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miércoles, 15 de agosto de 2018

Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,51-58

Continuamos –éste es ya el cuarto domingo– con el tema de Jesús «pan de vida». En el evangelio de hoy se subraya el aspecto eucarístico. Jesús se nos da como alimento y como bebida en cada Eucaristía. Invita a todos, a todas a participar de esta realidad: «el que come este pan vivirá para siempre.» Es el pan de vida, el pan de vida eterna, sin fin.

La Eucaristía nos permite pregustar lo que será la vida eterna, participar de ella, anticiparla en cierta manera. Y para ello, Jesús se valdrá de dos elementos cotidianos: el pan y el vino. El pan es la comida de todos, también de los pobres; es un alimento de todas las mesas. Es un alimento sencillo y cotidiano. Jesús se quiere identificar con él. Es un alimento para compartir, en el que se hace presente la entrega hasta la muerte de Jesús.

El vino es otro tipo de alimento, algo distinto del pan. Es, en toda la cultura mediterránea, la bebida festiva. En la mesa de los pobres sólo se bebía vino en las fiestas. La Eucaristía es también festividad, celebración. Jesús se ha querido valer de estas dos realidades para «hablarnos» de sacrificio, de amor, de donación, de fiesta, de vida, de eternidad. La vida cristiana es una invitación a vivir y compartir estas realidades en plenitud.

martes, 7 de agosto de 2018

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,41-51

Continúan los diálogos y discusiones con respecto a Jesús, después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio de hace dos domingos); no comprenden –o no quieren comprender– que Jesús sea el «pan de vida» (domingo pasado).

Jesús aprovechará para ofrecerles –para ofrecernos– una catequesis alrededor de dos ideas centrales y complementarias: la Palabra y la Eucaristía.

La primera es sobre la Palabra. Invita a sus interlocutores a leer, a escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, recuerda lo que han dicho los profetas; invita a escuchar «lo que dice el Padre»; apremia a creer en la Palabra de Dios: «tiene vida eterna». El que «escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí», afirmará. Es escuchar y aprender; es escuchar y llevar la Palabra a la vida. La Palabra nos habla de Jesús, nos acerca a Jesús.

Y es que Jesús es el «pan vivo», segunda imagen de su catequesis. Jesús se ofrecerá en sacrificio de amor por todos los hombres y todas las mujeres. Y esa realidad de amor inconmensurable se actualiza en cada eucaristía. Es una realidad de amor y de vida: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» No podemos separar estas dos realidades, la Palabra y la Eucaristía: una nos lleva a la otra y viceversa. Ambas juntas –en nosotros y con nosotros– son capaces de cambiar la sociedad, el mundo, de cambiarnos.

martes, 31 de julio de 2018

Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,24-35

Después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio del domingo pasado) la gente busca a Jesús que con sus discípulos ha marchado en barca a Cafarnaún. Y allí lo encuentran.

Pero Jesús les echa en cara que lo buscan sólo porque han saciado su estómago, porque les ha solucionado el problema de ese día. Y la «Buena Noticia» de Jesús es mucho más que eso. El «Maestro» no está negando la importancia de los bienes materiales: Él se ha compadecido de ellos cuando no tenían para alimentarse. Pero quiere que amplíen su perspectiva. Les ofrece «salvación», «vida». El ser humano, en el fondo, busca respuestas existenciales, tiene «hambre y sed» de sentido. Las cosas, por muy importantes que sean, no colman esta necesidad, no dejan satisfecho.

Jesús les ofrece el «pan de Dios», el único que «da vida al mundo»; sólo este pan es capaz de saciar. La persona humana, todos y todas estamos buscando –a veces incluso sin saberlo– respuestas, sentido: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús es la respuesta, la solución definitiva; Él lo afirmará: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

miércoles, 25 de julio de 2018

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
El domingo leeremos-escucharemos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.

lunes, 28 de mayo de 2018

El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - Mc 14,12-16.22-26

Seder de Pesaj (Pascua judía)
Este domingo, en el que celebramos la fiesta del «Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo» escuchamos, en la proclamación de las diversas lecturas, palabras como: Alianza, Pascua, sacrificio, sangre, salvación, liberación… Son temas comunes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. ¿Dónde está, entonces, la singularidad de la «Buena Noticia» de Jesús? ¿Qué aporta la muerte y la resurrección de Jesús, qué conmemoramos en cada Eucaristía y que hoy, de una manera especial, evocamos?

