martes, 29 de diciembre de 2015

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

El evangelio que contemplamos hoy nos habla de admiración, seguida de proclamación, por parte de los pastores, los primeros testigos del nacimiento de Jesús, después de María y José. El misterio del nacimiento del Hijo de Dios, y al mismo tiempo hijo de María, se convierte en una acción de gracias y alabanza a Dios por parte de estos sencillos personajes. No han visto nada extraordinario, sólo a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Pero ellos han descubierto en este acontecimiento la acción maravillosa de Dios, que como siempre rompe muchos de nuestros esquemas: no tiene nada que ver con las grandezas de este mundo. Y se convierten en los primeros proclamadores del don de Dios para toda la Humanidad, un anuncio que maravilla a todos los dispuestos a aceptar que Dios se manifiesta en lo humilde y sencillo.

María guarda en lo más profundo de su corazón todas estas experiencias y las medita en la intimidad de la oración. Ella va haciendo, poco a poco, el peregrinar de la fe. Va descubriendo lentamente, y viviendo en su propia carne los planes de Dios. Unos planes que no siempre entiende, pero en los que ha comprometido su existencia.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La Sagrada Familia: Jesús, María y José - Lc 2,41-52

Curiosamente la liturgia nos propone leer / escuchar, en la fiesta de la Sagrada Familia, el texto del evangelio de Lucas donde Jesús niño se pierde de sus padres. En la vida familiar, de todas las familias, «no tot son flors i violes» (se dice en catalán): todo no es de «color de rosa». Por esto, creo que este pasaje es significativo también hoy para muchas situaciones familiares actuales.

La escena se desarrolla principalmente alrededor del Templo de Jerusalén. Jesús allí después, seguramente, de la ceremonia de la mayoría de edad religiosa entre los judíos, el «Bar Mitzvah», desaparece de la vista de sus padres. La situación, sin lugar a dudas, es angustiosa para María y José. El narrador precisa que lo encontraron a los tres días; ¡que desesperación!, ¡que dolor durante este tiempo! A sus padres les debió parecer una eternidad. Y cuando lo encuentran, la respuesta enigmática de Jesús, que ellos no entienden («no comprendieron»), pero respetan. ¡Cuánto hemos de aprender en nuestras relaciones de familia los que somos padres! Las decisiones de nuestros hijos, a una cierta edad, no siempre las comprendemos. Tenemos la obligación de mostrarles el camino, de preguntarles, de aconsejarles, pero, al final, la decisión es suya.

Los hijos, por su parte, por nuestra parte (porque todos también somos hijos), respetando, honrando, escuchando a nuestros progenitores, como también comenta el evangelista que hizo Jesús con María y José. Y todo esto incluso cuando nuestros padres comienzan a perder, o ya han perdido, alguna de sus facultades físicas o mentales (primera lectura).

domingo, 20 de diciembre de 2015

La Natividad del Señor - Jn 1,1-18

El evangelio que nos propone la liturgia para la eucaristía del día de la Natividad es el prólogo del evangelio de Juan. Aunque este evangelista, a diferencia de Mateo y de Lucas, no narra propiamente el nacimiento de Jesús. Su relato lo inicia mucho más atrás, lo retrotrae al principio de la creación, al origen de todo lo creado. En ese instante original la Palabra está junto a Dios, más aún, «la Palabra es Dios». Y esa Palabra es Jesús. La Palabra de Dios –como subrayaba el sínodo de los obispos sobre la Palabra– tiene un rostro, y ese rostro es Jesucristo.

La Palabra ha venido al mundo, se ha hecho presente entre nosotros, es de los nuestros. Esto es lo que celebramos cada Navidad, lo que rememoramos en cada eucaristía, lo que constatamos cuando leemos, meditamos y oramos con la Biblia. Aunque el peligro siempre está presente: «el mundo no la conoció». El mundo no son los otros; también es posible esta afirmación entre los que nos llamamos sus discípulos: «los suyos no la recibieron».

No estamos ante una Navidad más. Tenemos la oportunidad única de cambiar nuestras vidas, de hacerlas más acordes con el mensaje de Jesús, con los valores del Reino. Cuantas cosas cambiarían a nuestro alrededor si nos tomásemos en serio la propuesta de Jesús. La Palabra de Dios «acampó entre nosotros»; que no pase desapercibida como aquel vecino o compañero que ni siquiera conozco por su nombre y/o no sé nada de él.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Domingo IV de Adviento, ciclo C - Lc 1,39-45

Iglesia de la Visitación
El personaje principal del evangelio de este domingo es María, la madre de Jesús. La escena transcurre entre dos mujeres, María e Isabel. Aunque no son los dos únicos personajes de la trama. Aparte de Zacarías, mencionado secundariamente como titular de la casa de Isabel, están los dos niños que llevan ambas en sus vientres y el Espíritu Santo. Es importante reconocer el papel de cada uno de estos personajes en la narración.

En la presentación de María llama la atención la cantidad de verbos, de acciones que el narrador utiliza para describir su papel en la escena: se puso en camino; fue aprisa; entró; saludó… Describen a una persona puesta al servicio de los demás; que no se arredra ante las dificultades; decidida; una persona para los demás. Quizás, por esta razón, el evangelista no duda en otorgarla la primera bienaventuranza de su evangelio: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» Su fe inquebrantable, su fiarse de Dios, se traduce en servicio, desde la «escucha» atenta de las necesidades ajenas. Por eso Dios la ha elegido como madre de su Hijo.

 Isabel, su parienta, también es testigo de la acción de Dios. Es receptora de la ayuda de María. Pero, sobre todo, sabe «leer» en los acontecimientos cotidianos la acción poderosa y amorosa de Dios. Su hijo, que después será conocido como Juan el Bautista, «saltó de alegría» en su vientre. El Dios de Jesús es el Dios de la alegría, del gozo. Será el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, quien hará posible toda la grandeza de esta escena. Es un hacer silencioso, pero eficaz, sobre todo para las personas abiertas a Él.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Domingo III de Adviento, ciclo C - Lc 3,10-18

Río Jordán, lugar del ministerio del Bautista
La pregunta que la gente hace a Juan Bautista, en el evangelio de hoy, es la pregunta existencial, es el interrogante de entonces y de ahora, formulado de diferentes maneras: «¿Entonces, qué hacemos?»

Las respuestas del Bautista no se parecen a las «recetas» de los «gurús» actuales, excesivamente centradas en el individuo. Son indicaciones aparentemente sencillas, pero que en el fondo responden a un estilo de vida, suponen un cambio de criterios.

Hay una interpelación  que va dirigida a todos, sin excepción, es la de compartir: reparte con el otro, comparte, tú que tienes, «con el que no tiene». No puedes vivir tranquilo si tú posees, pero hay tantos seres humanos a tu alrededor sin ropa, sin que llevarse a la boca, sin posibilidad de vivir con dignidad…

La llamada a cambiar de vida, a prepararse a recibir a Jesús, no conoce fronteras de ningún tipo; está dirigida a todos sin excepción; es incluyente. En la escena evangélica están representados los recaudadores de impuestos, los militares, la gente en general, el pueblo. La «Buena Noticia» de salvación que traerá el Mesías es para todos.

