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lunes, 10 de septiembre de 2018

Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 8,27-35

Comentábamos la semana pasada el temor de Jesús a la incomprensión de su mesianismo, de su misión, de su predicación, de sus acciones sanadoras. Y, por eso, pregunta, a sus discípulos, a los más íntimos, por la opinión que la gente tiene de Él.

Las respuestas son diversas, quizás insuficientes, pero todas positivas: no debemos menospreciar las opiniones sobre Jesús entre algunos jóvenes o entre muchas personas de nuestro entorno actual por el hecho de ser insuficientes; son un primer paso.

Aunque a Jesús lo que realmente le interesa es la respuesta de sus discípulos. La contestación vendrá de labios de Pedro, quien representa la opinión del colectivo: «Tú eres el Mesías» Pero, ¿verdaderamente, los discípulos han entendido a Jesús?; ¿han alcanzado a percibir el alcance de su reconocimiento como Mesías? El narrador tiene interés en señalar que no. La reacción de Pedro, intentando apartar a Jesús de su final trágico, consecuencia de su predicación y de su forma de actuar, es prueba de que no han comprendido nada.

La figura de Jesús, el seguirlo, también hoy produce equívocos e incomprensiones. El ser cristiano implica poner «toda la carne en el asador», comprometer la existencia en la «buena noticia» predicada y vivida por Jesús. Y no siempre es fácil.

jueves, 29 de marzo de 2018

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

Cada Viernes Santo se vuelve a proclamar el evangelio de la pasión. Esta vez según el evangelista san Juan. Y lo hacemos para conmemorar la pasión y muerte violenta de Jesús. El Jueves santo recordamos que nos amó hasta el extremo. En esta ocasión queda patente en la narración de los acontecimientos del primer viernes santo.

Jesús interrogado, escupido, burlado, coronado de espinas, azotado, camino de la cruz, crucificado, ridiculizado, muerto nos muestra el rostro humano de Dios. Un Dios solidario con nosotros, con nuestros sufrimientos, con nuestro dolor, con nuestra impotencia. Él ha querido experimentarlo en su propia carne. El Dios de Jesús es Alguien que padece con el que sufre. Dios no quiere el mal humano, aborrece el sufrimiento de los que considera y son sus hijos, cada uno de nosotros y de nosotras.

El Viernes Santo nos recuerda esta realidad. Nos muestra una situación de sufrimiento, de dolor y de muerte. Pero, al mismo tiempo, de esperanza, de vida, de resistencia ante la injusticia, ante el mal. Es expectativa de resurrección. El sepulcro de Jesús, la muerte, la iniquidad, no tienen la última palabra. Tenemos la seguridad de que el bien vencerá; la justicia se impondrá; la vida vencerá a la muerte. Dios es un Dios de amor y de vida.

lunes, 11 de septiembre de 2017

La Exaltación de la Santa Cruz - Jn 3,13-17

La cruz, signo de ignominia, en Jesús se convierte en símbolo de salvación, en realidad liberadora. La forma de actuar de Dios no es la de la condenación, sino la de dar vida. El Dios de Jesús es el Dios de la vida. Y la cruz de Jesús es sinónimo de vida sin fin, de vida eterna.

Este jueves celebramos la «Exaltación de la Santa Cruz», es decir que la cruz de Jesucristo ha sido encumbrada, ennoblecida, santificada; algo que originalmente era juzgado como signo de la maldición de Dios. Y es que la cruz, en Jesús, se ha convertido en la mayor prueba del amor de Dios al ser humano. Dios quiere que vivamos, que seamos felices, que nuestra vida tenga sentido, que pregustemos la eternidad ya aquí, en nuestra existencia cotidiana.

