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lunes, 10 de septiembre de 2018

Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 8,27-35

Comentábamos la semana pasada el temor de Jesús a la incomprensión de su mesianismo, de su misión, de su predicación, de sus acciones sanadoras. Y, por eso, pregunta, a sus discípulos, a los más íntimos, por la opinión que la gente tiene de Él.

Las respuestas son diversas, quizás insuficientes, pero todas positivas: no debemos menospreciar las opiniones sobre Jesús entre algunos jóvenes o entre muchas personas de nuestro entorno actual por el hecho de ser insuficientes; son un primer paso.

Aunque a Jesús lo que realmente le interesa es la respuesta de sus discípulos. La contestación vendrá de labios de Pedro, quien representa la opinión del colectivo: «Tú eres el Mesías» Pero, ¿verdaderamente, los discípulos han entendido a Jesús?; ¿han alcanzado a percibir el alcance de su reconocimiento como Mesías? El narrador tiene interés en señalar que no. La reacción de Pedro, intentando apartar a Jesús de su final trágico, consecuencia de su predicación y de su forma de actuar, es prueba de que no han comprendido nada.

La figura de Jesús, el seguirlo, también hoy produce equívocos e incomprensiones. El ser cristiano implica poner «toda la carne en el asador», comprometer la existencia en la «buena noticia» predicada y vivida por Jesús. Y no siempre es fácil.

lunes, 25 de junio de 2018

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

Pedro y Pablo son considerados las dos columnas del cristianismo incipiente del siglo I, ambos predicadores incansables de la Buena Noticia de Jesús, los dos mártires del mensaje que cambió sus vidas y su entorno.

En la liturgia de hoy escuchamos, en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura), cómo Pablo, convencido de su martirio inminente, habla de su muerte desde una vivencia de la esperanza cristiana que impresiona. Recapitula su labor apostólica incansable, su plena confianza en la Palabra del Señor, su esperanza inquebrantable en encontrarse con Jesús después de la muerte, quien lo «llevará a su reino del cielo»

Para Pablo el mensaje de Jesús no es una quimera, no es tampoco unas palabras bonitas ni una ética de máximos, sólo asequible a unos cuantos, un ideal inalcanzable. Él comprendió que la «Buena Noticia» de Jesús cambia la existencia, descubre la auténtica alegría y la verdadera libertad, es capaz de transformar el mundo y las personas que en él habitan. Y empeñó toda su existencia en esta certeza.

Por su parte, Pedro, la piedra sobre la que el Señor construirá su Iglesia (evangelio) es el mismo que padece persecución y cárcel (primera lectura), antes de tener que ofrendar su vida en el martirio.

Ambos hicieron la opción fundamental por la que vale la pena vivir y morir.

viernes, 30 de marzo de 2018

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» Con este saludo y la consiguiente respuesta nuestros hermanos cristianos orientales se saludan este día tan especial, tan extraordinario, y durante todo el tiempo pascual. Hoy celebramos que la muerte no ha podido con Jesucristo, con su mensaje, con su proyecto. Dios Padre lo ha resucitado.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena como primer testimonio del sepulcro vacío del Señor. Lo que comunica inmediatamente a Pedro y al discípulo amado. Ambos llegan corriendo. Es el «discípulo amado» el que al entrar, ve y cree. Entiende las Escrituras, puntualiza el narrador.

El evangelista pretende que nosotros lectores y lectoras nos identifiquemos con la actitud del «discípulo amado». Éste personaje –del que curiosamente no se menciona el nombre en todo el evangelio– es capaz de creer a partir de unos signos materiales, que en sí no producen la fe. Sólo una fe profunda, cimentada en la Palabra de Dios, y una confianza plena en la persona de Jesús permiten captar y asumir la fuerza de la resurrección del Señor. Será el discípulo que se siente amado personalmente por Jesús quien entenderá que Jesús vive, que ha vuelto a la vida, que su mensaje y su proyecto valen la pena. Dios Padre resucitándolo lo ha certificado.

