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jueves, 1 de noviembre de 2018

Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 12,28b-34

Texto del Shema, en hebreo
La primera lectura, del libro del Deuteronomio, prepara la respuesta de Jesús en el evangelio de este domingo. A la pregunta sobre cuál es el primer mandamiento, Jesús responderá con el inicio de la oración del Shema que todo judío religioso repite, al menos, dos veces al día, a la mañana y al atardecer: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» Es como si Jesús le dijese: estás rezándolo cada día y no terminas de darte cuenta que eso es lo nuclear, lo realmente importante, el fundamento de toda la existencia. También a nosotros nos puede pasar que de tanto repetir el Padrenuestro hayamos olvidado que Dios es nuestra Padre amoroso, al que debemos amor por encima de todo.

La segunda parte de la respuesta es una consecuencia lógica. Un amor a Dios que no se materializa en un amor concreto al prójimo es una quimera, es autoengaño, es hipocresía.

martes, 23 de octubre de 2018

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,46-52

La súplica que el ciego Bartimeo dirige a Jesús: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí», que leemos-escuchamos en el evangelio del domingo, ha pasado a ser una de las oraciones principales entre los cristianos orientales (y no sólo entre ellos) y es conocida como la «oración del corazón» u «oración del nombre de Jesús». Se repite reiterativamente, de forma letánica, al ritmo de los latidos del corazón. Es una oración que nace de la confianza en Jesús y produce una gran paz interior.

Nuestro personaje, en la narración, interpela persistentemente a Jesús. Está convencido que Jesús puede curarle. Por eso, cuando éste le llama, abandona todo lo que le ata a su situación anterior, «soltó el manto», y lo hace con toda prontitud, «dio un salto y se acercó a Jesús» Su gran fe, su plena confianza, su oración insistente… han hecho posible el «milagro»

Jesús ha hecho que «vea» y no sólo en un sentido físico. Su recobrar la vista se ha convertido en seguimiento de Jesús: «recobró la vista y lo seguía por el camino». Hemos de descubrir la fuerza de la oración, la confianza en la acción de Dios. El Señor es Alguien próximo, que nos ama hasta el extremo.

martes, 16 de octubre de 2018

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,35-45

La pretensión de los hijos del Zebedeo, de Santiago y Juan, que nos narra el evangelio dominical, es de entonces, de ahora y de siempre. Les gusta, nos gusta, el poder y el reconocimiento social; es humano. El resto, del grupo de los Doce, se indignan contra ellos, pero en el fondo pretenden lo mismo o parecido.

En la comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús no deben ser así las cosas. Eso es lo que les (nos) intenta explicar Jesús. Y afirma: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» Es paradójica la aseveración de Jesús. Manifiesta a la comunidad de los discípulos que el papel de «grande», de dirigente en la comunidad nada tiene que ver con la forma de entenderlo habitualmente. No es poder, ni prestigio, ni privilegios, ni nada parecido.

Los que tienen o pretenden alguna responsabilidad en la comunidad han de ser quienes están a su servicio, más aún, los que se consideran –y  son literalmente– esclavos de todos. La autoridad así entendida no tiene nada de atrayente, al menos humanamente. Pero es la que pide Jesús, la que Él vivió: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

lunes, 8 de octubre de 2018

Domingo XXVIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,17-30

Siempre me ha llamado la atención la escena del evangelio de este domingo: uno que pregunta a Jesús sobre la vida eterna. Hoy sería difícil encontrar a alguien que hiciese esa pregunta. Aunque seguramente la cuestión la podríamos reformular a un lenguaje más actual: ¿qué puedo hacer para que mi vida tenga sentido?; ¿cómo puedo ser feliz?; ¿qué valor tiene la existencia?; ¿para qué complicarse la vida, si «esto» son dos días?

