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jueves, 1 de noviembre de 2018

Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 12,28b-34

Texto del Shema, en hebreo
La primera lectura, del libro del Deuteronomio, prepara la respuesta de Jesús en el evangelio de este domingo. A la pregunta sobre cuál es el primer mandamiento, Jesús responderá con el inicio de la oración del Shema que todo judío religioso repite, al menos, dos veces al día, a la mañana y al atardecer: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» Es como si Jesús le dijese: estás rezándolo cada día y no terminas de darte cuenta que eso es lo nuclear, lo realmente importante, el fundamento de toda la existencia. También a nosotros nos puede pasar que de tanto repetir el Padrenuestro hayamos olvidado que Dios es nuestra Padre amoroso, al que debemos amor por encima de todo.

La segunda parte de la respuesta es una consecuencia lógica. Un amor a Dios que no se materializa en un amor concreto al prójimo es una quimera, es autoengaño, es hipocresía.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Celebración de «Los fieles difuntos» - Jn 14,1-6

Estoy convencido que nuestros difuntos, familiares y amigos, por los que hago oración hoy (y en tantas ocasiones) ya han sido honrados en la fiesta del día anterior, de «Todos los santos»; ya disfrutan de la plenitud del amor que es el cielo, que es Dios.

La fe nos hace percibir que somos «ciudadanos del cielo» (segunda lectura); aunque, eso sí, pisando firmemente con los pies en la tierra. Nos fiamos de Jesús, y Él afirma que «en la casa de mi Padre hay muchas estancias»; hay sitio para todos y todas. El «camino» nos lo mostró Jesús, mejor, es Jesús.

Jesús es el camino, el auténtico camino, que nos lleva a la verdad, a la verdad en plenitud. Su persona, su mensaje, su proyecto no son una quimera. Otro mundo es posible, es factible una realidad más justa, donde sea respetada la dignidad de cada persona, de cada individuo, donde cada ser humano considere hermano a cualquier otro ser humano. Los discípulos y discípulas de Jesús tenemos la tarea, el compromiso de hacerlo posible. Ese «camino», esta «verdad» nos llevarán a la «vida», a la auténtica «vida», a la «Vida» con mayúscula. Nuestros seres queridos, que nos han «dejado» momentáneamente, ya están disfrutando de esa Vida, que comenzaron a construir aquí.

martes, 23 de octubre de 2018

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 10,46-52

La súplica que el ciego Bartimeo dirige a Jesús: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí», que leemos-escuchamos en el evangelio del domingo, ha pasado a ser una de las oraciones principales entre los cristianos orientales (y no sólo entre ellos) y es conocida como la «oración del corazón» u «oración del nombre de Jesús». Se repite reiterativamente, de forma letánica, al ritmo de los latidos del corazón. Es una oración que nace de la confianza en Jesús y produce una gran paz interior.

Nuestro personaje, en la narración, interpela persistentemente a Jesús. Está convencido que Jesús puede curarle. Por eso, cuando éste le llama, abandona todo lo que le ata a su situación anterior, «soltó el manto», y lo hace con toda prontitud, «dio un salto y se acercó a Jesús» Su gran fe, su plena confianza, su oración insistente… han hecho posible el «milagro»

Jesús ha hecho que «vea» y no sólo en un sentido físico. Su recobrar la vista se ha convertido en seguimiento de Jesús: «recobró la vista y lo seguía por el camino». Hemos de descubrir la fuerza de la oración, la confianza en la acción de Dios. El Señor es Alguien próximo, que nos ama hasta el extremo.

lunes, 23 de abril de 2018

Domingo V de Pascua - Jn 15,1-8

La semana pasada Jesús era presentado como el «buen Pastor»; hoy como la «verdadera vid». Son significativos los adjetivos que acompañan ambas imágenes. Nos «hablan» de bondad y de verdad. Jesús y su mensaje rezuman bondad y autenticidad. Ese también es el camino al que estamos llamados sus seguidores.

¿Nuestra relaciones humanas, eclesiales, familiares, sociales, etc., están informadas siempre por la bondad y la verdad? Cuántas cosas cambiarían en nuestras vidas y en las de los que nos rodean si esa doble actitud fuera el principio de nuestras acciones, y también de nuestras palabras. Ni bondad sin verdad, ni verdad sin bondad: siempre indisolublemente unidas.