Pero, en nuestra vida de cristianos y cristianas acomodados nos seguimos preguntado: «¿Entonces, qué hacemos?», mientras esperamos la venida de Jesús.

lunes, 7 de diciembre de 2015

La Inmaculada Concepción - Lc 1,26-38

Nazaret, lugar de la Anunciación
La liturgia nos propone en la fiesta de la «Inmaculada Concepción de María» el evangelio de la Anunciación. Todos los «títulos» marianos tienen su fundamento en que María es la madre de Jesús, la madre del Hijo de Dios. Por esto, la narración, por cierto, bellísima, del anuncio del ángel a María de su maternidad es idónea para cualquier festividad vinculada a María, la madre de Jesús.

María participa de las esperanzas del pueblo de Israel, de la gente sencilla, que aguarda la venida del Mesías. Lo que no sabía hasta entonces es que ella iba a ser protagonista necesaria de esta acción de Dios con su pueblo y con toda la Humanidad.

El enviado divino la saluda con un saludo habitual de la época: «alégrate». Pero en estas circunstancias este saludo está también cargado de contenido. María participa del gozo de los sencillos, que saben esperar e intuir la salvación de Dios.

Ella es capaz de entender y responder al llamamiento al gozo mesiánico, en cuya realización jugará un papel principal. Es la esperanza de la que se hacen eco los profetas del Antiguo Testamento y que está presente en los sencillos del pueblo de Israel, y en los humildes de todo el mundo y de todos los tiempos. Es la espera de Adviento: ¡Ven Señor!

lunes, 30 de noviembre de 2015

Domingo II de Adviento, ciclo C - Lc 3,1-6

El evangelista Lucas nos encuadra cronológica e históricamente la escena. Lo hace desde la perspectiva universal y política (el Imperio romano y los diversos gobiernos locales), y desde la religiosa (el Sumo sacerdote del Templo de Jerusalén). El proyecto de Dios, la historia de la salvación, se realiza en el tiempo y en la historia humanos, transformándolos.

La figura de Juan Bautista es esencial en este tiempo de Adviento, de espera. Él invita a «preparar el camino del Señor». Aunque corre el peligro de convertirse en una voz ahogada, ignorada, sólo «una voz que grita en el desierto»

Haciéndose eco del clamor profético de Isaías proclama la exigencia de cambio radical para poder recibir al Señor: unas veces significará allanar, aplanar, enderezar, igualar (en cuantas ocasiones en nuestra vida hay asperezas, malas formas, peor carácter, somos con frecuencia retorcidos...); otras comportará descender, abajarse (falta sencillez, cuanta prepotencia, nos sentimos superiores a los otros...); pero también procederá en alguna ocasión elevarse (dejarse de complejos, somos hijas e hijos de Dios, tenemos una dignidad indiscutible...).

La liturgia de este tiempo de Adviento invita a cambiar de vida, pero no de una manera superficial, sino profunda.

martes, 24 de noviembre de 2015

Domingo I de Adviento, ciclo C - Lc 21,25-28.34-36

El texto «apocalíptico» del evangelio de este domingo no intenta asustar a los que lo leen o escuchan. No es como esas películas, con títulos apocalípticos, que buscan mantener en una tensión de miedo continuo al espectador. Nada de eso. El evangelista afirma rotundamente: «levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación»

La venida de Jesús, el Cristo, el Hijo del hombre, es un signo de esperanza, una llamada a la resistencia en un mundo injusto y opresor. Así leían estos textos las primeras comunidades cristianas, muchas veces perseguidas y oprimidas por los poderosos de turno. De forma similar los siguen haciendo suyos muchas comunidades actuales, especialmente del llamado Tercer mundo (también del Cuarto, dentro de nuestras «sociedades del bienestar»), desde su experiencia de «asfixia» de los derechos humanos, de anhelo de vivir libremente los valores del Reino, de hallarse en una situación de injusticia generalizada…

Quienes han de temer son los que provocan estas situaciones y los que las consienten desde sus silencios culpables… El mensaje de Jesús indica que esa situación no es definitiva, ni tampoco se ha de esperar a la otra vida para que cambie. Dios está del lado de los que la sufren; hay que resistir, es posible la esperanza. La comunidad eclesial, cada seguidor y cada seguidora de Jesús se han de implicar en ello, para que la afirmación de Jesús, «se acerca vuestra liberación», no sea una quimera.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Jesucristo, Rey del universo - Jn 18,33b-37

El evangelio que la liturgia propone para este domingo, fiesta de «Jesucristo, Rey del universo», forma parte del interrogatorio de Pilato a Jesús. La escena no es precisamente de «realeza», al menos según los parámetros habituales. Sobre Jesús pende una condena a muerte, que Pilato ha de ratificar para hacerse efectiva.

La «realeza» de Jesús está relacionada con la verdad, con su anuncio, con la predicación del la Buena Noticia del Reino: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.» La respuesta de Jesús resulta incomprensible para Pilato y para los que le acusan. No son capaces de «sintonizar» con lo que expresa Jesús a través de sus palabras y de sus gestos. Jesús es testigo de la Verdad, de la Verdad de Dios, del Padre.

El reino de Dios no tiene nada que ver con demostraciones de poder y de fuerza. Su Reino es de amor y de paz. En este reino el Rey tiene más de Padre, de papá (Abbá), que de monarca absolutista. En este reino es reconocida la dignidad (la realeza) de todos los «súbditos». Su Rey ha venido a servir, no a ser servido.

Cuando entendamos plenamente esta realidad en nuestras comunidades todo cambiará. Cuando todos los que tenemos una responsabilidad eclesial, sea la que sea (catequista, animador litúrgico, presbítero, obispo, etc.), asumamos la actitud de servicio de Jesús, no como meras palabras bonitas, la Iglesia y el mundo cambiará.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 13,24-32

Arco de Tito (detalle)
Este domingo leemos / escuchamos un fragmento del llamado «sermón escatológico», del evangelio de Marcos. Y la primera observación es que no debemos impresionarnos con el lenguaje apocalíptico del texto y descuidar el mensaje de esperanza que encierra.

El profeta Daniel (primera lectura) habla de «tiempos difíciles» y el evangelista de «aquellos días de gran angustia». El contexto, por tanto, de ambos, es de una situación de gran dificultad, de persecución, de injusticia generalizada. La comunidad de creyentes está sufriendo esta situación. Cuantas mujeres y cuantos hombres, también actualmente, soportan condiciones de opresión, de injusticia, de miedo, de tragedia en sus vidas y en la de sus seres queridos…

El mensaje del evangelio es de resistencia y de esperanza. El mal no tiene la última palabra. La historia está en las manos de Dios. Han de resistir, han de luchar. La victoria, al fin, será del bien. Cuantas comunidades, cuantas personas, hoy en día, ven en estos textos bíblicos su consuelo, su fuerza y su esperanza.

martes, 3 de noviembre de 2015

Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 12,38-44

Ricos y pobres
En el evangelio de este domingo encontramos un fuerte contraste: por un lado los escribas y gente rica, por otro una viuda pobre.

