Mostrando entradas con la etiqueta Bautista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bautista. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de junio de 2018

La Natividad de Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán
La primera lectura, del profeta Isaías, es un relato de vocación. Una narración en la que el autor quiere subrayar cómo la elección de Dios, su llamada, ya se hace presente, en cierta manera, desde el seno materno. La festividad de hoy quiere recordarnos esto con respecto a Juan Bautista, el precursor de Jesús (segunda lectura).

En la misma perspectiva, el evangelio nos presenta el nacimiento del Bautista, un nacimiento en el que todos los presentes ―de una manera o de otra― reconocen la elección de este niño: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él»

¿Esta llamada, la elección es exclusiva de personajes importantes como el profeta Isaías o Juan Bautista? ¡No!, rotundamente ¡no! Cada uno de nosotros y de nosotras hemos sido llamados, elegidos por Dios, desde el seno materno, más aún, desde el principio del mundo, desde toda la eternidad. Ya entonces Dios nos amaba personalmente: te amaba, me amaba; nos ama.

Nuestra vida ha de responder a esa llamada personal. La labor que Dios espera de ti, de cada uno de nosotros y de nosotras, es insustituible, nadie puede hacerla más que tú. Será más importante o menos importante a los ojos de la gente, pero para Dios es única. No debo, no puedo eludir mi responsabilidad en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.

martes, 16 de enero de 2018

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 1,14-20

«dejaron la barca y lo siguieron»
El evangelio de este domingo nos cuenta que las cosas se están poniendo difíciles para Jesús. Juan Bautista ha sido arrestado y peligra su vida. Jesús marcha para Galilea proclamando la «Buena Noticia» del Reino, no puede dejar de predicar, para eso ha sido enviado. 

Por el camino va llamando e incorporando a un puñado de seguidores; les llama personalmente. Son individuos con nombres propios: Simón, Andrés, Santiago, Juan. La respuesta de estos primeros discípulos no se hace esperar, lo dejan todo y le siguen, «marcharon con él». La figura de Jesús debía ser fascinante, su mensaje seductor, para que con una simple invitación, «venid conmigo», respondan con esa diligencia.

Resulta fácil aplicar lo que narra el evangelista al momento actual, a las personas y grupos de nuestras comunidades cristianas. Estoy convencido que también hoy reconocemos mujeres y hombres que responden con una generosidad similar a estos primeros seguidores de Jesús. En muchas ocasiones no son los que ocupan puestos «importantes», pero siempre se puede contar con ellos.

El mensaje, la persona de Jesús sigue entusiasmando a mucha gente: hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Hemos de revisar si quizás somos la «gente de Iglesia» los que presentamos un Jesús poco atractivo, porque no terminamos de estar convencidos de la fuerza de su persona y de su Palabra.

lunes, 8 de enero de 2018

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 1,35-42

Río Jordán, donde bautizaba Juan Bautista
Juan Bautista continuará con la misma actitud de humildad, que ya descubrimos el domingo pasado. Él no se predica a si mismo como hacen otros, comentábamos. Quiere que todos sigan a Jesús, incluso aunque eso signifique que a él lo dejen solo.

Es curioso que el narrador recuerde incluso la hora, «serían las cuatro de la tarde», de un encuentro que ha marcado la vida, la existencia de los primeros seguidores de Jesús. El encuentro con Jesús, si es auténtico, deja una huella imborrable.

También llama la atención la forma en que los diversos personajes conocen a Jesús. Los dos primeros son a iniciativa de su antiguo maestro Juan Bautista. Andrés, uno de estos dos, invita a su hermano Pedro a que conozca al Mesías. Si siguiésemos leyendo el texto veríamos aumentar esta cadena de invitaciones de unos a otros a encontrarse con Jesús.

La experiencia de Jesús ha sido, es indescriptible. Es tan extraordinaria la impresión de quienes la han experimentado que sienten la necesidad de compartirla con otros. «Hemos encontrado al Mesías… Y lo llevó a Jesús» No pueden guardarse para ellos solos aquello que perciben que les llena el corazón de gozo.

