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lunes, 17 de septiembre de 2018

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.

martes, 3 de julio de 2018

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,1-6

Sinagoga de Nazaret
Jesús, según la costumbre judía, asiste a la liturgia de la sinagoga del sábado, junto con sus discípulos. Después de las lecturas bíblicas, Jesús, seguramente en pie, como era costumbre, comenta dichos textos, y lo hace con una sabiduría, con una profundidad, con una novedad que produce admiración entre los que lo escuchan.

Pero esta admiración parece que no es general. Hay un grupo, sin duda muy influyente, que busca desacreditar a Jesús. Se preguntan, o mejor preguntan públicamente, en qué es diferente Jesús a los demás, para arrogarse una dignidad que según ellos no le corresponde. Cómo va a ser el Mesías un artesano manual, el hijo de una mujer sencilla, que todos conocen, igual que conocen al resto de su familia. Produce escándalo la pretensión de Jesús.

Jesús se asombra de la incredulidad, de la falta de fe de sus paisanos. Es imposible que se manifieste la acción de Dios, a través de él, cuando no hay fe. Sus compatriotas no entienden que Dios se muestre en lo sencillo, en la humildad, en lo simple. María, su madre, pertenece a la categoría de los sencillos, de los simples, de los pequeños. Por esta razón la mencionan los que quieren desacreditar a Jesús en esta escena: «¿No es éste... el hijo de María?». Con esta pregunta –y con el resto de interpelaciones– pretenden afrentar, ofender a Jesús, desacreditarlo. Pero nada más lejos de conseguir lo que pretenden. María, igual que Jesús, precisamente por su simplicidad, por su humildad, por su fe sencilla, pero profunda, es un auténtico icono de la acción de Dios.

lunes, 8 de enero de 2018

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 1,35-42

Río Jordán, donde bautizaba Juan Bautista
Juan Bautista continuará con la misma actitud de humildad, que ya descubrimos el domingo pasado. Él no se predica a si mismo como hacen otros, comentábamos. Quiere que todos sigan a Jesús, incluso aunque eso signifique que a él lo dejen solo.

Es curioso que el narrador recuerde incluso la hora, «serían las cuatro de la tarde», de un encuentro que ha marcado la vida, la existencia de los primeros seguidores de Jesús. El encuentro con Jesús, si es auténtico, deja una huella imborrable.

También llama la atención la forma en que los diversos personajes conocen a Jesús. Los dos primeros son a iniciativa de su antiguo maestro Juan Bautista. Andrés, uno de estos dos, invita a su hermano Pedro a que conozca al Mesías. Si siguiésemos leyendo el texto veríamos aumentar esta cadena de invitaciones de unos a otros a encontrarse con Jesús.

La experiencia de Jesús ha sido, es indescriptible. Es tan extraordinaria la impresión de quienes la han experimentado que sienten la necesidad de compartirla con otros. «Hemos encontrado al Mesías… Y lo llevó a Jesús» No pueden guardarse para ellos solos aquello que perciben que les llena el corazón de gozo.

Nosotros, nosotras, tú, yo… ¿experimentamos esta necesidad gozosa de llevar a Jesús a los demás, de proclamar los valores del Reino, de compartir esta gran noticia?

domingo, 13 de agosto de 2017

La Asunción de María, madre de Jesús - Lc 1,39-56

En la fiesta de la Asunción celebramos que María ha subido al cielo y desde allí intercede por todos y cada uno de nosotros y de nosotras. La primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto (segunda lectura) nos recuerda que Cristo ha resucitado, que el es la primicia, el primero que como hombre disfruta ya de una vida que no tiene fin, donde la muerte es aniquilada. María –proclama la liturgia de este día– ya está gozando de esta realidad y, desde ella, sigue preocupándose y ocupándose de todos sus hijos e hijas, de cada ser humano.