La «buena noticia» de Jesús para los pobres, los excluidos, los enfermos…, para todos y todas tiene su fase álgida en la cruz. Y es que el fracaso se convierte en esperanza, la desesperación en confianza, la muerte en resurrección, en vida. Dios Padre está del lado de Jesús, su Hijo. Su causa no ha fracasado. La exaltación de la cruz significa la elevación de todo lo pequeño, inútil o despreciable, según el mundo. Dios es un Dios de vida.

martes, 29 de agosto de 2017

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 16,21-27

Aunque la respuesta de Pedro sobre la identidad de Jesús es la correcta (evangelio del domingo pasado), su comprensión de la misma deja mucho que desear. Jesús les anuncia el final violento de su vida, lo que ha de padecer y cómo morirá ejecutado, aunque también les anticipa su resurrección; es la consecuencia previsible de su vida y de su predicación. Pero Pedro no está dispuesto a aceptar esa realidad, intenta apartar a Jesús de este destino. No entiende que ese final está unido indisolublemente a la forma de ser de Jesús, a su mesianismo que poco antes ha proclamado, a su estilo de vida. 

Buscar seguridades, tranquilidad, no complicarse la vida, no «molestar» a los poderosos, dejar de predicar la «Buena noticia» del Reino, renunciar a proclamar el amor de Dios a los pobres, enfermos, pecadores, prostitutas y gente de mala de vida, significaría abandonar todo aquello que da sentido a su vida, aunque esto signifique morir violentamente. Jesús está convencido, la experiencia lo enseña, que esta forma de vivir significa esa forma de morir, pero Dios-Padre está de su parte, esa es su esperanza y su convicción.

Nosotros somos más del estilo de Pedro. Nos gusta la vida fácil y tranquila, y cuando el evangelio de Jesús nos interpela, nos complica la existencia nos vienen las crisis. Nos falta estar convencidos que el estilo de Jesús vale la pena, que la vida tiene sentido cuando se gasta y se desgasta en vivir la radicalidad del Evangelio.

martes, 22 de agosto de 2017

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 16,13-20

Jesús pregunta a sus discípulos sobre lo que la gente piensa de él. Curiosamente las respuestas. que recoge el evangelio dominical, todas son positivas, insuficientes, pero positivas. Sabemos, por otros pasajes, que todos no tenían una visión tan optimista de la persona y del mensaje de Jesús, sino no hubiese muerto en la cruz. Nos centraremos, no obstante, en las respuestas que nos narra el evangelio de hoy. Jesús es visto como un predicador de los últimos tiempos (Juan Bautista) o como un profeta que proclama la Palabra de Dios en tiempos difíciles (Elías, Jeremías, etc.). Y Jesús sí que es un profeta, sí que es un hombre extraordinario, pero es mucho más.

La respuesta que el narrador pone en boca de Pedro aclara el sentido profundo de la identidad de Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Jesús es la respuesta a las expectativas del pueblo de Dios, es el Mesías; pero las sobrepasa, es «el Hijo de Dios vivo». Jesús es la respuesta de Dios a la búsqueda de sentido de toda la Humanidad, es la revelación del amor de Dios a cada ser humano, es Dios que se quiere quedar con nosotros, que decide compartir nuestra condición vulnerable.

No debemos nunca despreciar las diversas respuestas que, también en nuestra época, hacen nuestros contemporáneos sobre la identidad de Jesús, aunque sean limitadas. Esas aproximaciones nos deben animar a predicar, a manifestar con nuestra vida que tienen razón, que Jesús es alguien excepcional, un auténtico transformador social, pero que es mucho más, es la respuesta de Dios a la Humanidad.

martes, 1 de agosto de 2017

Domingo de la Transfiguración del Señor - Mt 17,1-9

La narración de la escena de la Transfiguración intenta ser un bálsamo, un canto de esperanza en el camino de Jesús con sus discípulos hacia Jerusalén, lugar, como él les ha repetido en diversas ocasiones, donde será ejecutado. Es verdad que junto al anuncio de su pasión y muerte siempre les ha hablado de resurrección, pero ellos no terminan de entender todo esto.

La Transfiguración es un anticipo de la resurrección; es la constatación de que las palabras y los gestos de Jesús, la Buena Noticia del Reino, los valores de este Reino al que son invitados a construir y vivir su discipulado, la utopía de un mundo donde sea respetada la dignidad de todos… no son un fracaso de un soñador cualquiera. La Palabra de Dios, siempre viva y eficaz, lo avalan; ésta es representada por Moisés y Elías (la Torá y los profetas); Dios mismo lo certifica: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo» Pero antes es necesario pasar por la incomprensión, por el sufrimiento, por la cruz.

