martes, 27 de diciembre de 2011

Festividad de «Santa María, Madre de Dios» - Lc 2,16-21

El evangelio de Lucas narra la escena de los pastores yendo al lugar del nacimiento de Jesús, después de recibir el anuncio del evento.

Es aleccionador contemplar las diferentes actitudes que la narración nos sugiere de los diversos personajes. Los pastores «fueron corriendo» y después «se volvieron dando gloria y alabanza a Dios»; los que oían la noticia «se admiraban»; y «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón»

Aún estamos celebrando la Navidad, la venida del Hijo de Dios al mundo. Deberíamos preguntarnos si nuestras actitudes se corresponden o se aproximan a los de los protagonistas del evangelio de este domingo. ¿La Buena Noticia del nacimiento de Jesús me admira; me hace correr de alegría; me impulsa a alabar y glorificar a Dios; me invita a meditar la Palabra de Dios, a interiorizarla, a conservarla en lo más íntimo de mi ser? El nacimiento de Jesús es una invitación a todos, sobre todo a los que nos llamamos y consideramos creyentes, a cambiar de actitudes.

martes, 20 de diciembre de 2011

La Natividad del Señor - Jn 1,1-18

Lugar del nacimiento de Jesús, según la tradición
La Navidad este año «cae» en domingo. Éste es uno de los comentarios que más se escuchan en estos días, sobre todo, por su repercusión laboral. Estos cuchicheos si los unimos al ambiente consumista al que ya nos tiene acostumbrados nuestra sociedad de consumo pueden desvirtuar, desdibujar lo que verdaderamente celebramos: el nacimiento, la venida al mundo del Hijo de Dios, incluso para los que nos llamamos cristianos.

El evangelio del domingo nos sitúa en lo nuclear de la festividad. El prólogo del evangelio de Juan nos presenta a Jesucristo, Palabra de Dios, en el principio, en el Génesis, junto a Dios Padre creándolo todo. Esta Palabra de Dios ha querido compartir la vida de Dios con nosotros, ha querido poner su tienda de campaña en medio de la Humanidad. Esto es lo que celebramos, no lo podemos olvidar.

Corremos el peligro de repetir la historia, como la describe el evangelista: «vino a su casa, y los suyos no la recibieron» El rostro de la Palabra de Dios que es Jesucristo puede ser rechazado o simplemente ignorado, por los suyos, por nosotros. Aquí el evangelio no está hablando de «los otros» (como nos gusta decir o pensar), sino de nosotros, de los suyos.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Domingo IV de Adviento - Lc 1,26-38

Basílica de la Anunciación, Nazaret
Volvemos a meditar el mismo evangelio que escuchamos hace diez días en la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Eso no impide el saborear y disfrutar nuevamente este precioso texto. La Iglesia quiere, en esta ocasión, que contemplemos el importante papel que jugó María, la madre de Jesús, en el Adviento de los tiempos pretéritos, pero también en el actual.

María posibilita, con su sí incondicional, que la espera del Mesías, del Hijo de Dios, sea una realidad. La realidad de Dios, su plan para la Humanidad, pasa por nuestra colaboración, que aunque sea o parezca pequeña, Dios ha querido que sea necesaria, imprescindible.

Por otro lado, es curioso cómo describe el ángel al que será el hijo de María: grande, Hijo del Altísimo, ostentará el trono de David, su reinado no tendrá fin. Conociendo la vida, predicación, muerte y resurrección de Jesús, parece que está hablando de otra persona. Pero es que los juicios y los caminos del Señor no son los nuestros, como afirma el profeta Isaías. La grandeza y el poder de Dios, del que participa Jesús, no tienen nada que ver con estas categorías cuando las usamos nosotros. Su poder, su grandeza, su reinado son exclusivamente de servicio. En ello está su grandeza. María sí que lo entendió perfectamente y ¿nosotros?

jueves, 8 de diciembre de 2011

Domingo III de Adviento - Jn 1,6-8.19-28

El evangelio del domingo pasado, nos hablaba de Jesús «buena noticia», en el de hoy, el evangelista Juan presentará a Jesús como «luz del mundo». De Él Juan el Bautista da testimonio. Ante la magnitud del misterio de Jesús, sólo podrá afirmar «no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Pero señalará también una nueva actitud que se une a las contempladas los dos domingos anteriores (vigilancia y cambio de vida): «allanad el camino del Señor», citando al profeta Isaías.

La acción de allanar implica en unas ocasiones rellenar y en otras aplanar: suplir las carencias y rebajar los salientes que estorban; en concreto, facilitar el camino. Ésta es una condición necesaria para recibir al Señor que viene. En nuestra vida y en las de los que nos rodean hay situaciones, estilos de vida que dificultan, o incluso que pueden imposibilitar que la «buena noticia» de Jesús «cale». Hemos de convertirnos en otros «bautistas» que preparan, que allanan el camino del Señor.