Quiero señalar dos características —no son las únicas, pero quizás las más significativas— que marcan la diferencia, una diferencia esencial. El sacrificio de Cristo es universal, ofrecido por toda la humanidad, sin excepciones: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos». El amor de Dios se ha derramado, de una forma única, en la cruz de Cristo. Y esta oblación es eterna: «una vez para siempre»; trae consigo «la promesa de la herencia eterna» (segunda lectura). La universalidad y la definitividad la definen.

La Palabra de Dios hecha carne en Jesús nos recuerda esta evidencia de amor sobreabundante de Dios. No podemos, no tenemos derecho, a permanecer impasibles ante esta realidad. Hemos de compartirla con todos, la hemos de convertir en la brújula de nuestra vida personal y comunitaria.

lunes, 9 de abril de 2018

Domingo III de Pascua - Lc 24,35-48

Continuamos con las diversas escenas de la resurrección que nos narran los evangelios. El texto de este domingo es la continuación de la narración del encuentro de Jesús resucitado con los dos discípulos que volvían a Emaus. Ellos son los que cuentan a los otros discípulos que han reconocido a Jesús resucitado en la «fracción del pan», nombre con el que se designa en los evangelios a la eucaristía.

Cuando están comentando estas cosas Jesús se hace presente, pero les cuesta reconocerle. Jesucristo con su resurrección ha entrado en una nueva realidad: es Él mismo (les muestra las manos y los pies, les pide de comer, etc.); pero ya no pertenece a este mundo (no le reconocen, se presente en medio de ellos, etc.). Es el misterio de la resurrección.

Él les «abre el entendimiento» para comprender las Escrituras, la Palabra de Dios. Y cómo su vida, pero también su muerte y resurrección responden a la respuesta amorosa de Dios, que se concreta, se hace comprensible a través de su Palabra.

La Eucaristía y la Palabra de Dios se convierten en dos «lugares» privilegiados para reconocer a Jesús, para entender su mensaje, para comprometerse en la «buena noticia» del Reino. «Vosotros sois testigos de esto» les dice Jesús a los discípulos de entonces y a los de ahora.

lunes, 26 de marzo de 2018

Jueves Santo - Jn 13,1-15

El Jueves santo celebramos la última cena de Jesús con sus discípulos, antes de su muerte. Y el evangelio que nos propone para este día la liturgia es el de la escena de Jesús lavando los pies de sus seguidores.

El evangelista quiere subrayar el sentido profundo de esta cena que nosotros actualizamos en cada eucaristía. Lo nuclear, lo definitivo es el amor: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» Es un amor que no se para ante el sacrificio de la propia vida. Jesús nos ha amado, nos ama así. El seguimiento de Jesús implica entrar en esta dinámica, la del amor. Si no nuestra participación en el culto, en la eucaristía es un sin sentido, algo vacío.

No sé si estaríamos dispuestos, por amor, a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Seguramente no nos encontraremos en esta circunstancia. Pero lo que sí es seguro que tenemos oportunidades continuamente de demostrar ese amor en cosas más sencillas, más cotidianas. ¿Estamos dispuestos a ser servidores de los otros, lavándoles los pies, por ejemplo? El amor se muestra en lo cotidiano: en la actitud real de servicio, en buscar que el otro o la otra sean felices, en hacer propias las necesidades materiales o espirituales del próximo, etc. Jesús es claro y contundente: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» 

martes, 21 de noviembre de 2017

Jesucristo, Rey del universo, ciclo A - Mt 25,31-46

El domingo de la festividad de «Jesucristo, rey del universo» escuchamos el evangelio del Juicio final, que nos narra Mateo de una forma magistral. La actitud que es alabada o denunciada, en quien la ha vivido o en quien la ha ignorado, es repetida –según el estilo semita– hasta cuatro veces. El narrador quiere que quede profundamente grabada en los lectores-oyentes. No podemos obviarlo cuando leamos y/o oigamos este texto.

El juicio consiste en señalar o acusar la conducta que tuvimos ante el ser humano necesitado (hambriento, sediento, forastero o inmigrante, sin ropa, enfermo, encarcelado…). Jesús se identifica con cada hombre y cada mujer que padece estas carencias, con cada persona que es rechazada, marginada o ignorada socialmente. Allí está Jesús. No seremos juzgados por haberle reconocido o no a Él en estas circunstancias («¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel?», responden tanto unos como otros), sino en cómo hemos acogido o rechazado a las personas que necesitaban nuestra ayuda.

