martes, 16 de mayo de 2017

Domingo VI de Pascua - Jn 14,15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

lunes, 8 de mayo de 2017

Domingo V de Pascua - Jn 14,1-12

Jesús invita a sus discípulos –en el evangelio de este domingo– a creer en Dios Padre y en Jesús. Nuestra fe se caracteriza por fiarnos de Jesús: Él es nuestro «horizonte de comprensión».

Más aún, Jesús es «el camino, y la verdad, y la vida». No es sólo el guía que nos muestra cómo llegar al Padre, cómo participar de la salvación que Dios nos ofrece, cómo hacer que nuestra vida tenga sentido. Él es el camino de la verdad y de la vida: el camino que nos lleva a la única verdad integral (no medias mentiras o verdades a medias), el único que satisface nuestras inquietudes y esperanzas, porque exclusivamente en Él, «el camino» (no un camino cualquiera), encontramos la vida, la vida en plenitud. El evangelista subraya que el camino hacia Dios pasa por Jesús.

Pero el creer en Jesús, el ser su discípulo o discípula, significa adecuar mi existencia y mis criterios a los de Jesús: «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago». La respuesta de fe implica entrar en la dinámica de la vida de Jesús, en su forma de vivir, de actuar, de predicar… Comporta comprometernos en la construcción del Reino de Dios ya aquí, «como piedras vivas» (segunda lectura), sin desánimos ni pesimismos. Las cosas pueden cambiar; yo tengo mi parte de responsabilidad en construir un mundo más justo, más solidario, más fraternal, que responda al plan original de Dios.

martes, 2 de mayo de 2017

Domingo IV de Pascua - Jn 10,1-10

Jesús no es un pastor de «borregos» sin capacidad de pensar y que siguen a alguien de forma mecánica: «¿dónde va Vicente?, donde va la gente». Jesús es el buen pastor que conoce y respeta a cada una de las ovejas de su rebaño; las conoce personalmente y por eso llama a «cada una por su nombre». Y estas ovejas siguen a Jesús de una forma consciente y libre, de manera que «no reconocen la voz de los extraños»

Más aún, Él es «la puerta», donde las ovejas encontrarán la salvación, la respuesta a todos sus anhelos y esperanzas. Y podrán «entrar y salir libremente», no condicionadas o manipuladas por nada ni por nadie; pero allí «encontrarán pastos» para saciarse. Y es que Jesús quiere que «tengan vida y la tengan en abundancia».

El símil es fácil de entender, de aplicar. La narración del evangelio está manifestando cómo Jesús muestra el camino de la fe, al que estamos invitados todos y todas, un camino de libertad, donde la persona se siente valorada por sí misma, por lo que es, reconocida individual, personalmente, y encuentra la plenitud de sus aspiraciones más profundas. Pero hay otras «ofertas», con frecuencia tentadoras, pero que no dan vida.

lunes, 24 de abril de 2017

Domingo III de Pascua - Lc 24,13-35

Este domingo escucharemos una de las páginas más hermosas del evangelio. Tres personajes sobresalen en la narración: Jesús, Cleofás (uno de los dos discípulos de Emaús) y otro personaje del que no se indica el nombre (¿María, la esposa de Cleofás?). Los dos discípulos que caminan hacia Emaús vuelven de Jerusalén cabizbajos, decepcionados, apenados, desesperanzados… Y se encuentran con Jesús, pero no lo reconocen.

Jesús les descubre las Escrituras, les muestra cómo la Palabra de Dios preanuncia al Mesías y la suerte que le tocará vivir: su pasión y muerte, pero también su triunfo sobre la muerte, su resurrección. Ellos, al llegar a su destino, acogen a este forastero que les acompaña, para que no siga de camino sin luz del día o encuentre problemas dónde pasar la noche: sin saberlo están dando cobijo a Jesús. Y sentados a la mesa lo reconocen en la «fracción del pan». Jesús desaparece y ellos vuelven a Jerusalén, desandando su recorrido, para anunciar a la comunidad el gozo inmenso de la resurrección de Jesús y de la forma cómo lo han reconocido. 