Jesús se quiere hacer presente, nos ofrece su amor infinito de manera incondicional. Pero no siempre estamos dispuestos a recibir el amor de Dios que Jesús nos ofrece. Cuantas veces no queremos amar ni dejamos que nos amen, desde nuestra soberbia, nuestro egoísmo e incluso nuestros complejos (de inferioridad o de superioridad, que para el caso es lo mismo). Eso es lo que hay que «allanar».

lunes, 5 de diciembre de 2011

Fiesta de la Inmaculada Concepción de María - Lc 1,26-38

María, la madre de Jesús, es celebrada en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María. La liturgia nos propone meditar el texto de la Anunciación, narrado en el evangelio de Lucas. El evangelista nos relata la vocación de María, la llamada que recibe de Dios para ser la Madre del Salvador, y su respuesta generosa, confiada a la voluntad divina: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Su espera del nacimiento de su hijo Jesús nos invita a vivir con más intensidad el tiempo litúrgico de Adviento, en el que nos encontramos.

El plan de Dios, su designio amoroso normalmente está vinculado a la aceptación humana libre. A Dios le gusta hacer las cosas así. María no puso obstáculos a la acción de Dios, se puso inmediatamente y de forma libre a su servicio. Y así fue posible la Encarnación. En esto, como en otras muchas ocasiones, María se convierte en imagen del verdadero discipulado.

Nosotros discípulos y discípulas de Jesús hemos de coger el testigo. Me explico: Dios, desde toda la eternidad, tiene un plan amoroso para la Humanidad. A nosotros nos toca ponernos al servicio de este plan, como lo hizo María. Así será posible su logro.

martes, 29 de noviembre de 2011

Domingo II de Adviento - Mc 1,1-8

Prólogo del evangelio de Marcos (texto griego)

Este domingo somos invitados a meditar el prólogo del evangelio de Marcos. El evangelista nos introduce en él con una buena noticia, la buena nueva de Jesús el Cristo, el Hijo de Dios. Este tiempo de Adviento es una preparación para recibir esta estupenda noticia, la mejor posible. ¿Jesús es para mí, para nosotros, la mejor noticia?

Estamos convidados a participar, a formar parte de la buena noticia: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Juan Bautista predicará que para ello se ha de pasar por un camino de conversión, de cambio de vida y de mentalidad.

La «buena noticia» de Jesús –nos recuerda la liturgia– sigue siendo algo actual. ¡Vale la pena cambiar de vida! Nuestros anhelos y esperanzas no son una quimera. Jesús viene. En Jesús la mujer y el hombre, todas y todos, encuentran respuesta a sus interrogantes más íntimos. Es posible ser feliz, es posible un mundo donde reine la justicia y la paz auténticas, es posible cambiar las cosas. Pero, hemos de creérnoslo y comenzar a compartirlo con los demás, y actuar.

martes, 22 de noviembre de 2011

Domingo I de Adviento - Mc 13,33-37

Comenzamos un nuevo ciclo litúrgico dominical, el B, en el que haremos un recorrido, en su mayor parte, por el evangelio de Marcos. Y lo iniciamos con el Adviento, tiempo de espera y de esperanza, no sólo de la celebración de la Navidad sino también de la expectativa de la Parusía, de la venida definitiva del Cristo. Por esto hoy se nos invita a la vigilancia: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento»

La vida del cristiano no puede ser una existencia mediocre, aburguesada o pasiva. Cada uno de nosotros tenemos una tarea encomendada, hemos de poner nuestro granito de arena en la construcción del Reino de Dios. El tiempo apremia. La advertencia no busca ponernos nerviosos, pero sí es un acicate para que salgamos de nuestra abulia, de nuestra apatía. La tarea es ingente. Nosotros esperamos la «manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (segunda lectura), pero Él cuenta con nosotros: «sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos» (primera lectura). La práctica de la justicia, el luchar para que este mundo sea más justo es el camino que Dios nos está pidiendo, está esperando de nosotros, sobre todo de los que nos llamamos creyentes.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Jesucristo, Rey del universo - Mt 25,31-46

El año litúrgico lo cierra la fiesta de «Jesucristo, Rey del universo». El evangelio que la Iglesia nos propone meditar corresponde al Juicio final, narrado en el evangelio de Mateo. Como escribirá más tarde san Juan de la Cruz: «en el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor» Ese será la medida, la única medida que se nos aplicará.

Si nuestra religiosidad sólo está fundamentada en creencias, cultos y plegarias, aunque las practiquemos diariamente, no estaremos en el grupo al que Jesús acogerá en su reino: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» Claro que es importante y necesario tener fe, las celebraciones litúrgicas y la oración, pero no es lo esencial ni lo definitivo. De lo que seremos juzgados es de cómo hemos actuado cuando hemos visto las necesidades que padecen nuestros semejantes. Eso es lo nuclear del mensaje de Jesús, de su «buena noticia»

Jesús se identifica con el que pasa hambre o sed, con el indigente, con el inmigrante (con o sin papeles), con el enfermo, con el que está en la cárcel (culpable o no). Hemos de releer este evangelio. En nuestras vidas, en nuestro hacer comunitario hay muchas cosas que cambiar, que priorizar, si queremos ser fieles a lo que nos pide Jesús.

martes, 8 de noviembre de 2011

Domingo XXXIII del tiempo ordinario - Mt 25,14-30

«Talento» romano
Este domingo continuamos con las narraciones con las que Jesús instruye a sus discípulos, camino de Jerusalén. El texto del evangelio de hoy nos habla de un hombre que entrega un cierto capital a tres empleados suyos. Dos de ellos negocian con lo recibido, arriesgan… y duplican lo recibido. En cambio el tercero decide esconder lo recibido, prefiere no invertir, apuesta por dejar las cosas tal como están; ¿para qué complicarse la vida?