Jesús sabe de nuestra debilidad, de cuánto nos cuesta vivir el mensaje del Evangelio. Por eso nos invita a estar íntimamente unidos a Él, como el sarmiento a la vid. Afirma que quien permanece así unido «ése da fruto abundante».

Por eso, hemos de revisar cómo va nuestra relación con Jesucristo: ¿cuánto tiempo dedico a la oración?, ¿con qué intensidad la hago?, ¿qué papel juega en mi vida, y en la de mi comunidad, la Palabra de Dios?, ¿la leo, la medito, la llevo a mi vida personal y comunitaria cada día? No podemos olvidar la máxima de Jesús: «sin mí no podéis hacer nada».

domingo, 18 de marzo de 2018

San José, esposo de María - Lc 2,41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

jueves, 15 de febrero de 2018

Domingo I de Cuaresma, ciclo B - Mc 1,12-15

Montaña de las tentaciones
Aún casi estamos con el regusto de la Navidad, y volvemos a celebrar la Cuaresma; otro de los «tiempos fuertes» eclesiales. La Cuaresma son cuarenta días que nos preparan para el gran acontecimiento de la Pascua; no podemos perder nunca de vista esta perspectiva.

En este primer domingo de Cuaresma la liturgia nos invita a contemplar la estancia de Jesús en el desierto –durante cuarenta días– como preparación a su vida pública, a la proclamación de la «buena noticia» de la llegada del Reino de Dios, donde cada hombre y cada mujer son invitados a ver en el otro a la hermana y al hermano. La narración del evangelio de Marcos –que corresponde al ciclo litúrgico B en el que estamos– es la más breve. Pero eso no impide que esté cargada de contenido.

Jesús en el desierto se está preparando, a través de un tiempo de oración y de «desierto» (de soledad, sólo con Dios), a lo que se conocerá como su «vida pública». La buena noticia del Reino no se puede improvisar. El plan amoroso de Dios para la humanidad ha de ser proclamado con toda su fuerza transformadora.

Inmediatamente después del periodo de desierto, Jesús comienza a anunciar la inminencia de la llegada del Reino de Dios. ¡Hay que estar preparados! La aceptación del mensaje de Jesús exige un cambio de vida. Es necesario modificar nuestros esquemas, creer en la buena noticia que proclama Jesús, empeñarnos en hacer presente en nuestro mundo los valores del Reino de Dios.

lunes, 12 de febrero de 2018

Miércoles de Ceniza - Mt 6,1-6.16-18

Ya estamos de nuevo en Cuaresma; el «miércoles de ceniza» es el inicio de este tiempo litúrgico fuerte. El evangelio de esta celebración nos habla de los tres pilares de la Cuaresma: la limosna, la oración y el ayuno. Ya el profeta Joel (primera lectura) nos recuerda que no se trata de unos actos exteriores, que pierden todo su sentido religioso sin una implicación existencial. El profeta habla de «rasgar el corazón», de conversión. El «corazón» en la Biblia es la sede de los sentimientos, pero también de las decisiones. Hay que cambiar el corazón, no cumplir unas normas externas; mudar nuestros sentimientos y nuestras decisiones.

Jesús, por su parte, predica que la limosna sea «en secreto», la oración «en lo escondido» y el ayuno «perfumándose la cabeza y lavándose la cara», o sea, sin que se sepa. A nosotros no nos gusta hacer las cosas así. Nos agrada que se enteren si hacemos algo bueno. Si estos actos a los que nos invita la Cuaresma no responden a unas actitudes internas, no tienen ningún valor, son fuegos fatuos. 

La oración responde a una necesidad de diálogo con Dios, es una respuesta a su Palabra. El ayuno voluntario nos puede ayudar a comprender que todo se lo debemos a Dios, y a reflexionar sobre tantas personas que pasan hambre y necesidad, que practican un ayuno obligado. La limosna responde a la reflexión anterior: compartir con quien no tiene los bienes que han sido creados por Dios para el bien común. 

lunes, 29 de enero de 2018

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 1,29-39

Iglesia construida sobre la casa de
Pedro y Andrés en Cafarnaún
Jesús sigue predicando y sanando. Sus palabras se corresponden con sus acciones, por eso convence. Comunica la Palabra de Dios, la «Buena Noticia» del Reino y, al mismo tiempo, cura y sirve a todos los que se cruzan en su camino. No busca la fama ni el elogio, por eso no se queda en un lugar fijo. Tiene clara su misión, «para eso he salido», afirmará, y recorre toda Galilea predicando y dando muestras del amor entrañable de Dios. Su fuerza nace de la oración: «se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar». Pero su oración no es un escapismo que le aparte de la misión, sino el impulso para llevarla a cabo.

