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martes, 22 de mayo de 2018

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Mt 28,16-20

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Dios es único (primera lectura) pero, al mismo tiempo, es comunidad amorosa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; y amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Y esta realidad nos interpela a nosotros, la comunidad cristiana. Estamos invitados a vivir el misterio del amor trinitario de Dios, a compartir este amor con todos. Somos «hijos de Dios» (segunda lectura) y como hijos e hijas debemos participar del amor único de Dios, nuestro Padre. La unidad debe ser nuestro estandarte, nuestra bandera, aunque, eso sí, sin confundirla nunca con la uniformidad; respetando y amando también la diversidad, las diferencias del otro.

Convencidos que nada hay mejor para la humanidad que este mensaje de amor, de respeto, de unidad. Por eso, el evangelio nos invita a proclamarlo, a predicarlo a «todos los pueblos», a todas las personas, con nuestra palabra aunque, sobre todo, con nuestros gestos, con nuestras vidas. Jesús se queda entre nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo»: es nuestro consuelo, nuestra fuerza, quien hace posible que nos empeñemos y no desfallezcamos en esta empresa.

martes, 15 de mayo de 2018

Pentecostés - Jn 20,19-23

La venida del Espíritu Santo conmemoramos este domingo. Jesús ha muerto y ha resucitado; lo han experimentado sus discípulos y discípulas más próximos. Pero tienen miedo, un miedo que los paraliza, y están escondidos, «con las puertas cerradas».

La presencia de Jesús les tranquiliza, les llena de alegría, les produce paz. Jesús les da el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo». La situación ha cambiado radicalmente. El Espíritu ha producido el «milagro».

Les faltaba fe, como a nosotros nos pasa con frecuencia. Porque lo contrario a la fe no es la increencia sino el miedo. El miedo anula las facultades de decisión y raciocinio. El miedo es angustia ante un riesgo real o hipotético. El miedo es ante todo una falta de confianza. ¿De confianza en qué o en quién? En este caso es falta de confianza en la Palabra de Jesús.

Cuando la Palabra de Dios no es lo central en nuestra vida personal, familiar, comunitaria…, nuestra fe se está quebrando; nos falta alegría, paz, capacidad de perdón. Observamos nuestro alrededor con desconfianza, con miedo.

¡Recibamos el don del Espíritu Santo con los brazos abiertos! Él —si nos dejamos― cambiará nuestras vidas y nuestras comunidades; nos quitará el temor que nos paraliza.

lunes, 29 de enero de 2018

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 1,29-39

Iglesia construida sobre la casa de
Pedro y Andrés en Cafarnaún
Jesús sigue predicando y sanando. Sus palabras se corresponden con sus acciones, por eso convence. Comunica la Palabra de Dios, la «Buena Noticia» del Reino y, al mismo tiempo, cura y sirve a todos los que se cruzan en su camino. No busca la fama ni el elogio, por eso no se queda en un lugar fijo. Tiene clara su misión, «para eso he salido», afirmará, y recorre toda Galilea predicando y dando muestras del amor entrañable de Dios. Su fuerza nace de la oración: «se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar». Pero su oración no es un escapismo que le aparte de la misión, sino el impulso para llevarla a cabo.

La Palabra de Dios es eficaz, capaz de cambiar las cosas, de invertir esta sociedad injusta. La actitud de Jesús es la garantía, la promesa de que es posible. Los cristianos nos hemos de convencer de esta realidad. Tenemos que salir de nuestro pesimismo y victimismo. La historia, el mundo, la humanidad están en las manos de Dios. Quien mueve la historia es el Espíritu Santo. ¡Hemos de convencernos y ser más optimistas, más luchadores (en el buen sentido de la palabra)!