La parábola alaba la actitud de los dos primeros, que reciben una merecida recompensa. Por el contrario, critica la del último, al que llama «negligente y holgazán», y aquello que había guardado con tanto cuidado le es quitado, a causa de su talante excesivamente «prudente».

En nuestras comunidades, con frecuencia, sobran actitudes exageradamente «razonables»: es mejor no cambiar nada, no arriesgar. El proceder al que nos invita Jesús es bien diferente. Cada uno de nosotros ha recibido diversos «talentos». Lo fácil –algunos dirán lo aconsejable– es dejar las cosas como están, no complicarse demasiado la existencia, no apostar por echarle imaginación y ganas a la tarea a la que estamos llamados eclesial y socialmente, convencernos que si arriesgamos podemos perder lo que tenemos. El mensaje del evangelio no es compatible con esa forma de ver las cosas.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Domingo XXXII del tiempo ordinario - Mt 25,1-13


Aún quedan algunas semanas para comenzar el tiempo litúrgico de Adviento, pero las lecturas de estos últimos domingos del tiempo ordinario nos preparan para esa celebración.

La parábola de las diez doncellas, cinco necias y cinco sensatas, es una llamada de atención para estar siempre vigilantes, constantemente en vela. El evangelio no está hablando de estar nerviosos o estresados ante un dios justiciero. Pero sí que está poniendo en guardia ante una religiosidad desvinculada de la vida, ante una existencia en la que hay parcelas (una vela a Dios y otra al diablo, se dice en mi tierra). El estar siempre preparados sólo quiere decir eso.

El seguimiento de Jesús implica ser sus discípulos las 24 horas del día, no de forma intermitente. Jesús nos está pidiendo que nos impliquemos en la construcción del Reino de Dios. Nos está invitando a hacer este mundo más habitable; a que la existencia cotidiana, las instituciones, la política, las relaciones sociales… respondan al plan amoroso original de Dios. No podemos, no debemos, estar con las lámparas escasas de aceite; sino con las alcuzas de aceite llenas, desbordantes: «velad, porque no sabéis el día ni la hora»

martes, 1 de noviembre de 2011

Conmemoración de los fieles difuntos - Jn 11,17-27

Todas las lecturas de este día son un canto de esperanza para los que creemos en la resurrección de los muertos, confiados en la Palabra de Jesús. Su discipulado sabemos que la muerte no es el último capítulo de nuestra existencia sino el inicio de una nueva vida: el Señor «aniquilará la muerte para siempre» (primera lectura).

Estamos convencidos de la afirmación que Jesús hace a Marta, ante la muerte de su hermano Lázaro: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» Esta convicción también sirve con respecto a nuestros familiares y amigos, de los que ya nos disfrutamos de su presencia. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza. No nos podemos afligir «como los que no tienen esperanza» (segunda lectura).

El paso a la otra vida significa una continuidad de la opción por el amor que hemos hecho, desde nuestra fe. Implica el Vivir (con mayúscula) ese Amor (también con mayúsculas) que predicó y vivió Jesús, invitándonos a hacerlo según un Dios que se define por el Amor. Nuestra fe y nuestra esperanza nacen del Amor y su meta también es el Amor. Allí lo compartiremos con el Señor, todo amor, y con todos nuestros seres queridos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Festividad de Todos los Santos - Mt 5,1-12a

Jóvenes peregrinos a Santiago de Compostela

Bienaventurados, dichosos, felices… Con estos apelativos la Iglesia se refiere a los santos, a todos aquellos, «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar» (primera lectura), que ya disfrutan plenamente de la felicidad en la otra vida. Pero, ¿sólo a ellos se refiere el evangelio cuando habla de los «dichosos»?

El evangelista utilizará mayoritariamente verbos en futuro, pero también en dos ocasiones en presente: en la primera y en la última «bienaventuranzas»: «…de ellos es el reino de los cielos». La realidad del reino de Dios es una tarea que no queda pospuesta al fin de los tiempos, a la otra vida. Es algo que ya está presente, que ya se ha iniciado, aunque su plenitud sólo la podremos disfrutar después. La comunidad creyente es invitada a contribuir al crecimiento de este reino, aquí y ahora. Es una tarea irrenunciable; en ella está la verdadera felicidad: en dignificar a los pobres, a los desgraciados, a los necesitados…, en construir la paz, etc.

