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martes, 22 de mayo de 2018

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Mt 28,16-20

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Dios es único (primera lectura) pero, al mismo tiempo, es comunidad amorosa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; y amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Y esta realidad nos interpela a nosotros, la comunidad cristiana. Estamos invitados a vivir el misterio del amor trinitario de Dios, a compartir este amor con todos. Somos «hijos de Dios» (segunda lectura) y como hijos e hijas debemos participar del amor único de Dios, nuestro Padre. La unidad debe ser nuestro estandarte, nuestra bandera, aunque, eso sí, sin confundirla nunca con la uniformidad; respetando y amando también la diversidad, las diferencias del otro.

Convencidos que nada hay mejor para la humanidad que este mensaje de amor, de respeto, de unidad. Por eso, el evangelio nos invita a proclamarlo, a predicarlo a «todos los pueblos», a todas las personas, con nuestra palabra aunque, sobre todo, con nuestros gestos, con nuestras vidas. Jesús se queda entre nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo»: es nuestro consuelo, nuestra fuerza, quien hace posible que nos empeñemos y no desfallezcamos en esta empresa.

martes, 6 de junio de 2017

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Jn 3,16-18

«Tres personas distintas y un solo Dios verdadero»: así define la Iglesia la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, ¿qué me dice a mí, una persona del siglo XXI esta verdad tan complicada de entender?

Los textos de las lecturas de este domingo nos hablan de un «Dios compasivo y misericordioso» (primera lectura); un «Dios del amor y de la paz» (segunda lectura); un Dios que tanto nos ha amado que ha entregado a su Hijo único, por nuestra salvación (evangelio). La respuesta, lógicamente, está en la Palabra de Dios: Dios se define por ser amor, un amor activo, un amor sin límites, un amor entrañable, un amor incondicional…

La Trinidad divina es esencialmente amor. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; pero amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Esta realidad tan sublime invita a la comunidad eclesial a experimentarla en la medida de sus posibilidades: es posible vivir la unidad profunda, en la Iglesia y en la sociedad; sin confundirla nunca con la uniformidad. Nuestras diferencias han de enriquecernos, no ser motivo de conflictos. Pero esta unidad que respeta siempre al otro, a la otra, sólo puede nacer del amor, a imagen del Dios trinitario.

martes, 16 de mayo de 2017

Domingo VI de Pascua - Jn 14,15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

viernes, 6 de enero de 2017

El Bautismo del Señor - Mt 3,13-17

Río Jordán
Jesús se presenta en el Jordán, ante Juan Bautista, como uno más, «para que lo bautizara». En este acto sencillo, humilde, se produce una gran teofanía –la manifestación de Dios trinitario–, la Palabra del Padre avalando la misión del Hijo, de Jesús, y la acción del Espíritu Santo que desciende del cielo y se hace presente también en Jesús.

Las palabras y las acciones de Jesús en toda su vida pública, que se inicia con el bautismo a orillas del Jordán –episodio al mismo tiempo sencillo  y sublime–, van a estar caracterizadas por un respeto exquisito por las circunstancias concretas de cada persona, con una atención especial a los débiles, a los sencillos, a los humildes, como nos recuerda la profecía mesiánica de Isaías (primera lectura): «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará». A ellos y a todos ofrecerá una «Buena Nueva» de salvación, de liberación.

Los gestos y el mensaje de Jesús nos interpelan al cristiano y a la cristiana actuales, no sólo para cambiar de actitud personal sino, sobre todo, para contrastar nuestra relación con los demás: ¿responde a un respeto delicado a sus limitaciones, diferencias, carencias, etc.? ¿Sus problemas, dificultades, angustias, necesidades..., las vivo como propias?

lunes, 25 de abril de 2016

Domingo VI de Pascua - Jn 14,23-29

La Palabra de Jesús es Palabra de Dios, es Palabra del Padre. Hay una estrecha relación entre la Palabra de Dios, la vida íntima en Dios (Uno y Trino) y la vida cristiana personal y comunitaria.

El seguimiento de Jesús, amarle, ser discípulo o discípula suyos implica guardar su Palabra. Guardar no en el sentido de esconder, de ponerla bajo llave, de tenerla tanto «respeto» que nuestra relación con ella sea de distancia. Guardar la Palabra de Dios significa conocerla, leerla y meditarla con frecuencia, convertirla en nuestra habitual oración, compartirla, hacer que informe toda nuestra vida, que nuestras decisiones estén fundamentadas en ella, que llene nuestro corazón y nuestra mente, que nuestra vida personal y comunitaria la actualice constantemente.

Quien convierte la Palabra de Dios en su «brújula», quien la guarda, Dios Padre y el Hijo harán morada en ella o en él, y el Espíritu Santo desde su interior será su consejero, le irá descubriendo la maravilla del mensaje de Jesús, el amor inmenso de Dios narrado en su Palabra. Y hallará la auténtica paz. Una paz que es don de Dios, una paz que no es como la da el mundo, una paz que significa armonía, concordia, seguridad, felicidad, alegría... Una paz que sólo la da Dios.

martes, 12 de abril de 2016

Domingo IV de Pascua - Jn 10,27-30

El evangelio de este domingo nos muestra a Jesús como el buen Pastor. Nada más lejos de la narración que el presentar al grupo de discípulas y discípulos de Jesús como un rebaño de borregos, sin criterio propio.