martes, 20 de febrero de 2018

Domingo II de Cuaresma, ciclo B - Mc 9,2-10

Iglesia de la Transfiguración
La escena de la Transfiguración de Jesús es un anticipo de su resurrección. La Cuaresma no termina con la muerte violenta de Jesús, ajusticiado en una cruz como un malhechor. Su vida y su predicación hacen comprensible su final trágico. Los poderosos de este mundo no están dispuestos a aceptar su mensaje de la buena noticia del Reino de Dios, donde cada mujer y cada hombre son valorados en si mismos y no por lo que tienen o por lo que parecen, donde todos participan de la misma dignidad. Pero el mal, la violencia, el poder no tienen la última palabra. La Transfiguración preanuncia esta realidad; Dios-Padre se pone del lado de Jesús: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

Más aún, toda la Escritura –significada por Moisés y Elías: la Torá (la Ley) y los Profetas– avalan la «razón» de Jesús. La causa de Jesús responde al plan amoroso de Dios. La Pascua, su resurrección será la prueba de que no se equivocó. Como no se equivocan tantos hombres y tantas mujeres que también hoy en día –a ejemplo de Jesús, el Maestro– ponen toda su existencia al servicio de los demás.

No es fácil aceptar esta realidad. Nos gusta –como a Pedro, a Santiago y a Juan– la vida sin complicaciones; «¡qué bien se está aquí!» repetimos como ellos cuando las circunstancias nos son propicias. Pero no siempre estamos dispuestos a jugarnos la vida por la causa de Jesús, por la buena noticia del Reino.

martes, 29 de agosto de 2017

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 16,21-27

Aunque la respuesta de Pedro sobre la identidad de Jesús es la correcta (evangelio del domingo pasado), su comprensión de la misma deja mucho que desear. Jesús les anuncia el final violento de su vida, lo que ha de padecer y cómo morirá ejecutado, aunque también les anticipa su resurrección; es la consecuencia previsible de su vida y de su predicación. Pero Pedro no está dispuesto a aceptar esa realidad, intenta apartar a Jesús de este destino. No entiende que ese final está unido indisolublemente a la forma de ser de Jesús, a su mesianismo que poco antes ha proclamado, a su estilo de vida. 

Buscar seguridades, tranquilidad, no complicarse la vida, no «molestar» a los poderosos, dejar de predicar la «Buena noticia» del Reino, renunciar a proclamar el amor de Dios a los pobres, enfermos, pecadores, prostitutas y gente de mala de vida, significaría abandonar todo aquello que da sentido a su vida, aunque esto signifique morir violentamente. Jesús está convencido, la experiencia lo enseña, que esta forma de vivir significa esa forma de morir, pero Dios-Padre está de su parte, esa es su esperanza y su convicción.

Nosotros somos más del estilo de Pedro. Nos gusta la vida fácil y tranquila, y cuando el evangelio de Jesús nos interpela, nos complica la existencia nos vienen las crisis. Nos falta estar convencidos que el estilo de Jesús vale la pena, que la vida tiene sentido cuando se gasta y se desgasta en vivir la radicalidad del Evangelio.

lunes, 26 de junio de 2017

Santos Pedro y Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

Celebramos la fiesta de las dos grandes columnas de la Iglesia, san Pedro y san Pablo. La primera y la segunda lectura sitúan a estos dos personajes en la cárcel, encadenados a causa del testimonio del evangelio de Jesús. En el evangelio, después de la promesa de edificar la Iglesia sobre la piedra de Pedro, Jesús afirma que «el poder del infierno no la derrotará».

Tanto Pedro como Pablo viven la esperanza, la confianza en las palabras del Señor. Saben que es posible que pierdan su libertad, incluso su vida por dar testimonio de la verdad. Pero, están convencidos que la victoria definitiva será de la verdad, del mensaje de Jesús, del evangelio. Han gastado sus esfuerzos y toda su existencia en hacer presente la «Buena noticia» de Jesús, en predicar y comunicar con su vida la salvación de Dios, en comunicar que Dios ama a todos los hombres y a todas las mujeres de forma paternal, maternal, entrañable…, y que cada ser humano, por consiguiente, ha de ver en el otro a su hermano, a su hermana.

Han puesto el listón muy alto. Para ellos el seguir a Jesús no ha sido algo sociológico o por costumbre; han comprometido toda su existencia, porque se han fiado de la Palabra de Jesús, porque Jesús no es para ellos sólo un personaje importante, es lo definitivo, alguien por quien vale la pena darlo todo.  