La narración es una auténtica catequesis eucarística: arde el corazón de ellos escuchando la Palabra de Dios, lo reconocen en la «fracción del pan» (uno de los nombres con los que se denomina a la Eucaristía en el Nuevo Testamento), pero antes han practicado la hospitalidad, el amor desinteresado con quien lo necesita, y ese alguien resulta que es Jesús. Y, como consecuencia, la necesidad de proclamar la «buena noticia» de la resurrección, olvidándose incluso de las dificultades, como podría ser el caminar ya anochecido.

martes, 18 de abril de 2017

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31

El tema de la paz es una constante en el evangelio de este segundo domingo de Pascua. Jesús comunica en tres ocasiones la paz a sus discípulos: «Paz a vosotros». Y junto a esta paz singular que trae Jesús están la fe («dichosos los que crean sin haber visto»), el perdón amoroso («a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados») y la alegría plena («se llenaron de alegría al ver al Señor»). Constituyen todo un elenco de dones que Jesús da gratuitamente a todo aquel o aquella que participa del regalo de su resurrección. Dones que son más preciosos que el oro, como afirmará el autor de la primera carta de Pedro, referido a la fe (segunda lectura), pero que se puede hacer extensivo al resto de dones. No sé hasta qué punto somos conscientes de esta realidad y la gozamos personal y, sobre todo, comunitariamente.

La primera lectura, de los Hechos de los apóstoles, nos narra lo que ha significado la vivencia de estas realidades en la primera comunidad cristiana. Se ha traducido en testimonio ante el mundo de unidad, de compartir, de alegría, de oración, de participación en la Eucaristía, de escucha atenta de la Palabra de Dios…

Toda la liturgia de este día nos invita a vivir con intensidad esta misma experiencia. ¡Vale la pena!

viernes, 14 de abril de 2017

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

Hoy es día de inmensa alegría en la comunidad cristiana: ¡Cristo ha resucitado!, ¡verdaderamente ha resucitado el Señor!

El primer testimonio de la resurrección lo reciben las mujeres, ocupando un lugar privilegiado María Magdalena (evangelio de la Vigilia Pascual). El anuncio tiene una recomendación: «No tengáis miedo», y contagia una actitud: «llenas de alegría, corrieron a anunciarlo» La fe les hace descubrir, constatar esta nueva realidad: la resurrección de Jesús. El miedo sería la actitud contraria a esta fe; el miedo paraliza, no permite dar la respuesta de fe adecuada. La fe de estas mujeres se traduce en una inmensa alegría, un gozo que les empuja a anunciar esta buena nueva.

La resurrección de Jesús implica que Dios Padre ha refrendado su vida y su predicación. Este nueva realidad exige de sus seguidores y seguidoras una nueva actitud, una «vida nueva» (epístola de la Vigilia), morir a la «esclavitud del pecado», romper con todo aquello que significa egoísmo, hedonismo, odio, violencia, acepción de personas, crítica destructiva, discordias, rivalidades, divisiones etc., y vivir según el Espíritu de Jesús: amor fraternal a todo ser humano, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, dulzura en el trato, dominio de uno mismo (cf. Gal 2,19-23).

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

lunes, 10 de abril de 2017

Jueves santo - Jn 13,1-5

Los acontecimientos de la primera «semana santa» transcurren en un contexto pascual, la celebración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud (primera lectura): la Pascua judía. 

Jesús inaugurará una nueva Pascua, en la que la liberación de toda esclavitud, del mal, del pecado será definitiva y universal. E igual que el acontecimiento pascual judío es conmemorado con una cena familiar, en un entorno cúltico, la muerte y resurrección de Jesús es actualizado alrededor de una mesa (segunda lectura y evangelio), en cada eucaristía.

La última cena de Jesús con sus discípulos es vivida en la comunidad eclesial cada vez que nos reunimos como hermanos, hijos del mismo Padre, en la Eucaristía.