Los escribas, nos cuenta el evangelista, les gusta alardear; les agrada la fama, los puestos de honor; les encanta que los demás hablen bien de ellos y los tengan por personas de bien; pero, en realidad, son injustos en su forma de actuar. Todo es apariencia externa. De forma similar, en la escena de «Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas», son presentados un grupo de ricos, de acaudalados, que de forma ostentosa echan al arca sus grandes limosnas, cosa que no afectará prácticamente a su boyante economía.

Entra en escena una viuda pobre. Dos palabras, viuda y pobre, que concretan la situación de precariedad extrema del personaje. Pero su pobreza no llega a su corazón, es de una grandeza a la que no llega ninguno de los personajes anteriores. Su ofrenda es pequeña, dos monedas insignificantes, pero ha implicado su vida, su futuro: «ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir», dirá Jesús.

La narración invita a un serio examen de conciencia. ¿Hasta dónde estoy dispuesto a ser generoso con mi dinero, con mi tiempo, con mi vida…? Recuerdo un comentario de alguien muy querido que decía: «hasta que me duela»

domingo, 1 de noviembre de 2015

Conmemoración de Los fieles difuntos - Jn 14,1-6

Estoy convencido que nuestros difuntos, familiares y amigos, por los que hago oración hoy (y en tantas ocasiones) ya han sido honrados en la fiesta de ayer, de «todos los santos»; ya disfrutan de la plenitud del amor que es el cielo, que es Dios.

La fe nos hace percibir que somos «ciudadanos del cielo» (segunda lectura); aunque, eso sí, pisando firmemente con los pies en la tierra. Nos fiamos de Jesús, y Él afirma que «en la casa de mi Padre hay muchas estancias»; hay sitio para todos y todas. El «camino» nos lo mostró Jesús, mejor, es Jesús.

Jesús es el camino, el auténtico camino, que nos lleva a la verdad, a la verdad en plenitud. Su persona, su mensaje, su proyecto no son una quimera. Otro mundo es posible, es factible una realidad más justa, donde sea respetada la dignidad de cada persona, de cada individuo, donde cada ser humano considere hermano a cualquier otro ser humano. Los discípulos y discípulas de Jesús tenemos la tarea, el compromiso de hacerlo posible. Ese «camino», esta «verdad» nos llevarán a la «vida», a la auténtica «vida», a la «Vida» con mayúscula. Nuestros seres queridos, que nos han «dejado» momentáneamente, ya están disfrutando de esa Vida, que comenzaron a construir aquí.

martes, 27 de octubre de 2015

Festividad de Todos los Santos - Mt 5,1-12a

Lugar de las bienaventuranzas
El evangelio que leemos / escuchamos en la celebración de este domingo, el día de «Todos los Santos», es el llamado «sermón de la montaña», del evangelio de Mateo, donde Jesús enseña quienes son los «dichosos», los «bienaventurados». El número de los que están ya disfrutando del amor en plenitud, de Dios, es incontable (primera lectura, del libro del Apocalipsis); cada uno de nosotros ha conocido, conoce a un buen número de ellos y de ellas. Ya no están físicamente entre nosotros, pero siguen presentes de alguna manera, y actualmente están degustando de la visión de Dios (segunda lectura).

La «recompensa será grande»; ésta es nuestra esperanza. Pero la realidad del «reino de Dios» es algo que se ha de empezar a construir hoy, aquí y ahora. El conseguir que los pobres, los que lloran, los que sufren… sean dichosos es tarea de toda la comunidad eclesial; no es una realidad que haya que esperar a la otra vida. De la misma manera la solicitud por la causa de la justicia y de la paz.

Los «santos» son todos/as aquellos/as que se han empeñado (que se empeñan), de una forma o de otra, en que el proyecto de Jesús se haga realidad en este mundo, que comience a realizarse. Y es posible que algunos/as de ellos/as no sean conscientes de que estaban (están) contribuyendo a la construcción del «reino de los cielos», al que estamos llamados, todos y todas, a disfrutar.

lunes, 19 de octubre de 2015

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,46-52

La súplica que el ciego Bartimeo dirige a Jesús: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí», que leemos-escuchamos en el evangelio de este domingo, ha pasado a ser una de las oraciones principales entre los cristianos orientales (y no sólo entre ellos) y es conocida como la «oración del corazón» u «oración del nombre de Jesús». Se repite reiterativamente, de forma letánica, al ritmo de los latidos del corazón. Es una oración que nace de la confianza en Jesús y produce una gran paz interior.

Nuestro personaje, en la narración, interpela persistentemente a Jesús. Está convencido que Jesús puede curarle. Por eso, cuando éste le llama, abandona todo lo que le ata a su situación anterior, «soltó el manto», y lo hace con toda prontitud, «dio un salto y se acercó a Jesús» Su gran fe, su plena confianza, su oración insistente… han hecho posible el «milagro».

Jesús ha hecho que «vea» y no sólo en un sentido físico. Su recobrar la vista se ha convertido en seguimiento de Jesús: «recobró la vista y lo seguía por el camino». Hemos de descubrir la fuerza de la oración, la confianza en la acción de Dios. El Señor es Alguien próximo, que nos ama hasta el extremo.

lunes, 12 de octubre de 2015

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,35-45

La pretensión de los hijos del Zebedeo, de Santiago y Juan, que nos narra el evangelio dominical, es de entonces, de ahora y de siempre. Les gusta, nos gusta, el poder y el reconocimiento social; es humano. El resto, del grupo de los Doce, se indignan contra ellos, pero en el fondo pretenden lo mismo o parecido.

En la comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús no deben ser así las cosas. Eso es lo que les (nos) intenta explicar Jesús. Y afirma: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» Es paradójica la aseveración de Jesús. Manifiesta a la comunidad de los discípulos que el papel de «grande», de dirigente en la comunidad nada tiene que ver con la forma de entenderlo habitualmente. No es poder, ni prestigio, ni privilegios, ni nada parecido. Los que tienen o pretenden alguna responsabilidad en la comunidad han de ser quienes están a su servicio, más aún, los que se consideran –y  son literalmente– esclavos de todos. La autoridad así entendida no tiene nada de atrayente, al menos humanamente. Pero es la que pide Jesús, la que Él vivió: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

martes, 6 de octubre de 2015

Domingo XXVIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,17-30

Siempre me ha llamado la atención la escena del evangelio de este domingo: uno que pregunta a Jesús sobre la vida eterna. Hoy sería difícil encontrar a alguien que hiciese esa pregunta. Aunque seguramente la cuestión la podríamos reformular a un lenguaje más actual: ¿qué podría hacer para que mi vida tuviese sentido?; ¿cómo podría ser feliz?; ¿qué valor tiene la existencia?; ¿para qué complicarse la vida, si «esto» son dos días?