Los que pertenecen al grupo de Jesús (sus ovejas) han respondido libremente a una llamada personal a la fe. Escuchan y siguen al Maestro, al buen Pastor, desde una opción libre. El mensaje de Jesús ha transformado sus existencias y son mujeres nuevas y hombres nuevos.

¿Y Jesús? Nos conoce a cada una y cada uno personalmente, individualmente. Nos ha llamado por nuestro nombre y nuestros apellidos a seguirlo. Nos ofrece una vida que no termina con la muerte. Nos invita a participar de la comunión de amor que hay entre Él y el Padre. Nos convoca a formar parte de su rebaño, en el que cada ser humano considere al otro su hermana o su hermano.

Jesús descubre a sus discípulos la realidad de Dios, una realidad de la que todos podemos participar. La comunidad trinitaria se convierte en signo al que debe apuntar la comunidad de los creyentes, la comunidad humana.

lunes, 25 de mayo de 2015

La Santísima Trinidad - Mt 28,16-20

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Dios es uno, único (primera lectura) pero, al mismo tiempo, es comunidad amorosa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; y amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Y esta realidad nos interpela a nosotros, la comunidad cristiana. Estamos invitados a vivir el misterio del amor trinitario de Dios, a compartir este amor con todos. Somos «hijos de Dios» (segunda lectura) y como hijos e hijas debemos participar del amor único de Dios, nuestro Padre. La unidad debe ser nuestro estandarte, nuestra bandera, aunque, eso sí, sin confundirla nunca con la uniformidad; respetando y amando también la diversidad, las diferencias del otro.

Convencidos que nada hay mejor para la humanidad que este mensaje de amor, de respeto, de unidad. Por eso, el evangelio nos invita a proclamarlo, a predicarlo a «todos los pueblos», a todas las personas, con nuestra palabra aunque, sobre todo, con nuestros gestos, con nuestras vidas. Jesús se queda entre nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo»: es nuestro consuelo, nuestra fuerza, quien hace posible que nos empeñemos y no desfallezcamos en esta empresa.

martes, 10 de junio de 2014

Santísima Trinidad - Jn 3,16-18

«Tres personas distintas y un solo Dios verdadero»: así define la Iglesia la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, ¿qué me dice a mí, una persona del siglo XXI esta verdad tan complicada de entender?

Los textos de las lecturas de este domingo nos hablan de un «Dios compasivo y misericordioso» (primera lectura); un «Dios del amor y de la paz» (segunda lectura); un Dios que tanto nos ha amado que ha entregado a su Hijo único, por nuestra salvación (evangelio). La respuesta, lógicamente, está en la Palabra de Dios: Dios se define por ser amor, un amor activo, un amor sin límites, un amor entrañable, un amor incondicional…

La Trinidad divina es esencialmente amor. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; pero amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios. 

Esta realidad tan sublime invita a la comunidad eclesial a experimentarla en la medida de sus posibilidades: es posible vivir la unidad profunda, en la Iglesia y en la sociedad; sin confundirla nunca con la uniformidad. Nuestras diferencias han de enriquecernos, no ser motivo de conflictos. Pero esta unidad que respeta siempre al otro, a la otra, sólo puede nacer del amor, a imagen del Dios trinitario.

martes, 20 de mayo de 2014

Domingo VI de Pascua - Jn 14, 15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

martes, 7 de enero de 2014

El Bautismo del Señor, ciclo A - Mt 3,13-17

Río Jordán
Jesús se presenta en el Jordán, ante Juan Bautista, como uno más, «para que lo bautizara». En este acto sencillo, humilde, se produce una gran teofanía –la manifestación de Dios trinitario–, la Palabra del Padre avalando la misión del Hijo, de Jesús, y la acción del Espíritu Santo que desciende del cielo y se hace presente también en Jesús.

Las palabras y las acciones de Jesús en toda su vida pública, que se inicia con el bautismo a orillas del Jordán –episodio al mismo tiempo sencillo  y sublime–, van a estar caracterizadas por un respeto exquisito por las circunstancias concretas de cada persona, con una atención especial a los débiles, a los sencillos, a los humildes, como nos recuerda la profecía mesiánica de Isaías (primera lectura): «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará». A ellos y a todos ofrecerá una «Buena Nueva» de salvación, de liberación.
           