Nosotros, nosotras, tú, yo… ¿experimentamos esta necesidad gozosa de llevar a Jesús a los demás, de proclamar los valores del Reino, de compartir esta gran noticia?

viernes, 5 de enero de 2018

Celebración de «El Bautismo del Señor», ciclo B - Mc 1,7-11

Las manifestaciones de Dios suelen ser más sencillas de lo que imaginamos o incluso desearíamos. En la narración del evangelio de este domingo encontramos dos personajes humanos, Juan Bautista y Jesús (Jesús, además de hombre, es el Hijo de Dios) y dos divinos, el Espíritu Santo y Dios-Padre. Juan es un hombre humilde, no se predica a si mismo, como hacen otros; él es un mensajero, el anuncia a alguien más grande, al Mesías, a Jesús, y afirma «yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Jesús, por su parte, se presenta como uno más ante el Bautista, para ser bautizado.

La escena siguiente no es tan aparatosa como parece, desde una lectura precipitada y pueril. El Espíritu santo baja sobre Jesús, de la misma forma que baja una paloma cuando está volando, y la «voz» del Padre avala la labor que inicia el Hijo. Seguramente sólo es perceptible para los que tienen fe, entre los que están, lógicamente, Jesús y Juan Bautista. Dios quiere, una vez más, mostrar el amor que nos tiene. Envía a su Hijo para que todos los seres humanos nos reconozcamos como hermanos. Y esta nueva etapa de salvación, la definitiva, se inicia de una forma simple, sencilla, aunque, al mismo tiempo, de una gran intensidad teológica.

A nosotros nos gusta más el «espectáculo», lo ruidoso, lo llamativo… La forma de actuar de Dios, de Jesús es otra.

martes, 12 de diciembre de 2017

Domingo III de Adviento, ciclo B - Jn 1,6-8.19-28

El evangelista Marcos, el domingo pasado, nos hablaba de Jesús «buena noticia», este domingo, el evangelio de Juan, nos presentará a Jesús como «luz del mundo». De Él Juan el Bautista da testimonio. Ante la magnitud del misterio de Jesús, sólo podrá afirmar «no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Pero señalará también una nueva actitud que se une a las contempladas los dos domingos anteriores (vigilancia y cambio de vida): «allanad el camino del Señor», citando al profeta Isaías.

El verbo, la acción allanar implica en unas ocasiones rellenar y en otras aplanar; suplir las carencias y rebajar los salientes que estorban; en concreto, facilitar el camino. Ésta es una condición necesaria para recibir al Señor que viene. En nuestra vida y en las de los que nos rodean hay situaciones, estilos de vida que dificultan, o incluso que pueden imposibilitar que la «buena noticia» de Jesús «cale». Hemos de convertirnos en otros «bautistas» que preparan, que allanan el camino del Señor. Él se quiere hacer presente, nos ofrece su amor infinito de manera incondicional. Pero no siempre estamos dispuestos a recibir el amor de Dios que Jesús nos ofrece. Cuantas veces no queremos amar ni dejamos que nos amen con nuestra soberbia, nuestro egoísmo e incluso nuestros complejos (de inferioridad o de superioridad, que para el caso es lo mismo). Eso es lo que hay que «allanar».

martes, 17 de enero de 2017

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 4,12-23

Las circunstancias violentas del encarcelamiento de Juan Bautista empujarán a Jesús a establecerse «en Cafarnaún, junto al lago (de Galilea)». Dios también se vale incluso de las injusticias humanas para hacer posible su plan salvífico. Decía santa Teresa de Jesús: «Dios escribe recto en renglones torcidos».

La primera predicación de Jesús y los primeros relatos de vocación el evangelista los sitúa en este contexto. Jesús llama a la conversión, al cambio de vida, «porque está cerca el reino de los cielos»: una situación nueva exige una actitud nueva. 