Jesús inauguró una nueva forma de entender las relaciones humanas, donde ninguna persona es inferior a otra, donde cada ser humano es hermano del otro, donde todos y todas son respetados por si mismos, no por lo que tienen o aparentan. Embarquémonos en esta tarea, ¡ya! Y dejemos de quejarnos.

viernes, 5 de enero de 2018

Celebración de «El Bautismo del Señor», ciclo B - Mc 1,7-11

Las manifestaciones de Dios suelen ser más sencillas de lo que imaginamos o incluso desearíamos. En la narración del evangelio de este domingo encontramos dos personajes humanos, Juan Bautista y Jesús (Jesús, además de hombre, es el Hijo de Dios) y dos divinos, el Espíritu Santo y Dios-Padre. Juan es un hombre humilde, no se predica a si mismo, como hacen otros; él es un mensajero, el anuncia a alguien más grande, al Mesías, a Jesús, y afirma «yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Jesús, por su parte, se presenta como uno más ante el Bautista, para ser bautizado.

La escena siguiente no es tan aparatosa como parece, desde una lectura precipitada y pueril. El Espíritu santo baja sobre Jesús, de la misma forma que baja una paloma cuando está volando, y la «voz» del Padre avala la labor que inicia el Hijo. Seguramente sólo es perceptible para los que tienen fe, entre los que están, lógicamente, Jesús y Juan Bautista. Dios quiere, una vez más, mostrar el amor que nos tiene. Envía a su Hijo para que todos los seres humanos nos reconozcamos como hermanos. Y esta nueva etapa de salvación, la definitiva, se inicia de una forma simple, sencilla, aunque, al mismo tiempo, de una gran intensidad teológica.

A nosotros nos gusta más el «espectáculo», lo ruidoso, lo llamativo… La forma de actuar de Dios, de Jesús es otra.

martes, 8 de agosto de 2017

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 14,22-33

Después de la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, el evangelista sitúa a Jesús –después de despedir a la gente– pasando la noche, solo, en oración. Para Jesús la plegaria es una necesidad vital; todo su obrar nace de su íntima relación con el Padre. No es que siempre esté rezando, pero necesita la frecuencia de la oración para hacer, para actuar, para ponerse al servicio de los demás.

La siguiente escena nos habla del miedo como la actitud contraria a la fe. El que tiene fe se fía, confía. Lo contrapuesto es el miedo, la falta de confianza, la desesperanza. Cuantos miedos externos y/o internos nos paralizan, nos dificultan, nos imposibilitan vivir y compartir la alegría de la «buena noticia» de Jesús. Miedo a los cambios, miedo a lo que piensen los demás, miedo a las dificultades, miedo a la sociedad, al mundo, miedo a un ambiente hostil, miedo al futuro, miedo a la libertad (la propia y la de los demás). Jesús nos ofrece su mano, nos anima: «no tengáis miedo».

La mujer y el hombre de fe se fían de Jesús, saben que la Iglesia, la sociedad, el mundo, la humanidad están en las manos de Dios y no pueden estar en mejores manos. Confían en que es el Espíritu Santo quien dirige la historia y que ésta sólo puede ir hacia adelante, hacia su destino definitivo. Y lo hacen desde una actitud profunda de oración, una oración que les compromete la existencia.

martes, 6 de junio de 2017

Solemnidad de la Santísima Trinidad - Jn 3,16-18

«Tres personas distintas y un solo Dios verdadero»: así define la Iglesia la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, ¿qué me dice a mí, una persona del siglo XXI esta verdad tan complicada de entender?

