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miércoles, 31 de octubre de 2018

Celebración de «Los fieles difuntos» - Jn 14,1-6

Estoy convencido que nuestros difuntos, familiares y amigos, por los que hago oración hoy (y en tantas ocasiones) ya han sido honrados en la fiesta del día anterior, de «Todos los santos»; ya disfrutan de la plenitud del amor que es el cielo, que es Dios.

La fe nos hace percibir que somos «ciudadanos del cielo» (segunda lectura); aunque, eso sí, pisando firmemente con los pies en la tierra. Nos fiamos de Jesús, y Él afirma que «en la casa de mi Padre hay muchas estancias»; hay sitio para todos y todas. El «camino» nos lo mostró Jesús, mejor, es Jesús.

Jesús es el camino, el auténtico camino, que nos lleva a la verdad, a la verdad en plenitud. Su persona, su mensaje, su proyecto no son una quimera. Otro mundo es posible, es factible una realidad más justa, donde sea respetada la dignidad de cada persona, de cada individuo, donde cada ser humano considere hermano a cualquier otro ser humano. Los discípulos y discípulas de Jesús tenemos la tarea, el compromiso de hacerlo posible. Ese «camino», esta «verdad» nos llevarán a la «vida», a la auténtica «vida», a la «Vida» con mayúscula. Nuestros seres queridos, que nos han «dejado» momentáneamente, ya están disfrutando de esa Vida, que comenzaron a construir aquí.

domingo, 28 de octubre de 2018

Celebración de Todos los Santos - Mt 5,1-12a

Lugar de las Bienaventuranzas, Israel
El evangelio que leemos / escuchamos en la celebración del día de «Todos los Santos», es el llamado «Sermón de la montaña», del evangelio de Mateo, donde Jesús enseña quienes son los «dichosos», los «bienaventurados». El número de los que están ya disfrutando del amor en plenitud, de Dios, es incontable (primera lectura, del libro del Apocalipsis); cada uno de nosotros ha conocido, conoce a un buen número de ellos y de ellas. Ya no están físicamente entre nosotros, pero siguen presentes de alguna manera, y actualmente están degustando de la visión de Dios (segunda lectura).

La «recompensa será grande»; ésta es nuestra esperanza. Pero la realidad del «reino de Dios» es algo que se ha de empezar a construir hoy, aquí y ahora. El conseguir que los pobres, los que lloran, los que sufren… sean dichosos es tarea de toda la comunidad eclesial; no es una realidad que haya que esperar a la otra vida. De la misma manera la solicitud por la causa de la justicia y de la paz.

Los «santos» son todos/as aquellos/as que se han empeñado (que se empeñan), de una forma o de otra, en que el proyecto de Jesús se haga realidad en este mundo, que comience a realizarse. Y es posible que algunos/as de ellos/as no sean conscientes de que estaban (están) contribuyendo a la construcción del «reino de los cielos», al que estamos llamados, todos y todas, a disfrutar.

domingo, 22 de julio de 2018

Festividad de Santiago, apóstol - Mt 20,20-28

Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.
          
El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

domingo, 18 de marzo de 2018

San José, esposo de María - Lc 2,41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

domingo, 29 de octubre de 2017

Todos los Santos - Mt 5,1-12a

Lugar donde la tradición sitúa el «Sermón de la montaña»
El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de «todos los santos», de tantos y tantas que ya están disfrutando plenamente del amor de Dios, porque su vida ha sido –en mayor o menor grado– una respuesta de amor. 

¿Cuántos?, ¿cuántas?: seguramente un número que se escapa a todas nuestras cuentas, una cifra que no sé si cabe en el ordenador más potente del mundo. En la primera lectura, del libro del Apocalipsis, se menciona «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua». Es realmente consolador.