La narración del evangelio de este jueves santo nos facilita las pistas de las actitudes necesarias para participar plenamente del encuentro fraternal que es la celebración de la «Cena del Señor»: amor y servicio. El amor de Jesús llega «hasta el extremo», hasta dar la vida por nosotros; pero también hasta el extremo de ponerse a servir, a «lavarnos los pies», él que es «el Maestro y el Señor».

No tenemos excusa para no tomarnos en serio la actitud de Jesús, proceder que necesariamente ha de ser la de cada discípulo y cada discípula suyos: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

viernes, 31 de marzo de 2017

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Mt 26,14-27,66

El domingo de Ramos anticipa litúrgicamente los acontecimientos que se desarrollarán a lo largo de la Semana Santa que comienza: anuncia el desenlace trágico de la vida de Jesús. Preludia un final, no obstante, que no acaba con la muerte, «una muerte de cruz», como subraya la carta a los Filipenses (segunda lectura), sino con la resurrección, con la exaltación de Jesús, al que se le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre».

Es un final, desde el punto de vista humano, cargado de traición: «Al que yo bese, ése es; detenedlo»; pero con una respuesta de Jesús de amor: «Amigo, ¿a qué vienes?». Su muerte responde a la forma en que vivió. Su máxima fue la fidelidad a la voluntad de Dios-Padre y el amor a cada ser humano, hijo e hija de este Padre. Precisamente, por esto, muere poniéndose en las manos del Padre, desde la experiencia sensible de la ausencia de Dios, como lo prueba la oración del salmo 22 (21) (salmo responsorial) que el evangelista pone en boca de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», pero consciente de que el Padre puede cambiar la muerte en vida, el mal en bien. Será en la cruz donde lo reconocerán, lo reconoceremos como el Hijo de Dios: «Realmente éste era el Hijo de Dios».

martes, 28 de marzo de 2017

Domingo V de Cuaresma, ciclo A - Jn 11,1-45

Iglesia de Marta, María y Lázaro - Betania
Jesús es la «resurrección y la vida»: ésta es la idea que sobresale del evangelio de este domingo. El Dios de Jesús es el Dios de la vida. Y esta vida se manifiesta en Jesús a través de sus gestos y de sus palabras. Jesús amaba a Marta, a María, a Lázaro...; nos ama a cada uno de nosotros personalmente. Es capaz de emocionarse y de llorar ante la desgracia humana: nos muestra el rostro humano del Dios de la vida. Y es capaz de transformar, como enviado del Padre, el mal en bien, el pecado en bondad, la muerte en vida.

Pero la acción gratuita de Dios, manifestada en Jesús, reclama una respuesta generosa humana. Marta, la hermana de Lázaro, responde desde la fe, desde la esperanza, desde el amor: se fía de Jesús. Pero estas actitudes las vive de una forma activa: sale al encuentro de Jesús, tiene un diálogo sincero y confiado con Él, lo comunica a su hermana. María, la otra hermana, cuando se entera que está Jesús y la llama, sale corriendo a su encuentro y se hecha a los pies del Maestro, compartiendo con Él su dolor y su confianza.

Jesús libera a Lázaro de las ataduras de la muerte; nos libera de toda esclavitud que nos oprime, nos atenaza, no nos deja vivir. En Él tenemos la esperanza de que el mal, el pecado, la muerte no tienen la última palabra.

jueves, 23 de marzo de 2017

Domingo IV de Cuaresma, ciclo A - Jn 9,1-41

Juan nos presenta, en el evangelio de este domingo, un relato de milagro o mejor, cómo él prefiere denominarlo, de «signo» de una realidad más profunda. Cada uno de los personajes de la narración es fácil identificarlo con diferentes actitudes en la comunidad eclesial o en relación de dicha comunidad con el exterior.

