lunes, 18 de junio de 2018

La Natividad de Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán
La primera lectura, del profeta Isaías, es un relato de vocación. Una narración en la que el autor quiere subrayar cómo la elección de Dios, su llamada, ya se hace presente, en cierta manera, desde el seno materno. La festividad de hoy quiere recordarnos esto con respecto a Juan Bautista, el precursor de Jesús (segunda lectura).

En la misma perspectiva, el evangelio nos presenta el nacimiento del Bautista, un nacimiento en el que todos los presentes ―de una manera o de otra― reconocen la elección de este niño: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él»

¿Esta llamada, la elección es exclusiva de personajes importantes como el profeta Isaías o Juan Bautista? ¡No!, rotundamente ¡no! Cada uno de nosotros y de nosotras hemos sido llamados, elegidos por Dios, desde el seno materno, más aún, desde el principio del mundo, desde toda la eternidad. Ya entonces Dios nos amaba personalmente: te amaba, me amaba; nos ama.

Nuestra vida ha de responder a esa llamada personal. La labor que Dios espera de ti, de cada uno de nosotros y de nosotras, es insustituible, nadie puede hacerla más que tú. Será más importante o menos importante a los ojos de la gente, pero para Dios es única. No debo, no puedo eludir mi responsabilidad en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.

lunes, 11 de junio de 2018

Domingo XI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 4,26-34

Arbusto de mostaza, Galilea
Jesús utiliza imágenes de la vida cotidiana para hablar a sus oyentes de Dios, del reino de Dios. Dios no es una realidad extraña o lejana. Es Alguien cercano, se interrelaciona con nuestra existencia diaria, con nuestro quehacer habitual.

El reinado de Dios, la realidad que ha inaugurado Jesús crece, de forma sencilla y acompasada, casi imperceptible pero sin detenerse, hasta que «el grano está a punto» Y, también, se asemeja a la semilla de mostaza que siendo algo pequeño, ínfimo, es capaz de producir un arbusto (no un árbol espectacular) en el que en sus ramas «los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas»

Nosotros estamos acostumbrados, nos gustan las cosas de otra manera. Deseamos ver los frutos rápidos, de forma inmediata y que estos sean vistosos, espectaculares, que dejen a todos boquiabiertos. Pero la forma de actuar de Dios, de Jesús es otra. Lo importante, lo esencial no es la grandeza sino la acogida, no es lo pretencioso sino la capacidad de servicio. Ésta es la Iglesia que quiere Jesús, con la que en algunas ocasiones nos cuesta identificarnos.

jueves, 7 de junio de 2018

Domingo X del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 3,20-35

En el fragmento del evangelio de Marcos que leemos - escuchamos esta semana encontramos dos escenas bien diferentes: en la primera el Jesús incomprendido y en la segunda la familia sustitutoria de los seguidores de Jesús.

Jesús es rechazado, incomprendido, tomado por loco, por endemoniado... por sus familiares, por los escribas. Si leyéramos todo el texto veríamos que la incomprensión se extiende al pueblo e, incluso, en gran medida a los discípulos. Los seguidores de Jesús también podemos padecer las mismas incomprensiones, incluso de los más próximos.

El segundo escenario nos presenta a María, la madre de Jesús, y algunos familiares cercanos buscando a Jesús, y los que lo rodean se lo hacen saber. El Maestro, gran pedagogo, aprovecha la ocasión para desviar la atención, el punto de mira al seguimiento discipular. Lo realmente importante no son tanto los lazos de sangre como la fidelidad a la voluntad divina, la actitud de escucha de la Palabra de Dios: «He aquí a mi madre y mis hermanos. El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre». Lógicamente María, su madre, es la discípula por excelencia, el ejemplo de fidelidad a la voluntad divina.

lunes, 4 de junio de 2018

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús - Jn 19,31-37

Quizás a algunos esta fiesta del «Sagrado Corazón de Jesús», les suena a algo del pasado, incluso a un romanticismo ñoño. ¿Podemos, en pleno siglo XXI, seguir celebrando una fiesta que tiene como centro el corazón, aunque sea el de Jesús?

Si escuchamos con atención las lecturas de hoy, comprobaremos que la posible apreciación que he mencionado es desacertada. En la Biblia cuando se habla del corazón (léb, en hebreo) se refiere al «lugar» de las funciones intelectuales, de las decisiones, donde reside el entender y el querer, incluyendo también la sensibilidad y la emotividad. Es un concepto mucho más rico que en nuestra cultura occidental.

Es en este contexto en el que podemos entender la fiesta de hoy. Jesús decidió libre y amorosamente entregarse por nosotros. Y lo hizo hasta derramar la última gota de su sangre (evangelio). Es la persona entera de Jesús quien lo realizó, no sólo su corazón; pero, siguiendo con la antropología bíblica, es en su corazón donde lo pensó, lo decidió y lo convirtió en un acto de entrega y de amor. Esa misma actitud es la que san Pablo (segunda lectura) pide para la comunidad de los creyentes, cuando habla del «amor cristiano».

lunes, 28 de mayo de 2018

El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - Mc 14,12-16.22-26

Seder de Pesaj (Pascua judía)
Este domingo, en el que celebramos la fiesta del «Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo» escuchamos, en la proclamación de las diversas lecturas, palabras como: Alianza, Pascua, sacrificio, sangre, salvación, liberación… Son temas comunes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. ¿Dónde está, entonces, la singularidad de la «Buena Noticia» de Jesús? ¿Qué aporta la muerte y la resurrección de Jesús, qué conmemoramos en cada Eucaristía y que hoy, de una manera especial, evocamos?

Quiero señalar dos características —no son las únicas, pero quizás las más significativas— que marcan la diferencia, una diferencia esencial. El sacrificio de Cristo es universal, ofrecido por toda la humanidad, sin excepciones: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos». El amor de Dios se ha derramado, de una forma única, en la cruz de Cristo. Y esta oblación es eterna: «una vez para siempre»; trae consigo «la promesa de la herencia eterna» (segunda lectura). La universalidad y la definitividad la definen.

La Palabra de Dios hecha carne en Jesús nos recuerda esta evidencia de amor sobreabundante de Dios. No podemos, no tenemos derecho, a permanecer impasibles ante esta realidad. Hemos de compartirla con todos, la hemos de convertir en la brújula de nuestra vida personal y comunitaria.