Es posible que algunos respondamos a Jesús también de forma similar al de nuestro personaje de la narración: «yo ya soy una buena persona»; «ya me preocupo de mi familia, de los míos e incluso de ayudar a los demás»; «contribuyo económicamente con una ONG»… Y Jesús también nos mirará con cariño, con un amor sincero.

Pero aún falta algo para conseguir la vida eterna, para que nuestras vidas no estén vacías, para que nuestra existencia no sea un ir «tirando» o un «sinsentido». Jesús nos pide que le sigamos, que hagamos nuestra opción existencial, como lo hizo Él. Nuestro corazón aún está dividido entre el amor a las cosas, a lo que poseemos, a nuestras seguridades, al dinero y el seguimiento de Jesús. Sabemos (intelectualmente) que sólo en Jesús y en los valores que predicó encontraremos la felicidad, pero no nos terminamos de fiar (existencialmente). Hemos de dar el paso.

lunes, 1 de octubre de 2018

Domingo XXVII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,2-16

El evangelio de este domingo presenta dos escenas distintas, pero complementa-rias. La primera es una controversia de los fariseos con Jesús por el tema del divorcio; mientras en la segunda, los protagonistas de la polémica son los discípulos, a raíz de que algunos/as (seguramente sus padres) quieren que Jesús bendiga a unos niños.

En ambos casos Jesús –como es habitual– se pondrá de parte del más débil, del más indefenso, del que socialmente tiene menos derechos. La mujer, en la sociedad judía de la época, quedaba en una situación de desamparo cuando el esposo la repudiaba, condenada en muchos casos a la pobreza más extrema o incluso la prostitución, si no tenía familiares que se hiciesen cargo de ella (cosa que ocurría con frecuencia). Jesús reivindica el plan original de Dios, en la creación, en que hombre y mujer han sido creados con igual dignidad y derechos, el uno para el otro.

Los niños, por otro lado, eran los últimos en la escala social. No tenían ningún derecho, ni eran tenidos en cuenta ni social ni religiosamente, hasta que llegaban a la mayoría de edad; aparte del altísimo índice de mortalidad infantil. Jesús se enojará con los discípulos por menospreciarlos. Y afirmará categóricamente: «Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él»

Nuestra forma de ser y de actuar personal y eclesial ha de estar en la línea de Jesús, si no nos hemos equivocado de Maestro. 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,38-43.45.47-48

En la línea de los textos del evangelio de Marcos leídos en los anteriores domingos, los discípulos no acaban de comprender el mensaje de Jesús. 

Esta vez la polémica viene porque han encontrado a alguien que actuaba en nombre de Jesús, pero «no es de los nuestros». Tienen una mirada estrecha; defienden sus intereses de grupo por encima de todo, incluso de los gestos de bondad, si quien los realiza es alguien extraño a la comunidad. La perspectiva de Jesús no admite esas estrecheces de miras. El don del Reino de Dios no es excluyente, nada tiene que ver con grupismos, aunque sean eclesiales. Todos, todas están llamados a participar de la «Buena Noticia» de Jesús.

El mensaje de Jesús es inclusivo, abierto a todos y a todas: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro» Jesús advierte contra una eclesialidad que ve enemigos en cualquiera que piensa distinto; incapaz de descubrir bondad, «ráfagas» del amor de Dios en alguien que no es de los nuestros. Hemos de cambiar nuestra forma de ver las cosas, de juzgar a las personas. Podemos encontrar «semillas» del Reino donde y en quien menos nos pensamos.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 8,27-35

Comentábamos la semana pasada el temor de Jesús a la incomprensión de su mesianismo, de su misión, de su predicación, de sus acciones sanadoras. Y, por eso, pregunta, a sus discípulos, a los más íntimos, por la opinión que la gente tiene de Él.

Las respuestas son diversas, quizás insuficientes, pero todas positivas: no debemos menospreciar las opiniones sobre Jesús entre algunos jóvenes o entre muchas personas de nuestro entorno actual por el hecho de ser insuficientes; son un primer paso.

