martes, 16 de mayo de 2017

Domingo VI de Pascua - Jn 14,15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

lunes, 8 de mayo de 2017

Domingo V de Pascua - Jn 14,1-12

Jesús invita a sus discípulos –en el evangelio de este domingo– a creer en Dios Padre y en Jesús. Nuestra fe se caracteriza por fiarnos de Jesús: Él es nuestro «horizonte de comprensión».

Más aún, Jesús es «el camino, y la verdad, y la vida». No es sólo el guía que nos muestra cómo llegar al Padre, cómo participar de la salvación que Dios nos ofrece, cómo hacer que nuestra vida tenga sentido. Él es el camino de la verdad y de la vida: el camino que nos lleva a la única verdad integral (no medias mentiras o verdades a medias), el único que satisface nuestras inquietudes y esperanzas, porque exclusivamente en Él, «el camino» (no un camino cualquiera), encontramos la vida, la vida en plenitud. El evangelista subraya que el camino hacia Dios pasa por Jesús.

Pero el creer en Jesús, el ser su discípulo o discípula, significa adecuar mi existencia y mis criterios a los de Jesús: «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago». La respuesta de fe implica entrar en la dinámica de la vida de Jesús, en su forma de vivir, de actuar, de predicar… Comporta comprometernos en la construcción del Reino de Dios ya aquí, «como piedras vivas» (segunda lectura), sin desánimos ni pesimismos. Las cosas pueden cambiar; yo tengo mi parte de responsabilidad en construir un mundo más justo, más solidario, más fraternal, que responda al plan original de Dios.

martes, 2 de mayo de 2017

Domingo IV de Pascua - Jn 10,1-10

Jesús no es un pastor de «borregos» sin capacidad de pensar y que siguen a alguien de forma mecánica: «¿dónde va Vicente?, donde va la gente». Jesús es el buen pastor que conoce y respeta a cada una de las ovejas de su rebaño; las conoce personalmente y por eso llama a «cada una por su nombre». Y estas ovejas siguen a Jesús de una forma consciente y libre, de manera que «no reconocen la voz de los extraños»

Más aún, Él es «la puerta», donde las ovejas encontrarán la salvación, la respuesta a todos sus anhelos y esperanzas. Y podrán «entrar y salir libremente», no condicionadas o manipuladas por nada ni por nadie; pero allí «encontrarán pastos» para saciarse. Y es que Jesús quiere que «tengan vida y la tengan en abundancia».

El símil es fácil de entender, de aplicar. La narración del evangelio está manifestando cómo Jesús muestra el camino de la fe, al que estamos invitados todos y todas, un camino de libertad, donde la persona se siente valorada por sí misma, por lo que es, reconocida individual, personalmente, y encuentra la plenitud de sus aspiraciones más profundas. Pero hay otras «ofertas», con frecuencia tentadoras, pero que no dan vida.

lunes, 24 de abril de 2017

Domingo III de Pascua - Lc 24,13-35

Este domingo escucharemos una de las páginas más hermosas del evangelio. Tres personajes sobresalen en la narración: Jesús, Cleofás (uno de los dos discípulos de Emaús) y otro personaje del que no se indica el nombre (¿María, la esposa de Cleofás?). Los dos discípulos que caminan hacia Emaús vuelven de Jerusalén cabizbajos, decepcionados, apenados, desesperanzados… Y se encuentran con Jesús, pero no lo reconocen.

Jesús les descubre las Escrituras, les muestra cómo la Palabra de Dios preanuncia al Mesías y la suerte que le tocará vivir: su pasión y muerte, pero también su triunfo sobre la muerte, su resurrección. Ellos, al llegar a su destino, acogen a este forastero que les acompaña, para que no siga de camino sin luz del día o encuentre problemas dónde pasar la noche: sin saberlo están dando cobijo a Jesús. Y sentados a la mesa lo reconocen en la «fracción del pan». Jesús desaparece y ellos vuelven a Jerusalén, desandando su recorrido, para anunciar a la comunidad el gozo inmenso de la resurrección de Jesús y de la forma cómo lo han reconocido. 

La narración es una auténtica catequesis eucarística: arde el corazón de ellos escuchando la Palabra de Dios, lo reconocen en la «fracción del pan» (uno de los nombres con los que se denomina a la Eucaristía en el Nuevo Testamento), pero antes han practicado la hospitalidad, el amor desinteresado con quien lo necesita, y ese alguien resulta que es Jesús. Y, como consecuencia, la necesidad de proclamar la «buena noticia» de la resurrección, olvidándose incluso de las dificultades, como podría ser el caminar ya anochecido.

martes, 18 de abril de 2017

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31

El tema de la paz es una constante en el evangelio de este segundo domingo de Pascua. Jesús comunica en tres ocasiones la paz a sus discípulos: «Paz a vosotros». Y junto a esta paz singular que trae Jesús están la fe («dichosos los que crean sin haber visto»), el perdón amoroso («a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados») y la alegría plena («se llenaron de alegría al ver al Señor»). Constituyen todo un elenco de dones que Jesús da gratuitamente a todo aquel o aquella que participa del regalo de su resurrección. Dones que son más preciosos que el oro, como afirmará el autor de la primera carta de Pedro, referido a la fe (segunda lectura), pero que se puede hacer extensivo al resto de dones. No sé hasta qué punto somos conscientes de esta realidad y la gozamos personal y, sobre todo, comunitariamente.

La primera lectura, de los Hechos de los apóstoles, nos narra lo que ha significado la vivencia de estas realidades en la primera comunidad cristiana. Se ha traducido en testimonio ante el mundo de unidad, de compartir, de alegría, de oración, de participación en la Eucaristía, de escucha atenta de la Palabra de Dios…

Toda la liturgia de este día nos invita a vivir con intensidad esta misma experiencia. ¡Vale la pena!