Jesús es el protagonista principal: Él es la luz, capaz de iluminar la oscuridad y la ceguera de los seres humanos. Él es la respuesta a las diversas preguntas que se hacen los hombres y las mujeres sobre el sentido de la existencia. Pero sólo desde una disposición de apertura al don de Dios, de sencillez, de pobreza (en el sentido de sentirse necesitado, en contraposición a la autosuficiencia) es posible captar, recibir, salir de la ceguera del pecado, del mal y ver la luz.

Los fariseos representan en el relato la cerrazón, la ceguera, la imposibilidad de ver, porque no están ni siquiera dispuestos a reconocer su necesidad de luz. Los discípulos, por su parte, no entienden, pero preguntan, buscan..., y serán espectadores privilegiados de la acción de Dios, a través de Jesús. Los padres del ciego personifican la actitud de cobardía, de miedo a complicarse la vida; han visto el cambio radical acaecido en su hijo, pero no son capaces de testimoniarlo públicamente. El ciego que recobra la vista participa de todo un camino de conversión: es curado de su ceguera física y, más importante, de la ceguera espiritual. Él acaba reconociendo a Jesús como Señor, aunque ello le acarrea insultos y marginación; pero ha descubierto la Luz.

lunes, 20 de marzo de 2017

La Anunciación del Señor - Lc 1,26-38


Dentro de nueve meses volveremos a celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, el hijo de María. Esto es lo que anticipamos en la fiesta de la Anunciación del Señor.

De la misma forma que la carta a los Hebreos (segunda lectura) y el salmo de hoy nos recuerdan una actitud de Jesús, y anteriormente del salmista, de entrega incondicional a la voluntad divina, «aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad», también se puede aplicar a María, que entendió toda su existencia como una entrega libre y amorosa a la voluntad de Dios: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

La actitud del discípulo y de la discípula de Jesús –María fue la primera– está en la misma línea, conscientes de que el plan amoroso de Dios para la Humanidad es lo mejor que nos puede pasar. Y, por consiguiente, he de poner todo mi empeño, toda mi vida, todo mi obrar en comenzar a construir ya aquí y ahora el reino de Dios («venga a nosotros tu reino», aún conscientes de que no será en este mundo donde alcanzará su plenitud, pero sí se inicia; en el empeño de que cada hombre y cada mujer reconozca en el otro su hermano y su hermana; en que sea respetada la dignidad de toda persona humana…

martes, 14 de marzo de 2017

Domingo III de Cuaresma, ciclo A - Jn 4,5-42

La narración del evangelio de este domingo transcurre en un escenario no habitual, en un pueblo de Samaria. Además de Jesús, el personaje principal en la escena no son los discípulos sino una mujer. Jesús, saltándose los convencionalismos de la época, conversa  distendidamente con ella. Es una mujer, además extranjera (samaritana) y con un historial moral mal visto, lo que la hace una interlocutora inadecuada para cualquier judío. Pero la «Buena Nueva» de Jesús no sabe de convencionalismos ni se detiene ante los límites sociales discriminatorios. A partir de una situación ordinaria, cotidiana le habla del «don de Dios», un don que no conoce las fronteras que hemos inventado los seres humanos y que acoge a todas y a todos sin distinción de sexo, raza, cultura o forma de vida.

Jesús es el «agua viva», capaz de saciar, para siempre, la sed del ser humano; no  como otras aguas que sólo quitan la sed momentáneamente (diversiones, placer, poder, dinero, éxito, etc.). Nosotros que hemos experimentado esta realidad (?!) somos invitados a compartir este «agua» con los demás, como lo hizo la mujer samaritana con sus compatriotas: «muchos creyeron en él (en Jesús) por el testimonio que había dado la mujer», porque el don es inmenso, grandioso, no tiene límites.

lunes, 6 de marzo de 2017

Domingo II de Cuaresma, ciclo A - Mt 17,1-9

Basílica de la Transfiguración
La escena de la Transfiguración, del evangelio de este domingo, anticipa la exaltación –la  resurrección– de Jesús, que celebraremos al final de este tiempo litúrgico y hacia donde apunta toda la Cuaresma. Prepara a los discípulos a los acontecimientos difíciles de la pasión y muerte del Maestro, con la confianza cierta de un final esperanzador.

