita a quien lee – escucha este evangelio a identificarse con esta mujer: el arrepentimiento, el amor y el perdón son realidades que caminan juntas. Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor. Estas palabras de Jesús nos llenan de confianza y nos muestran el único camino de salvación, de perdón: el amor. No todos están dispuestos a entender esta forma profética de actuar de Jesús, no conciben que el amor es la palabra definitiva.

Aparecen junto a Jesús en este caminar del Evangelio del Reino del amor el grupo de los Doce, pero también un conjunto importante de mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y otra muchas. El evangelista ve en estas mujeres el prototipo del discipulado.

lunes, 30 de mayo de 2016

Domingo X del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 7,11-17

Jesús siente compasión de una mujer viuda que acaba de perder a su único hijo. La escena, que el evangelista sitúa en la aldea de Naín, está cargada de emotividad y de amor entrañable.

Las viudas era uno de los colectivos más frágiles en la sociedad mediterránea del siglo I. Al no tener esposo que las mantuviese y, en este caso, al quedarse sin hijos que la ayudasen, eran condenadas a la mendicidad o a la prostitución. Así que junto a la desgracia de la muerte de los seres queridos se añadía la tragedia de una vida sin futuro.


Jesús no es ajeno al sufrimiento humano, a la injusticias sociales que condenan a seres inocentes a situaciones dramáticas, trágicas. Y utiliza el poder de Dios para ponerse del lado de los más necesitados,  de los marginados.


El discipulado de Jesús ─nosotros y nosotras─ no podemos pasar de largo ante las situaciones de injusticia de nuestro alrededor, situaciones agravadas en estos tiempos de crisis. El ejemplo de Jesús nos interpela.

lunes, 23 de mayo de 2016

El Cuerpo y la Sangre de Cristo - Lc 9,11b-17

En el evangelio de este domingo Jesús quiere implicar a los discípulos en el «milagro» de la multiplicación de los panes y de los peces. La acción de Dios se realiza a través de individuos concretos.

Hay un grupo importante de personas que siguen a Jesús: están hambrientos de la Palabra de Dios que sale de su boca. Están tan entusiasmadas por las palabras y las acciones de Jesús que hasta se olvidan de comer. Algunos de entre los más íntimos, los Doce, se percatan que no tienen comida para tanta gente; se mueven aún según una perspectiva muy limitada: no tenemos suficiente, hace falta mucho dinero, son demasiados...

Jesús les muestra otro camino, el del servicio, confiando plenamente en los planes de Dios, en la Palabra de Jesús: «Dadles vosotros de comer»; [...] los partió (los panes) y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. La forma de actuar de Jesús con frecuencia desconcierta; pero hemos de fiarnos (tener fe), y se produce el milagro, con abundancia (sobraron doce cestos). 

La narración nos evoca, sin muchos esfuerzos, la Eucaristía, donde Jesús se entrega no a unos cuantos si no a todos como el auténtico alimento que sacia el corazón humano. Palabra de Dios y Eucaristía aparecen íntimamente unidas.

martes, 17 de mayo de 2016

Domingo de la Santísima Trinidad - Jn 16,12-15

Vivimos en un mundo de apariencias, de verdades a medias, de mentiras consentidas y asumidas. Aunque, gracias a Dios, esta situación no agota la realidad que nos rodea. Es posible otra forma de encarar la existencia. El evangelio de la fiesta de hoy, de la Santísima Trinidad, nos habla de ello: el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Sí es posible vivir la verdad en plenitud; el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, nos guía, nos muestra el camino que ya comenzó Jesús. El Padre se une a esta sinfonía de la verdad plena del Hijo y del Espíritu y nos comunica, nos anuncia el camino verdadero, el auténtico.

El ser humano tiene vocación de infinito, de trascendencia, de Dios. Hoy celebramos que es posible saciar esta sed. Estamos llamados a ser portavoces de la respuesta a esta esperanza para todas las mujeres y todos los hombres. Sólo en Dios es posible que la persona humana encuentre respuesta a sus interrogantes existenciales. Sólo Dios sacia la sed humana de Verdad con mayúscula. Sólo el Espíritu de la Verdad puede mostrar a cada individuo el camino para que la vida tenga sentido pleno. La existencia humana no es exclusivamente lo tangible, la monotonía de cada día, es infinito, es felicidad sin límites, es eternidad que ya se puede empezar ahora a degustar.

martes, 10 de mayo de 2016

Domingo de Pentecostés - Jn 20,19-23

El evangelio de este domingo nos recuerda que Jesús nos envía, de la misma forma que el Padre le envió a Él. Y ¿a qué nos envía? El nos encarga continuar su obra, y para ello nos manda el Espíritu Santo. Él es el que hará posible que nosotros podamos proseguir la renovación que comenzó Jesús.

