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jueves, 29 de marzo de 2018

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

Cada Viernes Santo se vuelve a proclamar el evangelio de la pasión. Esta vez según el evangelista san Juan. Y lo hacemos para conmemorar la pasión y muerte violenta de Jesús. El Jueves santo recordamos que nos amó hasta el extremo. En esta ocasión queda patente en la narración de los acontecimientos del primer viernes santo.

Jesús interrogado, escupido, burlado, coronado de espinas, azotado, camino de la cruz, crucificado, ridiculizado, muerto nos muestra el rostro humano de Dios. Un Dios solidario con nosotros, con nuestros sufrimientos, con nuestro dolor, con nuestra impotencia. Él ha querido experimentarlo en su propia carne. El Dios de Jesús es Alguien que padece con el que sufre. Dios no quiere el mal humano, aborrece el sufrimiento de los que considera y son sus hijos, cada uno de nosotros y de nosotras.

El Viernes Santo nos recuerda esta realidad. Nos muestra una situación de sufrimiento, de dolor y de muerte. Pero, al mismo tiempo, de esperanza, de vida, de resistencia ante la injusticia, ante el mal. Es expectativa de resurrección. El sepulcro de Jesús, la muerte, la iniquidad, no tienen la última palabra. Tenemos la seguridad de que el bien vencerá; la justicia se impondrá; la vida vencerá a la muerte. Dios es un Dios de amor y de vida.

lunes, 26 de marzo de 2018

Jueves Santo - Jn 13,1-15

El Jueves santo celebramos la última cena de Jesús con sus discípulos, antes de su muerte. Y el evangelio que nos propone para este día la liturgia es el de la escena de Jesús lavando los pies de sus seguidores.

El evangelista quiere subrayar el sentido profundo de esta cena que nosotros actualizamos en cada eucaristía. Lo nuclear, lo definitivo es el amor: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» Es un amor que no se para ante el sacrificio de la propia vida. Jesús nos ha amado, nos ama así. El seguimiento de Jesús implica entrar en esta dinámica, la del amor. Si no nuestra participación en el culto, en la eucaristía es un sin sentido, algo vacío.

No sé si estaríamos dispuestos, por amor, a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Seguramente no nos encontraremos en esta circunstancia. Pero lo que sí es seguro que tenemos oportunidades continuamente de demostrar ese amor en cosas más sencillas, más cotidianas. ¿Estamos dispuestos a ser servidores de los otros, lavándoles los pies, por ejemplo? El amor se muestra en lo cotidiano: en la actitud real de servicio, en buscar que el otro o la otra sean felices, en hacer propias las necesidades materiales o espirituales del próximo, etc. Jesús es claro y contundente: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» 

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

lunes, 10 de abril de 2017

Jueves santo - Jn 13,1-5

Los acontecimientos de la primera «semana santa» transcurren en un contexto pascual, la celebración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud (primera lectura): la Pascua judía. 

Jesús inaugurará una nueva Pascua, en la que la liberación de toda esclavitud, del mal, del pecado será definitiva y universal. E igual que el acontecimiento pascual judío es conmemorado con una cena familiar, en un entorno cúltico, la muerte y resurrección de Jesús es actualizado alrededor de una mesa (segunda lectura y evangelio), en cada eucaristía.

La última cena de Jesús con sus discípulos es vivida en la comunidad eclesial cada vez que nos reunimos como hermanos, hijos del mismo Padre, en la Eucaristía.

La narración del evangelio de este jueves santo nos facilita las pistas de las actitudes necesarias para participar plenamente del encuentro fraternal que es la celebración de la «Cena del Señor»: amor y servicio. El amor de Jesús llega «hasta el extremo», hasta dar la vida por nosotros; pero también hasta el extremo de ponerse a servir, a «lavarnos los pies», él que es «el Maestro y el Señor».