Somos «hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos» (segunda lectura). La comunidad creyente está llamada a hacer posible que a todos los hombres y a todas las mujeres les sea reconocida la misma dignidad, humana y teológica.

martes, 25 de octubre de 2011

Domingo XXXI del tiempo ordinario - Mt 23,1-12


Las palabras de Jesús que escuchamos en el evangelio de este domingo están dirigidas prioritariamente a los dirigentes de la comunidad, pero por extensión a todo su discipulado, ya que todos estamos expuestos a la tentación de la prepotencia, de la soberbia, de las ansias de poder, pero, también, del propio prestigio, de fama, de reputación, etc. Utiliza como muestra los dirigentes judíos: sacerdotes, fariseos y escribas. Su aparente prestigio y autoridad está reñido con su forma de vivir. Y avisa a la comunidad eclesial para que no pase entre ellos lo mismo.

Y, por esto, les advierte que «huyan» de títulos honoríficos, que no se hagan llamar maestro, padre o consejero. «Todos vosotros sois hermanos»; todos sois servidores; todos sois pequeños. Quien no es capaz de aceptar, de vivir según esta perspectiva no sirve para dirigente de la comunidad y, peor, no ha entendido el mensaje de Jesús. Sólo Dios es nuestro Maestro, nuestro Padre, nuestro Consejero. Cuando alguien en la comunidad ha de participar de algunas de estas funciones ha de ser consciente de que lo hace inmerecidamente, de que no puede (no debe) reivindicar ningún título por ello, de que sólo puede ejercerlo sirviendo.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Domingo XXX del tiempo ordinario - Mt 22,34-40


Oración del Shema
Jesús contestará con dos textos de las Escrituras a la pregunta sobre el mandamiento principal: uno del libro del Deuteronomio que recoge la oración del «Shema» que todo israelita recitaba dos veces al día, por la mañana y al anochecer, donde se recuerda el amor que se debe a Dios, un amor que implica toda la existencia. Pero, junto a esta cita, recoge otra del Levítico que exige el amor al prójimo. Y finaliza la respuesta con una afirmación curiosa: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas» En el lenguaje bíblico es lo mismo que declarar que lo que da sentido a la Escritura, a la Palabra de Dios es precisamente este doble mandato del amor a Dios y a todos los seres humanos.

Es un evangelio que hemos oído y leído muchas veces. Es una enseñanza que por repetida no siempre «cala» en nuestra existencia, somos «impermeables» a la Palabra de Dios, no entra dentro de nosotros. Pero la verdad es que la enseñanza de Jesús es clara. El Dios de Jesús es un Dios de misericordia, de amor entrañable, compasivo (nos lo recuerda el fragmento del Éxodo de la primera lectura), no soporta las injusticias y escucha siempre el clamor del oprimido. El amor a Dios y al prójimo debe traducirse en hechos concretos. Significa una apuesta por la voluntad de Dios, por el bien de los seres humanos, por la justicia, por los más débiles y necesitados. Si no la Palabra de Dios no pasará de unas ideas bonitas, pero sin fuerza para que las cosas cambien, según el plan amoroso de Dios.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Domingo XXIX del tiempo ordinario - Mt 22,15-21

El evangelio nos presenta a dos enemigos irreconciliables, fariseos y herodianos, unidos para desprestigiar a Jesús. Los «piadosos», los más religiosos, representados por los fariseos, se alían con los «colaboracionistas», con los de moral más relajada. Que alianzas más curiosas se producen cuando se quiere hundir a alguien que molesta, que incomoda. Por eso Jesús los llamará hipócritas.

De todas formas lo que más nos interesa es la respuesta de Jesús: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.» Se han escrito muchos comentarios e incluso libros sobre esta afirmación tan curiosa y original. El núcleo de la respuesta de Jesús, no obstante, está en la segunda parte «a Dios lo que es de Dios».

Nuestras vidas llevan grabadas la imagen de Dios, y nuestra existencia ha de ser una respuesta a esta realidad. Le debemos a Dios la existencia, el sentido de nuestra vida, el amor entrañable que derrama sobre todos y cada uno de nosotros cada día, el don precioso de la fe, la salvación otorgada en Jesús, el reconocernos y ser hijos e hijas de Dios y, por tanto, hermanos de toda la humanidad… «Dar a Dios lo que es de Dios» es entrar en una dinámica bien distinta de la actitud hipócrita, que no busca ni la verdad ni el bien; es unirse a la forma de ser de Jesús y a su mensaje que acoge a todos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Domingo XXVIII del tiempo ordinario - Mt 22,1-14


Jesús, en esta ocasión, compara el Reino de Dios con un banquete, haciéndose eco del festín mesiánico descrito en el primer Isaías (primera lectura). En el evangelio el banquete es una fiesta de bodas, del hijo del rey. «Todo está a punto»; todo está preparado, pero los convidados, los llamados no dan importancia a la convocatoria, no son capaces de percibir la «urgencia» de la invitación, se excusan del ofrecimiento. Y pierden la oportunidad de formar parte del Reino por su negligencia y su desidia, a pesar de que eran los «escogidos», los llamados.

La invitación, ahora, se ofrece a todos los que los «criados» (imagen de los profetas) encuentren por los caminos: marginados, publicanos, pecadores, prostitutas, etc. Ellos son los que participarán del banquete mesiánico, de la fiesta de bodas, del Reino de Dios.