Los textos de las lecturas de este domingo nos hablan de un «Dios compasivo y misericordioso» (primera lectura); un «Dios del amor y de la paz» (segunda lectura); un Dios que tanto nos ha amado que ha entregado a su Hijo único, por nuestra salvación (evangelio). La respuesta, lógicamente, está en la Palabra de Dios: Dios se define por ser amor, un amor activo, un amor sin límites, un amor entrañable, un amor incondicional…

La Trinidad divina es esencialmente amor. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; pero amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Esta realidad tan sublime invita a la comunidad eclesial a experimentarla en la medida de sus posibilidades: es posible vivir la unidad profunda, en la Iglesia y en la sociedad; sin confundirla nunca con la uniformidad. Nuestras diferencias han de enriquecernos, no ser motivo de conflictos. Pero esta unidad que respeta siempre al otro, a la otra, sólo puede nacer del amor, a imagen del Dios trinitario.

lunes, 29 de mayo de 2017

Domingo de Pentecostés, ciclo A - Jn 20,19-23

Cenáculo, Jerusalén
Tanto el libro de los Hechos de los apóstoles (primera lectura) como el evangelio de hoy nos muestran a la primera comunidad de seguidores de Jesús como un grupo de gente con miedo: encerrados y temerosos. Un acontecimiento nuevo va a cambiar esencialmente la situación. La venida del Espíritu Santo convertirá el miedo en paz, en alegría, en generosidad en el perdón, en osadía en la predicación, en la utilización de un lenguaje por todos comprensible… Es la respuesta de Jesús a su promesa de no dejarles nunca solos.

Pentecostés es un grito de esperanza, de unidad, de sana audacia. El Espíritu reparte sus dones –también hoy– para el bien común: de la comunidad eclesial y de la sociedad en general (cf. segunda lectura). Todos y cada uno/a estamos llamados a participar de este festival del Espíritu. 

No podemos eludir esta llamada personal y, sobre todo, eclesial de poner todos nuestros dones –por el hecho de ser dones, recibidos – a trabajar, abandonando miedos que ya no tienen sentido. El evangelio de Jesús es «Buena Noticia» para la Humanidad, para todos. Su mensaje, su manera de entender las relaciones humanas y la relación con Dios es lo mejor que le puede pasar al mundo. Y no estamos solos en esta tarea.

martes, 23 de mayo de 2017

Ascensión del Señor, ciclo A - Mt 28,16-20

Lugar de la Ascensión, Jerusalén
Este domingo celebramos la «Ascensión del Señor», el día en que Jesucristo, después de resucitar, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre (segunda lectura). Pero los discípulos no quedan solos, no permanecerán huérfanos, serán «bautizados con Espíritu Santo» (primera lectura), que les dará fuerzas para predicar la «Buena Noticia» del Reino «hasta los confines del mundo». Más aún, les promete, el mismo Jesús, que no les abandonará nunca, que estará con ellos «todos los días, hasta el fin del mundo» (evangelio).

Esta festividad nos recuerda que la misión que inició Jesús la ha de continuar la comunidad eclesial, cada uno de sus discípulos y discípulas se ha de sentir implicado. La tarea es ingente. Otro mundo es posible, donde cada ser humano sea respetado por lo que es y no por lo que tiene; donde toda mujer y todo hombre consideren a su prójimo su hermana o su hermano, hijos de un único Padre. La tarea de la evangelización no ha concluido: queda mucho trabajo por realizar. 

Es verdad que no siempre estamos por la labor, que nos quedamos «plantados mirando al cielo», pero sabemos que Él no nos fallará nunca y nos ayudará a salir de nuestra apatía o desesperanza: se ha quedado con nosotros…, para siempre.

martes, 16 de mayo de 2017

Domingo VI de Pascua - Jn 14,15-21

En el evangelio de este domingo encontramos unidas dos realidades que con frecuencia parecen enfrentadas: el amor y el cumplir unos preceptos. Pero la oposición sólo es aparente: quien ama siempre está dispuesto a hacer lo que complace a la persona amada, y más si es algo bueno para los dos. Los mandamientos de Jesús no son unos preceptos arbitrarios o injustos. Son las indicaciones del camino para llegar al Padre, para que cada persona alcance la plenitud de sus posibilidades humanas. Y Jesús quiere de sus discípulos que se embarquen en ese camino, el único camino de la felicidad plena.