Los gestos y el mensaje de Jesús nos interpelan al cristiano y a la cristiana actuales, no sólo para cambiar de actitud personal sino, sobre todo, para contrastar nuestra relación con los demás: ¿responde a un respeto delicado a sus limitaciones, diferencias, carencias, etc.? ¿Sus problemas, dificultades, angustias, necesidades..., las vivo como propias?

martes, 21 de mayo de 2013

La Santísima Trinidad - Jn 16,12-15


Vivimos en un mundo de apariencias, de verdades a medias, de mentiras consentidas y asumidas. Aunque, gracias a Dios, esta situación no agota la realidad que nos rodea. Es posible otra forma de encarar la existencia. El evangelio de la fiesta de hoy, de la Santísima Trinidad, nos habla de ello: el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Sí es posible vivir la verdad en plenitud; el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, nos guía, nos muestra el camino que ya comenzó Jesús. El Padre se une a esta sinfonía de la verdad plena del Hijo y del Espíritu y nos comunica, nos anuncia el camino verdadero, el auténtico.

El ser humano tiene vocación de infinito, de trascendencia, de Dios. Hoy celebramos que es posible saciar esta sed. Estamos llamados a ser portavoces de la respuesta a esta esperanza para todas las mujeres y todos los hombres. Sólo en Dios es posible que la persona humana encuentre respuesta a sus interrogantes existenciales. Sólo Dios sacia la sed humana de Verdad con mayúscula. Sólo el Espíritu de la Verdad puede mostrar a cada individuo el camino para que la vida tenga sentido pleno. La existencia humana no es exclusivamente lo tangible, la monotonía de cada día. Es infinito, es felicidad sin límites, es eternidad que ya se puede empezar ahora a degustar.

martes, 30 de abril de 2013

Domingo VI de Pascua - Jn 14,23-29

La Palabra de Jesús es Palabra de Dios, es Palabra del Padre. Hay una estrecha relación entre la Palabra de Dios, la vida íntima en Dios (Uno y Trino) y la vida cristiana personal y comunitaria.

El seguimiento de Jesús, amarle, ser discípulo o discípula suyos implica guardar su Palabra. Guardar no en el sentido de esconder, de ponerla bajo llave, de tenerla tanto «respeto» que nuestra relación con ella sea de distancia. Guardar la Palabra de Dios significa conocerla, leerla y meditarla con frecuencia, convertirla en nuestra habitual oración, compartirla, hacer que informe toda nuestra vida, que nuestras decisiones estén fundamentadas en ella, que llene nuestro corazón y nuestra mente, que nuestra vida personal y comunitaria la actualice constantemente.

Quien convierte la Palabra de Dios en su «brújula», quien la guarda, Dios Padre y el Hijo harán morada en ella o en él, y el Espíritu Santo desde su interior será su consejero, le irá descubriendo la maravilla del mensaje de Jesús, el amor inmenso de Dios narrado en su Palabra. Y hallará la auténtica paz. Una paz que es don de Dios, una paz que no es como la da el mundo, una paz que significa armonía, concordia, seguridad, felicidad, alegría... Una paz que sólo la da Dios.

martes, 16 de abril de 2013

Domingo IV de Pascua - Jn 10,27-30


El evangelio de este domingo nos muestra a Jesús como el buen Pastor. Nada más lejos de la narración que el presentar al grupo de discípulas y discípulos de Jesús como un rebaño de borregos, sin criterio propio.

Los que pertenecen al grupo de Jesús (sus ovejas) han respondido libremente a una llamada personal a la fe. Escuchan y siguen al Maestro, al buen Pastor, desde una opción libre. El mensaje de Jesús ha transformado sus existencias y son mujeres nuevas y hombres nuevos.

¿Y Jesús? Nos conoce a cada una y cada uno personalmente, individualmente. Nos ha llamado por nuestro nombre y nuestros apellidos a seguirle. Nos ofrece una vida que no termina con la muerte. Nos invita a participar de la comunión de amor que hay entre Él y el Padre. Nos convoca a formar parte de su rebaño, en el que cada ser humano considere al otro su hermana o su hermano.

Jesús descubre a sus discípulos la realidad de Dios, una realidad de la que todos podemos participar. La comunidad trinitaria se convierte en signo al que debe apuntar la comunidad de los creyentes, la comunidad humana.

miércoles, 15 de junio de 2011

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Jn 3,16-18


«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros» (2Cor 13,13). Con esta invocación trinitaria finaliza el texto de la segunda lectura de esta festividad. Gracia, amor y comunión es lo que Pablo de Tarso desea para las comunidades que él ha evangelizado; algo que sólo puede proceder del Dios Trinitario. En la misma línea el evangelio nos habla de vida, de vida eterna, de salvación que nos ofrece Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo.

La festividad de la Santísima Trinidad es una oportunidad para la comunidad eclesial de meditar sobre este misterio: un Dios, que sin dejar de ser Uno, es comunidad Trinitaria. Dios es comunidad, comunión de amor. Nosotros, discípulos y discípulas de Jesús, hemos de aprender que la unidad entre nosotros no es nunca una meta asumida, conseguida. El listón nos lo han puesto muy alto. Es una tarea diaria, continua. La unidad –no confundirla nunca con la uniformidad– es un afán al que no podemos renunciar. Es una obra de amor, de gracia, de comunión, de vida, de salvación (nos lo recuerdan las lectura de este domingo). La unidad es una obra de Dios, pero para la que cuenta con cada uno de nosotros y de nosotras.