Es posible que algunos respondamos a Jesús también de forma similar al de nuestro personaje de la narración: «yo ya soy una buena persona»; «ya me preocupo de mi familia, de los míos e incluso de ayudar a los demás»; «contribuyo económicamente con una ONG»… Y Jesús también nos mirará con cariño, con un amor sincero.

Pero aún falta algo para conseguir la vida eterna, para que nuestras vidas no estén vacías, para que nuestra existencia no sea un ir «tirando» o un «sinsentido». Jesús nos pide que le sigamos, que hagamos nuestra opción existencial, como lo hizo Él. Nuestro corazón aún está dividido entre el amor a las cosas, a lo que poseemos, a nuestras seguridades, al dinero y el seguimiento de Jesús. Sabemos (intelectualmente) que sólo en Jesús y en los valores que predicó encontraremos la felicidad, pero no nos terminamos de fiar (existencialmente). Hemos de dar el paso.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Domingo XXVII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,2-16

Igual dignidad, en el plan original de Dios
El evangelio de hoy presenta dos escenas distintas, pero complementarias. La primera es una controversia de los fariseos con Jesús por el tema del divorcio; mientras en la segunda, los protagonistas de la polémica son los discípulos, a raíz de que algunos/as (seguramente sus padres) quieren que Jesús bendiga a unos niños.

En ambos casos Jesús –como es habitual– se pondrá de parte del más débil, del más indefenso, del que socialmente tiene menos derechos. La mujer, en la sociedad judía de la época, quedaba en una situación de desamparo cuando el esposo la repudiaba, condenada en muchos casos a la pobreza más extrema o incluso la prostitución, si no tenía familiares que se hiciesen cargo de ella (cosa que ocurría con frecuencia). Jesús reivindica el plan original de Dios, en la creación, en que hombre y mujer han sido creados con igual dignidad y derechos, el uno para el otro.

Los niños, por otro lado, eran los últimos en la escala social. No tenían ningún derecho, ni eran tenidos en cuenta ni social ni religiosamente, hasta que llegaban a la mayoría de edad; aparte del altísimo índice de mortalidad infantil. Jesús se enojará con los discípulos por menospreciarlos. Y afirmará categóricamente: «Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él»

Nuestra forma de ser y de actuar personal y eclesial ha de estar en la línea de Jesús, si no nos hemos equivocado de Maestro.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,38-43.45.47-48

En la línea de los textos del evangelio de Marcos leídos las semanas anteriores, los discípulos no acaban de comprender el mensaje de Jesús.

Esta vez la polémica viene porque han encontrado a alguien que actuaba en nombre de Jesús, pero «no es de los nuestros». Tienen una mirada estrecha; defienden sus intereses de grupo por encima de todo, incluso de los gestos de bondad, si quien los realiza es alguien extraño a la comunidad. La perspectiva de Jesús no admite esas estrecheces de miras. El don del Reino de Dios no es excluyente, nada tiene que ver con grupismos, aunque sean eclesiales. Todos, todas están llamados a participar de la «Buena Noticia» de Jesús.

El mensaje de Jesús es inclusivo, abierto a todos y a todas: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro» Jesús advierte contra una eclesialidad que ve enemigos en cualquiera que piensa distinto; incapaz de descubrir bondad, «ráfagas» del amor de Dios en alguien que no es de los nuestros. Hemos de cambiar nuestra forma de ver las cosas, de juzgar a las personas. Podemos encontrar «semillas» del Reino donde y en quien menos nos pensamos.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 9,30-37

Niños palestinos
El tema del Jesús incomprendido sigue siendo la línea maestra de la narración del evangelio de Marcos, como llevamos viendo desde hace varias semanas, en los evangelios dominicales.

Jesús, una vez más, les va instruyendo sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, pero, también, sobre su resurrección. El mal, en el plan de Dios, no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapan los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todos los hombres y todas las mujeres son acreedores de la misma dignidad, ya que todos y todas son hijos del mismo Padre; los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder.

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad que sólo contaban los adultos varones. Y afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» En la comunidad cristiana el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 8,27-35

Comentábamos la semana pasada el temor de Jesús a la incomprensión de su mesianismo, de su misión, de su predicación, de sus acciones sanadoras. Y, por eso, pregunta, a sus discípulos, a los más íntimos, por la opinión que la gente tiene de Él.

Las respuestas son diversas, quizás insuficientes, pero todas positivas: no debemos menospreciar las opiniones sobre Jesús entre algunos jóvenes o entre muchas personas de nuestro entorno actual por el hecho de ser insuficientes; son un primer paso.

Aunque a Jesús lo que realmente le interesa es la respuesta de sus discípulos. La contestación vendrá de labios de Pedro, quien representa la opinión del discipulado: «Tú eres el Mesías» Pero, ¿verdaderamente, los discípulos han entendido a Jesús?; ¿han alcanzado a percibir el alcance de su reconocimiento como Mesías? El narrador tiene interés en señalar que no. La reacción de Pedro, intentando apartar a Jesús de su final trágico, consecuencia de su predicación y de su forma de actuar, es prueba de que no han comprendido nada.

La figura de Jesús, el seguirlo, también hoy produce equívocos e incomprensiones. El ser cristiano implica poner «toda la carne en el asador», comprometer la existencia en la «buena noticia» predicada y vivida por Jesús. Y no siempre es fácil.

lunes, 31 de agosto de 2015

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,31-37

En el evangelio de este domingo encontramos dos temas muy frecuentes en todo el evangelio de Marcos: el mandato de Jesús de guardar silencio, después de una acción extraordinaria y, por contraste, la proclamación insistente del hecho por parte de la persona beneficiada, no haciendo caso de la advertencia de Jesús.

El llamado «secreto mesiánico», que no es otra cosa que la insistencia de Jesús en no hacer publicidad de sus hechos prodigiosos, responde a la sospecha de que no sea bien entendido su mesianismo. El mensaje de Jesús no se puede confundir con una fe «milagrera». Sus milagros no son magia, no buscan impresionar a los presentes, no intentan demostrar nada; responden al poder de Dios puesto al servicio del ser humano necesitado. Lo nuclear es la imagen de un Dios misericordioso, solidario con el dolor humano. Por eso, Jesús se acerca a los enfermos y los atiende, los escucha, los cura; como lo hará con todos los pobres y marginados.

Pero quien ha sido acogido por Jesús; quien ha experimentado su fuerza sanadora; el que ha percibido que Dios le ama personalmente no puede callar, aunque se lo pida el mismo Jesús. La proclamación del don de Dios, experimentado en la propia vida, responde a un corazón agradecido. No podemos guardar silencio si Dios ha actuado en nuestras vidas. ¡Y lo ha hecho!

martes, 25 de agosto de 2015

Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 7,1-8.14-15.21-23

Después de unas cuantas semanas escuchando el capítulo 6 del evangelio de Juan, volvemos a Marcos, el evangelio principal del ciclo litúrgico B, en este año.