En la escena de la narración, además de Jesús y los tres discípulos, aparecen tres personajes más: Moisés y Elías y Dios-Padre. Toda la Biblia, toda la Palabra de Dios está dando testimonio de Jesús, personificada en Moisés (la Torá, la Ley) y Elías (los Profetas), y el mismo Dios confirma la grandeza del Hijo, con una invitación a escucharlo. 

Invita el pasaje a todos los que lo leen o lo escuchan a estar atentos a la Palabra de Dios, Antiguo (Moisés y Elías) y Nuevo Testamento (Jesús). En ella está la respuesta a nuestros interrogantes, pero también a nuestros miedos, inquietudes, angustias, incomprensiones... La historia del ser humano, la colectiva, pero también la personal, está en las manos de Dios; no hemos de tener miedo. Y, al mismo tiempo, es una llamada a vivir el mensaje de esta Palabra: no podemos quedarnos a hacer «tres tiendas» y eludir nuestra responsabilidad.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Domingo I de Cuaresma, ciclo A - Mt 4,1-11

Desierto de Judá
En el evangelio de este domingo Jesús aparece sometido al acoso del tentador. Las tres tentaciones narradas por el evangelista corresponden a situaciones similares vividas por el pueblo de Dios, por Israel. En todas ellas el pueblo escogido sucumbió a la tentación; no así Jesús. La Palabra de Dios es el fundamento donde se apoya para no ceder a las instigaciones. Nos recuerda que Dios no debe ser nunca utilizado para provecho propio, buscando la solución fácil, sin esfuerzo personal, o lo espectacular frente a lo sencillo y cotidiano, o poniendo otras cosas (fama, reconocimiento, dinero, poder, etc.) en el lugar de Dios.

En la lectura asidua de la Palabra de Dios descubrimos una escuela para la vida, unas historias para vivir. Hallamos un Dios grande y poderoso, aunque la expresión que mejor le define es Amor: es grande y poderoso amándonos. En dicha Palabra reconocemos el plan de Dios para la Humanidad, en el que cada ser humano se revela como tal en su dignidad y libertad, pero también en su responsabilidad; sin caer en tentaciones que anulen o mengüen el designio amoroso divino. La tentación nos muestra una realidad atractiva pero engañosa. Sólo el plan de Dios hace al ser humano feliz, sólo éste responde a las expectativas más profundas de la persona.

lunes, 27 de febrero de 2017

Miércoles de ceniza - Mt 6,1-6.16-18

El «miércoles de ceniza» es el inicio de la Cuaresma y el evangelio nos recuerda tres actitudes que han de ilustrar este tiempo fuerte de la liturgia: limosna, oración y penitencia.

A nadie le viene de nuevo esto; lo hemos oído tantas veces: cada Cuaresma lo mismo...

Jesús introduce una novedad en estas prácticas ancestrales: no hacerlas para que nos vean los demás. No sé si hoy «vende» el que nos vean dar una limosna, hacer oración o penitencia. Pero lo que sí estoy seguro es que en casi todas las cosas que hacemos buscamos la aprobación de los demás, la palmadita en el hombro, el reconocimiento social... Jesús dirá de esta forma de actuar: Os aseguro que ya han recibido su paga.

Él nos invita a otro estilo de hacer: una preocupación exquisita por las necesidades del prójimo, es decir, del próximo, porque es mi hermano o mi hermana, hijos del mismo Padre; una penitencia para «ponerme en la piel» de tantos que hacen «penitencia» forzosa cada día; y un diálogo frecuente con Dios que ha de ser necesidad vital de mi existencia: tengo necesidad de salir de mi banalidad, que mi vida transcienda. Esto no tiene nada que ver con buscar el aplauso de los otros.

martes, 21 de febrero de 2017

Domingo VIII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 6,24-34

Con frecuencia oímos hablar de opción fundamental u opciones fundamentales y ésta es una expresión que nos produce un cierto rechazo, angustia o, al menos, desasosiego. Parece que nos gusta más hacer pequeñas elecciones que no nos comprometan demasiado y que podamos variar en cualquier momento. Pero viene Jesús y afirma que hay que elegir y que esta elección ha de ser en profundidad: «No se puede servir a Dios y al dinero» Nos está pidiendo una opción fundamental, en la que no caben componendas.