Aunque a Jesús lo que realmente le interesa es la respuesta de sus discípulos. La contestación vendrá de labios de Pedro, quien representa la opinión del colectivo: «Tú eres el Mesías» Pero, ¿verdaderamente, los discípulos han entendido a Jesús?; ¿han alcanzado a percibir el alcance de su reconocimiento como Mesías? El narrador tiene interés en señalar que no. La reacción de Pedro, intentando apartar a Jesús de su final trágico, consecuencia de su predicación y de su forma de actuar, es prueba de que no han comprendido nada.

La figura de Jesús, el seguirlo, también hoy produce equívocos e incomprensiones. El ser cristiano implica poner «toda la carne en el asador», comprometer la existencia en la «buena noticia» predicada y vivida por Jesús. Y no siempre es fácil.

martes, 4 de septiembre de 2018

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,31-37

En el evangelio de este domingo encontramos dos temas muy frecuentes en todo el evangelio de Marcos: el mandato de Jesús de guardar silencio, después de una acción extraordinaria y, por contraste, la proclamación insistente del hecho por parte de la persona beneficiada, no haciendo caso de la advertencia de Jesús.  

El llamado «secreto mesiánico», que no es otra cosa que la insistencia de Jesús en no hacer publicidad de sus hechos prodigiosos, responde a la sospecha de que no sea bien entendido su mesianismo. El mensaje de Jesús no se puede confundir con una fe «milagrera». Sus milagros no son magia, no buscan impresionar a los presentes, no intentan demostrar nada; responden al poder de Dios puesto al servicio del ser humano necesitado. Lo nuclear es la imagen de un Dios misericordioso, solidario con el dolor humano. Por eso, Jesús se acerca a los enfermos y los atiende, los escucha, los cura; como lo hará con todos los pobres y marginados.

Pero quien ha sido acogido por Jesús; quien ha experimentado su fuerza sanadora; el que ha percibido que Dios le ama personalmente no puede callar, aunque se lo pida el mismo Jesús. La proclamación del don de Dios, experimentado en la propia vida, responde a un corazón agradecido. No podemos guardar silencio si Dios ha actuado en nuestras vidas. ¡Y lo ha hecho!

martes, 28 de agosto de 2018

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,1-8.14-15.21-23

Después de unas cuantas semanas escuchando el capítulo 6 del evangelio de Juan, volvemos a Marcos, el evangelio principal del ciclo litúrgico B, en este año.

El evangelista nos presenta una controversia entre algunos fariseos y Jesús. En esta ocasión el tema es la impureza legal. Jesús contrapone esta impureza a la que proviene de un corazón impuro. No es la apariencia exterior, lo que haga ante los demás, lo que hace a un hombre o a una mujer justos, es su actitud interior.

El tema, que será un lugar común en prácticamente todos los profetas de la Biblia, es que no son los actos rituales los que nos hacen mejores. Un culto que no responde a una forma de vivir es algo vacío, fatuo.

El corazón, en la antropología bíblica, es el lugar de las decisiones, además del de los sentimientos. Estas decisiones han de nacer de un corazón puro, en el que no caben la injusticia, el fraude, el mal, el pecado…, afirmará Jesús. Y todo esto es más importante que unas practicas rituales, por muy buenas y muy santas que sean. La crítica profética no es un rechazo del culto, nada más lejos; es subordinar el culto –algo bueno y necesario– a la justicia y al bien.

martes, 21 de agosto de 2018

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,60-69

Continuamos con el capítulo 6 del evangelio de Juan que inauguramos el último domingo de julio: multiplicación de los panes y de los peces, Jesús «pan de vida», Jesús eucaristía que se entrega por todos, etc.