El evangelio de esta festividad es el «sermón de la montaña» y en él Jesús nos habla de quienes son los felices, los dichosos, aquellos que están llamado a vivir la alegría en plenitud. Y curiosamente no se corresponde con los que normalmente pensamos que son los afortunados: aquellos que tienen dinero, poder, prestigio, fama… ¡No!, los felices del evangelio son los pobres, los que sufren diversas desgracias, aquellos que no les ha ido bien en la vida. Y junto a ellos, los que saben amar, lo que se empeñan en un mundo más justo donde reine la paz, los que luchan por un mundo donde todos puedan vivir. Es posible que entre unos y otros consigamos que el mundo cambie; que los seres humanos sean más solidarios; que la alegría, la paz, el amor, los bienes de la tierra sean algo de todos y no de unos pocos. Es una tarea a realizar aquí y ahora, aunque conscientes que su plenitud sólo la podremos disfrutar en el cielo, donde la única medida es la del amor.

lunes, 24 de julio de 2017

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Hoy celebramos la memoria de Santiago, hijo de Zebedeo, que junto a su hermano Juan eran conocidos como los hijos del trueno, por su carácter impetuoso. Fue el primero del grupo de los «Doce» que murió por amor a Jesús, alrededor del año 43 d.C., por mandato del rey Herodes (primera lectura).

En el evangelio escogido para su fiesta no es que queden muy bien parados Santiago y su hermano Juan. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

Jesús les enseñará otro camino a ellos, al resto del grupo de los Doce y a toda la comunidad de discípulos y discípulas: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de todas y de todos, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

lunes, 23 de enero de 2017

Domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 5,1-12a

Lugar donde la tradición sitúa el «Sermón de la montaña»
El evangelio de este domingo sitúa a Jesús en la montaña predicando. Jesús afirma que son dichosos, felices los pobres, los que lloran y sufren, los perseguidos por practicar el bien...; pero también los hambrientos de justicia, los que practican el amor misericordioso, los que se empeñan en hacer posible la paz, etc. En realidad Jesús inaugura un nuevo estilo de vida personal y comunitario, donde desaparecen las distancias entre los desafortunados y los que viven en prosperidad. En este cambio de paradigma implica a la comunidad de sus discípulos: no se ha que esperar a la otra vida para que cambien las cosas. El reino de Dios lo inauguró ya Jesús y todos estamos llamados a hacerlo presente en este mundo, aunque en él no pueda llegar a su plenitud.

Pablo comentará en sus cartas (segunda lectura) que en la comunidad cristiana no caben los prepotentes o los insolidarios, ya que los llamados son «la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor». No es que no quepan los que no responden a esas características; es simplemente cambiar las cosas: los que cuentan, los que se merecen ser felices son los que no lo han sido nunca, los primeros en la comunidad de Jesús son los últimos según el mundo.

martes, 3 de enero de 2017

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

La palabra «Epifanía» significa manifestación. Dios se ha manifestado, en Jesús, a todos los pueblos, a todos los hombres y a todas las mujeres de todos los lugares, de todos los tiempos. Los magos de Oriente que vienen a adorar al «Rey de los judíos», a Jesús niño, representan al conjunto de las naciones, a quien Dios se quiere mostrar como respuesta a sus esperanzas y expectativas.

Las actitudes que muestran los diferentes personajes de la narración del evangelio de hoy también son trasladables a nuestras situaciones actuales concretas. A Herodes le inquieta el nacimiento de Jesús, lo que le preocupa es que alguien le pueda hacer sombra, que alguno rivalice con él y merme su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben, conocen la Escritura, pero se muestran indiferentes ante el acontecimiento que anuncian los sabios de Oriente: ellos ya viven bien, ¿para qué necesitan un salvador? Los extranjeros que siguen la estrella se entusiasman, incluso recorren un largo camino, preguntan, investigan, «se llenaron de inmensa alegría» cuando encuentran el camino y se arrodillan ante la grandeza de Dios que se manifiesta en lo pequeño. María muestra al niño, a su Hijo, a todos los que lo requieren, pasando discretamente a un segundo plano. ¿Cuál es mi actitud ante las manifestaciones de Dios en la vida cotidiana?