La vida cristiana a veces tiene también mucho de esto: la resurrección, un horizonte de claridad, de esperanza, de resurgimiento… sólo se da después de la cruz. Pero, ¡vale la pena!

jueves, 29 de junio de 2017

Domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 10,37-42

El seguimiento de Jesús es radical, no admite componendas. No se identifica con extremismos, radicalismos o fundamentalismos. Pero sí exige exclusividad. Es un amor primordial pero, al mismo tiempo, nos enseña a amar a los demás. El auténtico seguidor de Jesús ama de verdad, con intensidad, con preocupación exquisita por el otro, porque su amor está fundamentado en Jesús, en cómo ama Jesús. Aunque sabe priorizar.

Este seguimiento implica aceptar la cruz, las dificultades de la vida, también las que podemos padecer por ser fieles a la Buena noticia de Jesús. Pero la perspectiva de la cruz de Cristo nos introduce en una perspectiva nueva, esperanzada: el dolor, el mal, la muerte no tienen la última palabra. La resurrección de Jesús nos muestra que los planes de Dios son siempre una apuesta por la vida, por la felicidad, por la esperanza. También en nuestra existencia personal y comunitaria.

Y es que Jesús se identifica con nosotros, con cada ser humano… Y quiere que acojamos a cada ser humano como si lo hiciéramos con Él, incluso en los gestos de amor más sencillos: «Quien dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por su condición de discípulo, os aseguro que no quedará sin recompensa» (Mt 10,42).

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

lunes, 14 de noviembre de 2016

Jesucristo, Rey del universo, ciclo C - Lc 23,35-43

Seguro que a más de uno le ha llamado la atención el que para la fiesta de «Jesucristo, Rey del universo» se haya escogido como evangelio el de las burlas a Jesús crucificado: burlas de los dirigentes de los judíos, de los soldados romanos e incluso de uno de los que le acompañan en el suplicio de la crucifixión. Pero es que el reinado de Jesús es algo bien diferente del que ejercen los que llamamos reyes o gobernantes. Él es el ungido (=Mesías) de Dios, el rey de los judíos y también de todo el universo, quien proclama la llegada del reinado de Dios. Su reino no «es» de este mundo, pero no quiere decir que no lo haya iniciado «en» en este mundo. Es un reinado de amor, de perdón («hoy estarás conmigo en el paraíso»), de hermandad, de dignidad humana, de servicio. Es otra forma de entender las relaciones de poder.

Su forma de vivir y de morir enseña a cualquiera que tenga un cargo de responsabilidad, sobre todo en la Iglesia, que no ha de ser como es habitual en este mundo; debe ser de otra manera. Su reinado es servicio –en el sentido literal de la expresión–, sobre todo a los que más lo necesitan; es entrega hasta las últimas consecuencias, incluso hasta la muerte; es hacerse cómo el más pequeño, cómo el más débil; es renunciar a cualquier imposición; es desistir de cualquier privilegio...

martes, 19 de abril de 2016

Domingo V de Pascua - Jn 13,31-33a.34-35

Hoy leemos en el evangelio el «mandamiento nuevo» de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros» Pero, ¿dónde esta la novedad de este mandamiento? Ya encontramos en toda la Biblia, desde los textos más primitivos del Antiguo Testamento, diversas llamadas al amor, al amor a Dios y al prójimo. ¿Qué es entonces lo nuevo?

La originalidad la introduce Jesús con la expresión: como yo os he amado. Jesús nos ha amado, nos ama hasta las últimas consecuencias, hasta el extremo. Nos ha amado hasta su entrega a la muerte y muerte de cruz. Es mucho más que el amor como a uno mismo. Va mucho más lejos del amor de correspondencia. Su amor es definitivo. No se detiene ni incluso ante la muerte.