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

martes, 17 de enero de 2017

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 4,12-23

Las circunstancias violentas del encarcelamiento de Juan Bautista empujarán a Jesús a establecerse «en Cafarnaún, junto al lago (de Galilea)». Dios también se vale incluso de las injusticias humanas para hacer posible su plan salvífico. Decía santa Teresa de Jesús: «Dios escribe recto en renglones torcidos».

La primera predicación de Jesús y los primeros relatos de vocación el evangelista los sitúa en este contexto. Jesús llama a la conversión, al cambio de vida, «porque está cerca el reino de los cielos»: una situación nueva exige una actitud nueva. 

La Buena Noticia del Reino implica la liberación del mal, de todo mal, de toda injusticia; significa estar atento e involucrarse en las necesidades del prójimo, en las «dolencias del pueblo», «curarlas» a ejemplo del Maestro. Y para eso Jesús llama a sus primeros seguidores, a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan...; como nos llama a cada uno de nosotros y de nosotras. Es una llamada a predicar, a vivir, a testimoniar la proximidad del Reino de Dios, en el que no habrá más injusticia, donde será respetada la dignidad de todos y de cada uno/a, en donde todos serán hermanos/as, hijos e hijas del único Padre común. Ellos «dejaron (barca, familia, ocupaciones, etc.)... y le siguieron». ¿Qué estoy yo dispuesto a dejar para hacer posible la cercanía del Reino?

lunes, 27 de junio de 2016

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

La Tradición, la Iglesia han querido unir en una misma fiesta estas dos grandes figuras de la Iglesia primitiva: Pedro y Pablo. Las diversas lecturas de hoy nos recuerdan algunos momentos de la vida de estos dos personajes.

El evangelio nos evoca la confesión de fe de Pedro en Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Seguramente Pedro no es plenamente consciente del alcance de su afirmación, pero es un paso importante. Jesús le confiará el cuidado de su Iglesia.

Pedro es un hombre sencillo, de profesión pescador. Tendrá la misión de ser «piedra» fundamental en la construcción de la nueva realidad que se está inaugurando con Jesús. Tendrá que aprender que el ser dirigente de la Iglesia de Jesús no tiene nada que ver con actitudes de poder ni con imposiciones arbitrarias. El libro de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) lo presenta en la cárcel: el seguimiento de Jesús muchas veces no es fácil. Algo similar pasa con Pablo que en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura) comenta su próximo martirio, después de toda una vida entregada a la evangelización.

Son dos grandes columnas de la Iglesia. Su ejemplo es un espejo donde todos debemos mirarnos: su fe, su espíritu de servicio, su afán evangelizador, su empeño en hacer presente la «Buena Noticia» de Jesús, su entrega hasta las últimas consecuencias…, son actitudes necesarias para la construcción del Reino de Dios y de un mundo más justo.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 8,27-35

Comentábamos la semana pasada el temor de Jesús a la incomprensión de su mesianismo, de su misión, de su predicación, de sus acciones sanadoras. Y, por eso, pregunta, a sus discípulos, a los más íntimos, por la opinión que la gente tiene de Él.

Las respuestas son diversas, quizás insuficientes, pero todas positivas: no debemos menospreciar las opiniones sobre Jesús entre algunos jóvenes o entre muchas personas de nuestro entorno actual por el hecho de ser insuficientes; son un primer paso.

Aunque a Jesús lo que realmente le interesa es la respuesta de sus discípulos. La contestación vendrá de labios de Pedro, quien representa la opinión del discipulado: «Tú eres el Mesías» Pero, ¿verdaderamente, los discípulos han entendido a Jesús?; ¿han alcanzado a percibir el alcance de su reconocimiento como Mesías? El narrador tiene interés en señalar que no. La reacción de Pedro, intentando apartar a Jesús de su final trágico, consecuencia de su predicación y de su forma de actuar, es prueba de que no han comprendido nada.

La figura de Jesús, el seguirlo, también hoy produce equívocos e incomprensiones. El ser cristiano implica poner «toda la carne en el asador», comprometer la existencia en la «buena noticia» predicada y vivida por Jesús. Y no siempre es fácil.

martes, 18 de agosto de 2015

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,60-69

Continuamos con el capítulo 6 del evangelio de Juan que inauguramos el último domingo de julio: multiplicación de los panes y de los peces, Jesús «pan de vida», Jesús eucaristía que se entrega por todos, etc.