Dios establece con nosotros una relación de amor, Él toma la iniciativa. Dios nos ama de una forma única y personal. Quiere quedarse con nosotros, mejor, en nosotros. Jesús no nos quiere dejar solos, por eso pide al Padre, que nos envíe «otro Defensor», Alguien que interceda por nosotros constantemente, como ya lo hace el mismo Jesús, por eso habla de «otro», porque Él ya lo es. Nos ama con una intensidad excepcional. 

Esta correspondencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con el cristiano y la cristiana, con la comunidad eclesial, es una relación que afecta a todos nuestros criterios y valores, es una forma nueva de conocer, de amar, de vivir.

viernes, 14 de abril de 2017

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

Hoy es día de inmensa alegría en la comunidad cristiana: ¡Cristo ha resucitado!, ¡verdaderamente ha resucitado el Señor!

El primer testimonio de la resurrección lo reciben las mujeres, ocupando un lugar privilegiado María Magdalena (evangelio de la Vigilia Pascual). El anuncio tiene una recomendación: «No tengáis miedo», y contagia una actitud: «llenas de alegría, corrieron a anunciarlo» La fe les hace descubrir, constatar esta nueva realidad: la resurrección de Jesús. El miedo sería la actitud contraria a esta fe; el miedo paraliza, no permite dar la respuesta de fe adecuada. La fe de estas mujeres se traduce en una inmensa alegría, un gozo que les empuja a anunciar esta buena nueva.

La resurrección de Jesús implica que Dios Padre ha refrendado su vida y su predicación. Este nueva realidad exige de sus seguidores y seguidoras una nueva actitud, una «vida nueva» (epístola de la Vigilia), morir a la «esclavitud del pecado», romper con todo aquello que significa egoísmo, hedonismo, odio, violencia, acepción de personas, crítica destructiva, discordias, rivalidades, divisiones etc., y vivir según el Espíritu de Jesús: amor fraternal a todo ser humano, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, dulzura en el trato, dominio de uno mismo (cf. Gal 2,19-23).

viernes, 6 de enero de 2017

El Bautismo del Señor - Mt 3,13-17

Río Jordán
Jesús se presenta en el Jordán, ante Juan Bautista, como uno más, «para que lo bautizara». En este acto sencillo, humilde, se produce una gran teofanía –la manifestación de Dios trinitario–, la Palabra del Padre avalando la misión del Hijo, de Jesús, y la acción del Espíritu Santo que desciende del cielo y se hace presente también en Jesús.

Las palabras y las acciones de Jesús en toda su vida pública, que se inicia con el bautismo a orillas del Jordán –episodio al mismo tiempo sencillo  y sublime–, van a estar caracterizadas por un respeto exquisito por las circunstancias concretas de cada persona, con una atención especial a los débiles, a los sencillos, a los humildes, como nos recuerda la profecía mesiánica de Isaías (primera lectura): «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará». A ellos y a todos ofrecerá una «Buena Nueva» de salvación, de liberación.

Los gestos y el mensaje de Jesús nos interpelan al cristiano y a la cristiana actuales, no sólo para cambiar de actitud personal sino, sobre todo, para contrastar nuestra relación con los demás: ¿responde a un respeto delicado a sus limitaciones, diferencias, carencias, etc.? ¿Sus problemas, dificultades, angustias, necesidades..., las vivo como propias?

martes, 19 de julio de 2016

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 11,1-13

Oración del Padrenuestro, en arameo y hebreo
Jesús enseña a orar a sus discípulos. Les muestra que Dios es un Padre que siempre escucha, y nos da lo mejor: el gozo del Espíritu.

La oración del Padrenuestro es una plegaria de confianza: es Dios quien santifica, quien perdona, quien preserva del mal, quien nos proporciona el pan de la unidad, quien puede hacer posible que el Reino de Dios se haga presente en este mundo.