El mensaje de la narración no puede pasar desapercibido. El pertenecer al Pueblo de Dios, a la comunidad creyente no es garantía de nada. Lo importante es la disponibilidad y la respuesta; el ser capaces de percibir la llamada de Dios y responder con la vida. Y, a veces, la respuesta a la llamada es respondida por quien menos pensamos, por quien rechazamos, por quien juzgamos indigno.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Domingo XXVII del tiempo ordinario - Mt 21, 33-43


La imagen de la viña como símbolo del pueblo de Dios es recurrente en toda la Biblia, como podemos comprobar en las lecturas de este domingo. Por esta razón no resultaría extraña a sus contemporáneos la parábola de Jesús que escuchamos en el evangelio; más aún, se sentirían enojosamente señalados.

Aunque Jesús va más lejos: se identifica con el hijo del propietario de la viña, que como ha pasado con muchos profetas anteriores, será asesinado. Anticipa, en esta parábola, su final violento. La vocación profética, de la que participa Jesús, nunca es fácil. Tampoco (o quizás menos) cuando se ejerce en la comunidad creyente, cuando el profeta señala los defectos, las injusticias, los pecados de los dirigentes de la comunidad y de todos en general. El rechazo del mensaje, y del mensajero, no se hace esperar.

Jesús es el Hijo de Dios, como sugiere el texto, pero esto no le ahorrará el pasar por lo más doloroso de la vocación profética. La comunidad eclesial, llamada a construir el Reino de Dios, ha de sentirse interpelada por la voz profética, ha de rogar a Dios para que cada vez haya más vocaciones proféticas…; sólo así mantendrá la fidelidad a la Buena Noticia de Jesús.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Qumrán en Internet

Os invito a leer el artículo «Qumrán en Internet» sobre el inicio de la publicación de los rollos de Qumrán, de forma digitalizada, en Internet, publicado en el blog:

Investigacions i cultura bíblica

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Domingo XXVI del tiempo ordinario - Mt 21,28-32


Jesús, en el evangelio que escuchamos este domingo, apuesta claramente por los díscolos, los rebeldes, los insumisos…, por todos aquellos que «no son de los nuestros», que están fuera de la Iglesia, que pasan de la cuestión religiosa, que su vida, a veces, nos produce escándalo. Jesús afirma que también ellos y ellas tienen la oportunidad de acceder al reino de Dios, también son hijos e hijas de Dios, también Dios los ama intensamente. Incluso es posible que pasen por delante de los que nos consideramos «buenos»: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios» ¿Cuál es nuestra respuesta existencial a la propuesta del Padre?

A nivel personal y comunitario hemos de revisar si aún vivimos con pasión el mensaje de Jesús y, también, si estamos convencidos que todos y todas, sin excepción, están llamados a vivirlo. Una toma de conciencia de esas dos actitudes hará que los que nos rodean se interroguen sobre su existencia, cuestionen sus valores, admiren el amor que la comunidad irradia, quieran compartir lo que vivimos. ¿A qué esperamos para salir de nuestro cristianismo aburguesado y apático?

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Domingo XXV del tiempo ordinario - Mt 20,1-16


Una lectura superficial del evangelio de este domingo nos puede llevar a la conclusión de que el «propietario» de la parábola, que narra Jesús, hace un agravio comparativo con los trabajadores que ha contratado, pagando igual a los que han trabajado una hora que a los que lo han hecho durante todo el día. Pero Jesús de lo que está hablando es del «reino de los cielos», del reino de su Padre. En este reino no sirven los privilegios, ni siquiera por ser el más cumplidor, el más trabajador o el más entregado. El Padre nos ofrece el Reino como un don, gratuitamente, sin que lo decisivo sea lo que yo haya hecho.

Sí es verdad que hace una llamada a nuestra libertad, a nuestra decisión libre de aceptar trabajar en su Reino, a la que podemos renunciar, oponernos o, simplemente, no escuchar. Pero será él, si nosotros lo asentimos, quien nos regalará el Reino. Y en este Reino, curiosamente, los pequeños, los humildes, los pobres, los menos importantes, los que no cuentan son los primeros. Son las matemáticas y la justicia de Dios que poco tienen que ver con las nuestras: «los último serán los primeros y los primeros los últimos» Ese Reino ya ha comenzado; Jesús invita a la comunidad creyente a empezar a construirlo, con esas premisas que Él ha señalado.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Domingo XXIV del tiempo ordinario - Mt 18,21-35


Continuamos con el «discurso eclesial» iniciado el domingo pasado. El evangelio de hoy trata el tema del perdón: ¿cuántas veces hemos de estar dispuestos a perdonar?; ¿hasta dónde ha de llegar el perdón?

Las respuestas a estos interrogantes son respondidas a través de un diálogo entre Pedro y Jesús y una parábola ilustrativa. Jesús afirmará que no hay límites para el perdón: sus seguidores han de estar dispuestos a perdonar todo y siempre, sin ninguna excepción, sin ninguna limitación: «hasta setenta veces siete». La verdad es que lo que nos pide el Maestro no es nada fácil, pero no hay otro camino posible para la comunidad eclesial.