Hoy el evangelista afirma que no todos entienden el mensaje de Jesús, incluso entre sus discípulos, entre sus seguidores: «muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él», lo encuentran duro, difícil. Esta es una circunstancia que se repetirá muchas veces, también en nuestros días. En cuantas ocasiones sentimos cierto complejo a la hora de manifestarnos como cristianos en nuestros ambientes de ocio, de amistad, de trabajo… No siempre estamos plenamente convencidos que la sociedad actual de la tecnología, de la ciencia, de la informática, de Internet, de la globalización, etc., de la que formamos parte sea compatible con nuestra fe, con asistir a la eucaristía dominical, con nuestras creencias religiosas. ¡No cuadra! Sentimos, o podemos sentir, cierto complejo: ¿no estaremos equivocados?; ¡todo el mundo piensa de otra manera!; ¿porqué yo he de ser distinto/a?

La respuesta de Simón Pedro es un reto a nuestras vidas: «Tú tienes palabras de vida eterna.» ¿Yo también creo que la Palabra de Jesús es vida eterna? ¿Estoy persuadido/a que sin Jesús mi vida, nuestra vida es un sinsentido?: «Señor, ¿a quién vamos a acudir?»

domingo, 28 de junio de 2015

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

Pedro y Pablo son considerados las dos columnas del cristianismo incipiente del siglo I, ambos predicadores incansables de la Buena Noticia de Jesús, los dos mártires del mensaje que cambió sus vidas y su entorno.

En la liturgia de hoy escuchamos, en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura), cómo Pablo, convencido de su martirio inminente, habla de su muerte desde una vivencia de la esperanza cristiana que impresiona. Recapitula su labor apostólica incansable, su plena confianza en la Palabra del Señor, su esperanza inquebrantable en encontrarse con Jesús después de la muerte, quien lo «llevará a su reino del cielo»

Para Pablo el mensaje de Jesús no es una quimera, no es tampoco unas palabras bonitas ni una ética de máximos, sólo asequible a unos cuantos, un ideal inalcanzable. Él comprendió que la «Buena Noticia» de Jesús cambia la existencia, descubre la auténtica alegría y la verdadera libertad, es capaz de transformar el mundo y las personas que en él habitan. Y empeñó toda su existencia en esta certeza.

Por su parte, Pedro, la piedra sobre la que el Señor construirá su Iglesia (evangelio) es el mismo que padece persecución y cárcel (primera lectura), antes de tener que ofrendar su vida en el martirio.

Ambos hicieron la opción fundamental por la que vale la pena vivir y morir.

sábado, 4 de abril de 2015

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» Con este saludo y la consiguiente respuesta nuestros hermanos cristianos orientales se saludan este día tan especial, tan extraordinario, y durante todo el tiempo pascual. Hoy celebramos que la muerte no ha podido con Jesucristo, con su mensaje, con su proyecto. Dios Padre lo ha resucitado.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena como primer testimonio del sepulcro vacío del Señor. Lo que comunica inmediatamente a Pedro y al discípulo amado. Ambos llegan corriendo. Es el «discípulo amado» el que al entrar, ve y cree. Entiende las Escrituras, puntualiza el narrador.

El evangelista pretende que nosotros lectores y lectoras nos identifiquemos con la actitud del «discípulo amado». Éste personaje –del que curiosamente no se menciona el nombre en todo el evangelio– es capaz de creer a partir de unos signos materiales, que en sí no producen la fe. Sólo una fe profunda, cimentada en la Palabra de Dios, y una confianza plena en la persona de Jesús permiten captar y asumir la fuerza de la resurrección del Señor. Será el discípulo que se siente amado personalmente por Jesús quien entenderá que Jesús vive, que ha vuelto a la vida, que su mensaje y su proyecto valen la pena. Dios Padre resucitándolo lo ha certificado.