Lo nuclear en el mensaje de Jesús no es el culto, no es el ir a misa los domingos, sino el amar, el hacer propias las necesidades del prójimo; de esto es de lo que seremos juzgados. El culto, la eucaristía, la plegaria sólo tienen sentido si nos tomamos en serio que nos anuncian, nos interpelan a vivir esta actitud irremplazable.

martes, 13 de junio de 2017

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - Jn 6,51-58

Las lecturas de la festividad de este domingo nos hablan de alimento, de pan, de bebida, de verdadera comida… Pero todas ellas tienen presente una realidad más profunda que el simple significado material de estas palabras. Las del Antiguo Testamento (primera lectura y salmo responsorial) relacionan el pan con la Palabra de Dios, y cómo ésta es el único alimento que sacia de verdad el «hambre y la sed» de sentido que anida en el corazón humano. La primera carta a los Corintios (segunda lectura) y el evangelio nos sugieren el tema de la Eucaristía, la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino eucarísticos.

Pablo recordará que este pan y este vino nos posibilitan el entrar en «comunión» con el cuerpo y con la sangre de Cristo; pero también con la comunidad eclesial convocada para comer «todos del mismo pan». Y el evangelio añadirá que esta comunión es prenda de eternidad, de vida sin fin. 

De tal forma que la invitación de la liturgia de hoy, a través de las lecturas bíblicas, es triple: nos insta a llenarnos de la Palabra de Dios, fuente de sentido para la vida; a participar de la Eucaristía con la conciencia que es manantial inagotable de eternidad y, la tercera, es una consecuencia práctica, a construir la unidad, bajo el fundamento de las dos realidades anteriores.

lunes, 24 de abril de 2017

Domingo III de Pascua - Lc 24,13-35

Este domingo escucharemos una de las páginas más hermosas del evangelio. Tres personajes sobresalen en la narración: Jesús, Cleofás (uno de los dos discípulos de Emaús) y otro personaje del que no se indica el nombre (¿María, la esposa de Cleofás?). Los dos discípulos que caminan hacia Emaús vuelven de Jerusalén cabizbajos, decepcionados, apenados, desesperanzados… Y se encuentran con Jesús, pero no lo reconocen.

Jesús les descubre las Escrituras, les muestra cómo la Palabra de Dios preanuncia al Mesías y la suerte que le tocará vivir: su pasión y muerte, pero también su triunfo sobre la muerte, su resurrección. Ellos, al llegar a su destino, acogen a este forastero que les acompaña, para que no siga de camino sin luz del día o encuentre problemas dónde pasar la noche: sin saberlo están dando cobijo a Jesús. Y sentados a la mesa lo reconocen en la «fracción del pan». Jesús desaparece y ellos vuelven a Jerusalén, desandando su recorrido, para anunciar a la comunidad el gozo inmenso de la resurrección de Jesús y de la forma cómo lo han reconocido. 

La narración es una auténtica catequesis eucarística: arde el corazón de ellos escuchando la Palabra de Dios, lo reconocen en la «fracción del pan» (uno de los nombres con los que se denomina a la Eucaristía en el Nuevo Testamento), pero antes han practicado la hospitalidad, el amor desinteresado con quien lo necesita, y ese alguien resulta que es Jesús. Y, como consecuencia, la necesidad de proclamar la «buena noticia» de la resurrección, olvidándose incluso de las dificultades, como podría ser el caminar ya anochecido.

martes, 18 de abril de 2017

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31

El tema de la paz es una constante en el evangelio de este segundo domingo de Pascua. Jesús comunica en tres ocasiones la paz a sus discípulos: «Paz a vosotros». Y junto a esta paz singular que trae Jesús están la fe («dichosos los que crean sin haber visto»), el perdón amoroso («a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados») y la alegría plena («se llenaron de alegría al ver al Señor»). Constituyen todo un elenco de dones que Jesús da gratuitamente a todo aquel o aquella que participa del regalo de su resurrección. Dones que son más preciosos que el oro, como afirmará el autor de la primera carta de Pedro, referido a la fe (segunda lectura), pero que se puede hacer extensivo al resto de dones. No sé hasta qué punto somos conscientes de esta realidad y la gozamos personal y, sobre todo, comunitariamente.