No tenemos excusa para no tomarnos en serio la actitud de Jesús, proceder que necesariamente ha de ser la de cada discípulo y cada discípula suyos: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

viernes, 31 de marzo de 2017

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Mt 26,14-27,66

El domingo de Ramos anticipa litúrgicamente los acontecimientos que se desarrollarán a lo largo de la Semana Santa que comienza: anuncia el desenlace trágico de la vida de Jesús. Preludia un final, no obstante, que no acaba con la muerte, «una muerte de cruz», como subraya la carta a los Filipenses (segunda lectura), sino con la resurrección, con la exaltación de Jesús, al que se le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre».

Es un final, desde el punto de vista humano, cargado de traición: «Al que yo bese, ése es; detenedlo»; pero con una respuesta de Jesús de amor: «Amigo, ¿a qué vienes?». Su muerte responde a la forma en que vivió. Su máxima fue la fidelidad a la voluntad de Dios-Padre y el amor a cada ser humano, hijo e hija de este Padre. Precisamente, por esto, muere poniéndose en las manos del Padre, desde la experiencia sensible de la ausencia de Dios, como lo prueba la oración del salmo 22 (21) (salmo responsorial) que el evangelista pone en boca de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», pero consciente de que el Padre puede cambiar la muerte en vida, el mal en bien. Será en la cruz donde lo reconocerán, lo reconoceremos como el Hijo de Dios: «Realmente éste era el Hijo de Dios».

miércoles, 23 de marzo de 2016

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

En la cruz de Jesús, en lo alto, hay un letrero, escrito en hebreo, latín y griego: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos» Una auténtica paradoja. Un rey que reina desde la cruz, colgado en un madero. Su sufrimiento y su muerte son la forma concreta de ejercer su reinado, su poder. Desde entonces el sufrimiento, el dolor, la muerte no son algo inútil. Él ha querido solidarizarse con el sufrimiento humano, con el dolor de todos, en su propia carne. Nos ha mostrado el rostro humano de Dios: de un Dios compasivo, de un Dios que padece con el que sufre.

Pero Él no nos ofrece la alternativa de la resignación, sino de la esperanza. De la esperanza de los justos. A Jesús lo mataron porque sus palabras y, sobre todo, su forma de actuar molestaba a los poderosos: era un peligro para su status. Pero, el mal y la muerte no tienen la última palabra. La cruz de Jesús es signo de esperanza.

Viernes santo es sufrimiento, dolor y muerte. Pero para el seguidor de Jesús, para quien tiene fe es, sobre todo: esperanza, vida, resistencia ante la injusticia y el mal, expectativa de resurrección, certeza de que el bien vencerá; convicción de que el Dios de Jesús es un Dios de vida.

lunes, 21 de marzo de 2016

Jueves Santo - Jn 13,1-15

Lugar de la última cena, Jerusalén
El evangelio de este domingo nos habla de amor, de amor hasta el extremo, de amor sin límites. La escena se desarrolla en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, en la despedida antes de ir al Padre a través de su muerte en cruz.

Como suele ser habitual, sus amigos más cercanos no entienden el signo de Jesús. No comprenden cómo el Señor puede lavarles los pies. La acción de lavar los pies era un trabajo propio de los siervos o esclavos. Por eso Pedro se resiste: cómo él, que es un discípulo, va a ser servido por Jesús, su Señor. ¡No es lógico!. No puede admitir esa humillación en el Maestro y Señor. No pueden entenderlo: nunca el superior sirve al inferior; nunca el poderoso se rebaja al súbdito; nunca el que manda se abaja hasta el que obedece; nunca el que es Maestro y Señor lava los pies del discípulo. Jesús rompe esta lógica.

Y pide a sus discípulos que ellos también rompan con esa lógica: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» El mensaje de Jesús exige renunciar a las ansias de poder, de prestigio, de dominio y, por el contrario, estar siempre dispuestos a servir a los demás. No tenemos nada que ver con Jesús si no estamos dispuestos a aceptar este estilo de vida.


jueves, 2 de abril de 2015

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

Hoy se vuelve a proclamar el evangelio de la pasión. Esta vez según el evangelista san Juan. Y lo hacemos para conmemorar la pasión y muerte violenta de Jesús. Ayer recordamos que nos amó hasta el extremo. Hoy queda patente en la narración de los acontecimientos del primer viernes santo.