La Buena Noticia del Reino implica la liberación del mal, de todo mal, de toda injusticia; significa estar atento e involucrarse en las necesidades del prójimo, en las «dolencias del pueblo», «curarlas» a ejemplo del Maestro. Y para eso Jesús llama a sus primeros seguidores, a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan...; como nos llama a cada uno de nosotros y de nosotras. Es una llamada a predicar, a vivir, a testimoniar la proximidad del Reino de Dios, en el que no habrá más injusticia, donde será respetada la dignidad de todos y de cada uno/a, en donde todos serán hermanos/as, hijos e hijas del único Padre común. Ellos «dejaron (barca, familia, ocupaciones, etc.)... y le siguieron». ¿Qué estoy yo dispuesto a dejar para hacer posible la cercanía del Reino?

martes, 10 de enero de 2017

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo A - Jn 1,29-34

Juan Bautista da testimonio de Jesús: el importante, el definitivo es Jesús, el Hijo de Dios. No le afecta perder «clientes» para que sigan a Jesús. Juan no se predica a si mismo, con apariencias de piedad.

Lo primordial es la voluntad de Dios, aunque se olviden de mí. Nos cuesta entender esto: nos gusta que nos reconozcan, la «palmadita en la espalda», que hablen bien de nosotros... Y si no lo hacen nos duele y caemos en la crítica fácil. En el fondo nos buscamos más a nosotros mismos que el hacer el bien desinteresado o la evangelización sin recompensa inmediata. La actitud del Bautista es bien distinta.

Jesús es quien trae la liberación definitiva, también de nuestros egoísmos y egocentrismos. Él es la respuesta definitiva a la búsqueda de sentido del ser humano. Estamos llamados a dar testimonio de esta realidad y a proclamarlo explícitamente (salmo responsorial): «He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes»

El mal del mundo es derrotado en la acción liberadora de Jesús, ésta es la proclamación de Juan Bautista. Ésta ha de ser nuestra convicción, nuestro anuncio, el testimonio de nuestra vida.

viernes, 6 de enero de 2017

El Bautismo del Señor - Mt 3,13-17

Río Jordán
Jesús se presenta en el Jordán, ante Juan Bautista, como uno más, «para que lo bautizara». En este acto sencillo, humilde, se produce una gran teofanía –la manifestación de Dios trinitario–, la Palabra del Padre avalando la misión del Hijo, de Jesús, y la acción del Espíritu Santo que desciende del cielo y se hace presente también en Jesús.

Las palabras y las acciones de Jesús en toda su vida pública, que se inicia con el bautismo a orillas del Jordán –episodio al mismo tiempo sencillo  y sublime–, van a estar caracterizadas por un respeto exquisito por las circunstancias concretas de cada persona, con una atención especial a los débiles, a los sencillos, a los humildes, como nos recuerda la profecía mesiánica de Isaías (primera lectura): «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará». A ellos y a todos ofrecerá una «Buena Nueva» de salvación, de liberación.

Los gestos y el mensaje de Jesús nos interpelan al cristiano y a la cristiana actuales, no sólo para cambiar de actitud personal sino, sobre todo, para contrastar nuestra relación con los demás: ¿responde a un respeto delicado a sus limitaciones, diferencias, carencias, etc.? ¿Sus problemas, dificultades, angustias, necesidades..., las vivo como propias?

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Domingo III de Adviento, ciclo A - Mt 11,2-11

En el evangelio de este domingo se nos narra cómo Juan Bautista, desde la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar por la identidad de Jesús. ¿Responde a las esperanzas del pueblo o no? Jesús no replica con un discurso cargado de razones, de argumentos; les invita a observar y a escuchar. Su respuesta es una invitación a percibir cómo el poder misericordioso de Dios actúa en él, a favor del ser humano necesitado (ciegos, inválidos, leprosos, sordos, etc.) y, al mismo tiempo, a escuchar la Palabra de Dios, la Buena Noticia del Reino de Dios, proclamada a los pobres, a aquellos que son capaces de escucharla y vivirla.