El evangelio nos presenta a María visitando a su parienta Isabel, haciendo un largo viaje para ponerse a su servicio. Ha sabido por el anuncio del ángel que está embarazada de seis meses y corre a darle la enhorabuena, a alegrarse con ella, pero sobre todo a ayudarla, a atenderla en lo que necesite. María es una mujer servicial, atenta a las necesidades ajenas, y este papel sigue ejerciéndolo, de una forma amorosa.

Ella «canta», «proclama» las grandezas de Dios, un Dios que está del lado de los humildes, de los hambrientos, de los pobres. Un Dios amor: amor misericordioso, amor fiel. Por eso celebramos que desde el cielo sigue atenta a nuestras necesidades y nos muestra un Dios que rompe con muchos esquemas del mundo, con muchos modelos incluso religiosos: un Dios entrañable.

lunes, 24 de julio de 2017

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Hoy celebramos la memoria de Santiago, hijo de Zebedeo, que junto a su hermano Juan eran conocidos como los hijos del trueno, por su carácter impetuoso. Fue el primero del grupo de los «Doce» que murió por amor a Jesús, alrededor del año 43 d.C., por mandato del rey Herodes (primera lectura).

En el evangelio escogido para su fiesta no es que queden muy bien parados Santiago y su hermano Juan. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

Jesús les enseñará otro camino a ellos, al resto del grupo de los Doce y a toda la comunidad de discípulos y discípulas: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de todas y de todos, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

lunes, 17 de julio de 2017

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 13,24-43

Seguimos con las parábolas del capítulo 13 del evangelio de Mateo. En las parábolas de este domingo dos de ellas continúan con el tema de la siembra y la tercera habla de una mujer que amasa harina con levadura. Jesús es un gran pedagogo y sus enseñanzas van dirigidas a mujeres y a hombres y, por eso, utiliza ejemplos en sus parábolas con  las que sus interlocutores se puedan sentir identificados.

Las tres comienzan con la misma frase: «El reino de los cielos se parece…» Jesús nos quiere hablar de cómo es este Reino que ya ha comenzado aquí, pero que alcanzará su plenitud en el futuro. 

Nos propone no hacer juicios precipitados sobre los miembros de la comunidad o de la sociedad en general, de no caer en la tentación de condenar tan alegremente como con frecuencia hacemos: «Al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Ese reino de los cielos también «se asemeja a un grano de mostaza», primero muy pequeño, pero después se convierte en un gran arbusto (no un gran árbol como eran los cedros del Líbano), donde «vienen los pájaros a anidar en sus ramas», donde todos y todas pueden cobijarse, sentirse acogidos. Pero, al mismo tiempo, se parece a la levadura que una mujer amasa con tres medidas de harina (una cantidad muy exagerada, equivalente a 40 Kg.); la buena noticia del Reino, aunque parezca casi invisible o insignificante es capaz de transformar el mundo, la sociedad, el corazón de las personas.

lunes, 3 de julio de 2017

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 11,25-30

El Dios de Jesús es el Dios de los sencillos y no el de «los sabios y entendidos». Y no es que Dios-Padre no ame a todos sus hijos e hijas, pero sí tiene una especial predilección por los pequeños, los necesitados, los pobres… Y no soporta a los prepotentes, a los poderosos, a los creen saberlo todo y tienen respuestas para todo. Y esto es un motivo para dar gracias, como lo hace Jesús. Sólo los primeros están en disposición de reconocer la revelación del Padre que trae Jesús, sólo a ellos se lo quiere revelar.

El seguimiento de Jesús, el ser su discípulo/a supone una actitud de humildad, de sencillez, también de indigencia de medios. Lo que aparentemente puedan parecer carencias, en realidad, bien entendido, significa ponerse en las manos de Dios, confiar en Él. No es una negación del necesario progreso, sino confiar más en la providencia divina y no desesperar cuando no se llega. Y, más aún, percibir como un don de Dios la sencillez y pobreza de recursos.