Jesús interrogado, escupido, burlado, coronado de espinas, azotado, camino de la cruz, crucificado, ridiculizado, muerto nos muestra el rostro humano de Dios. Un Dios solidario con nosotros, con nuestros sufrimientos, con nuestro dolor, con nuestra impotencia. Él ha querido experimentarlo en su propia carne. El Dios de Jesús es Alguien que padece con el que sufre. Dios no quiere el mal humano, aborrece el sufrimiento de los que considera y son sus hijos, cada uno de nosotros y de nosotras.

El Viernes Santo nos recuerda esta realidad. Nos muestra una situación de sufrimiento, de dolor y de muerte. Pero, al mismo tiempo, de esperanza, de vida, de resistencia ante la injusticia, ante el mal. Es expectativa de resurrección. El sepulcro de Jesús, la muerte, la iniquidad, no tienen la última palabra. Tenemos la seguridad de que el bien vencerá; la justicia se impondrá; la vida vencerá a la muerte. Dios es un Dios de amor y de vida.

lunes, 30 de marzo de 2015

Jueves Santo - Jn 13,1-15

Hoy celebramos la última cena de Jesús con sus discípulos, antes de su muerte. Y el evangelio que nos propone para este día la liturgia es el de la escena de Jesús lavando los pies de sus seguidores.

El evangelista quiere subrayar el sentido profundo de esta cena que nosotros actualizamos en cada eucaristía. Lo nuclear, lo definitivo es el amor: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» Es un amor que no se para ante el sacrificio de la propia vida. Jesús nos ha amado, nos ama así. El seguimiento de Jesús implica entrar en esta dinámica, la del amor. Si no nuestra participación en el culto, en la eucaristía es un sin sentido, algo vacío.

No sé si estaríamos dispuestos, por amor, a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Seguramente no nos encontraremos en esta circunstancia. Pero lo que sí es seguro que tenemos oportunidades continuamente de demostrar ese amor en cosas más sencillas, más cotidianas. ¿Estamos dispuestos a ser servidores de los otros, lavándoles los pies, por ejemplo? El amor se muestra en lo cotidiano: en la actitud real de servicio, en buscar que el otro o la otra sean felices, en hacer propias las necesidades materiales o espirituales del próximo, etc. Jesús es claro y contundente: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» 

miércoles, 25 de marzo de 2015

Domingo de Ramos, ciclo B - Mc 14,1-15,47

Jesús entra en Jerusalén pocos días antes de su pasión. De hecho la liturgia nos lo quiere recordar con los dos evangelios que se leen en este día: uno para la bendición de la palmas (entrada en Jerusalén montado en un borrico) y otro para la celebración de la eucaristía (narración de la pasión, este año del evangelio de Marcos).

Son las dos caras de la misma moneda: la gente sencilla lo aclama, proclama la llegada del reino de Dios; mientras que los poderosos traman su muerte, «los sumos sacerdotes y los escribas pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte»

La muerte de Jesús que buscan el poder religioso (sumos sacerdotes, ancianos y escribas) y el político (procurador romano) responde a cómo vivió Jesús y a su predicación. Es alguien molesto. 

La causa de Jesús no acabará con su muerte. Sus enemigos se equivocaron pensando que matándolo la pondrían punto final. El reino de Dios, que aclamaban gritando la gente sencilla al paso de Jesús, llega. Nada ni nadie lo puede parar. El final del evangelio que hoy hemos escuchado y meditado no ha llegado todavía. La última palabra en la historia la tiene Dios y, en este caso, será resucitando a su Hijo.