Este domingo el evangelista afirmará que no todos entienden el mensaje de Jesús, incluso entre sus discípulos, entre sus seguidores: «muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él», lo encuentran duro, difícil. Esta es una circunstancia que se repetirá muchas veces, también en nuestros días. En cuantas ocasiones sentimos cierto complejo a la hora de manifestarnos como cristianos en nuestros ambientes de ocio, de amistad, de trabajo… No siempre estamos plenamente convencidos que la sociedad actual de la tecnología, de la ciencia, de la informática, de Internet, de la globalización, etc., de la que formamos parte sea compatible con nuestra fe, con asistir a la eucaristía dominical, con nuestras creencias religiosas. ¡No cuadra! Sentimos, o podemos sentir, cierto complejo: ¿no estaremos equivocados?; ¡todo el mundo piensa de otra manera!; ¿porqué yo he de ser distinto/a?

La respuesta de Simón Pedro es un reto a nuestras vidas: «Tú tienes palabras de vida eterna.» ¿Yo también creo que la Palabra de Jesús es vida eterna? ¿Estoy persuadido/a que sin Jesús mi vida, nuestra vida es un sinsentido?: «Señor, ¿a quién vamos a acudir?»

miércoles, 15 de agosto de 2018

Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,51-58

Continuamos –éste es ya el cuarto domingo– con el tema de Jesús «pan de vida». En el evangelio de hoy se subraya el aspecto eucarístico. Jesús se nos da como alimento y como bebida en cada Eucaristía. Invita a todos, a todas a participar de esta realidad: «el que come este pan vivirá para siempre.» Es el pan de vida, el pan de vida eterna, sin fin.

La Eucaristía nos permite pregustar lo que será la vida eterna, participar de ella, anticiparla en cierta manera. Y para ello, Jesús se valdrá de dos elementos cotidianos: el pan y el vino. El pan es la comida de todos, también de los pobres; es un alimento de todas las mesas. Es un alimento sencillo y cotidiano. Jesús se quiere identificar con él. Es un alimento para compartir, en el que se hace presente la entrega hasta la muerte de Jesús.

El vino es otro tipo de alimento, algo distinto del pan. Es, en toda la cultura mediterránea, la bebida festiva. En la mesa de los pobres sólo se bebía vino en las fiestas. La Eucaristía es también festividad, celebración. Jesús se ha querido valer de estas dos realidades para «hablarnos» de sacrificio, de amor, de donación, de fiesta, de vida, de eternidad. La vida cristiana es una invitación a vivir y compartir estas realidades en plenitud.

martes, 7 de agosto de 2018

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,41-51

Continúan los diálogos y discusiones con respecto a Jesús, después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio de hace dos domingos); no comprenden –o no quieren comprender– que Jesús sea el «pan de vida» (domingo pasado).

Jesús aprovechará para ofrecerles –para ofrecernos– una catequesis alrededor de dos ideas centrales y complementarias: la Palabra y la Eucaristía.

La primera es sobre la Palabra. Invita a sus interlocutores a leer, a escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, recuerda lo que han dicho los profetas; invita a escuchar «lo que dice el Padre»; apremia a creer en la Palabra de Dios: «tiene vida eterna». El que «escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí», afirmará. Es escuchar y aprender; es escuchar y llevar la Palabra a la vida. La Palabra nos habla de Jesús, nos acerca a Jesús.

Y es que Jesús es el «pan vivo», segunda imagen de su catequesis. Jesús se ofrecerá en sacrificio de amor por todos los hombres y todas las mujeres. Y esa realidad de amor inconmensurable se actualiza en cada eucaristía. Es una realidad de amor y de vida: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» No podemos separar estas dos realidades, la Palabra y la Eucaristía: una nos lleva a la otra y viceversa. Ambas juntas –en nosotros y con nosotros– son capaces de cambiar la sociedad, el mundo, de cambiarnos.

martes, 31 de julio de 2018

Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,24-35

Después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio del domingo pasado) la gente busca a Jesús que con sus discípulos ha marchado en barca a Cafarnaún. Y allí lo encuentran.

