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lunes, 1 de octubre de 2018

Domingo XXVII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,2-16

El evangelio de este domingo presenta dos escenas distintas, pero complementa-rias. La primera es una controversia de los fariseos con Jesús por el tema del divorcio; mientras en la segunda, los protagonistas de la polémica son los discípulos, a raíz de que algunos/as (seguramente sus padres) quieren que Jesús bendiga a unos niños.

En ambos casos Jesús –como es habitual– se pondrá de parte del más débil, del más indefenso, del que socialmente tiene menos derechos. La mujer, en la sociedad judía de la época, quedaba en una situación de desamparo cuando el esposo la repudiaba, condenada en muchos casos a la pobreza más extrema o incluso la prostitución, si no tenía familiares que se hiciesen cargo de ella (cosa que ocurría con frecuencia). Jesús reivindica el plan original de Dios, en la creación, en que hombre y mujer han sido creados con igual dignidad y derechos, el uno para el otro.

Los niños, por otro lado, eran los últimos en la escala social. No tenían ningún derecho, ni eran tenidos en cuenta ni social ni religiosamente, hasta que llegaban a la mayoría de edad; aparte del altísimo índice de mortalidad infantil. Jesús se enojará con los discípulos por menospreciarlos. Y afirmará categóricamente: «Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él»

Nuestra forma de ser y de actuar personal y eclesial ha de estar en la línea de Jesús, si no nos hemos equivocado de Maestro. 

lunes, 17 de septiembre de 2018

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.

jueves, 28 de junio de 2018

Domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 5,21-43

El evangelio dominical nos presenta cómo Jesús cura a dos mujeres: una de ellas que padecía perdidas de sangre desde hacía doce años, y una niña gravemente enferma, de doce años (que comienza a hacerse mujer). Es obvio que el narrador quiere unir los dos personajes, no sólo por introducir un relato en medio del otro. Las dos protagonistas son mujeres; las dos están relacionadas por el número doce; ambas son motivo de impureza legal: una por el tema de la sangre y la otra porque la enfermedad la lleva a la muerte.

Jesús rompe con estos condicionamientos sociales. Les devuelva a una y a otra la salud y, más importante, las reintegra en el mundo social y religioso que las marginaba, les devuelve su dignidad de personas que les habían negado. La opción de Jesús siempre es por los más necesitados, oponiéndose o ignorando los tabúes sociales que marginan a tantas personas. Las mujeres eran uno de los colectivos que más sufría la exclusión social, y Jesús apuesta por ellas. Se les acerca con amor, las libera de todo aquello que las oprime, las convierte en discípulas en situación de igualdad con los discípulos varones. 

Esa actitud del Maestro también nos interpela a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. Nos hemos de preguntar: ¿cuáles son nuestras opciones?

martes, 27 de febrero de 2018

Domingo III de Cuaresma, ciclo B - Jn 2,13-25

Jesús se revela contra un mundo en el que lo económico es lo prioritario; el dinero importa más que las personas. Y esto ocurría incluso en el Templo de Jerusalén. El Templo era el lugar de la «presencia de Dios» y los vendedores y cambistas, los especuladores monetarios, habían convertido «en un mercado la casa de mi Padre», dirá Jesús. La reacción de Jesús es visceral. No puede admitir que el Templo de Dios se haya transformado en un lugar de negocios y de exclusión.

Pero la narración evangélica aprovecha la escena para explicar una realidad más profunda. Jesús es el auténtico Templo de Dios. En su humanidad se hace efectiva de una forma única la presencia de Dios. Dios se hace presente en el ser humano.

La resurrección de Jesús será el signo definitivo de esta realidad. Jesús ha inaugurado una nueva forma de entender lo sagrado, lo santo. Cada hombre y cada mujer son el lugar donde se manifiesta la santidad de Dios, su presencia única.

Lo prioritario en sus seguidores, en los que perciben esta nueva realidad, no puede ser el dinero, el poder o el prestigio social. No podemos admitir la exclusión de ningún ser humano por ninguna causa. La vida, la predicación de Jesús, su muerte y su resurrección inician un nuevo devenir, donde lo nuclear es el ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios.

martes, 6 de febrero de 2018

Domingo VI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 1,40-45

Las enfermedades de la piel (conocidas en el Antiguo Próximo Oriente como lepra) eran motivo de exclusión social y religiosa; de esto nos habla tanto la primera lectura como el evangelio de este domingo.