La Palabra de Dios es eficaz, capaz de cambiar las cosas, de invertir esta sociedad injusta. La actitud de Jesús es la garantía, la promesa de que es posible. Los cristianos nos hemos de convencer de esta realidad. Tenemos que salir de nuestro pesimismo y victimismo. La historia, el mundo, la humanidad están en las manos de Dios. Quien mueve la historia es el Espíritu Santo. ¡Hemos de convencernos y ser más optimistas, más luchadores (en el buen sentido de la palabra)!

Jesús inauguró una nueva forma de entender las relaciones humanas, donde ninguna persona es inferior a otra, donde cada ser humano es hermano del otro, donde todos y todas son respetados por si mismos, no por lo que tienen o aparentan. Embarquémonos en esta tarea, ¡ya! Y dejemos de quejarnos.

martes, 21 de noviembre de 2017

Jesucristo, Rey del universo, ciclo A - Mt 25,31-46

El domingo de la festividad de «Jesucristo, rey del universo» escuchamos el evangelio del Juicio final, que nos narra Mateo de una forma magistral. La actitud que es alabada o denunciada, en quien la ha vivido o en quien la ha ignorado, es repetida –según el estilo semita– hasta cuatro veces. El narrador quiere que quede profundamente grabada en los lectores-oyentes. No podemos obviarlo cuando leamos y/o oigamos este texto.

El juicio consiste en señalar o acusar la conducta que tuvimos ante el ser humano necesitado (hambriento, sediento, forastero o inmigrante, sin ropa, enfermo, encarcelado…). Jesús se identifica con cada hombre y cada mujer que padece estas carencias, con cada persona que es rechazada, marginada o ignorada socialmente. Allí está Jesús. No seremos juzgados por haberle reconocido o no a Él en estas circunstancias («¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel?», responden tanto unos como otros), sino en cómo hemos acogido o rechazado a las personas que necesitaban nuestra ayuda.

Lo nuclear en el mensaje de Jesús no es el culto, no es el ir a misa los domingos, sino el amar, el hacer propias las necesidades del prójimo; de esto es de lo que seremos juzgados. El culto, la eucaristía, la plegaria sólo tienen sentido si nos tomamos en serio que nos anuncian, nos interpelan a vivir esta actitud irremplazable.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Conmemoración de los fieles difuntos - Mc 15,33-39.16,1-6

Después de la festividad de todos los santos conmemoramos la de todos los fieles difuntos. Todos hemos pasado por la experiencia de la muerte de seres queridos, familiares y amigos. Hoy los queremos recordar de una manera especial, queremos unirnos en oración eclesial por ellos. Seguramente con la celebración del día anterior ya les hemos recordado: me resisto a pensar que las personas que quiero y ya no están entre nosotros no estén disfrutando de la plenitud del amor de Dios, en el cielo. Pero hoy toda la Iglesia se une en plegaria solidaria por todos aquellos que un día formaron parte de nuestras vidas. Es una forma de vivir la «comunión de los santos», en la que nos unimos, por medio de la oración, los que aún estamos aquí y los que ya han pasado la frontera de la muerte.

El evangelio que hoy nos propone la liturgia narra los últimos momentos de Jesús en la cruz y su muerte. El evangelio de Marcos nos presenta a Jesús rezando el salmo 22(21), una plegaria de profundo dolor, de soledad, de oscuridad pero, al mismo tiempo de esperanza en Dios. Jesús será reconocido como el «Hijo de Dios», precisamente en su muerte en la cruz.

El mensaje de hoy es que ni el mal ni la muerte tienen la última palabra. La última palabra es la acción amorosa de Dios, que siempre está presente, aunque a veces parezca escondido o ausente.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Domingo XX del tiempo ordinario,ciclo A - Mt 15,21-28

El evangelio de este domingo nos habla de la fe de una mujer extranjera. Habitualmente los «modelos» de fe eran hombres judíos piadosos. Jesús no está atado a condicionamientos sociales, y nos muestra cómo el don más precioso que es la fe se hace presente en una mujer, que además es extranjera y, por tanto, llamada y considerada una «perra» por sus conciudadanos (los judíos llamaban «perros» despectivamente a los extranjeros y Jesús aprovechará esta circunstancia para demostrar el grave error de este criterio).