La opción fundamental no es, de ninguna manera, un atentado a nuestra libertad. Al contrario, demanda el uso de esta facultad hasta las últimas consecuencias. En el fondo no nos gusta demasiado la libertad, por eso nos asustan las opciones fundamentales.

Nuestra opción es por Jesús, por su evangelio, por los valores del Reino. Y esta elección compromete nuestra existencia. Pero, vale la pena; por eso hemos hecho de ella nuestra opción fundamental: «Buscad primeramente el reino de los cielos y el hacer lo que es justo delante de Dios, y todas esas cosas se os darán por añadidura» El resto de cosas son eso: «añadiduras». Hemos hecho la mejor elección posible.

lunes, 13 de febrero de 2017

Domingo VII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,38-48

Las afirmaciones de Jesús en el evangelio de este domingo, continuando con la lectura del sermón de la montaña, nos resultan chocantes, irrealizables. Alguien ha hablado de utopía, de una moral de máximos, de exageraciones para hacer reaccionar a los interlocutores. Pero realmente ¿son sólo palabras bonitas, pero desorbitadas, impracticables?

Comentaremos brevemente dos de las aseveraciones que, en cierta manera, condensan el resto de las que encontramos en este fragmento de evangelio: «No resistáis a quien os haga algún daño»; «amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» La verdad es que no es fácil lo que nos pide Jesús: la no-resistencia y el amor. Pero la realidad es que son muchos los testimonios en misioneros y misioneras, en el voluntariado cristiano ayudando a los necesitados, en cristianos que trabajan y luchan cada día por un mundo mejor y un largo etcétera que lo han puesto y lo están poniendo cotidianamente en práctica. Imaginemos que todos y todas los que nos llamamos discipulado de Jesús lo viviésemos: cuantas cosas cambiarían.

Y es que lo que nos sugiere Jesús es nada más y nada menos que imitemos, como buenos hijos, a nuestro Padre: «Él hace que su sol salga sobre malos y buenos, envía la lluvia sobre justos e injustos» Él ama gratuitamente a todos y nos pide que nosotros hagamos lo mismo.

martes, 7 de febrero de 2017

Domingo VI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,17-37

Continuamos con el sermón de la montaña, un auténtico discurso programático de Jesús. En el fragmento que escuchamos (leemos) hoy afirmará que no ha venido a reemplazar lo que está escrito en el Antiguo Testamento (Moisés y los Profetas) sino a «darle su verdadero sentido», su sentido más pleno.

Por este motivo llena de contenido cada uno de los mandamientos que podemos leer en las Escrituras hebreas. El mandamiento «no matarás» no significa, no implica sólo la prohibición de quitar la vida a un semejante. Jesús va mucho más lejos: si me enojo contra mi hermano, si lo insulto, si lo humillo, si lo injurio… no estoy viviendo según el espíritu de la Palabra salvífica de Dios. Y es que aquel o aquella contra quien estoy actuando es mi hermano, es mi hermana, es hijo, hija de Dios. No es tan importante lo que está mandado o prohibido sino la actitud: la actitud de amor que es más fuerte que cualquier mandato.

Esa forma de actuar, de vivir condiciona toda mi religiosidad. Si no estoy dispuesto a perdonar, a amar, a respetar al otro, si no me reconcilio con mi hermano, con mi hermana (cada uno de mis semejantes) no puedo participar del culto eclesial, no puedo compartir la eucaristía. Por tanto he de ponerme en paz con mi hermano, dirá Jesús, antes de acercarme a dar culto a su Padre, a mi Padre, a Dios.

lunes, 30 de enero de 2017

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,13-16

Sal y luz del mundo
En el evangelio de este domingo Jesús compara a sus discípulos con dos realidades cotidianas: la sal y la luz. El Maestro habla un lenguaje comprensible por todos: partiendo de las realidades diarias ilustra las verdades más profundas.