Jesús, que no conoce ni admite acepción de personas y rechaza toda forma de exclusión o marginación, atiende a este ser humano, enfermo, que le suplica ayuda. Jesús le cura y el leproso «queda limpio». Le devuelve la salud y, sobre todo, su dignidad de persona, de «hijo de Abraham», que le habían negado. Pasa de ser alguien marginado social y religiosamente a una persona con honra. Pero Jesús no quiere publicidad, «no se lo digas a nadie», le requerirá. Sus acciones constatan el amor misericordioso de Dios, que toma forma humana en su persona. Y eso es lo único importante.

A nosotros nos gusta más el que nos reconozcan nuestros logros o las cosas buenas que hacemos. Nos agrada la palmadita en la espalda. El mensaje de este evangelio es otro. Todo ser humano es amado por Dios en si mismo, independientemente de su condición social o forma de ser. Ésta ha de ser también nuestra tarea: el batallar para que sea reconocida la dignidad humana de cada persona, sin exclusiones.

lunes, 22 de enero de 2018

Domingo IV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 1,21-28

Sinagoga actual en Israel
Jesús enseña con autoridad, afirma el evangelio de este domingo. Su forma de predicar y de actuar no responde al poder de la fuerza; que muchos confunden con la autoridad. La «fuerza» de su autoridad nace de la convicción que transmite en sus palabras y en sus actos, de la credibilidad de lo que dice y hace.

Su autoridad está al servicio de las personas concretas y no para provecho propio. Por eso el narrador nos cuenta, inmediatamente después de hablarnos de su autoridad, cómo Jesús libera a un hombre de una situación que lo esclaviza y no le deja ser él mismo (narración de la curación de alguien que tenía un espíritu inmundo).

La autoridad en nuestras vidas, toda forma de autoridad (padre, madre, catequista, responsable de cualquier área, rector, obispo, gobernante, etc.: cada cual que se identifique, antes de aplicarlo a los otros) debe responder a la actitud de servicio. Subrayo lo de «servicio» con el propósito de que no se quede en palabras o en una declaración de intenciones, sino desde la convicción de que sólo sirviendo es justificable cualquier autoridad, y más desde la perspectiva de seguidores de Jesús. Una autoridad que no se impone, que nace de la convicción que transmite en palabras y obras.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Domingo I de Adviento, ciclo B - Mc 13,33-37

Volvemos a «estrenar» un nuevo tiempo de Adviento. Durante todo este período se nos recordarán, a través de las lecturas litúrgicas, las disposiciones que facilitarán el acoger a Jesús que viene, al Hijo de Dios que quiere quedarse entre nosotros.

Este domingo el evangelista Marcos nos hablá de vigilancia, de estar en vela. Hay que estar siempre preparados; no se puede jugar con Dios y dejar lo que debemos hacer para mañana. La venida del Señor será inesperada.

La tarea que Dios nos ha encomendado es inmensa. No podemos «dormirnos» y esperar que lo hagan otros: los políticos, los que tienen poder o las ONG. Cada uno de nosotros es responsable de construir un mundo más justo. Hemos de comenzar por nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos, la parroquia, el entorno social más próximo…; pero también tomando parte –en la medida de nuestras posibilidades– en las decisiones políticas o sociales del ayuntamiento, del partido político, del sindicato, de la organización u organizaciones con las que colaboramos… Las posibilidades son muchas más de las que pensamos.

Hemos de mantenernos en vela, vigilantes. En el plan de Dios de un mundo más humano, donde no haya exclusiones de ningún tipo y donde cada uno reconozca en el otro a su hermano, a su hermana, el Señor cuenta contigo. No te puede encontrar cuando venga holgazaneando, dormido o quejándote de que todo va mal…

lunes, 16 de octubre de 2017

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 22,15-21

La escena que nos presenta el evangelio de este domingo no es inocente. La pregunta que hacen a Jesús sobre el pago del impuesto a Roma no busca la verdad sino comprometer a Jesús. Por eso Jesús les llama hipócritas. Cuanta hipocresía puede haber en nuestras preguntas e incluso en nuestras actitudes, cuando no buscamos la verdad y el bien sino el hundir, el ridiculizar al que tenemos enfrente, al que consideramos nuestro adversario. Jesús no soporta estas actitudes. Esta forma de actuar no es de los que dan «a Dios lo que es de Dios»