Pero, al mismo tiempo, esta oración implica una respuesta nuestra, una responsabilidad de la comunidad cristiana: la plegaria insistente y esperanzada, el compromiso por hacer presente los valores del Reino, el compartir el pan cotidiano, la disponibilidad siempre al perdón (como condición necesaria para recibir el perdón de Dios), la lucha para que el bien prevalezca sobre el mal.

El rezar el Padrenuestro significa fiarse de Dios, pero también el estar dispuesto a vivir las exigencias de esta oración. Si no considero a cada hombre y a cada mujer mi hermano o mi hermana no he entendido lo que estoy orando. Si no me preocupa y ocupa sus necesidades, materiales y espirituales, no tiene sentido lo que repito diariamente: no puedo estar indiferente cuando tantos no tienen que comer, o duermen y viven en la calle, o están desesperanzados o desesperados, o padecen tantas angustias e incluso la muerte por buscar una vida mejor en nuestro egoísta Occidente...

martes, 17 de mayo de 2016

Domingo de la Santísima Trinidad - Jn 16,12-15

Vivimos en un mundo de apariencias, de verdades a medias, de mentiras consentidas y asumidas. Aunque, gracias a Dios, esta situación no agota la realidad que nos rodea. Es posible otra forma de encarar la existencia. El evangelio de la fiesta de hoy, de la Santísima Trinidad, nos habla de ello: el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Sí es posible vivir la verdad en plenitud; el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, nos guía, nos muestra el camino que ya comenzó Jesús. El Padre se une a esta sinfonía de la verdad plena del Hijo y del Espíritu y nos comunica, nos anuncia el camino verdadero, el auténtico.

El ser humano tiene vocación de infinito, de trascendencia, de Dios. Hoy celebramos que es posible saciar esta sed. Estamos llamados a ser portavoces de la respuesta a esta esperanza para todas las mujeres y todos los hombres. Sólo en Dios es posible que la persona humana encuentre respuesta a sus interrogantes existenciales. Sólo Dios sacia la sed humana de Verdad con mayúscula. Sólo el Espíritu de la Verdad puede mostrar a cada individuo el camino para que la vida tenga sentido pleno. La existencia humana no es exclusivamente lo tangible, la monotonía de cada día, es infinito, es felicidad sin límites, es eternidad que ya se puede empezar ahora a degustar.

martes, 10 de mayo de 2016

Domingo de Pentecostés - Jn 20,19-23

El evangelio de este domingo nos recuerda que Jesús nos envía, de la misma forma que el Padre le envió a Él. Y ¿a qué nos envía? El nos encarga continuar su obra, y para ello nos manda el Espíritu Santo. Él es el que hará posible que nosotros podamos proseguir la renovación que comenzó Jesús.

Es curiosa la escena inicial de la narración: los discípulos están con miedo, con las puertas cerradas, y es de noche. Tres datos concisos, pero precisos: desconfían y están temerosos de todo; viven cerrados a todo lo exterior; les falta «luz» para caminar, no ven nada con claridad. Difícilmente con estas actitudes se puede continuar la obra de Jesús. ¡Cuantos de nosotros nos sentimos «retratados» en esta escena!

Pero Jesús les trae la paz, el sosiego interior, la alegría que ellos necesitan. El miedo, la desconfianza, la cerrazón, la oscuridad interior imposibilitan tener paz. Jesús les devuelve la confianza, y les encarga ser transmisores de la Buena Noticia del Reino. Son portadores del Evangelio del perdón, de la Buena Nueva del amor que han de extender por todas partes. Ahora cuentan con el Espíritu Santo. Ya no hay razón para tener miedo, ya no hay motivo para posponer el encargo. El trabajo por hacer es ingente: ¡manos a la obra!

lunes, 25 de abril de 2016

Domingo VI de Pascua - Jn 14,23-29

La Palabra de Jesús es Palabra de Dios, es Palabra del Padre. Hay una estrecha relación entre la Palabra de Dios, la vida íntima en Dios (Uno y Trino) y la vida cristiana personal y comunitaria.