Serán los sencillos los que verán colmadas sus esperanzas. La prepotencia de los poderosos no tiene la última palabra.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Domingo IV de Adviento, ciclo B - Lc 1,26-38

Basílica de la Anunciación, Nazaret
Este domingo volvemos a leer el relato del anuncio del ángel a María; hace escasos días lo hacíamos en la celebración de la «Inmaculada Concepción de María». Y es que la actitud de María, la madre de Jesús, contemplada en esta narración, completa el cuarto «punto cardinal» de las condiciones que la liturgia de adviento nos propone (vigilancia, cambio de vida, allanar el camino y la fe hecha disponibilidad) para esperar debidamente la venida de Jesús: la histórica que conmemoramos cada año en Navidad y la definitiva de la Parusía.

El texto subraya la fe y la disponibilidad de María, dos caras de la misma realidad. La fe no es creer una colección de verdades; es, ante todo, fiarse de Dios, ser fiel a su llamada, responder con la vida a su requerimiento. María responderá, con contundencia, al ángel: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» María es una mujer libre, con decisión, que pone su existencia al servicio del plan amoroso de Dios. Un plan que tiene un nombre concreto, Jesús. Dios ha querido compartir, por amor, nuestra humanidad hasta las últimas consecuencias. María contribuirá a que sea posible. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos llamados también a cooperar en esta tarea. La «buena noticia» de Jesús vale la pena.

jueves, 17 de abril de 2014

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.

Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

lunes, 14 de abril de 2014

Jueves santo - Jn 13,1-5

Los acontecimientos de la primera «semana santa» transcurren en un contexto pascual, la celebración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud (primera lectura): la Pascua judía. Jesús inaugurará una nueva Pascua, en la que la liberación de toda esclavitud, del mal, del pecado será definitiva y universal. E igual que el acontecimiento pascual judío es conmemorado con una cena familiar, en un entorno cúltico, la muerte y resurrección de Jesús es actualizado alrededor de una mesa (segunda lectura y evangelio), en cada eucaristía.

La última cena de Jesús con sus discípulos es vivida en la comunidad eclesial cada vez que nos reunimos como hermanos, hijos del mismo Padre, en la Eucaristía.

La narración del evangelio de este jueves santo nos facilita las pistas de las actitudes necesarias para participar plenamente del encuentro fraternal que es la celebración de la «Cena del Señor»: amor y servicio. El amor de Jesús llega «hasta el extremo», hasta dar la vida por nosotros; pero también hasta el extremo de ponerse a servir, a «lavarnos los pies», él que es «el Maestro y el Señor».

No tenemos excusa para no tomarnos en serio la actitud de Jesús, proceder que necesariamente ha de ser la de cada discípulo y cada discípula suyos: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis». 

martes, 8 de abril de 2014

Domingo de Ramos - Mt 26,14-27,66

El domingo de Ramos anticipa litúrgicamente los acontecimientos que se desarrollarán a lo largo de la Semana Santa que comienza: anuncia el desenlace trágico de la vida de Jesús. Preludia un final, no obstante, que no acaba con la muerte, «una muerte de cruz», como subraya la carta a los Filipenses (segunda lectura), sino con la resurrección, con la exaltación de Jesús, al que se le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre». 

Es un final, desde el punto de vista humano, cargado de traición: «Al que yo bese, ése es; detenedlo»; pero con una respuesta de Jesús de amor: «Amigo, ¿a qué vienes?». Su muerte responde a la forma en que vivió. Su máxima fue la fidelidad a la voluntad de Dios-Padre y el amor a cada ser humano, hijo e hija de este Padre. Precisamente, por esto, muere poniéndose en las manos del Padre, desde la experiencia sensible de la ausencia de Dios, como lo prueba la oración del salmo 22 (21) (salmo responsorial) que el evangelista pone en boca de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», pero consciente de que el Padre puede cambiar la muerte en vida, el mal en bien. Será en la cruz donde lo reconocerán, lo reconoceremos como el Hijo de Dios: «Realmente éste era el Hijo de Dios».