jueves, 3 de noviembre de 2016

Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 20,27-38

Abraham, Isaac y Jacob
Jesús nos presenta, en el evangelio de este domingo, al Dios de la vida. La pregunta malintencionada de los saduceos le da pie para hablarnos de un Dios que «no es Dios de muertos, sino de vivos». El Dios de Jesús es un Dios que está siempre al lado de su pueblo, es el «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», un Dios que se hace presente en la historia de su pueblo, un Dios cercano, un Dios de vida.

Dios ama a cada uno de nosotros de una forma singular, individual, personal. Por eso se hace presente en nuestras vidas, en nuestra cotidianidad, en nuestra historia personal, pero también en la comunitaria y eclesial. Y también, por esta razón, por amor, desea que disfrutemos eternamente de su amor, del amor compartido, pleno, total.

Esta visión de la otra vida no tiene nada de alienante, todo lo contrario. Es una vida que se convierte en continuidad con ésta, y sólo así tiene sentido. Dios se hace presente en nuestras vidas, aquí y ahora, y nos ofrece vivir según su plan amoroso. El decirle, con mi vida, sí, significa que empiezo ya a compartir ese amor con los demás, con cada hombre y cada mujer, a los que considero mis hermanos, y esto es el anticipo de la Vida, con mayúsculas, donde el amor será la única puerta de entrada posible.

domingo, 30 de octubre de 2016

Festividad de «Todos los Santos» - Mt 5,1-12a

Lugar de las Bienaventuranzas, Israel
En la solemnidad de «Todos los santos» la liturgia nos propone el texto de las «Bienaventuranzas», en el evangelio de Mateo. La Iglesia nos recuerda que el camino de la santidad pasa por la opción por los pobres, por los desconsolados, por los que sufren, etc. De ellos, afirma el evangelio, es el reino de los cielos. Más, aún, asevera que ellos son los «bienaventurados», los felices; implicando a toda la comunidad eclesial en que esta promesa se convierta en realidad aquí y ahora, sin esperar a la otra vida, donde se cumplirá en toda su plenitud. Pero ya es (en presente) de ellos el reino de los cielos; pueden ya estar «alegres y contentos», aunque la recompensa, su plenitud, todavía no es definitiva en esta vida.

La perspectiva que nos muestra el evangelio es bien distinta a la realidad que nos envuelve. Implica una forma de vida diversa: lo prioritario no es el tener, si no el ser; los importantes no son los ricos, famosos y poderosos, si no los que no tienen nada, los «machacados» por la vida, los que son capaces de padecer con el sufrimiento del prójimo, los que se empeñan en que vivamos en un mundo de paz. Los santos y las santas son aquellos que han puesto toda su vida al servicio del «plan de Dios» para la humanidad, resumido en el Sermón de la montaña.

domingo, 24 de julio de 2016

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

lunes, 20 de junio de 2016

Natividad de san Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán
Hoy celebramos el nacimiento de Juan el Bautista. La venida al mundo de un nuevo ser humano es normalmente motivo de gran alegría. En el nacimiento del Bautista comparten este gozo con sus padres los vecinos y parientes. Pero no todos son conscientes, aunque algunos intuyen en él algo especial, de que ha sido elegido por Dios, desde el vientre materno, para una importante misión: ser el precursor del Mesías, anunciar la inauguración del Reino de Dios en Jesús.

La madre, el padre, la familia, los amigos y conocidos se preguntan con frecuencia ante un bebé recién nacido, como en el caso de Juan Bautista: «¿Qué va a ser este niño?»

