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lunes, 25 de junio de 2018

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

Pedro y Pablo son considerados las dos columnas del cristianismo incipiente del siglo I, ambos predicadores incansables de la Buena Noticia de Jesús, los dos mártires del mensaje que cambió sus vidas y su entorno.

En la liturgia de hoy escuchamos, en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura), cómo Pablo, convencido de su martirio inminente, habla de su muerte desde una vivencia de la esperanza cristiana que impresiona. Recapitula su labor apostólica incansable, su plena confianza en la Palabra del Señor, su esperanza inquebrantable en encontrarse con Jesús después de la muerte, quien lo «llevará a su reino del cielo»

Para Pablo el mensaje de Jesús no es una quimera, no es tampoco unas palabras bonitas ni una ética de máximos, sólo asequible a unos cuantos, un ideal inalcanzable. Él comprendió que la «Buena Noticia» de Jesús cambia la existencia, descubre la auténtica alegría y la verdadera libertad, es capaz de transformar el mundo y las personas que en él habitan. Y empeñó toda su existencia en esta certeza.

Por su parte, Pedro, la piedra sobre la que el Señor construirá su Iglesia (evangelio) es el mismo que padece persecución y cárcel (primera lectura), antes de tener que ofrendar su vida en el martirio.

Ambos hicieron la opción fundamental por la que vale la pena vivir y morir.

martes, 3 de abril de 2018

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31


La experiencia de la resurrección, que nos narra hoy el evangelio de Juan, acontece el primer día de la semana, es decir, el domingo. Éste día, el de la resurrección de Jesús, será a partir de entonces el que sustituirá el sábado judío. En aquella celebración se conmemoraba tanto el final de la creación, de la que el ser humano es el culmen, como la experiencia liberadora del Éxodo para el pueblo de Israel. Ahora celebramos la nueva creación que la resurrección de Cristo ha inaugurado; la liberación universal de toda la humanidad del mal, de la injusticia, de cualquier tipo de esclavitud; el nacimiento del nuevo Pueblo de Dios.

Es una experiencia de paz, de felicidad, de perdón, de amor, de Espíritu Santo, de fe. Todos estos elementos están presentes en el texto que meditamos. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos invitados, tanto personal como comunitariamente, a experimentar esta realidad. Lo realmente importante no es tanto la «experiencia física» de la resurrección: «Dichosos los que crean sin haber visto» Lo definitivo es el encuentro con Cristo resucitado. Un encuentro que transforma nuestras vidas, nos hace vivir más felices, nos posibilita amar, nos invita al perdón… ¿Es posible este cambio en mi vida, en mi familia, en mi comunidad?

lunes, 11 de septiembre de 2017

La Exaltación de la Santa Cruz - Jn 3,13-17

La cruz, signo de ignominia, en Jesús se convierte en símbolo de salvación, en realidad liberadora. La forma de actuar de Dios no es la de la condenación, sino la de dar vida. El Dios de Jesús es el Dios de la vida. Y la cruz de Jesús es sinónimo de vida sin fin, de vida eterna.

Este jueves celebramos la «Exaltación de la Santa Cruz», es decir que la cruz de Jesucristo ha sido encumbrada, ennoblecida, santificada; algo que originalmente era juzgado como signo de la maldición de Dios. Y es que la cruz, en Jesús, se ha convertido en la mayor prueba del amor de Dios al ser humano. Dios quiere que vivamos, que seamos felices, que nuestra vida tenga sentido, que pregustemos la eternidad ya aquí, en nuestra existencia cotidiana.

La «buena noticia» de Jesús para los pobres, los excluidos, los enfermos…, para todos y todas tiene su fase álgida en la cruz. Y es que el fracaso se convierte en esperanza, la desesperación en confianza, la muerte en resurrección, en vida. Dios Padre está del lado de Jesús, su Hijo. Su causa no ha fracasado. La exaltación de la cruz significa la elevación de todo lo pequeño, inútil o despreciable, según el mundo. Dios es un Dios de vida.

martes, 2 de mayo de 2017

Domingo IV de Pascua - Jn 10,1-10

Jesús no es un pastor de «borregos» sin capacidad de pensar y que siguen a alguien de forma mecánica: «¿dónde va Vicente?, donde va la gente». Jesús es el buen pastor que conoce y respeta a cada una de las ovejas de su rebaño; las conoce personalmente y por eso llama a «cada una por su nombre». Y estas ovejas siguen a Jesús de una forma consciente y libre, de manera que «no reconocen la voz de los extraños»

Más aún, Él es «la puerta», donde las ovejas encontrarán la salvación, la respuesta a todos sus anhelos y esperanzas. Y podrán «entrar y salir libremente», no condicionadas o manipuladas por nada ni por nadie; pero allí «encontrarán pastos» para saciarse. Y es que Jesús quiere que «tengan vida y la tengan en abundancia».