Es curiosa la escena inicial de la narración: los discípulos están con miedo, con las puertas cerradas, y es de noche. Tres datos concisos, pero precisos: desconfían y están temerosos de todo; viven cerrados a todo lo exterior; les falta «luz» para caminar, no ven nada con claridad. Difícilmente con estas actitudes se puede continuar la obra de Jesús. ¡Cuantos de nosotros nos sentimos «retratados» en esta escena!

Pero Jesús les trae la paz, el sosiego interior, la alegría que ellos necesitan. El miedo, la desconfianza, la cerrazón, la oscuridad interior imposibilitan tener paz. Jesús les devuelve la confianza, y les encarga ser transmisores de la Buena Noticia del Reino. Son portadores del Evangelio del perdón, de la Buena Nueva del amor que han de extender por todas partes. Ahora cuentan con el Espíritu Santo. Ya no hay razón para tener miedo, ya no hay motivo para posponer el encargo. El trabajo por hacer es ingente: ¡manos a la obra!

martes, 3 de mayo de 2016

La Ascensión del Señor - Lc 24,46-53

Jesús ha resucitado, asciende al cielo, pero la historia de la Buena Noticia que ha traído para todos los seres humanos sólo ha hecho que empezar.

En su nombre Él envía a todos sus discípulos y discípulas a predicar de palabra, pero sobre todo con el testimonio de su vida que las cosas y las personas pueden cambiar (conversión), que no nos podemos quedar en una crítica negativa y derrotista de la realidad que nos envuelve, que nos hemos de empeñar con todas las fuerzas en hacer posible este cambio. Y, también, que Dios ofrece gratuitamente su perdón a todos los hombres y a todas las mujeres, que siempre hay otra oportunidad, porque lo que define a Dios es el amor.

Él se queda con nosotros, no nos deja solos. Promete –y siempre cumple sus promesas– que seremos revestidos de la fuerza de lo alto; es decir, que Dios estará a nuestro lado, de nuestra parte, y nos proporcionará la fuerza que necesitamos para esta inmensa tarea.

El grupo de discípulos recibe su impulso de la oración: Ellos se postraron ante él. Es la fuerza que nace de una oración confiada. Y, por ello, se vuelven con gran alegría. Algo que define al seguidor y a la seguidora de Jesús es la alegría, la gran alegría, que no desfallece ante las dificultades o dramas de la vida.

lunes, 25 de abril de 2016

Domingo VI de Pascua - Jn 14,23-29

La Palabra de Jesús es Palabra de Dios, es Palabra del Padre. Hay una estrecha relación entre la Palabra de Dios, la vida íntima en Dios (Uno y Trino) y la vida cristiana personal y comunitaria.

El seguimiento de Jesús, amarle, ser discípulo o discípula suyos implica guardar su Palabra. Guardar no en el sentido de esconder, de ponerla bajo llave, de tenerla tanto «respeto» que nuestra relación con ella sea de distancia. Guardar la Palabra de Dios significa conocerla, leerla y meditarla con frecuencia, convertirla en nuestra habitual oración, compartirla, hacer que informe toda nuestra vida, que nuestras decisiones estén fundamentadas en ella, que llene nuestro corazón y nuestra mente, que nuestra vida personal y comunitaria la actualice constantemente.

Quien convierte la Palabra de Dios en su «brújula», quien la guarda, Dios Padre y el Hijo harán morada en ella o en él, y el Espíritu Santo desde su interior será su consejero, le irá descubriendo la maravilla del mensaje de Jesús, el amor inmenso de Dios narrado en su Palabra. Y hallará la auténtica paz. Una paz que es don de Dios, una paz que no es como la da el mundo, una paz que significa armonía, concordia, seguridad, felicidad, alegría... Una paz que sólo la da Dios.