martes, 24 de febrero de 2015

Domingo II de Cuaresma, ciclo B - Mc 9,2-10

Iglesia de la Transfiguración, Monte Tabor (Israel)
La escena de la Transfiguración de Jesús es un anticipo de su resurrección. La Cuaresma no termina con la muerte violenta de Jesús, ajusticiado en una cruz como un malhechor. Su vida y su predicación hacen comprensible su final trágico. Los poderosos de este mundo no están dispuestos a aceptar su mensaje de la buena noticia del Reino de Dios, donde cada mujer y cada hombre son valorados en si mismos y no por lo que tienen o por lo que parecen, donde todos participan de la misma dignidad. Pero el mal, la violencia, el poder no tienen la última palabra. La Transfiguración preanuncia esta realidad; Dios-Padre se pone del lado de Jesús: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

Más aún, toda la Escritura –significada por Moisés y Elías: la Torá (la Ley) y los Profetas– avalan la «razón» de Jesús. La causa de Jesús responde al plan amoroso de Dios. La Pascua, su resurrección será la prueba de que no se equivocó. Como no se equivocan tantos hombres y tantas mujeres que también hoy en día –a ejemplo de Jesús, el Maestro– ponen toda su existencia al servicio de los demás.

No es fácil aceptar esta realidad. Nos gusta –como a Pedro, a Santiago y a Juan– la vida sin complicaciones; «¡qué bien se está aquí!» repetimos como ellos cuando las circunstancias nos son propicias. Pero no siempre estamos dispuestos a jugarnos la vida por la causa de Jesús, por la buena noticia del Reino.

martes, 26 de agosto de 2014

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 16,21-27

Aunque la respuesta de Pedro sobre la identidad de Jesús es la correcta (evangelio del domingo pasado), su comprensión de la misma deja mucho que desear. Jesús les anuncia el final violento de su vida, lo que ha de padecer y cómo morirá ejecutado, aunque también les anticipa su resurrección; es la consecuencia previsible de su vida y de su predicación. Pero Pedro no está dispuesto a aceptar esa realidad, intenta apartar a Jesús de este destino. No entiende que ese final está unido indisolublemente a la forma de ser de Jesús, a su mesianismo que poco antes ha proclamado, a su estilo de vida. Buscar seguridades, tranquilidad, no complicarse la vida, no «molestar» a los poderosos, dejar de predicar la «buena noticia» del Reino, renunciar a proclamar el amor de Dios a los pobres, enfermos, pecadores, prostitutas y gente de mala vida, significaría abandonar todo aquello que da sentido a su vida, aunque esto signifique morir violentamente. Jesús está convencido, la experiencia lo enseña, que esta forma de vivir significa esa forma de morir, pero Dios-Padre está de su parte, esa es su esperanza y su convicción.

Nosotros somos más del estilo de Pedro. Nos gusta la vida fácil y tranquila, y cuando el evangelio de Jesús nos interpela, nos complica la existencia nos vienen las crisis. Nos falta estar convencidos que el estilo de Jesús vale la pena, que la vida tiene sentido cuando se gasta y se desgasta en vivir la radicalidad del Evangelio.

martes, 19 de agosto de 2014

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 16,13-20

Jesús pregunta a sus discípulos sobre lo que la gente piensa de él. Curiosamente las respuestas que recoge el evangelio todas son positivas, insuficientes, pero positivas. Sabemos, por otros pasajes, que todos no tenían una visión tan optimista de la persona y del mensaje de Jesús, sino no hubiese muerto en la cruz. Nos centraremos, no obstante, en las respuestas que nos narra el evangelio de hoy. Jesús es visto como un predicador de los últimos tiempos (Juan Bautista) o como un profeta que proclama la Palabra de Dios en tiempos difíciles (Elías, Jeremías, etc.). Y Jesús sí que es un profeta, sí que es un hombre extraordinario, pero es mucho más.

La respuesta que el narrador pone en boca de Pedro aclara el sentido profundo de la identidad de Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Jesús es la respuesta a las expectativas del pueblo de Dios, es el Mesías; pero las sobrepasa, es «el Hijo de Dios vivo». Jesús es la respuesta de Dios a la búsqueda de sentido de toda la Humanidad, es la revelación del amor de Dios a cada ser humano, es Dios que se quiere quedar con nosotros, que decide compartir nuestra condición vulnerable.