El evangelista nos presenta una controversia entre algunos fariseos y Jesús. En esta ocasión el tema es la impureza legal. Jesús contrapone esta impureza a la que proviene de un corazón impuro. No es la apariencia exterior, lo que haga ante los demás, lo que hace a un hombre o a una mujer justos, es su actitud interior.

El tema, que será un lugar común en prácticamente todos los profetas de la Biblia, es que no son los actos rituales los que nos hacen mejores. Un culto que no responde a una forma de vivir es algo vacío, fatuo.

El corazón, en la antropología bíblica, es el lugar de las decisiones, además del de los sentimientos. Estas decisiones han de nacer de un corazón puro, en el que no caben la injusticia, el fraude, el mal, el pecado…, afirmará Jesús. Y todo esto es más importante que unas practicas rituales, por muy buenas y muy santas que sean. La crítica profética no es un rechazo del culto, nada más lejos; es subordinar el culto –algo bueno y necesario– a la justicia y al bien.

martes, 18 de agosto de 2015

Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,60-69

Continuamos con el capítulo 6 del evangelio de Juan que inauguramos el último domingo de julio: multiplicación de los panes y de los peces, Jesús «pan de vida», Jesús eucaristía que se entrega por todos, etc.

Hoy el evangelista afirma que no todos entienden el mensaje de Jesús, incluso entre sus discípulos, entre sus seguidores: «muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él», lo encuentran duro, difícil. Esta es una circunstancia que se repetirá muchas veces, también en nuestros días. En cuantas ocasiones sentimos cierto complejo a la hora de manifestarnos como cristianos en nuestros ambientes de ocio, de amistad, de trabajo… No siempre estamos plenamente convencidos que la sociedad actual de la tecnología, de la ciencia, de la informática, de Internet, de la globalización, etc., de la que formamos parte sea compatible con nuestra fe, con asistir a la eucaristía dominical, con nuestras creencias religiosas. ¡No cuadra! Sentimos, o podemos sentir, cierto complejo: ¿no estaremos equivocados?; ¡todo el mundo piensa de otra manera!; ¿porqué yo he de ser distinto/a?

La respuesta de Simón Pedro es un reto a nuestras vidas: «Tú tienes palabras de vida eterna.» ¿Yo también creo que la Palabra de Jesús es vida eterna? ¿Estoy persuadido/a que sin Jesús mi vida, nuestra vida es un sinsentido?: «Señor, ¿a quién vamos a acudir?»

jueves, 13 de agosto de 2015

Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,51-58

Continuamos 
–éste es ya el cuarto domingo– con el tema de Jesús «pan de vida». En el evangelio de hoy se subraya el aspecto eucarístico. Jesús se nos da como alimento y como bebida en cada Eucaristía. Invita a todos, a todas a participar de esta realidad: «el que come este pan vivirá para siempre.» Es el pan de vida, el pan de vida eterna, sin fin.

La Eucaristía nos permite pregustar lo que será la vida eterna, participar de ella, anticiparla en cierta manera. Y para ello, Jesús se valdrá de dos elementos cotidianos: el pan y el vino. El pan es la comida de todos, también de los pobres; es un alimento de todas las mesas. Es un alimento sencillo y cotidiano. Jesús se quiere identificar con él. Es un alimento para compartir, en el que se hace presente la entrega hasta la muerte de Jesús.

El vino es otro tipo de alimento, algo distinto del pan. Es, en toda la cultura mediterránea, la bebida festiva. En la mesa de los pobres sólo se bebía vino en las fiestas. La Eucaristía es también festividad, celebración. Jesús se ha querido valer de estas dos realidades para «hablarnos» de sacrificio, de amor, de donación, de fiesta, de vida, de eternidad. La vida cristiana es una invitación a vivir y compartir estas realidades en plenitud.

lunes, 10 de agosto de 2015

La Asunción de María - Lc 1,39-56

María, en el evangelio de la festividad de la Asunción, aparece como la primera evangelizadora, la que hace de su vida un servicio a los demás. Ella se «pone en camino», aprisa, con prontitud. Sabe que Isabel, su parienta, necesita ayuda, y no se lo piensa dos veces, se dirige hacia Jerusalén, un camino de varios kilómetros, para ponerse a su servicio. María es la mujer creyente por excelencia, pero sabe que la fe implica una respuesta generosa, una demostración de amor de donación. Y, por eso, es «bienaventurada».

María proclama con su vida y con sus palabras las grandezas de Dios; un Dios que es grande porque está al lado de su pueblo, al lado de los pobres y necesitados, porque es el siempre fiel.
          
Y esta actitud de servicio, de disponibilidad, de ayuda la sigue ejerciendo desde el cielo, al lado de Dios Padre. Sigue atenta a nuestras necesidades, preocupada y ocupada en ayudar a los que más lo necesitan. Esto es esencialmente lo que celebramos en la fiesta de hoy.

Al estilo de vida de María estamos invitados toda la cristiandad. Cuando tres cuartas partes de la humanidad están viviendo de una forma precaria, sin lo mínimo necesario; cuando a nuestro alrededor hay tantas personas necesitadas, a causa de la inmigración, del desarraigo social, de marginación, de la crisis económica; cuando hay tanta gente que necesita una palabra de consuelo, de amor...; y no reacciono, es que no he entendido la Buena Nueva de Jesús, como la vivió y la sigue viviendo María.

lunes, 3 de agosto de 2015

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,41-51

Palabra de Dios y Eucaristía
Continúan los diálogos y discusiones con respecto a Jesús, después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio de hace dos domingos); no comprenden –o no quieren comprender– que Jesús sea el «pan de vida» (domingo pasado).

Jesús aprovechará para ofrecerles –para ofrecernos– una catequesis alrededor de dos ideas centrales y complementarias: la Palabra y la Eucaristía.

La primera es sobre la Palabra. Invita a sus interlocutores a leer, a escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, recuerda lo que han dicho los profetas; invita a escuchar «lo que dice el Padre»; apremia a creer en la Palabra de Dios: «tiene vida eterna». El que «escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí», afirmará. Es escuchar y aprender; es escuchar y llevar la Palabra a la vida. La Palabra nos habla de Jesús, nos acerca a Jesús.

Y es que Jesús es el «pan vivo», segunda imagen de su catequesis. Jesús se ofrecerá en sacrificio de amor por todos los hombres y todas las mujeres. Y esa realidad de amor inconmensurable se actualiza en cada eucaristía. Es una realidad de amor y de vida: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» No podemos separar estas dos realidades, la Palabra y la Eucaristía: una nos lleva a la otra y viceversa. Ambas juntas –en nosotros y con nosotros– son capaces de cambiar la sociedad, el mundo, de cambiarnos.

lunes, 27 de julio de 2015

Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,24-35

Después de la multiplicación de los panes y de los peces (evangelio del domingo pasado) la gente busca a Jesús que con sus discípulos ha marchado en barca a Cafarnaún. Y allí lo encuentran.