Los seguidores de Jesús han (hemos) de ser como la sal. La sal da sabor, conserva los alimentos, aviva el fuego. Todas estas cualidades pide Jesús para su discipulado. La sal prácticamente no se ve, su presencia es casi imperceptible; pero si falta se echa de menos. Nada es igual sin ella. Tenemos la misión de dar sabor a la vida, que ésta tenga sentido; de conservar lo mejor que hay en cada una de las personas, de las comunidades, también de la sociedad y de la Iglesia; y de avivar el fuego: la vida sin pasión no es vida; el cristianismo sin pasión pierde toda su fuerza. Aunque siempre sin buscar protagonismos, como la sal que prácticamente no se ve.

Y también hemos de ser luz. La luz es lo contrario a la oscuridad. La oscuridad es sinónimo de miedo, de mal, de pecado, de escondido, de injusticia… La misión del seguidor o seguidora de Jesús es iluminar estas realidades, denunciar el mal y la injusticia, ser luz en todas las situaciones de «oscuridad»: de impunidad, arbitrariedad, tiranía, inmoralidad, violencia física o moral... Y este encargo no suele ser ni cómodo ni fácil.

El cometido que encomienda Jesús a su discipulado es exigente, e implica una misión irremplazable.

lunes, 23 de enero de 2017

Domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,1-12a

Lugar donde la tradición sitúa el «Sermón de la montaña»
El evangelio de este domingo sitúa a Jesús en la montaña predicando. Jesús afirma que son dichosos, felices los pobres, los que lloran y sufren, los perseguidos por practicar el bien...; pero también los hambrientos de justicia, los que practican el amor misericordioso, los que se empeñan en hacer posible la paz, etc. En realidad Jesús inaugura un nuevo estilo de vida personal y comunitario, donde desaparecen las distancias entre los desafortunados y los que viven en prosperidad. En este cambio de paradigma implica a la comunidad de sus discípulos: no se ha que esperar a la otra vida para que cambien las cosas. El reino de Dios lo inauguró ya Jesús y todos estamos llamados a hacerlo presente en este mundo, aunque en él no pueda llegar a su plenitud.

Pablo comentará en sus cartas (segunda lectura) que en la comunidad cristiana no caben los prepotentes o los insolidarios, ya que los llamados son «la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor». No es que no quepan los que no responden a esas características; es simplemente cambiar las cosas: los que cuentan, los que se merecen ser felices son los que no lo han sido nunca, los primeros en la comunidad de Jesús son los últimos según el mundo.

martes, 17 de enero de 2017

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 4,12-23

Las circunstancias violentas del encarcelamiento de Juan Bautista empujarán a Jesús a establecerse «en Cafarnaún, junto al lago (de Galilea)». Dios también se vale incluso de las injusticias humanas para hacer posible su plan salvífico. Decía santa Teresa de Jesús: «Dios escribe recto en renglones torcidos».

La primera predicación de Jesús y los primeros relatos de vocación el evangelista los sitúa en este contexto. Jesús llama a la conversión, al cambio de vida, «porque está cerca el reino de los cielos»: una situación nueva exige una actitud nueva. 

La Buena Noticia del Reino implica la liberación del mal, de todo mal, de toda injusticia; significa estar atento e involucrarse en las necesidades del prójimo, en las «dolencias del pueblo», «curarlas» a ejemplo del Maestro. Y para eso Jesús llama a sus primeros seguidores, a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan...; como nos llama a cada uno de nosotros y de nosotras. Es una llamada a predicar, a vivir, a testimoniar la proximidad del Reino de Dios, en el que no habrá más injusticia, donde será respetada la dignidad de todos y de cada uno/a, en donde todos serán hermanos/as, hijos e hijas del único Padre común. Ellos «dejaron (barca, familia, ocupaciones, etc.)... y le siguieron». ¿Qué estoy yo dispuesto a dejar para hacer posible la cercanía del Reino?

martes, 10 de enero de 2017

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo A - Jn 1,29-34

Juan Bautista da testimonio de Jesús: el importante, el definitivo es Jesús, el Hijo de Dios. No le afecta perder «clientes» para que sigan a Jesús. Juan no se predica a si mismo, con apariencias de piedad.