Pero hay otra forma de «ver» que dificulta e incluso imposibilita descubrir la acción de Dios en los acontecimientos cotidianos: la curiosidad malsana, el cotilleo, el ansia de novedades... : «¿Qué salisteis a contemplar...? ¿Qué fuisteis a ver...?»

La vida del seguidor o seguidora de Jesús, personal y comunitariamente, debe responder de forma similar a como lo hizo Jesús a los enviados del Bautista. El testimonio de una existencia al servicio de los demás y la centralidad de la Palabra de Dios –vivida, compartida y proclamada– ha de ser nuestro distintivo. La respuesta a las aspiraciones humanas más profundas –también hoy– está en Jesús. Nuestra vida debe mostrar el camino para encontrarle.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Domingo II de Adviento, ciclo A - Mt 3,1-12

Río Jordán
El evangelio de hoy, a través de la predicación de Juan Bautista, proclama la necesidad de cambiar de vida, de actitudes, de criterios: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos», como condición imperiosa para preparar la venida del Señor. Juan, recordando la profecía mesiánica de Isaías, invita a todos a «allanad sus senderos», a preparar adecuadamente la venida del Señor.

Jesús se hará presente, una vez más, pero puede pasar para mí desapercibido: un año más, una fiesta más, una nueva celebración..., pero nada cambia en mi vida personal, familiar, social, comunitaria.

Nos puede pasar como a los fariseos y saduceos que el Bautista instiga: que no demos «el fruto que pide la conversión», que nos hagamos ilusiones por lo que somos o, peor aún, por lo que tenemos.

El Bautista invita a un cambio de perspectiva: sólo desde la humildad, desde la sencillez es posible acoger al Jesús que viene a nuestro encuentro, el Reino de los cielos que está verdaderamente cerca, en medio de nosotros. Sólo el humilde es capaz de ver en el otro a su hermano, a su hermana. Sólo el sencillo descubre en las realidades cotidianas el rostro de Jesús.

lunes, 20 de junio de 2016

Natividad de san Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán
Hoy celebramos el nacimiento de Juan el Bautista. La venida al mundo de un nuevo ser humano es normalmente motivo de gran alegría. En el nacimiento del Bautista comparten este gozo con sus padres los vecinos y parientes. Pero no todos son conscientes, aunque algunos intuyen en él algo especial, de que ha sido elegido por Dios, desde el vientre materno, para una importante misión: ser el precursor del Mesías, anunciar la inauguración del Reino de Dios en Jesús.

La madre, el padre, la familia, los amigos y conocidos se preguntan con frecuencia ante un bebé recién nacido, como en el caso de Juan Bautista: «¿Qué va a ser este niño?»

Cada uno de nosotros ha sido elegido personalmente por Dios. Dios espera mucho de ti. Y la cuestión no es que seas capaz de cosas extraordinarias. Con facilidad lo extraordinario dura poco, es como los fuegos artificiales: mucho ruido, mucha vistosidad, pero todo acaba demasiado rápido. Lo importante es que lo ordinario, lo cotidiano lo vivamos desde la perspectiva de Dios. Me explico: el plan de Dios significa que todos los seres humanos se reconozcan como hermanos, hijos de un mismo Padre. Y esto implica respeto por el otro, preocupación por sus necesidades y problemas, ponerse en la piel del otro...; y hacerlo de forma sencilla.

jueves, 7 de enero de 2016

Bautismo del Señor - Lc 3,15-16.21-22

Juan Bautista tiene claro que el centro de la predicación no es él mismo, es Jesús, el Mesías, de quien no se siente digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. Lo realmente importante no es su prestigio personal, sino que todos experimenten la salvación de Dios que se hace presente en la persona de Jesús.

Su bautismo con agua, de penitencia, es signo de otro bautismo mayor: Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. El agua purifica, lava, es símbolo de purificación interior, pero mucho más lo es el fuego que abrasa toda impureza, acompañado de la acción de Dios a través de su Espíritu, transformando todas las cosas.