El símil es fácil de entender, de aplicar. La narración del evangelio está manifestando cómo Jesús muestra el camino de la fe, al que estamos invitados todos y todas, un camino de libertad, donde la persona se siente valorada por sí misma, por lo que es, reconocida individual, personalmente, y encuentra la plenitud de sus aspiraciones más profundas. Pero hay otras «ofertas», con frecuencia tentadoras, pero que no dan vida.

lunes, 10 de abril de 2017

Jueves santo - Jn 13,1-5

Los acontecimientos de la primera «semana santa» transcurren en un contexto pascual, la celebración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud (primera lectura): la Pascua judía. 

Jesús inaugurará una nueva Pascua, en la que la liberación de toda esclavitud, del mal, del pecado será definitiva y universal. E igual que el acontecimiento pascual judío es conmemorado con una cena familiar, en un entorno cúltico, la muerte y resurrección de Jesús es actualizado alrededor de una mesa (segunda lectura y evangelio), en cada eucaristía.

La última cena de Jesús con sus discípulos es vivida en la comunidad eclesial cada vez que nos reunimos como hermanos, hijos del mismo Padre, en la Eucaristía.

La narración del evangelio de este jueves santo nos facilita las pistas de las actitudes necesarias para participar plenamente del encuentro fraternal que es la celebración de la «Cena del Señor»: amor y servicio. El amor de Jesús llega «hasta el extremo», hasta dar la vida por nosotros; pero también hasta el extremo de ponerse a servir, a «lavarnos los pies», él que es «el Maestro y el Señor».

No tenemos excusa para no tomarnos en serio la actitud de Jesús, proceder que necesariamente ha de ser la de cada discípulo y cada discípula suyos: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

martes, 24 de noviembre de 2015

Domingo I de Adviento, ciclo C - Lc 21,25-28.34-36

El texto «apocalíptico» del evangelio de este domingo no intenta asustar a los que lo leen o escuchan. No es como esas películas, con títulos apocalípticos, que buscan mantener en una tensión de miedo continuo al espectador. Nada de eso. El evangelista afirma rotundamente: «levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación»

La venida de Jesús, el Cristo, el Hijo del hombre, es un signo de esperanza, una llamada a la resistencia en un mundo injusto y opresor. Así leían estos textos las primeras comunidades cristianas, muchas veces perseguidas y oprimidas por los poderosos de turno. De forma similar los siguen haciendo suyos muchas comunidades actuales, especialmente del llamado Tercer mundo (también del Cuarto, dentro de nuestras «sociedades del bienestar»), desde su experiencia de «asfixia» de los derechos humanos, de anhelo de vivir libremente los valores del Reino, de hallarse en una situación de injusticia generalizada…

Quienes han de temer son los que provocan estas situaciones y los que las consienten desde sus silencios culpables… El mensaje de Jesús indica que esa situación no es definitiva, ni tampoco se ha de esperar a la otra vida para que cambie. Dios está del lado de los que la sufren; hay que resistir, es posible la esperanza. La comunidad eclesial, cada seguidor y cada seguidora de Jesús se han de implicar en ello, para que la afirmación de Jesús, «se acerca vuestra liberación», no sea una quimera.

martes, 7 de abril de 2015

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31

La experiencia de la resurrección, que nos narra hoy el evangelio de Juan, acontece el primer día de la semana, es decir, el domingo. Éste día, el de la resurrección de Jesús, será a partir de entonces el que sustituirá el sábado judío. En aquella celebración se conmemoraba tanto el final de la creación, de la que el ser humano es el culmen, como la experiencia liberadora del Éxodo para el pueblo de Israel. Ahora celebramos la nueva creación que la resurrección de Cristo ha inaugurado; la liberación universal de toda la humanidad del mal, de la injusticia, de cualquier tipo de esclavitud; el nacimiento del nuevo Pueblo de Dios.

Es una experiencia de paz, de felicidad, de perdón, de amor, de Espíritu Santo, de fe. Todos estos elementos están presentes en el texto que meditamos. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos invitados, tanto personal como comunitariamente, a experimentar esta realidad. Lo realmente importante no es tanto la «experiencia física» de la resurrección: «Dichosos los que crean sin haber visto» Lo definitivo es el encuentro con Cristo resucitado. Un encuentro que transforma nuestras vidas, nos hace vivir más felices, nos posibilita amar, nos invita al perdón… ¿Es posible este cambio en mi vida, en mi familia, en mi comunidad?

lunes, 14 de abril de 2014

Jueves santo - Jn 13,1-5

Los acontecimientos de la primera «semana santa» transcurren en un contexto pascual, la celebración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud (primera lectura): la Pascua judía. Jesús inaugurará una nueva Pascua, en la que la liberación de toda esclavitud, del mal, del pecado será definitiva y universal. E igual que el acontecimiento pascual judío es conmemorado con una cena familiar, en un entorno cúltico, la muerte y resurrección de Jesús es actualizado alrededor de una mesa (segunda lectura y evangelio), en cada eucaristía.