La primera lectura, de los Hechos de los apóstoles, nos narra lo que ha significado la vivencia de estas realidades en la primera comunidad cristiana. Se ha traducido en testimonio ante el mundo de unidad, de compartir, de alegría, de oración, de participación en la Eucaristía, de escucha atenta de la Palabra de Dios…

Toda la liturgia de este día nos invita a vivir con intensidad esta misma experiencia. ¡Vale la pena!

lunes, 10 de abril de 2017

Jueves santo - Jn 13,1-5

Los acontecimientos de la primera «semana santa» transcurren en un contexto pascual, la celebración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud (primera lectura): la Pascua judía. 

Jesús inaugurará una nueva Pascua, en la que la liberación de toda esclavitud, del mal, del pecado será definitiva y universal. E igual que el acontecimiento pascual judío es conmemorado con una cena familiar, en un entorno cúltico, la muerte y resurrección de Jesús es actualizado alrededor de una mesa (segunda lectura y evangelio), en cada eucaristía.

La última cena de Jesús con sus discípulos es vivida en la comunidad eclesial cada vez que nos reunimos como hermanos, hijos del mismo Padre, en la Eucaristía.

La narración del evangelio de este jueves santo nos facilita las pistas de las actitudes necesarias para participar plenamente del encuentro fraternal que es la celebración de la «Cena del Señor»: amor y servicio. El amor de Jesús llega «hasta el extremo», hasta dar la vida por nosotros; pero también hasta el extremo de ponerse a servir, a «lavarnos los pies», él que es «el Maestro y el Señor».

No tenemos excusa para no tomarnos en serio la actitud de Jesús, proceder que necesariamente ha de ser la de cada discípulo y cada discípula suyos: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

martes, 7 de febrero de 2017

Domingo VI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,17-37

Continuamos con el sermón de la montaña, un auténtico discurso programático de Jesús. En el fragmento que escuchamos (leemos) hoy afirmará que no ha venido a reemplazar lo que está escrito en el Antiguo Testamento (Moisés y los Profetas) sino a «darle su verdadero sentido», su sentido más pleno.

Por este motivo llena de contenido cada uno de los mandamientos que podemos leer en las Escrituras hebreas. El mandamiento «no matarás» no significa, no implica sólo la prohibición de quitar la vida a un semejante. Jesús va mucho más lejos: si me enojo contra mi hermano, si lo insulto, si lo humillo, si lo injurio… no estoy viviendo según el espíritu de la Palabra salvífica de Dios. Y es que aquel o aquella contra quien estoy actuando es mi hermano, es mi hermana, es hijo, hija de Dios. No es tan importante lo que está mandado o prohibido sino la actitud: la actitud de amor que es más fuerte que cualquier mandato.

Esa forma de actuar, de vivir condiciona toda mi religiosidad. Si no estoy dispuesto a perdonar, a amar, a respetar al otro, si no me reconcilio con mi hermano, con mi hermana (cada uno de mis semejantes) no puedo participar del culto eclesial, no puedo compartir la eucaristía. Por tanto he de ponerme en paz con mi hermano, dirá Jesús, antes de acercarme a dar culto a su Padre, a mi Padre, a Dios.

martes, 16 de agosto de 2016

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 13,22-30

En el evangelio de hoy a la pregunta «Señor, ¿serán pocos los que se salven?», Jesús no responde ni que sí ni que no; al menos eso es lo que parece en una primera lectura. En un lectura más reposada nos daremos cuenta que son muchos –mejor, todos– los que estamos invitados al banquete del Reino: «vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentaran a la mesa en el reino de Dios».

Pero, hay más matices en la respuesta de Jesús. Jesús habla de esfuerzo: la salvación es un don gratuito, pero exige de nosotros una respuesta, una respuesta de amor, de amor de donación, de amor desinteresado... En mi tierra se dice, con frecuencia: «obras son amores y no buenas razones».