El pueblo está en expectación y Jesús se presenta como uno más, sin estridencias: se pone en la cola de los que van a recibir el bautismo de penitencia de Juan. Pero su gesto de sencillez recibirá una respuesta del cielo, un aval divino: el cielo se abre –Dios se manifiesta, se reanuda la relación directa con su pueblo, pueblo de Dios– y se hace presente el Espíritu Santo que baja a la tierra, a las mujeres y a los hombres, igual que baja una paloma, y Dios-Padre proclama el amor de predilección que tiene por su Hijo. Un amor que se hace extensivo a todos los seres humanos, a través de su Hijo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Domingo IV de Adviento, ciclo C - Lc 1,39-45

Iglesia de la Visitación
El personaje principal del evangelio de este domingo es María, la madre de Jesús. La escena transcurre entre dos mujeres, María e Isabel. Aunque no son los dos únicos personajes de la trama. Aparte de Zacarías, mencionado secundariamente como titular de la casa de Isabel, están los dos niños que llevan ambas en sus vientres y el Espíritu Santo. Es importante reconocer el papel de cada uno de estos personajes en la narración.

En la presentación de María llama la atención la cantidad de verbos, de acciones que el narrador utiliza para describir su papel en la escena: se puso en camino; fue aprisa; entró; saludó… Describen a una persona puesta al servicio de los demás; que no se arredra ante las dificultades; decidida; una persona para los demás. Quizás, por esta razón, el evangelista no duda en otorgarla la primera bienaventuranza de su evangelio: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» Su fe inquebrantable, su fiarse de Dios, se traduce en servicio, desde la «escucha» atenta de las necesidades ajenas. Por eso Dios la ha elegido como madre de su Hijo.

 Isabel, su parienta, también es testigo de la acción de Dios. Es receptora de la ayuda de María. Pero, sobre todo, sabe «leer» en los acontecimientos cotidianos la acción poderosa y amorosa de Dios. Su hijo, que después será conocido como Juan el Bautista, «saltó de alegría» en su vientre. El Dios de Jesús es el Dios de la alegría, del gozo. Será el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, quien hará posible toda la grandeza de esta escena. Es un hacer silencioso, pero eficaz, sobre todo para las personas abiertas a Él.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Domingo III de Adviento, ciclo C - Lc 3,10-18

Río Jordán, lugar del ministerio del Bautista
La pregunta que la gente hace a Juan Bautista, en el evangelio de hoy, es la pregunta existencial, es el interrogante de entonces y de ahora, formulado de diferentes maneras: «¿Entonces, qué hacemos?»

Las respuestas del Bautista no se parecen a las «recetas» de los «gurús» actuales, excesivamente centradas en el individuo. Son indicaciones aparentemente sencillas, pero que en el fondo responden a un estilo de vida, suponen un cambio de criterios.

Hay una interpelación  que va dirigida a todos, sin excepción, es la de compartir: reparte con el otro, comparte, tú que tienes, «con el que no tiene». No puedes vivir tranquilo si tú posees, pero hay tantos seres humanos a tu alrededor sin ropa, sin que llevarse a la boca, sin posibilidad de vivir con dignidad…

La llamada a cambiar de vida, a prepararse a recibir a Jesús, no conoce fronteras de ningún tipo; está dirigida a todos sin excepción; es incluyente. En la escena evangélica están representados los recaudadores de impuestos, los militares, la gente en general, el pueblo. La «Buena Noticia» de salvación que traerá el Mesías es para todos.

Pero, en nuestra vida de cristianos y cristianas acomodados nos seguimos preguntado: «¿Entonces, qué hacemos?», mientras esperamos la venida de Jesús.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Domingo II de Adviento, ciclo C - Lc 3,1-6

El evangelista Lucas nos encuadra cronológica e históricamente la escena. Lo hace desde la perspectiva universal y política (el Imperio romano y los diversos gobiernos locales), y desde la religiosa (el Sumo sacerdote del Templo de Jerusalén). El proyecto de Dios, la historia de la salvación, se realiza en el tiempo y en la historia humanos, transformándolos.