La respuesta de Jesús está en esta línea. Aquellos que le interpelan no les repugna llevar en el bolsillo monedas con la efigie del emperador, lo que facilita la réplica de Jesús: «pagad al César lo que es del César». Pero lo nuclear de la respuesta de Jesús está en la segunda parte: «a Dios lo que es de Dios». Nuestras vidas llevan grabadas la  imagen de Dios, y nuestra existencia ha de ser una respuesta a esta realidad. Le debemos a Dios la existencia, el sentido de nuestra vida, el amor entrañable que derrama sobre todos y cada uno de nosotros cada día, el don precioso de la fe, la salvación otorgada en Jesús, el reconocernos y ser hijos e hijas de Dios y, por tanto, hermanos de toda la humanidad… Dar a Dios lo que es de Dios es entrar en una dinámica bien distinta de la actitud hipócrita, que no busca ni la verdad ni el bien; es unirse a la forma de ser de Jesús y a su mensaje que acoge a todos.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 21,28-32

Continuamos con el tema de la viña, que ya apareció el domingo pasado, símbolo del pueblo de Dios. Hoy es un padre quien envía a sus dos hijos, primero a uno y después al otro, a trabajar en su viña.

La narración fija la atención en los dos hijos como dos formas contrapuestas de responder a la llamada de Dios. Curiosamente el primer vástago (el primogénito) representa a los judíos «fieles», incluyendo a los representantes religiosos de la época (sumos sacerdotes y ancianos) que con la boca dicen que «sí», pero a la hora de la verdad es que «no».

El segundo hijo –según palabras de Jesús– está significado en «los publicanos y las prostitutas», aquellos y aquellas que con su estilo de vida parece que dicen «no», pero que acaba en un «sí», porque saben acoger el perdón y el amor gratuitos de Dios, que les ofrece Jesús.

Los excluidos por la sociedad y por la religión pasarán delante de los aparentemente justos y religiosos en el reino de Dios, afirma Jesús. El mensaje de Jesús no es excluyente, no cambia unos excluidos por otros. Todo lo contrario, es inclusivo. Jesús enseña que Dios ama a todas y a todos como un Padre amoroso e invita a todos los que le escuchan a unirse a este amor que no conoce acepción de personas y que, en muchas ocasiones, depara sorpresas: el «sí» de quien menos pensábamos.

martes, 19 de septiembre de 2017

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 20,1-16

Una lectura superficial del evangelio de este domingo nos puede hacer pensar que el propietario de la viña, en la parábola de Jesús, es alguien que está haciendo un agravio comparativo a los trabajadores que se afanan todo el día frente a los que sólo trabajan una hora. Pero esto es sólo fruto de una lectura descontextualizada y pueril. Jesús no está hablando de trabajo y de sueldos. Está utilizando una imagen habitual entre sus interlocutores inmediatos, campesinos de Galilea, para expresar una realidad mucho más profunda: cómo actúa Dios con los seres humanos, con nosotros y nosotras, cómo dispensa su generosidad.

Dios desea ardientemente que nos acerquemos a su Palabra, a la «buena noticia» del Reino, a su amor incondicional, que nos sintamos pueblo de Dios (la viña es símbolo de Israel), y para Él el cuándo no tiene gran importancia; el tiempo es algo relativo. El «pago» que nos tiene reservado siempre es el mismo para todas y todos: el amor infinito, la felicidad plena, simbolizado en ese «denario» que era el jornal que habitualmente se cobraba por un día de trabajo, y que se recibía con gran alegría después de la dureza de la jornada.

Pero aún subraya una idea más: la preferencia por los últimos, éstos serán los primeros en el reino de Dios. Los criterios de prioridad de Jesús poco o nada tienen que ver con los cánones de este mundo, donde prevalecen los ricos y poderosos.

martes, 1 de agosto de 2017

Domingo de la Transfiguración del Señor - Mt 17,1-9

La narración de la escena de la Transfiguración intenta ser un bálsamo, un canto de esperanza en el camino de Jesús con sus discípulos hacia Jerusalén, lugar, como él les ha repetido en diversas ocasiones, donde será ejecutado. Es verdad que junto al anuncio de su pasión y muerte siempre les ha hablado de resurrección, pero ellos no terminan de entender todo esto.