El seguimiento de Jesús, amarle, ser discípulo o discípula suyos implica guardar su Palabra. Guardar no en el sentido de esconder, de ponerla bajo llave, de tenerla tanto «respeto» que nuestra relación con ella sea de distancia. Guardar la Palabra de Dios significa conocerla, leerla y meditarla con frecuencia, convertirla en nuestra habitual oración, compartirla, hacer que informe toda nuestra vida, que nuestras decisiones estén fundamentadas en ella, que llene nuestro corazón y nuestra mente, que nuestra vida personal y comunitaria la actualice constantemente.

Quien convierte la Palabra de Dios en su «brújula», quien la guarda, Dios Padre y el Hijo harán morada en ella o en él, y el Espíritu Santo desde su interior será su consejero, le irá descubriendo la maravilla del mensaje de Jesús, el amor inmenso de Dios narrado en su Palabra. Y hallará la auténtica paz. Una paz que es don de Dios, una paz que no es como la da el mundo, una paz que significa armonía, concordia, seguridad, felicidad, alegría... Una paz que sólo la da Dios.

martes, 29 de marzo de 2016

Domingo II de Pascua o de la divina Misericordia - Jn 20,19-31

Las dos escenas que narra el evangelio de este domingo acontecen en el día primero de la semana, es decir, el domingo. La resurrección de Jesús se ha producido en domingo, y este día va a ser central para las comunidades seguidoras del Resucitado.

Los discípulos están temerosos, con miedo, con las puertas cerradas..., y Jesús se hace presente en medio de ellos. Les trae la alegría de la Resurrección y la vida, la paz, la fuerza del Espíritu Santo y el signo del perdón misericordioso.

Aún les falta fe: Tomás es el paradigma de esta situación. Pero la experiencia de Jesús resucitado transforma sus vidas; será el mismo Tomás el que expresará uno de los actos de fe más profundos: «¡Señor mío y Dios mío!».

Todos estamos llamados a experimentar a Cristo resucitado. Desde la fe. Pero, no por eso con menos intensidad. Esta experiencia nos liberará, igual que a los discípulos del evangelio, de nuestros miedos, complejos, faltas de fe o esperanza... Nos empujará a «abrir las puertas de par en par» a Cristo, a los hermanos, a los necesitados. Jesús nos invita a transformar la sociedad, a llevar la paz del evangelio, a cantar la alegría de la vida, a ser portadores de perdón y de amor entrañable.

martes, 2 de febrero de 2016

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 5,1-11

El inicio del evangelio de hoy es alentador, ilusionante: «la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios.» La Palabra de Dios entusiasma, sobre todo cuando se presenta con toda su fuerza transformadora, con toda su viveza, como lo hacía Jesús.

La «pesca milagrosa» es signo de que cuando se confía en esta Palabra, en la palabra de Jesús, los frutos son extraordinarios. Es la Palabra de Dios, y no nuestros cálculos, nuestros esfuerzos, nuestra autosuficiencia, la que produce el milagro.

La reacción de Pedro y de los demás discípulos es de admiración y de temor. Rudolf Otto, un famoso investigador del fenómeno religioso, habla de la manifestación de la transcendencia (de Dios) como «misterio tremendo y fascinante» Esta impresión es la habitual cuando cualquier hombre o mujer descubre la fuerza amorosa y transformadora de la Palabra de Dios. Ésta es la experiencia que viven los seguidores de Jesús, de entonces y de ahora.

La Palabra de Dios ha de estar presente en nuestras vidas, en nuestra lectura y oración diarias, en las reuniones comunitarias, informando toda la pastoral, en la vida de la Iglesia… En ella encontraremos el plan amoroso de Dios para nosotros, para la comunidad eclesial, para el mundo.

jueves, 7 de enero de 2016

Bautismo del Señor - Lc 3,15-16.21-22

Juan Bautista tiene claro que el centro de la predicación no es él mismo, es Jesús, el Mesías, de quien no se siente digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. Lo realmente importante no es su prestigio personal, sino que todos experimenten la salvación de Dios que se hace presente en la persona de Jesús.