sábado, 30 de marzo de 2013

Domingo de Pascua de Resurrección - Lc 24,1-12

Hoy celebramos el triunfo de la vida. Comentábamos el «Viernes Santo»: la muerte no tiene la última palabra; y hoy lo constatamos en la resurrección de Jesús. Pero nos cuesta convencernos de esta realidad: lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Los discípulos no creen a las mujeres que anuncian que Jesús ha resucitado. Nuestra visión pesimista de las cosas, del mundo, de la vida nos dificulta (o imposibilita) el ver la realidad que nos rodea con esperanza, con vitalidad, con auténticos ojos confiados. El Dios de Jesús es un Dios de vida.

Son las mujeres las primeras testigos de la Resurrección de Jesucristo. Son ellas las que escuchan el mensaje que transformará la existencia humana: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No esta aquí. Ha resucitado» Pasan del desconcierto y el miedo a convertirse en proclamadoras de la Buena Nueva. Jesús ha querido que sean ellas, las mujeres, consideradas entre sus contemporáneos como incapaces de ser testigos válidos, las enviadas a los discípulos como testigos privilegiados de la realidad más profunda del misterio de Jesús. Dios Padre ha resucitado a Jesús: ha pasado de la muerte a la vida, a una vida que ya no tiene fin. ¡Alegrémonos porque verdaderamente ha resucitado el Señor! 

viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42


En la cruz de Jesús, en lo alto, hay un letrero, escrito en hebreo, latín y griego: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos» Una auténtica paradoja. Un rey que reina desde la cruz, colgado en un madero. Su sufrimiento y su muerte son la forma concreta de ejercer su reinado, su poder. Desde entonces el sufrimiento, el dolor, la muerte no son algo inútil. Él ha querido solidarizarse con el sufrimiento humano, con el dolor de todos, en su propia carne. Nos ha mostrado el rostro humano de Dios: de un Dios compasivo, de un Dios que padece con el que sufre.

Pero Él no nos ofrece la alternativa de la resignación, sino de la esperanza. De la esperanza de los justos. A Jesús lo mataron porque sus palabras y, sobre todo, su forma de actuar molestaban a los poderosos: era un peligro para su status. Pero, la muerte no tiene la última palabra. La cruz de Jesús es signo de esperanza.

Viernes santo es sufrimiento, dolor y muerte. Pero para el seguidor de Jesús, para quien tiene fe es, sobre todo: esperanza, vida, resistencia ante la injusticia y el mal, expectativa de resurrección, certeza de que el bien vencerá, convicción de que el Dios de Jesús es un Dios de vida.

martes, 26 de marzo de 2013

Jueves Santo - Jn 13,1-15

Hoy el evangelio nos habla de amor, de amor hasta el extremo, de amor sin límites. La escena se desarrolla en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, en la despedida antes de ir al Padre a través de su muerte en cruz.

Como suele ser habitual, sus amigos más cercanos no entienden el signo de Jesús. No comprenden cómo el Señor puede lavarles los pies. La acción de lavar los pies era un trabajo propio de los siervos o esclavos. Por eso Pedro se resiste: cómo él, que es un discípulo, va a ser servido por Jesús, su Señor. ¡No es lógico!. No puede admitir esa humillación en el Maestro y Señor. No pueden entenderlo: nunca el superior sirve al inferior; nunca el poderoso se rebaja al súbdito; nunca el que manda se abaja hasta el que obedece; nunca el que es Maestro y Señor lava los pies del discípulo. Jesús rompe esta lógica.