Y Jesús continúa, en un discurso que tiene mucho ver con el juicio final: «Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”». No es difícil descubrir que está hablando de muchos que han participado de la mesa del pan de vida y de la mesa de la palabra de Dios –hoy diríamos de la Eucaristía–, pero que no son reconocidos como dignos del Reino de Dios. No es suficiente una vida de oración y de sacramentos, si en nosotros no hay un cambio definitivo, radical... No nos está pidiendo ser ni superman ni superwoman, sino algo más sencillo, pero más esencial: que toda nuestra vida y todos nuestros actos estén informados por el amor.

lunes, 23 de mayo de 2016

El Cuerpo y la Sangre de Cristo - Lc 9,11b-17

En el evangelio de este domingo Jesús quiere implicar a los discípulos en el «milagro» de la multiplicación de los panes y de los peces. La acción de Dios se realiza a través de individuos concretos.

Hay un grupo importante de personas que siguen a Jesús: están hambrientos de la Palabra de Dios que sale de su boca. Están tan entusiasmadas por las palabras y las acciones de Jesús que hasta se olvidan de comer. Algunos de entre los más íntimos, los Doce, se percatan que no tienen comida para tanta gente; se mueven aún según una perspectiva muy limitada: no tenemos suficiente, hace falta mucho dinero, son demasiados...

Jesús les muestra otro camino, el del servicio, confiando plenamente en los planes de Dios, en la Palabra de Jesús: «Dadles vosotros de comer»; [...] los partió (los panes) y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. La forma de actuar de Jesús con frecuencia desconcierta; pero hemos de fiarnos (tener fe), y se produce el milagro, con abundancia (sobraron doce cestos). 

La narración nos evoca, sin muchos esfuerzos, la Eucaristía, donde Jesús se entrega no a unos cuantos si no a todos como el auténtico alimento que sacia el corazón humano. Palabra de Dios y Eucaristía aparecen íntimamente unidas.

martes, 5 de abril de 2016

Domingo III de Pascua - Jn 21,1-19

Jesús resucitado se hace el encontradizo con los discípulos, vemos en el evangelio de hoy. Será su Palabra la que hará posible una pesca abundante, también el que no se rompa la red. La misión que ha encomendado a sus discípulos sólo es posible a partir de la Palabra de Jesús. En su Palabra eficaz el discípulo amado –todos somos el discípulo amado– reconoce al Señor. Es Jesús el que también les ofrece alimento, participa con ellos de un banquete sencillo. Dos «lugares» de encuentro con Jesús: su Palabra y la comida fraternal, que fácilmente nos evoca la Eucaristía.

Y añadirá un tercer elemento, que ya está insinuado en los anteriores: el amor de donación. La tarea que encarga a Pedro, apacentar, pastorear sus corderos y sus ovejas, sólo tiene sentido desde el amor, desde el servicio, desde la donación desinteresada. Pedro deberá pasar la prueba del amor, sólo en este crisol quedará probada su idoneidad como dirigente de la comunidad. Una capacidad que tiene mucho más de servicio que de poder, de entrega que de imposición, de amor entrañable que de exigencias...

La centralidad de la Palabra de Dios, la participación fraternal en la Eucaristía, los diversos carismas entendidos siempre como servicio nos marcan el camino de la misión que Jesús ha encomendado a sus discípulos, a su Iglesia.

viernes, 25 de marzo de 2016

Domingo de Pascua de Resurrección, ciclo C - Lc 24,13-35

La escena de Jesús con los discípulos de Emaús (Cleofás y… ¿su esposa María?) es una de las más bellas del evangelio. Estos dos discípulos marchan de Jerusalén decepcionados, sus esperanzas frustradas: «nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves…», han asesinado nuestra esperanza. Les falta fe, les falta amor, por eso no tienen esperanza.

El encuentro con un desconocido va a cambiar su perspectiva. A nadie pasa desapercibida la catequesis eucarística implícita en la narración. El desconocido les explica las Escrituras, les invita a «leer» en la Palabra de Dios el plan divino de salvación; les ofrece ver con otros ojos el proyecto de Dios materializado en la persona de Jesús. La Biblia leída – escuchada así abre nuevas perspectivas, posibilita la fe, entusiasma: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Cuando llegan a Emaús el desconocido se despide de ellos, pero los discípulos no le permiten que continúe solo el camino; está anocheciendo y no es prudente seguir caminando una persona solitaria. La hospitalidad, el amor les va a permitir acoger al mismo Jesús, sin ellos saberlo. Y lo reconocerán en la «fracción del pan», en la Eucaristía. Jesús sale de la escena, y ellos sin demora vuelven a Jerusalén, aunque es de noche, para comunicar a todos su experiencia del Resucitado. Todo ha cambiado en sus vidas. ¿Así vivimos nosotros y nosotras la Eucaristía dominical?

lunes, 21 de marzo de 2016

Jueves Santo - Jn 13,1-15

Lugar de la última cena, Jerusalén
El evangelio de este domingo nos habla de amor, de amor hasta el extremo, de amor sin límites. La escena se desarrolla en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, en la despedida antes de ir al Padre a través de su muerte en cruz.