La Transfiguración es un anticipo de la resurrección; es la constatación de que las palabras y los gestos de Jesús, la Buena Noticia del Reino, los valores de este Reino al que son invitados a construir y vivir su discipulado, la utopía de un mundo donde sea respetada la dignidad de todos… no son un fracaso de un soñador cualquiera. La Palabra de Dios, siempre viva y eficaz, lo avalan; ésta es representada por Moisés y Elías (la Torá y los profetas); Dios mismo lo certifica: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo» Pero antes es necesario pasar por la incomprensión, por el sufrimiento, por la cruz.

La vida cristiana a veces tiene también mucho de esto: la resurrección, un horizonte de claridad, de esperanza, de resurgimiento… sólo se da después de la cruz. Pero, ¡vale la pena!

lunes, 3 de julio de 2017

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 11,25-30

El Dios de Jesús es el Dios de los sencillos y no el de «los sabios y entendidos». Y no es que Dios-Padre no ame a todos sus hijos e hijas, pero sí tiene una especial predilección por los pequeños, los necesitados, los pobres… Y no soporta a los prepotentes, a los poderosos, a los creen saberlo todo y tienen respuestas para todo. Y esto es un motivo para dar gracias, como lo hace Jesús. Sólo los primeros están en disposición de reconocer la revelación del Padre que trae Jesús, sólo a ellos se lo quiere revelar.

El seguimiento de Jesús, el ser su discípulo/a supone una actitud de humildad, de sencillez, también de indigencia de medios. Lo que aparentemente puedan parecer carencias, en realidad, bien entendido, significa ponerse en las manos de Dios, confiar en Él. No es una negación del necesario progreso, sino confiar más en la providencia divina y no desesperar cuando no se llega. Y, más aún, percibir como un don de Dios la sencillez y pobreza de recursos.

Y en la misma línea de sencillez está la siguiente afirmación de Jesús, en el evangelio de hoy: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». En él encontramos el bálsamo aliviante, el descanso de nuestros cansancios, agobios, dificultades…

martes, 23 de mayo de 2017

Ascensión del Señor, ciclo A - Mt 28,16-20

Lugar de la Ascensión, Jerusalén
Este domingo celebramos la «Ascensión del Señor», el día en que Jesucristo, después de resucitar, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre (segunda lectura). Pero los discípulos no quedan solos, no permanecerán huérfanos, serán «bautizados con Espíritu Santo» (primera lectura), que les dará fuerzas para predicar la «Buena Noticia» del Reino «hasta los confines del mundo». Más aún, les promete, el mismo Jesús, que no les abandonará nunca, que estará con ellos «todos los días, hasta el fin del mundo» (evangelio).

Esta festividad nos recuerda que la misión que inició Jesús la ha de continuar la comunidad eclesial, cada uno de sus discípulos y discípulas se ha de sentir implicado. La tarea es ingente. Otro mundo es posible, donde cada ser humano sea respetado por lo que es y no por lo que tiene; donde toda mujer y todo hombre consideren a su prójimo su hermana o su hermano, hijos de un único Padre. La tarea de la evangelización no ha concluido: queda mucho trabajo por realizar. 

Es verdad que no siempre estamos por la labor, que nos quedamos «plantados mirando al cielo», pero sabemos que Él no nos fallará nunca y nos ayudará a salir de nuestra apatía o desesperanza: se ha quedado con nosotros…, para siempre.

lunes, 20 de marzo de 2017

La Anunciación del Señor - Lc 1,26-38


Dentro de nueve meses volveremos a celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, el hijo de María. Esto es lo que anticipamos en la fiesta de la Anunciación del Señor.