La figura de Juan Bautista es esencial en este tiempo de Adviento, de espera. Él invita a «preparar el camino del Señor». Aunque corre el peligro de convertirse en una voz ahogada, ignorada, sólo «una voz que grita en el desierto»

Haciéndose eco del clamor profético de Isaías proclama la exigencia de cambio radical para poder recibir al Señor: unas veces significará allanar, aplanar, enderezar, igualar (en cuantas ocasiones en nuestra vida hay asperezas, malas formas, peor carácter, somos con frecuencia retorcidos...); otras comportará descender, abajarse (falta sencillez, cuanta prepotencia, nos sentimos superiores a los otros...); pero también procederá en alguna ocasión elevarse (dejarse de complejos, somos hijas e hijos de Dios, tenemos una dignidad indiscutible...).

La liturgia de este tiempo de Adviento invita a cambiar de vida, pero no de una manera superficial, sino profunda.

lunes, 22 de junio de 2015

La Natividad de san Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán,
lugar del ministerio de Juan Bautista
La primera lectura, del profeta Isaías, es un relato de vocación. Una narración en la que el autor quiere subrayar cómo la elección de Dios, su llamada, ya se hace presente, en cierta manera, desde el seno materno. La festividad de hoy quiere recordarnos esto con respecto a Juan Bautista, el precursor de Jesús (segunda lectura).

En la misma perspectiva, el evangelio nos presenta el nacimiento del Bautista, un nacimiento en el que todos los presentes ―de una manera o de otra― reconocen la elección de este niño: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él»

¿Esta llamada, la elección es exclusiva de personajes importantes como el profeta Isaías o Juan Bautista? ¡No!, rotundamente ¡no! Cada uno de nosotros y de nosotras hemos sido llamados, elegidos por Dios, desde el seno materno, más aún, desde el principio del mundo, desde toda la eternidad. Ya entonces Dios nos amaba personalmente: te amaba, me amaba; nos ama.

Nuestra vida ha de responder a esa llamada personal. La labor que Dios espera de ti, de cada uno de nosotros y de nosotras, es insustituible, nadie puede hacerla más que tú. Será más importante o menos importante a los ojos de la gente, pero para Dios es única. No debo, no puedo eludir mi responsabilidad en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.

martes, 20 de enero de 2015

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 1,14-20

«dejaron la barca y lo siguieron»
El evangelio de este domingo nos cuenta que las cosas se están poniendo difíciles para Jesús. Juan Bautista ha sido arrestado y peligra su vida. Jesús marcha para Galilea proclamando la «Buena Noticia» del Reino, no puede dejar de predicar, para eso ha sido enviado. Por el camino va llamando e incorporando a un puñado de seguidores; les llama personalmente. Son individuos con nombres propios: Simón, Andrés, Santiago, Juan. La respuesta de estos primeros discípulos no se hace esperar, lo dejan todo y le siguen, «marcharon con él». La figura de Jesús debía ser fascinante, su mensaje seductor, para que con una simple invitación, «venid conmigo», respondan con esa diligencia.

Resulta fácil aplicar lo que narra el evangelista al momento actual, a las personas y grupos de nuestras comunidades cristianas. Estoy convencido que también hoy reconocemos mujeres y hombres que responden con una generosidad similar a estos primeros seguidores de Jesús. En muchas ocasiones no son los que ocupan puestos «importantes», pero siempre se puede contar con ellos.

El mensaje, la persona de Jesús sigue entusiasmando a mucha gente: hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Hemos de revisar si quizás somos la «gente de Iglesia» los que presentamos un Jesús poco atractivo, porque no terminamos de estar convencidos de la fuerza de su persona y de su Palabra.

martes, 13 de enero de 2015

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 1,35-42

Río Jordán
Juan Bautista continuará con la misma actitud de humildad, que ya descubrimos el domingo pasado. Él no se predica a si mismo como hacen otros, comentábamos. Quiere que todos sigan a Jesús, incluso aunque eso signifique que a él lo dejen solo.