No debemos nunca despreciar las diversas respuestas que, también en nuestra época, hacen nuestros contemporáneos sobre la identidad de Jesús, aunque sean limitadas. Esas aproximaciones nos deben animar a predicar, a manifestar con nuestra vida que tienen razón, que Jesús es alguien excepcional, un auténtico transformador social, pero que es mucho más, es la respuesta de Dios a la Humanidad.

miércoles, 25 de junio de 2014

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

En este domingo celebramos la fiesta de las dos grandes columnas de la Iglesia, san Pedro y san Pablo. La primera y la segunda lectura sitúan a estos dos personajes en la cárcel, encadenados a causa del testimonio del evangelio de Jesús. En el evangelio, después de la promesa de edificar la Iglesia sobre la piedra de Pedro, Jesús afirma que «el poder del infierno no la derrotará».

Tanto Pedro como Pablo viven la esperanza, la confianza en las palabras del Señor. Saben que es posible que pierdan su libertad, incluso su vida por dar testimonio de la verdad. Pero, están convencidos que la victoria definitiva será de la verdad, del mensaje de Jesús, del evangelio. Han gastado sus esfuerzos y toda su existencia en hacer presente la «buena noticia» de Jesús, en predicar y comunicar con su vida la salvación de Dios, en comunicar que Dios ama a todos los hombres y a todas las mujeres de forma paternal, maternal, entrañable…, y que cada ser humano, por consiguiente, ha de ver en el otro a su hermano, a su hermana. 

Han puesto el listón muy alto. Para ellos el seguir a Jesús no ha sido algo sociológico o por costumbre; han comprometido toda su existencia, porque se han fiado de la Palabra de Jesús, porque Jesús no es para ellos un personaje importante, es lo definitivo, alguien por quien vale la pena darlo todo.

jueves, 17 de abril de 2014

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.

Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

martes, 9 de abril de 2013

Domingo III de Pascua - Jn 21,1-19


Jesús resucitado se hace el encontradizo con los discípulos, vemos en el evangelio de hoy. Será su Palabra la que hará posible una pesca abundante, también el que no se rompa la red. La misión que ha encomendado a sus discípulos sólo es posible a partir de la Palabra de Jesús. En su Palabra eficaz el discípulo amado –todos somos el discípulo amado– reconoce al Señor. Es Jesús el que también les ofrece alimento, participa con ellos de un banquete sencillo. Dos «lugares» de encuentro con Jesús: su Palabra y la comida fraternal, que fácilmente nos evoca la Eucaristía.

Y añadirá un tercer elemento, que ya está insinuado en los anteriores: el amor de donación. La tarea que encarga a Pedro, apacentar, pastorear sus corderos y sus ovejas, sólo tiene sentido desde el amor, desde el servicio, desde la donación desinteresada. Pedro deberá pasar la prueba del amor, sólo en este crisol quedará probada su idoneidad como dirigente de la comunidad. Una capacidad que tiene mucho más de servicio que de poder, de entrega que de imposición, de amor entrañable que de exigencias...

La centralidad de la Palabra de Dios, la participación fraternal en la Eucaristía, los diversos carismas entendidos siempre como servicio nos marcan el camino de la misión que Jesús ha encomendado a sus discípulos, a su Iglesia.

martes, 19 de febrero de 2013

Domingo II de Cuaresma - Lc 9,28b-36

Iglesia de la Transfiguración (Tabor, Israel)
La escena del Evangelio de hoy anticipa el misterio glorioso de Jesús, pero no obvia la antesala: su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. La liberación que proclama Jesús y de la que su resurrección es el exponente que la garantiza, no ahorra el sufrimiento de la cruz y de la muerte.

En Jesús se cumplen todas las esperanzas del pueblo de Israel, del pueblo de Dios, representado en la escena por Moisés y Elías, la Ley y los Profetas. Dios Padre corrobora que es así: Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

Pedro, Juan y Santiago son espectadores de esta teofanía, de esta manifestación de Dios. Pero, como es habitual, no entienden nada: primero se caen de sueño, luego no saben lo que dicen, al final están asustados... ¡Qué difícil es a veces percibir la fuerza de la Buena Nueva de Jesús!

El Evangelio del Reino es un mensaje gozoso de liberación. Pero este mensaje no va a ser en muchas ocasiones bien acogido: Jesús sabía que con su predicación y con su estilo de actuar se jugaba la vida. Los discípulos están dispuestos a llegar a la meta, pero no siempre están preparados para asumir las consecuencias del seguimiento radical de las enseñanzas y de la vida de Jesús.