Y en la misma línea de sencillez está la siguiente afirmación de Jesús, en el evangelio de hoy: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». En él encontramos el bálsamo aliviante, el descanso de nuestros cansancios, agobios, dificultades…

viernes, 6 de enero de 2017

El Bautismo del Señor - Mt 3,13-17

Río Jordán
Jesús se presenta en el Jordán, ante Juan Bautista, como uno más, «para que lo bautizara». En este acto sencillo, humilde, se produce una gran teofanía –la manifestación de Dios trinitario–, la Palabra del Padre avalando la misión del Hijo, de Jesús, y la acción del Espíritu Santo que desciende del cielo y se hace presente también en Jesús.

Las palabras y las acciones de Jesús en toda su vida pública, que se inicia con el bautismo a orillas del Jordán –episodio al mismo tiempo sencillo  y sublime–, van a estar caracterizadas por un respeto exquisito por las circunstancias concretas de cada persona, con una atención especial a los débiles, a los sencillos, a los humildes, como nos recuerda la profecía mesiánica de Isaías (primera lectura): «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará». A ellos y a todos ofrecerá una «Buena Nueva» de salvación, de liberación.

Los gestos y el mensaje de Jesús nos interpelan al cristiano y a la cristiana actuales, no sólo para cambiar de actitud personal sino, sobre todo, para contrastar nuestra relación con los demás: ¿responde a un respeto delicado a sus limitaciones, diferencias, carencias, etc.? ¿Sus problemas, dificultades, angustias, necesidades..., las vivo como propias?

lunes, 28 de noviembre de 2016

Domingo II de Adviento, ciclo A - Mt 3,1-12

Río Jordán
El evangelio de hoy, a través de la predicación de Juan Bautista, proclama la necesidad de cambiar de vida, de actitudes, de criterios: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos», como condición imperiosa para preparar la venida del Señor. Juan, recordando la profecía mesiánica de Isaías, invita a todos a «allanad sus senderos», a preparar adecuadamente la venida del Señor.

Jesús se hará presente, una vez más, pero puede pasar para mí desapercibido: un año más, una fiesta más, una nueva celebración..., pero nada cambia en mi vida personal, familiar, social, comunitaria.

Nos puede pasar como a los fariseos y saduceos que el Bautista instiga: que no demos «el fruto que pide la conversión», que nos hagamos ilusiones por lo que somos o, peor aún, por lo que tenemos.

El Bautista invita a un cambio de perspectiva: sólo desde la humildad, desde la sencillez es posible acoger al Jesús que viene a nuestro encuentro, el Reino de los cielos que está verdaderamente cerca, en medio de nosotros. Sólo el humilde es capaz de ver en el otro a su hermano, a su hermana. Sólo el sencillo descubre en las realidades cotidianas el rostro de Jesús.

martes, 23 de agosto de 2016

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 14,1.7-14

Dos actitudes nos propone Jesús en el evangelio de este domingo: la humildad frente a la soberbia y la hospitalidad con los pobres y los últimos frente a las apariencias interesadas.

Lo nuestro, lo «natural» es que busque el primer puesto, el ser considerado, la palmadita en la espalda, la fama fácil, el que me consideren más importante que...

Cuantas veces mis actitudes de soberbia dificultan la convivencia familiar, profesional, comunitaria, eclesial. Y esto ocurre cuando no escucho porque qué me van a enseñar a mí, cuando critico de forma despiadada porque considero al otro una amenaza, cuando lo único que cuenta es mi criterio, cuando no soy apreciado como creo que me merezco, etc.

La otra actitud está en la misma línea. Jesús nos invita a estas abiertos, a ser generosos con «pobres, lisiados, cojos y ciegos». Yo, en cambio, prefiero que los que me rodean admiren mi generosidad, que elogien mi forma de ser, ser importante entre los importantes. Lo que nos propone Jesús no da prestigio, no se entera nadie y, entonces, ¿para qué sirve?

La perspectiva del Reino de Dios va por otro camino. Sólo tenemos cabida, junto a los pequeños, si los valores de la humildad, de la sencillez, del servicio desinteresado son prioritarios en nuestras vidas y en nuestras comunidades.