Es curioso que el narrador recuerde incluso la hora, «serían las cuatro de la tarde», de un encuentro que ha marcado la vida, la existencia de sus primeros seguidores. El encuentro con Jesús, si es auténtico, deja una huella imborrable.

También llama la atención la forma en que los diversos personajes conocen a Jesús. Los dos primeros son a iniciativa de su antiguo maestro Juan Bautista. Andrés, uno de estos dos, invita a su hermano Pedro a que conozca al Mesías. Si siguiésemos leyendo el texto veríamos aumentar esta cadena de invitaciones de unos a otros a encontrarse con Jesús.

La experiencia de Jesús ha sido, es indescriptible. Es tan extraordinaria la impresión de quienes la han experimentado que sienten la necesidad de compartirla con otros. «Hemos encontrado al Mesías… Y lo llevó a Jesús» No pueden guardarse para ellos solos aquello que perciben que les llena el corazón de gozo.

¿Nosotros, nosotras, tú, yo… experimentamos esta necesidad gozosa de llevar a Jesús a los demás, de proclamar los valores del Reino, de compartir esta gran noticia?

miércoles, 7 de enero de 2015

El Bautismo del Señor - Mc 1,7-11

Las manifestaciones de Dios suelen ser más sencillas de lo que imaginamos o incluso desearíamos. En la narración del evangelio de hoy encontramos dos personajes humanos, Juan Bautista y Jesús (Jesús además de hombre es el Hijo de Dios) y dos divinos, el Espíritu Santo y Dios-Padre. Juan es un hombre humilde, no se predica a si mismo, como hacen otros; él es un mensajero, el anuncia a alguien más grande, al Mesías, a Jesús, y afirma «yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Jesús, por su parte, se presenta como uno más ante el Bautista, para ser bautizado.

La escena siguiente no es tan aparatosa como parece, desde una lectura precipitada y pueril. El Espíritu santo baja sobre Jesús, de la misma forma que baja una paloma cuando está volando, y la «voz» del Padre avala la labor que inicia el Hijo. Seguramente sólo es perceptible para los que tienen fe, entre los que están, lógicamente, Jesús y Juan Bautista. Dios quiere, una vez más, mostrar el amor que nos tiene. Envía a su Hijo para que todos los seres humanos nos reconozcamos como hermanos. Y esta nueva etapa de salvación, la definitiva, se inicia de una forma simple, sencilla, aunque, al mismo tiempo, de una gran intensidad teológica.

A nosotros nos gusta más el «espectáculo», lo ruidoso, lo llamativo… La forma de actuar de Dios, de Jesús es otra.

martes, 9 de diciembre de 2014

Domingo III de Adviento, ciclo B - Jn 1,6-8.19-28

El evangelista Marcos, el domingo pasado, nos hablaba de Jesús «buena noticia», hoy, el evangelio de Juan, nos presentará a Jesús como «luz del mundo». De Él Juan el Bautista da testimonio. Ante la magnitud del misterio de Jesús, sólo podrá afirmar «no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Pero señalará también una nueva actitud que se une a las contempladas los dos domingos anteriores (vigilancia y cambio de vida): «allanad el camino del Señor», citando al profeta Isaías.

El verbo, la acción «allanar» implica en unas ocasiones rellenar y en otras aplanar; suplir las carencias y rebajar los salientes que estorban; en concreto, facilitar el camino. Ésta es una condición necesaria para recibir al Señor que viene. En nuestra vida y en las de los que nos rodean hay situaciones, estilos de vida que dificultan, o incluso que pueden imposibilitar que la «buena noticia» de Jesús «cale». Hemos de convertirnos en otros «bautistas» que preparan, que allanan el camino del Señor. Él se quiere hacer presente, nos ofrece su amor infinito de manera incondicional. Pero no siempre estamos dispuestos a recibir el amor de Dios que Jesús nos ofrece. Cuantas veces no queremos amar ni dejamos que nos amen con nuestra soberbia, nuestro egoísmo e incluso nuestros complejos (de inferioridad o de superioridad, que para el caso es lo mismo). Eso es lo que hay que «allanar».