La última cena de Jesús con sus discípulos es vivida en la comunidad eclesial cada vez que nos reunimos como hermanos, hijos del mismo Padre, en la Eucaristía.

La narración del evangelio de este jueves santo nos facilita las pistas de las actitudes necesarias para participar plenamente del encuentro fraternal que es la celebración de la «Cena del Señor»: amor y servicio. El amor de Jesús llega «hasta el extremo», hasta dar la vida por nosotros; pero también hasta el extremo de ponerse a servir, a «lavarnos los pies», él que es «el Maestro y el Señor».

No tenemos excusa para no tomarnos en serio la actitud de Jesús, proceder que necesariamente ha de ser la de cada discípulo y cada discípula suyos: «os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis». 

martes, 13 de noviembre de 2012

Domingo XXXIII del tiempo ordinario - Mc 13,24-32

Unos cielos nuevos y una tierra nueva
En este domingo meditamos un fragmento del llamado «discurso apocalíptico» del evangelio de Marcos. Es un texto de esperanza y de resistencia. El mal no tiene la última palabra es el mensaje. Los «elegidos» serán reunidos «de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte» Ya no habrá nada que temer, la injusticia será aniquilada, el mal desaparecerá…

No hemos de esperar a la otra vida para que esta realidad se inaugure; ya lo ha hecho Jesús. Los signos de esperanza son visibles. La comunidad creyente tiene la responsabilidad de continuar lo iniciado por el Señor. Es verdad que su plenitud aquí es impensable, pero eso no nos exime de trabajar sin descanso para aproximarnos lo más posible a ella. Contamos con el mensaje de esperanza de Jesús, de quien nos fiamos; sabemos que Dios no nos defraudará; esperamos y trabajamos por unos cielos nuevos y una tierra nueva donde impere la justicia y sea respetada la dignidad de todos. 

martes, 24 de abril de 2012

Domingo IV de Pascua - Jn 10,11-18

La figura de Jesús como «el buen Pastor» recuerda fácilmente la imagen de Dios como Pastor de Israel. Y es que el símil del pastor y el rebaño en la Biblia no tienen nada de borreguismo ni de alienante. Es, por el contrario, un símbolo de liberación, de protección divina, de unidad, de identidad. Jesús conoce a sus ovejas y las conoce individual, personalmente; de igual modo sus ovejas le conocen. Más aún, Jesús está dispuesto a dar su vida por las ovejas; como así ocurrió. Lo que define la relación entre Jesús y el rebaño es el amor, hasta las últimas consecuencias.

Aunque Jesús quiere dejar claro que su rebaño tampoco se identifica con un gueto, un grupo cerrado que considera que el resto son distintos y una amenaza. «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor» La Buena Noticia de Jesús ha de llegar a todos sin distinción; su mensaje de liberación es universal; todos y todas están llamados a participar de una fraternidad universal.   

sábado, 23 de abril de 2011

Domingo de Pascua de Resurrección - Jn 20,1-9


¡Jesús ha resucitado! Éste es el saludo, el grito de millones de cristianos en este día. Algo parecido sucede en la escena que nos narra el evangelio de esta festividad, todos corren: María Magdalena, Simón Pedro, el discípulo amado. No es para menos. Algo inesperado ha pasado, aún no saben exactamente qué, pero Jesús ya no está en el sepulcro, no se encuentra entre los muertos. Será del discípulo amado de quien dirá el evangelista que «vio y creyó» Es curioso, pero aún no se narra ninguna aparición del resucitado; lo que han visto estos primeros testigos es bien poco, unos objetos del embalsamamiento, pero nada más. Más bien es lo que no ven: Jesús ya no está entre los muertos. Será la fe la que hará posible creer en Jesús, creer en su resurrección. Y ese mensaje es muy actual. Después los evangelios narrarán las apariciones de Jesús resucitado, pero éstas no anulan el momento de la fe.