Lo primordial es la voluntad de Dios, aunque se olviden de mí. Nos cuesta entender esto: nos gusta que nos reconozcan, la «palmadita en la espalda», que hablen bien de nosotros... Y si no lo hacen nos duele y caemos en la crítica fácil. En el fondo nos buscamos más a nosotros mismos que el hacer el bien desinteresado o la evangelización sin recompensa inmediata. La actitud del Bautista es bien distinta.

Jesús es quien trae la liberación definitiva, también de nuestros egoísmos y egocentrismos. Él es la respuesta definitiva a la búsqueda de sentido del ser humano. Estamos llamados a dar testimonio de esta realidad y a proclamarlo explícitamente (salmo responsorial): «He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes»

El mal del mundo es derrotado en la acción liberadora de Jesús, ésta es la proclamación de Juan Bautista. Ésta ha de ser nuestra convicción, nuestro anuncio, el testimonio de nuestra vida.

viernes, 6 de enero de 2017

El Bautismo del Señor - Mt 3,13-17

Río Jordán
Jesús se presenta en el Jordán, ante Juan Bautista, como uno más, «para que lo bautizara». En este acto sencillo, humilde, se produce una gran teofanía –la manifestación de Dios trinitario–, la Palabra del Padre avalando la misión del Hijo, de Jesús, y la acción del Espíritu Santo que desciende del cielo y se hace presente también en Jesús.

Las palabras y las acciones de Jesús en toda su vida pública, que se inicia con el bautismo a orillas del Jordán –episodio al mismo tiempo sencillo  y sublime–, van a estar caracterizadas por un respeto exquisito por las circunstancias concretas de cada persona, con una atención especial a los débiles, a los sencillos, a los humildes, como nos recuerda la profecía mesiánica de Isaías (primera lectura): «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará». A ellos y a todos ofrecerá una «Buena Nueva» de salvación, de liberación.

Los gestos y el mensaje de Jesús nos interpelan al cristiano y a la cristiana actuales, no sólo para cambiar de actitud personal sino, sobre todo, para contrastar nuestra relación con los demás: ¿responde a un respeto delicado a sus limitaciones, diferencias, carencias, etc.? ¿Sus problemas, dificultades, angustias, necesidades..., las vivo como propias?

martes, 3 de enero de 2017

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

La palabra «Epifanía» significa manifestación. Dios se ha manifestado, en Jesús, a todos los pueblos, a todos los hombres y a todas las mujeres de todos los lugares, de todos los tiempos. Los magos de Oriente que vienen a adorar al «Rey de los judíos», a Jesús niño, representan al conjunto de las naciones, a quien Dios se quiere mostrar como respuesta a sus esperanzas y expectativas.

Las actitudes que muestran los diferentes personajes de la narración del evangelio de hoy también son trasladables a nuestras situaciones actuales concretas. A Herodes le inquieta el nacimiento de Jesús, lo que le preocupa es que alguien le pueda hacer sombra, que alguno rivalice con él y merme su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben, conocen la Escritura, pero se muestran indiferentes ante el acontecimiento que anuncian los sabios de Oriente: ellos ya viven bien, ¿para qué necesitan un salvador? Los extranjeros que siguen la estrella se entusiasman, incluso recorren un largo camino, preguntan, investigan, «se llenaron de inmensa alegría» cuando encuentran el camino y se arrodillan ante la grandeza de Dios que se manifiesta en lo pequeño. María muestra al niño, a su Hijo, a todos los que lo requieren, pasando discretamente a un segundo plano. ¿Cuál es mi actitud ante las manifestaciones de Dios en la vida cotidiana?