Pero Jesús les echa en cara que lo buscan sólo porque han saciado su estómago, porque les ha solucionado el problema de ese día. Y la «Buena Noticia» de Jesús es mucho más que eso. El «Maestro» no está negando la importancia de los bienes materiales: Él se ha compadecido de ellos cuando no tenían para alimentarse. Pero quiere que amplíen su perspectiva. Les ofrece «salvación», «vida». El ser humano, en el fondo, busca respuestas existenciales, tiene «hambre y sed» de sentido. Las cosas, por muy importantes que sean, no colman esta necesidad, no dejan satisfecho.

Jesús les ofrece el «pan de Dios», el único que «da vida al mundo»; sólo este pan es capaz de saciar. La persona humana, todos y todas estamos buscando –a veces incluso sin saberlo– respuestas, sentido: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús es la respuesta, la solución definitiva; Él lo afirmará: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

miércoles, 22 de julio de 2015

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B - Jn 6,1-15

Lugar de la multiplicación de
los panes y los peces
Este domingo leemos-escuchamos el «signo» de la multiplicación de los panes y de los peces, narrado en el evangelio de Juan. Este milagro es referido por los cuatro evangelistas, con ligeros matices. En este evangelio se habla de «signo»: «al ver el signo que había hecho…» ¿Signo de qué? El narrador quiere mostrarnos una realidad más profunda que la que nos proporcionaría una lectura superficial del texto: Jesús es el «pan de vida»; es alimento para todos; es pan repartido y compartido; es Pascua definitiva, es Eucaristía.

Curiosamente, como es señalado con frecuencia en todo el evangelio juánico, los discípulos no aciertan en focalizar lo esencial de la situación que están viviendo. Felipe sólo se fija en la cuestión económica: «doscientos denarios de pan no bastan…» Andrés, en la misma línea, se queja de la escasez de medios, cuando un muchacho se presenta con «cinco panes de cebada y un par de peces»: «pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús, por el contrario, ha fijado su atención en la gente, en las personas, en que hay alguien (en este caso, muchos y muchas) que tiene necesidad. Eso es lo prioritario. Si no sabemos detectar lo auténticamente esencial, de nada sirve preocuparnos por los medios.

Quedémonos con esta doble reflexión que hemos señalado: Jesús es la respuesta al «hambre» de sentido en el mundo, es pan eucarístico para todos; y estemos atentos a nuestras prioridades: son más importantes las personas que los medios.

lunes, 20 de julio de 2015

Santiago, apóstol - Mt 20,20-28

Catedral de Santiago de Compostela
Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los Doce, morirá mártir por «obedecer a Dios antes que a los hombres»; por mandato del rey Herodes (alrededor del año 43 d.C.), que le «hizo pasar a cuchillo» (primera lectura). Pablo, en la segunda lectura, describirá cómo es la vida del apóstol, de todo aquel que se empeña en predicar y en vivir, hasta las últimas consecuencias, el mensaje de Jesús.

Que lejos queda este momento de la entrega definitiva de Santiago, por amor a Jesús, de la escena del evangelio de hoy. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos (Santiago y su hermano Juan) no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

El camino que les enseñará (que nos enseña) Jesús es bien distinto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana, y todo seguidor de Jesús, ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de los demás, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

lunes, 13 de julio de 2015

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,30-34

Las prisas, el estrés, el deseo de resultados (y si son inmediatos, mejor) nos pueden quitar la tranquilidad, nos roban la paz.  Algo de esto también les pasaba a los discípulos de Jesús: «eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer»

Jesús no quiere estas «intranquilidades» Se lleva a los discípulos a «un sitio tranquilo a descansar un poco»; a un «lugar tranquilo y apartado». Sabe que las prisas y los agobios no son los mejores compañeros de viaje. No podemos perder nunca esta perspectiva. Necesitamos personal y comunitariamente tiempo y lugares de sosiego. Uno de los «pecados» de nuestra sociedad actual es el activismo, también eclesialmente; pensamos que todo consiste en hacer cosas y cuanto más, mejor. El evangelio de hoy nos sugiere otro enfoque: momentos de descanso, de tranquilidad también son necesarios; ¡junto a Jesús!, como los discípulos.

No siempre es fácil. De hecho, Jesús y los discípulos se encuentran que la gente les ha seguido, se les ha adelantado: ¿adiós al sosiego? Jesús no puede «pasar» de estas personas, de tanta gente que busca una respuesta para sus vidas. Pero sí puede «dejar aparcadas» las prisas, la desazón, el desasosiego: «se puso a enseñarles con calma». Toda una lección de saber hacer.

lunes, 6 de julio de 2015

Domingo XV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,7-13

En el evangelio de este domingo Jesús encomienda al grupo de los Doce la primera misión apostólica. Los envía «de dos en dos». Es mucho más fácil cualquier encargo misionero, apostólico, catequético… cuando cuentas con la ayuda de alguien, cuando tienes la posibilidad de compartir alegrías y adversidades, éxitos y fracasos. También posibilita el testimonio comunitario, eclesial. No podemos perder nunca de vista que nuestra labor no puede ser nunca individualista, la perspectiva eclesial es ineludible.

La tarea que les encarga Jesús es la de predicar y la de curar las enfermedades del cuerpo y del alma. La palabra siempre ha de ir acompañada de gestos. Los gestos, los hechos también «hablan» de la buena noticia del Reino. Una vida que no responde a lo que se predica no convence. La preocupación por las necesidades del prójimo siempre ha formado parte del anuncio evangélico; con una unión indisoluble.

Y un tercer aspecto resalta el narrador del evangelio: la pobreza de medios. Llevan «para el camino un bastón y nada más» Con frecuencia nos frenamos en muchos proyectos porque no tenemos medios, porque «así no podemos». El mensaje de Jesús, como casi siempre, va en otra dirección.

martes, 30 de junio de 2015

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,1-6

Nazaret
Jesús, según la costumbre judía, asiste a la liturgia de la sinagoga del sábado, junto con sus discípulos. Después de las lecturas bíblicas, Jesús, seguramente en pie, como era costumbre, comenta dichos textos, y lo hace con una sabiduría, con una profundidad, con una novedad que produce admiración entre los que lo escuchan.

Pero esta admiración parece que no es general. Hay un grupo, sin duda muy influyente, que busca desacreditar a Jesús. Se preguntan, o mejor preguntan públicamente, en qué es diferente Jesús a los demás, para arrogarse una dignidad que según ellos no le corresponde. Cómo va a ser el Mesías un artesano manual, el hijo de una mujer sencilla, que todos conocen, igual que conocen al resto de su familia. Produce escándalo la pretensión de Jesús.