Y a este amor es al que invita a todos sus seguidores. Es el distintivo de los que creen en Jesús. Todos los demás mandamientos quedan relativizados ante la novedad de este mandamiento. La medida del amor es desde entonces la del amor de Jesucristo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

En la cruz de Jesús, en lo alto, hay un letrero, escrito en hebreo, latín y griego: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos» Una auténtica paradoja. Un rey que reina desde la cruz, colgado en un madero. Su sufrimiento y su muerte son la forma concreta de ejercer su reinado, su poder. Desde entonces el sufrimiento, el dolor, la muerte no son algo inútil. Él ha querido solidarizarse con el sufrimiento humano, con el dolor de todos, en su propia carne. Nos ha mostrado el rostro humano de Dios: de un Dios compasivo, de un Dios que padece con el que sufre.

Pero Él no nos ofrece la alternativa de la resignación, sino de la esperanza. De la esperanza de los justos. A Jesús lo mataron porque sus palabras y, sobre todo, su forma de actuar molestaba a los poderosos: era un peligro para su status. Pero, el mal y la muerte no tienen la última palabra. La cruz de Jesús es signo de esperanza.

Viernes santo es sufrimiento, dolor y muerte. Pero para el seguidor de Jesús, para quien tiene fe es, sobre todo: esperanza, vida, resistencia ante la injusticia y el mal, expectativa de resurrección, certeza de que el bien vencerá; convicción de que el Dios de Jesús es un Dios de vida.

martes, 10 de marzo de 2015

Domingo IV de Cuaresma, ciclo B - Jn 3,14-21

Jesús es vida y es luz
La muerte de Jesús en la cruz no es un fracaso. Su muerte trae vida. Más aún, vida sin fin, vida eterna. La vida, la predicación, pero, sobre todo, la muerte de Jesucristo es el acto supremo de amor de Dios. Dios-Padre no quiere que se pierda ni uno solo de nosotros. Nos ama de forma individual, personalizada, no de manera colectiva. Cada ser humano es objeto personal del amor de Dios. El periodo de la Cuaresma nos prepara para apreciar en toda su intensidad el acto sublime del amor de donación de Jesús. 

La  oscuridad de la muerte, en Jesús se convierte en luz. Él es «la luz que vino al mundo» Pero hay el peligro de que prefiramos «la tiniebla a la luz» La causa de Jesús vale la pena: es luz. El mundo está lleno de oscuridad, de injusticias, de atentados a la dignidad de la persona, de mal. Pero otro mundo es posible. La cruz, la muerte y la resurrección de Jesús nos lo anuncian, lo inauguran. El amor inmenso de Dios, hecho carne en Jesús, nos muestra el único camino posible, el del amor. Un amor que nos empuja a luchar para que sea respetada la dignidad de cada persona, a reconocer en el otro a un hermano o una hermana, a hacer propios los sufrimientos y las necesidades de cada persona. Es más fácil, es verdad, una vida soporífera, en el que sólo cuenta mi ego, yo y mi entorno más próximo, el pasármelo bien, el no complicarme la vida. Pero esa no fue la opción de Jesús; no es luz; no es vida inagotable.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La Exaltación de la Santa Cruz - Jn 3,13-17

La cruz, signo de ignominia, en Jesús se convierte en símbolo de salvación, en realidad liberadora. La forma de actuar de Dios no es la de la condenación, sino la de dar vida. El Dios de Jesús es el Dios de la vida. Y la cruz de Jesús es sinónimo de vida sin fin, de vida eterna.

Hoy celebramos la «Exaltación de la Santa Cruz», es decir que la cruz de Jesucristo ha sido encumbrada, ennoblecida, santificada; algo que originalmente era juzgado como signo de la maldición de Dios. Y es que la cruz, en Jesús, se ha convertido en la mayor prueba del amor de Dios al ser humano. Dios quiere que vivamos, que seamos felices, que nuestra vida tenga sentido, que pregustemos la eternidad ya aquí, en nuestra existencia cotidiana.

La «buena noticia» de Jesús para los pobres, los excluidos, los enfermos…, para todos y todas tiene su fase álgida en la cruz. Y es que el fracaso se convierte en esperanza, la desesperación en confianza, la muerte en resurrección, en vida. Dios Padre está del lado de Jesús, su Hijo. Su causa no ha fracasado. La exaltación de la cruz significa la elevación de todo lo pequeño, inútil o despreciable, según el mundo. Dios es un Dios de vida.