Cada uno de nosotros ha sido elegido personalmente por Dios. Dios espera mucho de ti. Y la cuestión no es que seas capaz de cosas extraordinarias. Con facilidad lo extraordinario dura poco, es como los fuegos artificiales: mucho ruido, mucha vistosidad, pero todo acaba demasiado rápido. Lo importante es que lo ordinario, lo cotidiano lo vivamos desde la perspectiva de Dios. Me explico: el plan de Dios significa que todos los seres humanos se reconozcan como hermanos, hijos de un mismo Padre. Y esto implica respeto por el otro, preocupación por sus necesidades y problemas, ponerse en la piel del otro...; y hacerlo de forma sencilla.

martes, 27 de octubre de 2015

Festividad de Todos los Santos - Mt 5,1-12a

Lugar de las bienaventuranzas
El evangelio que leemos / escuchamos en la celebración de este domingo, el día de «Todos los Santos», es el llamado «sermón de la montaña», del evangelio de Mateo, donde Jesús enseña quienes son los «dichosos», los «bienaventurados». El número de los que están ya disfrutando del amor en plenitud, de Dios, es incontable (primera lectura, del libro del Apocalipsis); cada uno de nosotros ha conocido, conoce a un buen número de ellos y de ellas. Ya no están físicamente entre nosotros, pero siguen presentes de alguna manera, y actualmente están degustando de la visión de Dios (segunda lectura).

La «recompensa será grande»; ésta es nuestra esperanza. Pero la realidad del «reino de Dios» es algo que se ha de empezar a construir hoy, aquí y ahora. El conseguir que los pobres, los que lloran, los que sufren… sean dichosos es tarea de toda la comunidad eclesial; no es una realidad que haya que esperar a la otra vida. De la misma manera la solicitud por la causa de la justicia y de la paz.

Los «santos» son todos/as aquellos/as que se han empeñado (que se empeñan), de una forma o de otra, en que el proyecto de Jesús se haga realidad en este mundo, que comience a realizarse. Y es posible que algunos/as de ellos/as no sean conscientes de que estaban (están) contribuyendo a la construcción del «reino de los cielos», al que estamos llamados, todos y todas, a disfrutar.

miércoles, 22 de julio de 2015

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
Este domingo leemos-escuchamos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.

lunes, 20 de julio de 2015

Santiago, apóstol - Mt 20,20-28

Catedral de Santiago de Compostela
Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

domingo, 28 de junio de 2015

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

Pedro y Pablo son considerados las dos columnas del cristianismo incipiente del siglo I, ambos predicadores incansables de la Buena Noticia de Jesús, los dos mártires del mensaje que cambió sus vidas y su entorno.

En la liturgia de hoy escuchamos, en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura), cómo Pablo, convencido de su martirio inminente, habla de su muerte desde una vivencia de la esperanza cristiana que impresiona. Recapitula su labor apostólica incansable, su plena confianza en la Palabra del Señor, su esperanza inquebrantable en encontrarse con Jesús después de la muerte, quien lo «llevará a su reino del cielo»

Para Pablo el mensaje de Jesús no es una quimera, no es tampoco unas palabras bonitas ni una ética de máximos, sólo asequible a unos cuantos, un ideal inalcanzable. Él comprendió que la «Buena Noticia» de Jesús cambia la existencia, descubre la auténtica alegría y la verdadera libertad, es capaz de transformar el mundo y las personas que en él habitan. Y empeñó toda su existencia en esta certeza.

Por su parte, Pedro, la piedra sobre la que el Señor construirá su Iglesia (evangelio) es el mismo que padece persecución y cárcel (primera lectura), antes de tener que ofrendar su vida en el martirio.

Ambos hicieron la opción fundamental por la que vale la pena vivir y morir.

lunes, 22 de junio de 2015

La Natividad de san Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán,
lugar del ministerio de Juan Bautista
La primera lectura, del profeta Isaías, es un relato de vocación. Una narración en la que el autor quiere subrayar cómo la elección de Dios, su llamada, ya se hace presente, en cierta manera, desde el seno materno. La festividad de hoy quiere recordarnos esto con respecto a Juan Bautista, el precursor de Jesús (segunda lectura).