Su bautismo con agua, de penitencia, es signo de otro bautismo mayor: Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. El agua purifica, lava, es símbolo de purificación interior, pero mucho más lo es el fuego que abrasa toda impureza, acompañado de la acción de Dios a través de su Espíritu, transformando todas las cosas.

El pueblo está en expectación y Jesús se presenta como uno más, sin estridencias: se pone en la cola de los que van a recibir el bautismo de penitencia de Juan. Pero su gesto de sencillez recibirá una respuesta del cielo, un aval divino: el cielo se abre –Dios se manifiesta, se reanuda la relación directa con su pueblo, pueblo de Dios– y se hace presente el Espíritu Santo que baja a la tierra, a las mujeres y a los hombres, igual que baja una paloma, y Dios-Padre proclama el amor de predilección que tiene por su Hijo. Un amor que se hace extensivo a todos los seres humanos, a través de su Hijo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Domingo IV de Adviento, ciclo C - Lc 1,39-45

Iglesia de la Visitación
El personaje principal del evangelio de este domingo es María, la madre de Jesús. La escena transcurre entre dos mujeres, María e Isabel. Aunque no son los dos únicos personajes de la trama. Aparte de Zacarías, mencionado secundariamente como titular de la casa de Isabel, están los dos niños que llevan ambas en sus vientres y el Espíritu Santo. Es importante reconocer el papel de cada uno de estos personajes en la narración.

En la presentación de María llama la atención la cantidad de verbos, de acciones que el narrador utiliza para describir su papel en la escena: se puso en camino; fue aprisa; entró; saludó… Describen a una persona puesta al servicio de los demás; que no se arredra ante las dificultades; decidida; una persona para los demás. Quizás, por esta razón, el evangelista no duda en otorgarla la primera bienaventuranza de su evangelio: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» Su fe inquebrantable, su fiarse de Dios, se traduce en servicio, desde la «escucha» atenta de las necesidades ajenas. Por eso Dios la ha elegido como madre de su Hijo.

 Isabel, su parienta, también es testigo de la acción de Dios. Es receptora de la ayuda de María. Pero, sobre todo, sabe «leer» en los acontecimientos cotidianos la acción poderosa y amorosa de Dios. Su hijo, que después será conocido como Juan el Bautista, «saltó de alegría» en su vientre. El Dios de Jesús es el Dios de la alegría, del gozo. Será el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, quien hará posible toda la grandeza de esta escena. Es un hacer silencioso, pero eficaz, sobre todo para las personas abiertas a Él.

lunes, 25 de mayo de 2015

La Santísima Trinidad - Mt 28,16-20

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Dios es uno, único (primera lectura) pero, al mismo tiempo, es comunidad amorosa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; y amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Y esta realidad nos interpela a nosotros, la comunidad cristiana. Estamos invitados a vivir el misterio del amor trinitario de Dios, a compartir este amor con todos. Somos «hijos de Dios» (segunda lectura) y como hijos e hijas debemos participar del amor único de Dios, nuestro Padre. La unidad debe ser nuestro estandarte, nuestra bandera, aunque, eso sí, sin confundirla nunca con la uniformidad; respetando y amando también la diversidad, las diferencias del otro.

Convencidos que nada hay mejor para la humanidad que este mensaje de amor, de respeto, de unidad. Por eso, el evangelio nos invita a proclamarlo, a predicarlo a «todos los pueblos», a todas las personas, con nuestra palabra aunque, sobre todo, con nuestros gestos, con nuestras vidas. Jesús se queda entre nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo»: es nuestro consuelo, nuestra fuerza, quien hace posible que nos empeñemos y no desfallezcamos en esta empresa.