miércoles, 15 de agosto de 2018

Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,51-58

Continuamos –éste es ya el cuarto domingo– con el tema de Jesús «pan de vida». En el evangelio de hoy se subraya el aspecto eucarístico. Jesús se nos da como alimento y como bebida en cada Eucaristía. Invita a todos, a todas a participar de esta realidad: «el que come este pan vivirá para siempre.» Es el pan de vida, el pan de vida eterna, sin fin.

La Eucaristía nos permite pregustar lo que será la vida eterna, participar de ella, anticiparla en cierta manera. Y para ello, Jesús se valdrá de dos elementos cotidianos: el pan y el vino. El pan es la comida de todos, también de los pobres; es un alimento de todas las mesas. Es un alimento sencillo y cotidiano. Jesús se quiere identificar con él. Es un alimento para compartir, en el que se hace presente la entrega hasta la muerte de Jesús.

El vino es otro tipo de alimento, algo distinto del pan. Es, en toda la cultura mediterránea, la bebida festiva. En la mesa de los pobres sólo se bebía vino en las fiestas. La Eucaristía es también festividad, celebración. Jesús se ha querido valer de estas dos realidades para «hablarnos» de sacrificio, de amor, de donación, de fiesta, de vida, de eternidad. La vida cristiana es una invitación a vivir y compartir estas realidades en plenitud.

lunes, 13 de agosto de 2018

La Asunción de María - Lc 1,39-56

María, en el evangelio de la festividad de la Asunción, aparece como la primera evangelizadora, la que hace de su vida un servicio a los demás. Ella se «pone en camino», aprisa, con prontitud. Sabe que Isabel, su parienta, necesita ayuda, y no se lo piensa dos veces, se dirige hacia Jerusalén, un camino de varios kilómetros, para ponerse a su servicio. María es la mujer creyente por excelencia, pero sabe que la fe implica una respuesta generosa, una demostración de amor de donación. Y, por eso, es «bienaventurada».
          
María proclama con su vida y con sus palabras las grandezas de Dios; un Dios que es grande porque está al lado de su pueblo, al lado de los pobres y necesitados, porque es el siempre fiel.
          
Y esta actitud de servicio, de disponibilidad, de ayuda la sigue ejerciendo desde el cielo, al lado de Dios Padre. Sigue atenta a nuestras necesidades, preocupada y ocupada en ayudar a los que más lo necesitan. Esto es esencialmente lo que celebramos en la fiesta de la Asunción.
          
Al estilo de vida de María estamos invitados toda la cristiandad. Cuando tres cuartas partes de la humanidad están viviendo de una forma precaria, sin lo mínimo necesario; cuando a nuestro alrededor hay tantas personas necesitadas, a causa de la inmigración, del desarraigo social, de marginación, de la crisis económica; cuando hay tantas personas que necesitan una palabra de consuelo, de amor...; y no reacciono, es que no he entendido la Buena Nueva de Jesús, como la vivió y la sigue viviendo María.

martes, 7 de agosto de 2018

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,41-51

Continúan los diálogos y discusiones con respecto a Jesús, después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio de hace dos domingos); no comprenden –o no quieren comprender– que Jesús sea el «pan de vida» (domingo pasado).

Jesús aprovechará para ofrecerles –para ofrecernos– una catequesis alrededor de dos ideas centrales y complementarias: la Palabra y la Eucaristía.

La primera es sobre la Palabra. Invita a sus interlocutores a leer, a escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, recuerda lo que han dicho los profetas; invita a escuchar «lo que dice el Padre»; apremia a creer en la Palabra de Dios: «tiene vida eterna». El que «escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí», afirmará. Es escuchar y aprender; es escuchar y llevar la Palabra a la vida. La Palabra nos habla de Jesús, nos acerca a Jesús.

Y es que Jesús es el «pan vivo», segunda imagen de su catequesis. Jesús se ofrecerá en sacrificio de amor por todos los hombres y todas las mujeres. Y esa realidad de amor inconmensurable se actualiza en cada eucaristía. Es una realidad de amor y de vida: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» No podemos separar estas dos realidades, la Palabra y la Eucaristía: una nos lleva a la otra y viceversa. Ambas juntas –en nosotros y con nosotros– son capaces de cambiar la sociedad, el mundo, de cambiarnos.

martes, 31 de julio de 2018

Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,24-35

Después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio del domingo pasado) la gente busca a Jesús que con sus discípulos ha marchado en barca a Cafarnaún. Y allí lo encuentran.

Pero Jesús les echa en cara que lo buscan sólo porque han saciado su estómago, porque les ha solucionado el problema de ese día. Y la «Buena Noticia» de Jesús es mucho más que eso. El «Maestro» no está negando la importancia de los bienes materiales: Él se ha compadecido de ellos cuando no tenían para alimentarse. Pero quiere que amplíen su perspectiva. Les ofrece «salvación», «vida». El ser humano, en el fondo, busca respuestas existenciales, tiene «hambre y sed» de sentido. Las cosas, por muy importantes que sean, no colman esta necesidad, no dejan satisfecho.

Jesús les ofrece el «pan de Dios», el único que «da vida al mundo»; sólo este pan es capaz de saciar. La persona humana, todos y todas estamos buscando –a veces incluso sin saberlo– respuestas, sentido: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús es la respuesta, la solución definitiva; Él lo afirmará: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

miércoles, 25 de julio de 2018

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
El domingo leeremos-escucharemos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.