La parábola nos introduce en una realidad más profunda. Dios nos ha perdonado tanto, nos perdona tanto que nuestro perdón comparado con el suyo es ínfimo, microscópico. Es como comparar un millón de euros con un céntimo. No tenemos excusas posibles para el perdón, incluso para el más difícil: «perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden» Jesús nos pide estar siempre dispuestos a perdonar si queremos acceder al perdón de Dios.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Domingo XXIII del tiempo ordinario - Mt 18,15-20


El evangelio de este domingo forma parte del llamado «discurso eclesial» que ocupa todo el capítulo 18 del evangelio de Mateo. En el texto que contemplamos hoy la comunidad creyente se plantea cómo debe actuar cuando alguno atenta gravemente contra la unidad. En las palabras y gestos de Jesús encontrarán la respuesta. Lo realmente importante es no abandonar a su suerte al hermano o la hermana, a quien ha pecado. La comunidad intentará por todos los medios ganarlo, sin crear escándalo, sin criticarlo públicamente. Sólo cuando éste se obstina en su actitud, y después de haberlo intentado todo, se le invitará a que abandone la comunidad. Y aun así nunca está todo perdido: la oración por este hermano o hermana, esperando el «milagro» de su vuelta sincera, será lo que marcará el sentimiento comunitario hacia él.

Todo un programa comunitario, donde lo prioritario es el bien común, pero donde siempre importan todos y cada uno de los miembros de la comunidad. La delicadeza espiritual a la hora de tratar los problemas, la confianza en el otro, la oración y el amor exquisito, incluso por quien ha hecho daño, es el estilo que pide Jesús a la comunidad de sus seguidores.

martes, 23 de agosto de 2011

Domingo XXII del tiempo ordinario - Mt 16, 21-27

Comentábamos la semana pasada que Pedro no es plenamente consciente de la afirmación que ha hecho: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» El evangelio de hoy lo corrobora. No puede entender el mesianismo sufriente de Jesús: él (como los otros discípulos) prefiere un mesías triunfante, sin cruz. E incluso tiene la osadía de corregir a Jesús, de intentar convencerle que «pase» del sufrimiento, de la cruz, de la muerte. Es el Mesías de Dios, puede ahorrárselo.

Jesús, fiel a su misión, rechaza las pretensiones de Pedro. Es una tentación en la que no caerá. Una tentación contra la que no están «vacunados» los discípulos; Pedro tampoco. Jesús les (nos) tendrá que advertir contra este peligro. La cruz es el camino del seguimiento de Jesús.

Como Pedro rechazamos el sufrimiento, el dolor. Pedimos cuentas a Dios cuando nos sorprende a nosotros o a algún ser querido. Quisiéramos, igual que el primer grupo de discípulos, un Jesús triunfante, milagrero, apartado del sufrimiento y de la cruz. No nos agrada el Jesús de la cruz, solidario con todos los sufrimientos, asumiéndolos como propios. Pero la resurrección sólo es posible después del sufrimiento, de la cruz, de la muerte. La de Jesús y también la nuestra. No es cuestión de buscar el sufrimiento, sino el asumir el que viene (no huir o desesperar) con esperanza.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Domingo XXI del tiempo ordinario - Mt 16,13-20

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Esta pregunta de Jesús, en el evangelio dominical, sigue siendo actual. Hoy la formularíamos algo así: ¿quién es Jesús para las nuevas generaciones, para la mujer y el hombre actuales, para la juventud de hoy? Las respuestas serían (son) aparentemente algo diferentes de las que nos narra el evangelista; aunque no tanto. Jesús fue un hombre extraordinario, un revolucionario social, un líder de masas, un pacifista, un inconformista… Con algunas de estas afirmaciones los creyentes no nos sentimos, a veces, demasiado cómodos; nos resultan parciales o insuficientes. Pero no podemos perder de vista que en ninguna de estas declaraciones hay un rechazo hacia Jesús: todo lo contrario; en todas ellas hay una gran dosis de admiración y simpatía. No deberíamos perder nunca de vista esta intuición.

La respuesta creyente la efectúa Pedro, en representación de la totalidad del discipulado: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Una contestación que ni el mismo termina de comprender. Encierra el misterio profundo de Jesús: su mesianismo y su divinidad. La fe siempre es un don. No podemos nunca olvidarlo. No somos mejores que quienes no han llegado aún a esta fe. Nuestra existencia debe responder a este don inmerecido, a esta gracia y posibilitar con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida que todos aquellos que sienten admiración y simpatía hacia Jesús puedan acceder al misterio profundo de su existencia.

Puedes acceder al texto del evangelio...

domingo, 14 de agosto de 2011

La Asunción de María - Lc 1,39-56

El encuentro de María e Isabel es la narración que nos propone la liturgia para la celebración de la festividad de «La Asunción de María». María es una mujer preocupada y ocupada en las necesidades de los demás. Ésta es una de las actitudes que sobresalen en María, la madre de Jesús, junto con su fe y entrega incondicional al plan de Dios. Su parienta Isabel «cantará» estas cualidades de María; la llamará «bendita» y afirmará de ella que es «bienaventurada».