Como suele ser habitual, sus amigos más cercanos no entienden el signo de Jesús. No comprenden cómo el Señor puede lavarles los pies. La acción de lavar los pies era un trabajo propio de los siervos o esclavos. Por eso Pedro se resiste: cómo él, que es un discípulo, va a ser servido por Jesús, su Señor. ¡No es lógico!. No puede admitir esa humillación en el Maestro y Señor. No pueden entenderlo: nunca el superior sirve al inferior; nunca el poderoso se rebaja al súbdito; nunca el que manda se abaja hasta el que obedece; nunca el que es Maestro y Señor lava los pies del discípulo. Jesús rompe esta lógica.

Y pide a sus discípulos que ellos también rompan con esa lógica: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» El mensaje de Jesús exige renunciar a las ansias de poder, de prestigio, de dominio y, por el contrario, estar siempre dispuestos a servir a los demás. No tenemos nada que ver con Jesús si no estamos dispuestos a aceptar este estilo de vida.


domingo, 20 de diciembre de 2015

La Natividad del Señor - Jn 1,1-18

El evangelio que nos propone la liturgia para la eucaristía del día de la Natividad es el prólogo del evangelio de Juan. Aunque este evangelista, a diferencia de Mateo y de Lucas, no narra propiamente el nacimiento de Jesús. Su relato lo inicia mucho más atrás, lo retrotrae al principio de la creación, al origen de todo lo creado. En ese instante original la Palabra está junto a Dios, más aún, «la Palabra es Dios». Y esa Palabra es Jesús. La Palabra de Dios –como subrayaba el sínodo de los obispos sobre la Palabra– tiene un rostro, y ese rostro es Jesucristo.

La Palabra ha venido al mundo, se ha hecho presente entre nosotros, es de los nuestros. Esto es lo que celebramos cada Navidad, lo que rememoramos en cada eucaristía, lo que constatamos cuando leemos, meditamos y oramos con la Biblia. Aunque el peligro siempre está presente: «el mundo no la conoció». El mundo no son los otros; también es posible esta afirmación entre los que nos llamamos sus discípulos: «los suyos no la recibieron».

No estamos ante una Navidad más. Tenemos la oportunidad única de cambiar nuestras vidas, de hacerlas más acordes con el mensaje de Jesús, con los valores del Reino. Cuantas cosas cambiarían a nuestro alrededor si nos tomásemos en serio la propuesta de Jesús. La Palabra de Dios «acampó entre nosotros»; que no pase desapercibida como aquel vecino o compañero que ni siquiera conozco por su nombre y/o no sé nada de él.

jueves, 13 de agosto de 2015

Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,51-58

Continuamos 
–éste es ya el cuarto domingo– con el tema de Jesús «pan de vida». En el evangelio de hoy se subraya el aspecto eucarístico. Jesús se nos da como alimento y como bebida en cada Eucaristía. Invita a todos, a todas a participar de esta realidad: «el que come este pan vivirá para siempre.» Es el pan de vida, el pan de vida eterna, sin fin.

La Eucaristía nos permite pregustar lo que será la vida eterna, participar de ella, anticiparla en cierta manera. Y para ello, Jesús se valdrá de dos elementos cotidianos: el pan y el vino. El pan es la comida de todos, también de los pobres; es un alimento de todas las mesas. Es un alimento sencillo y cotidiano. Jesús se quiere identificar con él. Es un alimento para compartir, en el que se hace presente la entrega hasta la muerte de Jesús.

El vino es otro tipo de alimento, algo distinto del pan. Es, en toda la cultura mediterránea, la bebida festiva. En la mesa de los pobres sólo se bebía vino en las fiestas. La Eucaristía es también festividad, celebración. Jesús se ha querido valer de estas dos realidades para «hablarnos» de sacrificio, de amor, de donación, de fiesta, de vida, de eternidad. La vida cristiana es una invitación a vivir y compartir estas realidades en plenitud.