Nuestra fe está enraizada en la resurrección de Jesús: esa es nuestra fe, esa es la fe de la Iglesia. La resurrección del Señor es un canto de esperanza ante los sufrimientos de tantos hermanos nuestros, ante la injusticia que tantos están padeciendo, ante el dolor de los muchos que padecen… El mal, la muerte no tienen la última palabra. La comunidad creyente, la Iglesia, tiene la responsabilidad de preparar el camino para que todo esto cambie. No sirven las recetas de la resignación y de la paciencia estéril, hemos de empeñarnos en que todos gocen de la experiencia de la resurrección.

lunes, 18 de abril de 2011

Jueves santo - Jn 13,1-5


El contexto de todas las lecturas de la festividad del Jueves santo es pascual. La primera lectura, del libro del Éxodo, nos recuerda la primera Pascua de Israel, en la que el pueblo es liberado por Dios de la esclavitud de Egipto y comienza su andadura como pueblo, mucho más, como Pueblo de Dios. San Pablo, en la segunda lectura, recuerda la última cena de Jesús con sus discípulos, una cena en el contexto de la celebración de la Pascua judía, y que ya en los años 50 de nuestra era es una tradición que se recuerda y actualiza en todas las comunidades cristianas.

El evangelio también nos situará en un entorno similar: «antes de la fiesta de Pascua…» El narrador quiere subrayar el acto de amor inconmensurable que significa la entrega de Jesús: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»

La última cena del Señor, inicio de la Pascua cristiana, es el origen del nuevo Pueblo de Dios que abarca a todas las naciones y a todas las personas; está fundamentado en la entrega hasta las últimas consecuencias de Jesús e implica la liberación de todas las esclavitudes. Y esta entrega, esta actitud de servicio incluye desde los detalles más pequeños, «lavar los pies de los otros», hasta la donación de la propia vida.

lunes, 1 de marzo de 2010

Un Dios que se manifiesta en la historia

La experiencia primordial de Israel, de la que encontramos continuamente ecos en toda la Biblia hebrea, es la de un Dios que se hace presente en la historia del pueblo; un Dios que participa del devenir de su existencia cotidiana. El Dios de la Biblia se revela a sí mismo como «Señor de la historia». Este señorío no tiene como objetivo el manipular la historia humana ni el convertir a sus protagonistas, los hombres y las mujeres, en marionetas. Es un Dios que quiere el bien del ser humano, que le muestra –no le impone– el camino idóneo, advirtiéndole de los peligros de seguir una opción errónea, engañosa, injusta.

El Señor de la historia aparece como un Dios «parcial», Alguien que se pone del lado del más débil, del oprimido, del pequeño… Aquellos que no tienen quien les defienda, que nadie apuesta por su causa, tienen de su parte al Señor.

Sobre todo, pero no exclusivamente, las narraciones del Éxodo nos hablan de un Dios que no permanece impasible ante el sufrimiento del oprimido. Dios no es un mero espectador de la historia –como en muchas ocasiones es presentado o imaginado–; Él escucha su clamor, recuerda su Alianza, mira la humillación que están padeciendo, conoce a su pueblo (cf. Ex 2,23-25).

Escuchar, recordar y mirar son verbos, acciones que implican a toda la persona en la antropología bíblica, que indican la totalidad. Dios se involucra plenamente en la historia humana, toma partido por los más débiles: los escucha, los mira compadeciéndose, es fiel a sus promesas. Dios también «conoce» a su pueblo. El verbo «conocer» en hebreo tiene un sentido de intensidad, de relación personal, de intimidad. El Dios de Israel no conoce superficialmente o de oídas, conoce en profundidad, hace suyo el sufrimiento del oprimido.

El texto que podemos seguir leyendo nos narra el cómo Dios se vale de una persona, de Moisés, para ejecutar su acción salvífica, en favor del pueblo. Moisés es un personaje con muchas limitaciones, que se siente impotente para realizar lo que Dios le pide y, por tanto, manifiesta al Señor muchas objeciones a la misión (Ex 3,11-15; 4,1-18). Aún así llevará al pueblo, con la ayuda imprescindible del Señor, a su liberación.

Es tan crucial esta experiencia liberadora para el pueblo israelita que desde entonces celebrará, como su fiesta principal, el Pesaj o fiesta de la Pascua. Incluso las primeras comunidades de seguidores de Jesús sentirán la necesidad de hacer una lectura pascual de la muerte y resurrección de Jesús: una nueva Pascua con apertura universal y definitiva.

La experiencia de un Dios que se manifiesta en la historia será una constante tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El Dios de Israel, el Dios de Jesús no es un dios ajeno al sufrimiento humano; es un Dios que se solidariza con dicho sufrimiento, que suscita personas que –de forma consciente o no tan consciente– realizan su acción liberadora, de servicio, de solidaridad, de amor desinteresado.

Jesús con su vida, con su predicación, con su muerte y resurrección nos mostró de forma diáfana a ese Dios siempre presente en nuestra vida, en nuestra historia personal, comunitaria, universal, compartiendo las necesidades y sufrimientos humanos, así como también las alegrías y esperanzas.