La respuesta de María consiste en dirigir su mirada a Dios: a Él es a quien se debe alabar y dar gracias. El canto del «Magníficat» es una de las páginas más bellas del evangelio. María canta a un Dios toda bondad y misericordia: en ellas manifiesta su grandeza. Un Dios parcial: los humildes, los hambrientos, los pobres son sus predilectos. Ella ha aprendido que sólo en esta línea, en esta onda es posible «conectar» con el Señor de Israel, con el Dios de la Biblia.

María continúa, desde el cielo, ejerciendo su labor intercesora por los más necesitados, por todas y cada una de nuestras indigencias. Es lo que celebramos en esta conmemoración. Desde la perspectiva que Dios es siempre más grande que nosotros y espera en nosotros una respuesta similar a la que tuvo María.

jueves, 11 de agosto de 2011

Domingo XX del tiempo ordinario - Mt 15,21-28

Junto a Jesús, la protagonista de la narración de este domingo es una mujer extranjera. El evangelista subraya su fe, una fe que se traduce en una súplica insistente y confiada. Una plegaria que nace de su amor de madre hacia su hija gravemente enferma, sometida al mal. Una oración desde el dolor, pero también desde la esperanza.

Su fe deberá pasar la prueba de la aparente despreocupación de Jesús hacia su problema; incluso su supuesto rechazo. Prueba superada, podríamos afirmar. Ella está plenamente convencida que Jesús puede ayudarla, a pesar de todo; confía en su bondad, en su amor hacia todos. Jesús alabará públicamente la fe sincera y profunda de esta mujer. Y se obrará el milagro; su oración es escuchada; su hija recobrará la salud.

La lección del evangelio es clara. Esta mujer que no pertenece al grupo de los seguidores de Jesús, extranjera, que estorba a los discípulos: «atiéndela, que viene detrás gritando», mostrará una fe mayor que muchos de ellos.

La oración confiada, incluso en momentos desesperados, sólo puede nacer de una fe adulta, madura. Y nos encontramos con sorpresas: tienen esa fe personas que a veces rechazamos por diversos motivos: sociales, étnicos, religiosos, etc. Y a nosotros, en cuantas ocasiones, nos falta.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Domingo XIX del tiempo ordinario - Mt 14,22-33

Después de la multiplicación de los panes y los peces (evangelio del domingo pasado), Jesús no busca el aplauso ni de la gente ni de sus discípulos; se retira a hacer oración: «subió al monte a solas para orar»

La oración es fundamental en la vida de Jesús: tiene necesidad de intimidad con el Padre, siente que en la oración encuentra la razón de su misión. Y, por tanto, dedica largos ratos a la plegaria, de los que se hacen eco los evangelios. El discipulado de Jesús debemos descubrir la importancia y la necesidad de la oración en nuestras vidas. Sin oración nuestra vida cristiana será algo vacío, banal, será puro activismo, no responderá a la «Buena Noticia» de Jesús.

En este mismo contexto es explicable la escena siguiente del evangelio. Desde la fe, desde la confianza en Dios y en Jesús su enviado, es posible no «hundirse», no sucumbir al miedo, acudir a la plegaria: «Señor, sálvame». Sólo así se puede reconocer en Jesús al «Hijo de Dios» y no sólo a un hombre extraordinario.

Revisemos entre nuestras prioridades personales y comunitarias el lugar que ocupa la oración.

jueves, 28 de julio de 2011

Domingo XVIII del tiempo ordinario - Mt 14,13-21

Del relato de la multiplicación de los panes y los peces se hacen eco los cuatro evangelistas. Este domingo lo escucharemos en la versión de Mateo, correspondiente al ciclo A, en el que estamos. Nos presenta a Jesús atento y ocupado en las necesidades de la gente. Por eso no admite la sugerencia de los discípulos de despedir a la multitud para que se busque la vida, despreocupándose de si encontrarán dónde comer o no. Y desea también que sus seguidores no sean «pasotas» o indiferentes ante las carencias de los demás.

El narrador recoge la invitación de Jesús a actuar de otra manera: «no hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer» Quiere que la comunidad eclesial esté atenta, preocupada y afanada por las necesidades del prójimo. Por eso el evangelista señala que después de la acción prodigiosa de Jesús, éste entrega los panes a los discípulos, para que sean ellos los que lo repartan entre la gente.

La confianza en Jesús es el punto de partida: Él lo puede todo. Pero no anula ni exime la responsabilidad personal y comunitaria. Es su discipulado quien debe estar vigilante, quien debe compartir, quien debe repartir, quien debe servir y amar a todo el que lo necesita.

domingo, 24 de julio de 2011

Festividad de Santiago, Apóstol - Mt 20,20-28

Cada 25 de julio la Iglesia, en su liturgia, nos invita a escuchar el evangelio en el que los hermanos Zebedeos, Santiago y Juan, piden a Jesús el mejor puesto en su Reino: «uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» Vamos, que en el seguimiento de Jesús, curiosamente, lo que les importa es, por encima de todo, el poder y el prestigio. En cuantas ocasiones, por desgracia, en la historia de la Iglesia se ha repetido esta escena, en la de ayer y en la de hoy. Más aún, todos y todas deberíamos hacer examen de conciencia de cuál es el motivo más íntimo, más secreto, de la responsabilidad eclesial o social que asumimos (sea la que sea).