Jesús se asombra de la incredulidad, de la falta de fe de sus paisanos. Es imposible que se manifieste la acción de Dios, a través de él, cuando no hay fe. Sus compatriotas no entienden que Dios se muestre en lo sencillo, en la humildad, en lo simple. María, su madre, pertenece a la categoría de los sencillos, de los simples, de los pequeños. Por esta razón la mencionan los que quieren desacreditar a Jesús en esta escena: «¿No es éste... el hijo de María?». Con esta pregunta –y con el resto de interpelaciones– pretenden afrentar, ofender a Jesús, desacreditarlo. Pero nada más lejos de conseguir lo que pretenden. María, igual que Jesús, precisamente por su simplicidad, por su humildad, por su fe sencilla, pero profunda, es un auténtico icono de la acción de Dios.

domingo, 28 de junio de 2015

San Pedro y san Pablo, apóstoles - Mt 16,13-19

Pedro y Pablo son considerados las dos columnas del cristianismo incipiente del siglo I, ambos predicadores incansables de la Buena Noticia de Jesús, los dos mártires del mensaje que cambió sus vidas y su entorno.

En la liturgia de hoy escuchamos, en la segunda carta a Timoteo (segunda lectura), cómo Pablo, convencido de su martirio inminente, habla de su muerte desde una vivencia de la esperanza cristiana que impresiona. Recapitula su labor apostólica incansable, su plena confianza en la Palabra del Señor, su esperanza inquebrantable en encontrarse con Jesús después de la muerte, quien lo «llevará a su reino del cielo»

Para Pablo el mensaje de Jesús no es una quimera, no es tampoco unas palabras bonitas ni una ética de máximos, sólo asequible a unos cuantos, un ideal inalcanzable. Él comprendió que la «Buena Noticia» de Jesús cambia la existencia, descubre la auténtica alegría y la verdadera libertad, es capaz de transformar el mundo y las personas que en él habitan. Y empeñó toda su existencia en esta certeza.

Por su parte, Pedro, la piedra sobre la que el Señor construirá su Iglesia (evangelio) es el mismo que padece persecución y cárcel (primera lectura), antes de tener que ofrendar su vida en el martirio.

Ambos hicieron la opción fundamental por la que vale la pena vivir y morir.

jueves, 25 de junio de 2015

Domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 5,21-43

El evangelio dominical nos presenta cómo Jesús cura a dos mujeres: una de ellas que padecía perdidas de sangre desde hacía doce años, y una niña gravemente enferma, de doce años (que comienza a hacerse mujer). Es obvio que el narrador quiere unir los dos personajes, no sólo por introducir un relato en medio del otro. Las dos protagonistas son mujeres; las dos están relacionadas por el número doce; ambas son motivo de impureza legal: una por el tema de la sangre y la otra porque la enfermedad la lleva a la muerte.

Jesús rompe con estos condicionamientos sociales. Les devuelva a una y a otra la salud y, más importante, las reintegra en el mundo social y religioso que las marginaba, les devuelve su dignidad de personas que les habían negado. La opción de Jesús siempre es por los más necesitados, oponiéndose o ignorando los tabúes sociales que marginan a tantas personas. Las mujeres eran uno de los colectivos que más sufría la exclusión social, y Jesús apuesta por ellas. Se les acerca con amor, las libera de todo aquello que las oprime, las convierte en discípulas en situación de igualdad con los discípulos varones.

Esa actitud del Maestro también nos interpela a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. Nos hemos de preguntar: ¿cuáles son nuestras opciones?

lunes, 22 de junio de 2015

La Natividad de san Juan Bautista - Lc 1,57-66.80

Río Jordán,
lugar del ministerio de Juan Bautista
La primera lectura, del profeta Isaías, es un relato de vocación. Una narración en la que el autor quiere subrayar cómo la elección de Dios, su llamada, ya se hace presente, en cierta manera, desde el seno materno. La festividad de hoy quiere recordarnos esto con respecto a Juan Bautista, el precursor de Jesús (segunda lectura).

En la misma perspectiva, el evangelio nos presenta el nacimiento del Bautista, un nacimiento en el que todos los presentes ―de una manera o de otra― reconocen la elección de este niño: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él»

¿Esta llamada, la elección es exclusiva de personajes importantes como el profeta Isaías o Juan Bautista? ¡No!, rotundamente ¡no! Cada uno de nosotros y de nosotras hemos sido llamados, elegidos por Dios, desde el seno materno, más aún, desde el principio del mundo, desde toda la eternidad. Ya entonces Dios nos amaba personalmente: te amaba, me amaba; nos ama.

Nuestra vida ha de responder a esa llamada personal. La labor que Dios espera de ti, de cada uno de nosotros y de nosotras, es insustituible, nadie puede hacerla más que tú. Será más importante o menos importante a los ojos de la gente, pero para Dios es única. No debo, no puedo eludir mi responsabilidad en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.

lunes, 15 de junio de 2015

Domingo XII del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 4,35-41

Jesús está dormido mientras la barca se está llenando de agua, con peligro de hundirse, a causa de un fuerte huracán, nos narra el evangelio de este domingo. Esta situación recuerda muchas circunstancias nuestras personales y comunitarias; también la reacción de los discípulos, que Jesús recrimina enérgicamente: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» En cuantas ocasiones nos arredramos ante las dificultades exteriores; caemos en la crítica fácil, cuando no en el catastrofismo. Nos falta fe, nos falta valentía, nos falta confianza en la Palabra de Dios. No nos terminamos de creer la «Buena Noticia» de Jesús, no somos hombres y mujeres de esperanza.

Olvidamos que Jesús está en la «barca»; aunque parezca que duerme, que no se entera, que no percibimos explícitamente su presencia. La confianza en la presencia de Jesús entre nosotros, en la Iglesia, en el mundo nos debería hacer ver las cosas con otros ojos, con los ojos de la fe. La confianza y no el miedo deberían informar nuestras decisiones, nuestros criterios, nuestros juicios. Dios se hace presente en la historia de la humanidad, también hoy. Es posible que sea de una manera imperceptible si falta la fe, si nos atenaza el temor, si sólo confiamos en nuestras propias fuerzas o en nuestros proyectos. El estilo de Dios, de Jesús es otro.

martes, 9 de junio de 2015

Domingo XI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 4,26-34

Arbusto de mostaza, Galilea
Jesús utiliza imágenes de la vida cotidiana para hablar a sus oyentes de Dios, del reino de Dios. Dios no es una realidad extraña o lejana. Es Alguien cercano, se interrelaciona con nuestra existencia diaria, con nuestro quehacer habitual.

El reinado de Dios, la realidad que ha inaugurado Jesús crece, de forma sencilla y acompasada, casi imperceptible pero sin detenerse, hasta que «el grano está a punto» Y, también, se asemeja a la semilla de mostaza que siendo algo pequeño, ínfimo, es capaz de producir un arbusto (no un árbol espectacular) en el que en sus ramas «los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas»

Nosotros estamos acostumbrados, nos gustan las cosas de otra manera. Deseamos ver los frutos rápidos, de forma inmediata y que estos sean vistosos, espectaculares, que dejen a todos boquiabiertos. Pero la forma de actuar de Dios, de Jesús es otra. Lo importante, lo esencial no es la grandeza sino la acogida, no es lo pretencioso sino la capacidad de servicio. Ésta es la Iglesia que quiere Jesús, con la que en algunas ocasiones nos cuesta identificarnos.

lunes, 8 de junio de 2015

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús - Jn 19,31-37

Quizás a algunos la fiesta del «Sagrado Corazón de Jesús», les suena a algo del pasado, incluso a un romanticismo ñoño. ¿Podemos, en pleno siglo XXI, seguir celebrando una fiesta que tiene como centro el corazón, aunque sea el de Jesús?