En la misma perspectiva, el evangelio nos presenta el nacimiento del Bautista, un nacimiento en el que todos los presentes ―de una manera o de otra― reconocen la elección de este niño: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él»

¿Esta llamada, la elección es exclusiva de personajes importantes como el profeta Isaías o Juan Bautista? ¡No!, rotundamente ¡no! Cada uno de nosotros y de nosotras hemos sido llamados, elegidos por Dios, desde el seno materno, más aún, desde el principio del mundo, desde toda la eternidad. Ya entonces Dios nos amaba personalmente: te amaba, me amaba; nos ama.

Nuestra vida ha de responder a esa llamada personal. La labor que Dios espera de ti, de cada uno de nosotros y de nosotras, es insustituible, nadie puede hacerla más que tú. Será más importante o menos importante a los ojos de la gente, pero para Dios es única. No debo, no puedo eludir mi responsabilidad en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.

lunes, 27 de octubre de 2014

Solemnidad de «Todos los santos» - Mt 5,1-12a

Lugar del «Sermón de la montaña»
El evangelio que leemos / escuchamos en la celebración de hoy, el día de «Todos los Santos», es el llamado «sermón de la montaña», del evangelio de Mateo, donde Jesús enseña quienes son los «dichosos», los «bienaventurados», los «felices».

El número de los que están ya disfrutando del amor en plenitud, de Dios, es incontable (primera lectura, del libro del Apocalipsis); cada uno de nosotros ha conocido, conoce a un buen número de ellos y de ellas. Ya no están físicamente entre nosotros, pero siguen presentes de alguna manera, y actualmente están degustando de la visión de Dios (segunda lectura).

La «recompensa será grande»; ésta es nuestra esperanza. Pero la realidad del «Reino de Dios» es algo que se ha de empezar a construir hoy, aquí y ahora. El conseguir que los pobres, los que lloran, los que sufren… sean dichosos es tarea de toda la comunidad eclesial; no es una realidad que haya que esperar a la otra vida. De la misma manera la solicitud por la causa de la justicia y de la paz.

Los «santos» son todos/as aquellos/as que se han empeñado (que se empeñan), de una forma o de otra, en que el proyecto de Jesús se haga realidad en este mundo, que comience a realizarse. Y es posible que algunos/as de ellos/as no sean conscientes de que estaban (están) contribuyendo a la construcción del «Reino de los cielos», al que estamos llamados, todos y todas, a disfrutar.

domingo, 5 de enero de 2014

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

Epifanía –la festividad de hoy– significa manifestación. Dios se ha manifestado, en Jesús, a todos los pueblos, a todos los hombres y a todas las mujeres de todos los lugares, de todos los tiempos. Los magos de Oriente que vienen a adorar al «Rey de los judíos», a Jesús niño, representan al conjunto de las naciones, a quien Dios se quiere mostrar como respuesta a sus esperanzas y expectativas.

Las actitudes que muestran los diferentes personajes de la narración del evangelio de hoy también son trasladables a nuestras situaciones actuales concretas. A Herodes le inquieta el nacimiento de Jesús, lo que le preocupa es que alguien le pueda hacer sombra, que alguno rivalice con él y merme su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben, conocen la Escritura, pero se muestran indiferentes ante el acontecimiento que anuncian los sabios de Oriente: ellos ya viven bien, ¿para qué necesitan un salvador? Los extranjeros que siguen la estrella se entusiasman, incluso recorren un largo camino, preguntan, investigan, «se llenaron de inmensa alegría» cuando encuentran el camino y se arrodillan ante la grandeza de Dios que se manifiesta en lo pequeño. María muestra al niño, a su Hijo, a todos los que lo requieren, pasando discretamente a un segundo plano. ¿Cuál es mi actitud ante las manifestaciones de Dios en la vida cotidiana?