La actitud que pide Jesús a los que ocupan responsabilidades entre sus seguidores es bien otra: el último lugar y el servicio. La verdad, nada atrayente. Pero es que los valores del Reino son bien diferentes de los valores habituales, incluso entre los creyentes. Santiago acabó entendiéndolo y lo asumió hasta las últimas consecuencias: «Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan» (primera lectura). Pero es que Santiago, al igual que tantos cristianos a lo largo de la historia, entendió que sólo en la Buena Noticia de Jesús su vida y su muerte, puerta de entrada a la vida eterna, tenían sentido.

miércoles, 20 de julio de 2011

Domingo XVII del tiempo ordinario - Mt 13, 44-52

Este domingo acabamos el recorrido por el «Discurso en parábolas» del evangelio de Mateo. Deseo que fijemos la atención en dos de estás parábolas, donde Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y con una perla de inmenso valor.

El Reino de Dios es la gran oportunidad –éste es el mensaje central de las dos parábolas–, el inmenso gozo de encontrar algo único, maravilloso. Es una realidad con la que se pueden encontrar hasta los que no tienen nada. Es aquello que tiene más valor que todo lo que tengo, que todo lo que conozco. Es la ocasión única, ante la que todo lo demás queda relativizado: vale la pena «venderlo todo» para poder adquirirlo. El encuentro con este Reino «llena de alegría»: es lo mejor que me podía haber pasado; es la oportunidad con la que no podía ni soñar. Así es el Reino de Dios.

La pregunta obligada, tanto personal como comunitariamente, es: ¿valoro (valoramos) el Reino de Dios de esta manera? Jesús nos lo propone así; Él está convencido de esta realidad. Las primeras comunidades creyentes lo entendieron de este modo y nos lo dejaron por escrito para que lo leyésemos, lo escuchásemos, nos enamorásemos de este Reino que nos ofrece Jesús. ¿Cuándo pienso en el Reino de Dios; cuándo hablo de él a los demás; cuando me afano por hacerlo presente… estoy convencido que es lo mejor posible, por lo que vale la pena dejarlo todo?

miércoles, 13 de julio de 2011

Domingo XVI del tiempo ordinario - Mt 13,24-43

Continuamos con el capítulo 13 del evangelio de Mateo, conocido como el «Discurso en parábolas», donde el evangelista concentra la mayoría de parábolas de Jesús. Hoy la liturgia nos propone meditar tres de ellas que nos relatan cómo es el Reino de Dios: «el Reino de los cielos se parece…» El evangelio nos habla de buena semilla y de cizaña; de una simiente de mostaza; y de la levadura que amasa una mujer mezclándola con harina. Comenta, en forma de parábolas, los inicios de este Reino: las dificultades de los comienzos, los problemas de discernimiento, la sencillez y pobreza de medios, la acogida, la fuerza transformadora de su mensaje…

La realidad del Reino de Dios, narrada en este evangelio, no difiere tanto de la situación actual. Lo importante no es construir cosas grandes ni buscar el prestigio social. La situación de precariedad de medios no hemos de vivirla como una limitación sino como una oportunidad de mostrar con más claridad la Buena Noticia de Jesús. Es el Señor quien transforma los corazones, nosotros sólo hemos de posibilitar el encuentro. Sin juicios condenatorios, confiando en la posibilidad de cambiar de todos. Con una actitud de acogida, de servicio, de entrega generosa, de amor… Sólo desde este tipo de actitudes es posible ir día a día colaborando en la construcción del Reino de Dios.

miércoles, 6 de julio de 2011

Domingo XV del tiempo ordinario - Mt 13,1-23

La narración del evangelio que contemplamos este domingo describe a un «sembrador» que esparce la semilla de la Palabra de Dios por doquier. Ningún lugar se queda sin su porción de semilla, a nadie le es negada la Palabra salvadora: no importa que sea un desvío del camino, un terreno aparentemente infértil, una tierra donde sólo crecen zarzas y malas hierbas o un campo preparado para la siembra. La Palabra de Dios ha de llegar a todos, sin excepción. Otra cosa es la respuesta de los receptores de esta Palabra, condicionada por su situación aunque, sobre todo, subordinada a su libertad personal.

Jesús ofreció su «Buena Noticia», su Palabra a todos. Y, es verdad, que todos no la acogieron igual ni, tampoco, dio en todos el mismo fruto. Pero esto no determinó su actuación ni sus palabras; no limitó su aproximación a todas las personas, independientemente de su condición social, religiosa, moral, etc.

Es verdad que el evangelio de hoy apunta al cómo de la acogida de la Palabra de Dios; pero no puede pasar desapercibida esta otra percepción: no podemos hacer acepción de personas en nuestra tarea evangelizadora, en nuestra oferta de ayuda, en nuestra acción social, en nuestra plegaria. Jesús no lo hizo, sus discípulos y discípulos no debemos, no podemos hacerlo tampoco.