Y pide a sus discípulos que ellos también rompan con esa lógica: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» El mensaje de Jesús exige renunciar a las ansias de poder, de prestigio, de dominio y, por el contrario, estar siempre dispuestos a servir a los demás. No tenemos nada que ver con Jesús si no estamos dispuestos a aceptar este estilo de vida.

viernes, 6 de abril de 2012

Viernes santo - Jn 18,1–19,42

Hoy escuchamos, en la celebración litúrgica del Viernes Santo, la Pasión de Jesús, narrada en el evangelio de Juan. Actualiza los momentos más dramáticos, más trágicos de la vida del Maestro, comenzando por la traición de uno de sus íntimos, de sus mejores amigos, y la negación y abandono de los restantes. El dolor y el sufrimiento son difíciles, mucho más si estás o te sientes solo.

La angustia, la enfermedad, el dolor, la muerte… son connaturales al ser humano. Por más que, en nuestra sociedad actual, los intentemos disimular, esconder, eludir. Jesucristo se ha solidarizado con el sufrimiento humano, ha querido compartirlo e incluso padecerlo en sus propias carnes; sin paliativos. Esto recordamos cada viernes santo y, también, cada Eucaristía. Aunque lo realmente esperanzador es que el mal, el sufrimiento, la muerte no son la última palabra de la existencia humana. Nosotros esperamos la resurrección, la Pascua definitiva. Dios siempre está de nuestro lado, es el Dios de la Vida.

martes, 3 de abril de 2012

Jueves santo - Jn 13,1-15

El Jueves Santo la Iglesia celebra la última cena de Jesús con sus discípulos. El texto que escuchamos hoy en la liturgia y que nos sugiere para meditar es el que nos narra, en el evangelio de Juan, la escena en que Jesús se pone a lavar los pies de sus discípulos, antes de cenar. El tema de la Eucaristía es subrayado por los otros tres evangelistas, pero el cuarto evangelio pone el acento en la actitud de servicio amoroso de Jesús.

El evangelista quiere marcar prioridades en la comunidad creyente. No se puede participar del culto, menos del culto eucarístico, si antes el discípulo, la comunidad eclesial no han entendido y asumido una actitud de siervo, no se han arrodillado ante el necesitado para auxiliarlo, no han lavado sus pies cansados del camino de la vida.

La Eucaristía es la celebración gozosa de la fe; es el compartir el cuerpo y la sangre de Cristo que se nos da como alimento comunitario. Pero sólo es posible vivirlo asumiendo las actitudes de Jesús: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»

jueves, 21 de abril de 2011

Viernes santo - Jn 18,1-19,42


No hay resurrección sin pasar por la pasión y la cruz. La festividad del Viernes santo nos los recuerda, lo actualiza. Todas las lecturas de este día apuntan al drama de la cruz: «desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano (…), despreciado y evitado de los hombres…» (primera lectura); «soy la burla de mis enemigos, la irrisión de mis vecinos…» (salmo); «aprendió, sufriendo, a obedecer…» (segunda lectura). El evangelio, con la recitación de la pasión según san Juan, culminará la representación de la tragedia de Jesús de Nazaret: la escena de la traición de Judas, uno de sus íntimos, perpetrada en el Huerto de Getsemaní; Jesús ante el sumo sacerdote; el interrogatorio ante Pilato; la flagelación… hasta su muerte y enterramiento. Las escenas son diversas y todas ellas invitan a la reflexión, a la meditación, a la contemplación personal y comunitaria.

La vida de Jesús no fue fácil, su pasión y muerte menos. Nuestro modelo no es un líder triunfante, todo lo contrario: es un fracasado. Al menos esa es la lectura inmediata de los textos de hoy: desfigurado, sin aspecto humano, despreciado, motivo de burla y de risa, sufriente, ejecutado como un malhechor, abandonado de sus amigos, etc. Sólo la fe –cómo la fe que tuvo Jesús– hace posible una interpretación diferente.

El Viernes santo no es sólo un día de luto, es un canto de esperanza. La muerte, el mal no tienen la última palabra, pero esto sólo es perceptible desde la fe. Muchas veces en nuestras vidas sólo la fe nos permite vislumbrar esperanza, cuanto todo parece oscuridad, tinieblas, dolor, sufrimiento.