Si escuchamos con atención las lecturas de hoy, comprobaremos que la posible apreciación que he mencionado es desacertada. En la Biblia cuando se habla del corazón (léb, en hebreo) se refiere al «lugar» de las funciones intelectuales, de las decisiones, donde reside el entender y el querer, incluyendo también la sensibilidad y la emotividad. Es un concepto mucho más rico que en nuestra cultura occidental.

Es en este contexto en el que podemos entender la fiesta de hoy. Jesús decidió libre y amorosamente entregarse por nosotros. Y lo hizo hasta derramar la última gota de su sangre (evangelio). Es la persona entera de Jesús quien lo realizó, no sólo su corazón; pero, siguiendo con la antropología bíblica, es en su corazón donde lo pensó, lo decidió y lo convirtió en un acto de entrega y de amor. Esa misma actitud es la que san Pablo (segunda lectura) pide para la comunidad de los creyentes, cuando habla del «amor cristiano».

martes, 2 de junio de 2015

El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - Mc 14,12-16.22-26

Seder de Pesaj (Pascua judía)
En las lecturas de este domingo, en el que celebramos la fiesta del «Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo», escuchamos, en la proclamación de las diversas lecturas, palabras como: Alianza, Pascua, sacrificio, sangre, salvación, liberación… Son temas comunes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. ¿Dónde está, entonces, la singularidad de la «Buena Noticia» de Jesús? ¿Qué aporta la muerte y la resurrección de Jesús, qué conmemoramos en cada Eucaristía y que hoy, de una manera especial, evocamos?

Quiero señalar dos características —no son las únicas, pero quizás las más significativas— que marcan la diferencia, una diferencia esencial. El sacrificio de Cristo es universal, ofrecido por toda la humanidad, sin excepciones: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos». El amor de Dios se ha derramado, de una forma única, en la cruz de Cristo. Y esta oblación es eterna: «una vez para siempre»; trae consigo «la promesa de la herencia eterna» (segunda lectura). La universalidad y la definitividad la definen.

La Palabra de Dios hecha carne en Jesús nos recuerda esta evidencia de amor sobreabundante de Dios. No podemos, no tenemos derecho, a permanecer impasibles ante esta realidad. Hemos de compartirla con todos, la hemos de convertir en la brújula de nuestra vida personal y comunitaria.

lunes, 25 de mayo de 2015

La Santísima Trinidad - Mt 28,16-20

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Dios es uno, único (primera lectura) pero, al mismo tiempo, es comunidad amorosa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor donde está presente la diversidad: tres personas distintas; y amor que une hasta el imposible, desde la perspectiva humana: un solo Dios.

Y esta realidad nos interpela a nosotros, la comunidad cristiana. Estamos invitados a vivir el misterio del amor trinitario de Dios, a compartir este amor con todos. Somos «hijos de Dios» (segunda lectura) y como hijos e hijas debemos participar del amor único de Dios, nuestro Padre. La unidad debe ser nuestro estandarte, nuestra bandera, aunque, eso sí, sin confundirla nunca con la uniformidad; respetando y amando también la diversidad, las diferencias del otro.

Convencidos que nada hay mejor para la humanidad que este mensaje de amor, de respeto, de unidad. Por eso, el evangelio nos invita a proclamarlo, a predicarlo a «todos los pueblos», a todas las personas, con nuestra palabra aunque, sobre todo, con nuestros gestos, con nuestras vidas. Jesús se queda entre nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo»: es nuestro consuelo, nuestra fuerza, quien hace posible que nos empeñemos y no desfallezcamos en esta empresa.

lunes, 18 de mayo de 2015

Pentecostés - Jn 20,19-23

Este domingo celebramos la venida del Espíritu Santo. Jesús ha muerto y ha resucitado; lo han experimentado sus discípulos y discípulas más próximos. Pero tienen miedo, un miedo que los paraliza, y están escondidos, «con las puertas cerradas».

La presencia de Jesús les tranquiliza, les llena de alegría, les produce paz. Jesús les da el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo». La situación ha cambiado radicalmente. El Espíritu ha producido el «milagro».

Les faltaba fe, como a nosotros nos pasa con frecuencia. Porque lo contrario a la fe no es la increencia sino el miedo. El miedo anula las facultades de decisión y raciocinio. El miedo es angustia ante un riesgo real o hipotético. El miedo es ante todo una falta de confianza. ¿De confianza en qué o en quién? En este caso es falta de confianza en la Palabra de Jesús.

Cuando la Palabra de Dios no es lo central en nuestra vida personal, familiar, comunitaria…, nuestra fe se está quebrando; nos falta alegría, paz, capacidad de perdón. Observamos nuestro alrededor con desconfianza, con miedo.

¡Recibamos el don del Espíritu Santo con los brazos abiertos! Él —si nos dejamos― cambiará nuestras vidas y nuestras comunidades; nos quitará el temor que nos paraliza.

lunes, 11 de mayo de 2015

La Ascensión del Señor - Mc 16,15-20

Celebramos que «el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Eso es lo que nos narra el evangelio de hoy. Pero el texto no sólo habla de Jesús, sino también de sus discípulos, de los de entonces y de los de ahora.

Comenta el evangelista que estos seguidores son hombres y mujeres de fe, bautizados, vencedores del mal, capaces de hacerse entender por todos cuando proclaman la buena noticia de Jesús, preocupados y ocupados en las necesidades del prójimo. Ésta podría ser una lectura actualizadora de las palabras de Jesús, recogidas por el narrador bíblico.

El bautismo y la fe son nuestra seña de identidad, el fundamento de nuestra dignidad de cristianos y cristianas; por encima de otros cargos o ministerios sociales o eclesiásticos. El concilio Vaticano II nos recordó esta realidad, con frecuencia olvidada.

Pero, esta dignidad implica también una tarea, una responsabilidad. Consiste en hacer presente la «Buena noticia» del Reino. Con el testimonio de una vida que quiere romper radicalmente con toda forma de mal, de injusticia, de discriminación: «echarán demonios en mi nombre»; con capacidad de diálogo con todo el mundo, sin imposiciones, ofreciendo y proponiendo la verdad del Evangelio: «hablarán lenguas nuevas»; sin miedos a ninguna forma de poder: «cogerán serpientes…, nos les harán daño»; privilegiando a los pobres, a los sencillos, a los desvalidos, a los marginados: «impondrán las manos…, y quedarán sanos». Todo un proyecto de vida.