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lunes, 17 de septiembre de 2018

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.

jueves, 29 de marzo de 2018

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

Cada Viernes Santo se vuelve a proclamar el evangelio de la pasión. Esta vez según el evangelista san Juan. Y lo hacemos para conmemorar la pasión y muerte violenta de Jesús. El Jueves santo recordamos que nos amó hasta el extremo. En esta ocasión queda patente en la narración de los acontecimientos del primer viernes santo.

Jesús interrogado, escupido, burlado, coronado de espinas, azotado, camino de la cruz, crucificado, ridiculizado, muerto nos muestra el rostro humano de Dios. Un Dios solidario con nosotros, con nuestros sufrimientos, con nuestro dolor, con nuestra impotencia. Él ha querido experimentarlo en su propia carne. El Dios de Jesús es Alguien que padece con el que sufre. Dios no quiere el mal humano, aborrece el sufrimiento de los que considera y son sus hijos, cada uno de nosotros y de nosotras.

El Viernes Santo nos recuerda esta realidad. Nos muestra una situación de sufrimiento, de dolor y de muerte. Pero, al mismo tiempo, de esperanza, de vida, de resistencia ante la injusticia, ante el mal. Es expectativa de resurrección. El sepulcro de Jesús, la muerte, la iniquidad, no tienen la última palabra. Tenemos la seguridad de que el bien vencerá; la justicia se impondrá; la vida vencerá a la muerte. Dios es un Dios de amor y de vida.

martes, 20 de febrero de 2018

Domingo II de Cuaresma, ciclo B - Mc 9,2-10

Iglesia de la Transfiguración
La escena de la Transfiguración de Jesús es un anticipo de su resurrección. La Cuaresma no termina con la muerte violenta de Jesús, ajusticiado en una cruz como un malhechor. Su vida y su predicación hacen comprensible su final trágico. Los poderosos de este mundo no están dispuestos a aceptar su mensaje de la buena noticia del Reino de Dios, donde cada mujer y cada hombre son valorados en si mismos y no por lo que tienen o por lo que parecen, donde todos participan de la misma dignidad. Pero el mal, la violencia, el poder no tienen la última palabra. La Transfiguración preanuncia esta realidad; Dios-Padre se pone del lado de Jesús: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

Más aún, toda la Escritura –significada por Moisés y Elías: la Torá (la Ley) y los Profetas– avalan la «razón» de Jesús. La causa de Jesús responde al plan amoroso de Dios. La Pascua, su resurrección será la prueba de que no se equivocó. Como no se equivocan tantos hombres y tantas mujeres que también hoy en día –a ejemplo de Jesús, el Maestro– ponen toda su existencia al servicio de los demás.

No es fácil aceptar esta realidad. Nos gusta –como a Pedro, a Santiago y a Juan– la vida sin complicaciones; «¡qué bien se está aquí!» repetimos como ellos cuando las circunstancias nos son propicias. Pero no siempre estamos dispuestos a jugarnos la vida por la causa de Jesús, por la buena noticia del Reino.

lunes, 30 de enero de 2017

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,13-16

Sal y luz del mundo
En el evangelio de este domingo Jesús compara a sus discípulos con dos realidades cotidianas: la sal y la luz. El Maestro habla un lenguaje comprensible por todos: partiendo de las realidades diarias ilustra las verdades más profundas.

Los seguidores de Jesús han (hemos) de ser como la sal. La sal da sabor, conserva los alimentos, aviva el fuego. Todas estas cualidades pide Jesús para su discipulado. La sal prácticamente no se ve, su presencia es casi imperceptible; pero si falta se echa de menos. Nada es igual sin ella. Tenemos la misión de dar sabor a la vida, que ésta tenga sentido; de conservar lo mejor que hay en cada una de las personas, de las comunidades, también de la sociedad y de la Iglesia; y de avivar el fuego: la vida sin pasión no es vida; el cristianismo sin pasión pierde toda su fuerza. Aunque siempre sin buscar protagonismos, como la sal que prácticamente no se ve.

Y también hemos de ser luz. La luz es lo contrario a la oscuridad. La oscuridad es sinónimo de miedo, de mal, de pecado, de escondido, de injusticia… La misión del seguidor o seguidora de Jesús es iluminar estas realidades, denunciar el mal y la injusticia, ser luz en todas las situaciones de «oscuridad»: de impunidad, arbitrariedad, tiranía, inmoralidad, violencia física o moral... Y este encargo no suele ser ni cómodo ni fácil.

El cometido que encomienda Jesús a su discipulado es exigente, e implica una misión irremplazable.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.