De la misma forma que la carta a los Hebreos (segunda lectura) y el salmo de hoy nos recuerdan una actitud de Jesús, y anteriormente del salmista, de entrega incondicional a la voluntad divina, «aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad», también se puede aplicar a María, que entendió toda su existencia como una entrega libre y amorosa a la voluntad de Dios: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

La actitud del discípulo y de la discípula de Jesús –María fue la primera– está en la misma línea, conscientes de que el plan amoroso de Dios para la Humanidad es lo mejor que nos puede pasar. Y, por consiguiente, he de poner todo mi empeño, toda mi vida, todo mi obrar en comenzar a construir ya aquí y ahora el reino de Dios («venga a nosotros tu reino», aún conscientes de que no será en este mundo donde alcanzará su plenitud, pero sí se inicia; en el empeño de que cada hombre y cada mujer reconozca en el otro su hermano y su hermana; en que sea respetada la dignidad de toda persona humana…

miércoles, 1 de marzo de 2017

Domingo I de Cuaresma, ciclo A - Mt 4,1-11

Desierto de Judá
En el evangelio de este domingo Jesús aparece sometido al acoso del tentador. Las tres tentaciones narradas por el evangelista corresponden a situaciones similares vividas por el pueblo de Dios, por Israel. En todas ellas el pueblo escogido sucumbió a la tentación; no así Jesús. La Palabra de Dios es el fundamento donde se apoya para no ceder a las instigaciones. Nos recuerda que Dios no debe ser nunca utilizado para provecho propio, buscando la solución fácil, sin esfuerzo personal, o lo espectacular frente a lo sencillo y cotidiano, o poniendo otras cosas (fama, reconocimiento, dinero, poder, etc.) en el lugar de Dios.

En la lectura asidua de la Palabra de Dios descubrimos una escuela para la vida, unas historias para vivir. Hallamos un Dios grande y poderoso, aunque la expresión que mejor le define es Amor: es grande y poderoso amándonos. En dicha Palabra reconocemos el plan de Dios para la Humanidad, en el que cada ser humano se revela como tal en su dignidad y libertad, pero también en su responsabilidad; sin caer en tentaciones que anulen o mengüen el designio amoroso divino. La tentación nos muestra una realidad atractiva pero engañosa. Sólo el plan de Dios hace al ser humano feliz, sólo éste responde a las expectativas más profundas de la persona.

lunes, 13 de febrero de 2017

Domingo VII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,38-48

Las afirmaciones de Jesús en el evangelio de este domingo, continuando con la lectura del sermón de la montaña, nos resultan chocantes, irrealizables. Alguien ha hablado de utopía, de una moral de máximos, de exageraciones para hacer reaccionar a los interlocutores. Pero realmente ¿son sólo palabras bonitas, pero desorbitadas, impracticables?

Comentaremos brevemente dos de las aseveraciones que, en cierta manera, condensan el resto de las que encontramos en este fragmento de evangelio: «No resistáis a quien os haga algún daño»; «amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» La verdad es que no es fácil lo que nos pide Jesús: la no-resistencia y el amor. Pero la realidad es que son muchos los testimonios en misioneros y misioneras, en el voluntariado cristiano ayudando a los necesitados, en cristianos que trabajan y luchan cada día por un mundo mejor y un largo etcétera que lo han puesto y lo están poniendo cotidianamente en práctica. Imaginemos que todos y todas los que nos llamamos discipulado de Jesús lo viviésemos: cuantas cosas cambiarían.

Y es que lo que nos sugiere Jesús es nada más y nada menos que imitemos, como buenos hijos, a nuestro Padre: «Él hace que su sol salga sobre malos y buenos, envía la lluvia sobre justos e injustos» Él ama gratuitamente a todos y nos pide que nosotros hagamos lo mismo.

lunes, 23 de enero de 2017

Domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,1-12a

Lugar donde la tradición sitúa el «Sermón de la montaña»
El evangelio de este domingo sitúa a Jesús en la montaña predicando. Jesús afirma que son dichosos, felices los pobres, los que lloran y sufren, los perseguidos por practicar el bien...; pero también los hambrientos de justicia, los que practican el amor misericordioso, los que se empeñan en hacer posible la paz, etc. En realidad Jesús inaugura un nuevo estilo de vida personal y comunitario, donde desaparecen las distancias entre los desafortunados y los que viven en prosperidad. En este cambio de paradigma implica a la comunidad de sus discípulos: no se ha que esperar a la otra vida para que cambien las cosas. El reino de Dios lo inauguró ya Jesús y todos estamos llamados a hacerlo presente en este mundo, aunque en él no pueda llegar a su plenitud.