Pero Jesús les echa en cara que lo buscan sólo porque han saciado su estómago, porque les ha solucionado el problema de ese día. Y la «Buena Noticia» de Jesús es mucho más que eso. El «Maestro» no está negando la importancia de los bienes materiales: Él se ha compadecido de ellos cuando no tenían para alimentarse. Pero quiere que amplíen su perspectiva. Les ofrece «salvación», «vida». El ser humano, en el fondo, busca respuestas existenciales, tiene «hambre y sed» de sentido. Las cosas, por muy importantes que sean, no colman esta necesidad, no dejan satisfecho.

Jesús les ofrece el «pan de Dios», el único que «da vida al mundo»; sólo este pan es capaz de saciar. La persona humana, todos y todas estamos buscando –a veces incluso sin saberlo– respuestas, sentido: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús es la respuesta, la solución definitiva; Él lo afirmará: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

miércoles, 25 de julio de 2018

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
El domingo leeremos-escucharemos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.

lunes, 16 de julio de 2018

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,30-34

Las prisas, el estrés, el deseo de resultados (y si son inmediatos, mejor) nos pueden quitar la tranquilidad, nos roban la paz.  Algo de esto también les pasaba a los discípulos de Jesús: «eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer»

Jesús no quiere estas «intranquilidades» Se lleva a los discípulos a «un sitio tranquilo a descansar un poco»; a un «lugar tranquilo y apartado». Sabe que las prisas y los agobios no son los mejores compañeros de viaje. No podemos perder nunca esta perspectiva. Necesitamos personal y comunitariamente tiempo y lugares de sosiego. Uno de los «pecados» de nuestra sociedad actual es el activismo, también eclesialmente; pensamos que todo consiste en hacer cosas y cuanto más, mejor. El evangelio de hoy nos sugiere otro enfoque: momentos de descanso, de tranquilidad también son necesarios; ¡junto a Jesús!, como los discípulos.

No siempre es fácil. De hecho, Jesús y los discípulos se encuentran que la gente les ha seguido, se les ha adelantado: ¿adiós al sosiego? Jesús no puede «pasar» de estas personas, de tanta gente que busca una respuesta para sus vidas. Pero sí puede «dejar aparcadas» las prisas, la desazón, el desasosiego: «se puso a enseñarles con calma». Toda una lección de saber hacer.

martes, 10 de julio de 2018

Domingo XV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,7-13

En el evangelio de este domingo Jesús encomienda al grupo de los Doce la primera misión apostólica. Los envía «de dos en dos». Es mucho más fácil cualquier encargo misionero, apostólico, catequético… cuando cuentas con la ayuda de alguien, cuando tienes la posibilidad de compartir alegrías y adversidades, éxitos y fracasos. También posibilita el testimonio comunitario, eclesial. No podemos perder nunca de vista que nuestra labor no puede ser nunca individualista, la perspectiva eclesial es ineludible.

La tarea que les encarga Jesús es la de predicar y la de curar las enfermedades del cuerpo y del alma. La palabra siempre ha de ir acompañada de gestos. Los gestos, los hechos también «hablan» de la buena noticia del Reino. Una vida que nos responde a lo que se predica no convence. La preocupación por las necesidades del prójimo siempre ha formado parte del anuncio evangélico; con una unión indisoluble.

Y un tercer aspecto resalta el narrador del evangelio: la pobreza de medios. Llevan «para el camino un bastón y nada más» Con frecuencia nos frenamos en muchos proyectos porque no tenemos medios, porque «así no podemos». El mensaje de Jesús, como casi siempre, va en otra dirección.

martes, 3 de julio de 2018

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,1-6

Sinagoga de Nazaret
Jesús, según la costumbre judía, asiste a la liturgia de la sinagoga del sábado, junto con sus discípulos. Después de las lecturas bíblicas, Jesús, seguramente en pie, como era costumbre, comenta dichos textos, y lo hace con una sabiduría, con una profundidad, con una novedad que produce admiración entre los que lo escuchan.

Pero esta admiración parece que no es general. Hay un grupo, sin duda muy influyente, que busca desacreditar a Jesús. Se preguntan, o mejor preguntan públicamente, en qué es diferente Jesús a los demás, para arrogarse una dignidad que según ellos no le corresponde. Cómo va a ser el Mesías un artesano manual, el hijo de una mujer sencilla, que todos conocen, igual que conocen al resto de su familia. Produce escándalo la pretensión de Jesús.

Jesús se asombra de la incredulidad, de la falta de fe de sus paisanos. Es imposible que se manifieste la acción de Dios, a través de él, cuando no hay fe. Sus compatriotas no entienden que Dios se muestre en lo sencillo, en la humildad, en lo simple. María, su madre, pertenece a la categoría de los sencillos, de los simples, de los pequeños. Por esta razón la mencionan los que quieren desacreditar a Jesús en esta escena: «¿No es éste... el hijo de María?». Con esta pregunta –y con el resto de interpelaciones– pretenden afrentar, ofender a Jesús, desacreditarlo. Pero nada más lejos de conseguir lo que pretenden. María, igual que Jesús, precisamente por su simplicidad, por su humildad, por su fe sencilla, pero profunda, es un auténtico icono de la acción de Dios.

jueves, 28 de junio de 2018

Domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 5,21-43

El evangelio dominical nos presenta cómo Jesús cura a dos mujeres: una de ellas que padecía perdidas de sangre desde hacía doce años, y una niña gravemente enferma, de doce años (que comienza a hacerse mujer). Es obvio que el narrador quiere unir los dos personajes, no sólo por introducir un relato en medio del otro. Las dos protagonistas son mujeres; las dos están relacionadas por el número doce; ambas son motivo de impureza legal: una por el tema de la sangre y la otra porque la enfermedad la lleva a la muerte.

Jesús rompe con estos condicionamientos sociales. Les devuelva a una y a otra la salud y, más importante, las reintegra en el mundo social y religioso que las marginaba, les devuelve su dignidad de personas que les habían negado. La opción de Jesús siempre es por los más necesitados, oponiéndose o ignorando los tabúes sociales que marginan a tantas personas. Las mujeres eran uno de los colectivos que más sufría la exclusión social, y Jesús apuesta por ellas. Se les acerca con amor, las libera de todo aquello que las oprime, las convierte en discípulas en situación de igualdad con los discípulos varones. 

Esa actitud del Maestro también nos interpela a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. Nos hemos de preguntar: ¿cuáles son nuestras opciones?

lunes, 18 de junio de 2018

La Natividad de Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán
La primera lectura, del profeta Isaías, es un relato de vocación. Una narración en la que el autor quiere subrayar cómo la elección de Dios, su llamada, ya se hace presente, en cierta manera, desde el seno materno. La festividad de hoy quiere recordarnos esto con respecto a Juan Bautista, el precursor de Jesús (segunda lectura).

En la misma perspectiva, el evangelio nos presenta el nacimiento del Bautista, un nacimiento en el que todos los presentes ―de una manera o de otra― reconocen la elección de este niño: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él»

¿Esta llamada, la elección es exclusiva de personajes importantes como el profeta Isaías o Juan Bautista? ¡No!, rotundamente ¡no! Cada uno de nosotros y de nosotras hemos sido llamados, elegidos por Dios, desde el seno materno, más aún, desde el principio del mundo, desde toda la eternidad. Ya entonces Dios nos amaba personalmente: te amaba, me amaba; nos ama.

Nuestra vida ha de responder a esa llamada personal. La labor que Dios espera de ti, de cada uno de nosotros y de nosotras, es insustituible, nadie puede hacerla más que tú. Será más importante o menos importante a los ojos de la gente, pero para Dios es única. No debo, no puedo eludir mi responsabilidad en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.