Pablo comentará en sus cartas (segunda lectura) que en la comunidad cristiana no caben los prepotentes o los insolidarios, ya que los llamados son «la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor». No es que no quepan los que no responden a esas características; es simplemente cambiar las cosas: los que cuentan, los que se merecen ser felices son los que no lo han sido nunca, los primeros en la comunidad de Jesús son los últimos según el mundo.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Jesucristo, Rey del universo, ciclo C - Lc 23,35-43

Seguro que a más de uno le ha llamado la atención el que para la fiesta de «Jesucristo, Rey del universo» se haya escogido como evangelio el de las burlas a Jesús crucificado: burlas de los dirigentes de los judíos, de los soldados romanos e incluso de uno de los que le acompañan en el suplicio de la crucifixión. Pero es que el reinado de Jesús es algo bien diferente del que ejercen los que llamamos reyes o gobernantes. Él es el ungido (=Mesías) de Dios, el rey de los judíos y también de todo el universo, quien proclama la llegada del reinado de Dios. Su reino no «es» de este mundo, pero no quiere decir que no lo haya iniciado «en» en este mundo. Es un reinado de amor, de perdón («hoy estarás conmigo en el paraíso»), de hermandad, de dignidad humana, de servicio. Es otra forma de entender las relaciones de poder.

Su forma de vivir y de morir enseña a cualquiera que tenga un cargo de responsabilidad, sobre todo en la Iglesia, que no ha de ser como es habitual en este mundo; debe ser de otra manera. Su reinado es servicio –en el sentido literal de la expresión–, sobre todo a los que más lo necesitan; es entrega hasta las últimas consecuencias, incluso hasta la muerte; es hacerse cómo el más pequeño, cómo el más débil; es renunciar a cualquier imposición; es desistir de cualquier privilegio...

lunes, 7 de noviembre de 2016

Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 21,5-19

La fe es perseverante o es una quimera. El evangelio de este domingo narrando entremezcladamente la destrucción de Jerusalén y su Templo y el fin del mundo, hace una afirmación rotunda: «todo será destruido». Pero, después matiza esta afirmación: «ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». 

Los textos bíblicos apocalípticos, como el que se proclama este domingo, no son una «película de terror», son una llamada a la esperanza, un grito de resistencia en medio de la injusticia generalizada. El justo ha de saber que el mal no tiene la última palabra, que Dios está de su parte. Lo fácil es sucumbir a la tentación de la oferta del poder, a abandonar la fe y lo que ella significa de proyecto de cambiar el mundo. Ir contracorriente, en muchas ocasiones, puede significar padecer maledicencia, persecución y, en algunos casos, la muerte (pensemos en el testimonio de los cristianos en países de mayoría islámica, o en el martirio que están sufriendo hermanos nuestros en Latinoamérica por defender a los pobres frente a la explotación, o el peligro que padecen muchos misioneros y misioneras en diversos países, o...).

La perseverancia –no la resignación– es la clave. Una perseverancia que nace de la confianza (la fe) en el Dios de Jesús. Ninguna dificultad puede destruirla.

domingo, 30 de octubre de 2016

Festividad de «Todos los Santos» - Mt 5,1-12a

Lugar de las Bienaventuranzas, Israel
En la solemnidad de «Todos los santos» la liturgia nos propone el texto de las «Bienaventuranzas», en el evangelio de Mateo. La Iglesia nos recuerda que el camino de la santidad pasa por la opción por los pobres, por los desconsolados, por los que sufren, etc. De ellos, afirma el evangelio, es el reino de los cielos. Más, aún, asevera que ellos son los «bienaventurados», los felices; implicando a toda la comunidad eclesial en que esta promesa se convierta en realidad aquí y ahora, sin esperar a la otra vida, donde se cumplirá en toda su plenitud. Pero ya es (en presente) de ellos el reino de los cielos; pueden ya estar «alegres y contentos», aunque la recompensa, su plenitud, todavía no es definitiva en esta vida.

La perspectiva que nos muestra el evangelio es bien distinta a la realidad que nos envuelve. Implica una forma de vida diversa: lo prioritario no es el tener, si no el ser; los importantes no son los ricos, famosos y poderosos, si no los que no tienen nada, los «machacados» por la vida, los que son capaces de padecer con el sufrimiento del prójimo, los que se empeñan en que vivamos en un mundo de paz. Los santos y las santas son aquellos que han puesto toda su vida al servicio del «plan de Dios» para la humanidad, resumido en el Sermón de la montaña.