La oración de esta mujer se convierte en súplica, en grito desgarrador: «viene detrás gritando», en confianza plena en Jesús, en fe sencilla. Jesús no tiene más remedio que alabar públicamente la fe de esta mujer: «mujer, qué grande es tu fe», y escuchar su ruego, su demanda. La fe lo puede todo y no conoce diferencias de género, de raza o de cultura.

Esta mujer es presentada por el evangelista como modelo de creyente, de discípula, de oración confiada e insistente. Qué fácil es poner etiquetas a la gente, sobre todo a quien es diferente de nosotros. Nos podemos encontrar con auténticas sorpresas, como en el evangelio.

martes, 8 de agosto de 2017

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A - Mt 14,22-33

Después de la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, el evangelista sitúa a Jesús –después de despedir a la gente– pasando la noche, solo, en oración. Para Jesús la plegaria es una necesidad vital; todo su obrar nace de su íntima relación con el Padre. No es que siempre esté rezando, pero necesita la frecuencia de la oración para hacer, para actuar, para ponerse al servicio de los demás.

La siguiente escena nos habla del miedo como la actitud contraria a la fe. El que tiene fe se fía, confía. Lo contrapuesto es el miedo, la falta de confianza, la desesperanza. Cuantos miedos externos y/o internos nos paralizan, nos dificultan, nos imposibilitan vivir y compartir la alegría de la «buena noticia» de Jesús. Miedo a los cambios, miedo a lo que piensen los demás, miedo a las dificultades, miedo a la sociedad, al mundo, miedo a un ambiente hostil, miedo al futuro, miedo a la libertad (la propia y la de los demás). Jesús nos ofrece su mano, nos anima: «no tengáis miedo».

La mujer y el hombre de fe se fían de Jesús, saben que la Iglesia, la sociedad, el mundo, la humanidad están en las manos de Dios y no pueden estar en mejores manos. Confían en que es el Espíritu Santo quien dirige la historia y que ésta sólo puede ir hacia adelante, hacia su destino definitivo. Y lo hacen desde una actitud profunda de oración, una oración que les compromete la existencia.

martes, 18 de abril de 2017

Domingo II de Pascua - Jn 20,19-31

El tema de la paz es una constante en el evangelio de este segundo domingo de Pascua. Jesús comunica en tres ocasiones la paz a sus discípulos: «Paz a vosotros». Y junto a esta paz singular que trae Jesús están la fe («dichosos los que crean sin haber visto»), el perdón amoroso («a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados») y la alegría plena («se llenaron de alegría al ver al Señor»). Constituyen todo un elenco de dones que Jesús da gratuitamente a todo aquel o aquella que participa del regalo de su resurrección. Dones que son más preciosos que el oro, como afirmará el autor de la primera carta de Pedro, referido a la fe (segunda lectura), pero que se puede hacer extensivo al resto de dones. No sé hasta qué punto somos conscientes de esta realidad y la gozamos personal y, sobre todo, comunitariamente.

La primera lectura, de los Hechos de los apóstoles, nos narra lo que ha significado la vivencia de estas realidades en la primera comunidad cristiana. Se ha traducido en testimonio ante el mundo de unidad, de compartir, de alegría, de oración, de participación en la Eucaristía, de escucha atenta de la Palabra de Dios…

Toda la liturgia de este día nos invita a vivir con intensidad esta misma experiencia. ¡Vale la pena!

lunes, 27 de febrero de 2017

Miércoles de ceniza - Mt 6,1-6.16-18

El «miércoles de ceniza» es el inicio de la Cuaresma y el evangelio nos recuerda tres actitudes que han de ilustrar este tiempo fuerte de la liturgia: limosna, oración y penitencia.

A nadie le viene de nuevo esto; lo hemos oído tantas veces: cada Cuaresma lo mismo...

Jesús introduce una novedad en estas prácticas ancestrales: no hacerlas para que nos vean los demás. No sé si hoy «vende» el que nos vean dar una limosna, hacer oración o penitencia. Pero lo que sí estoy seguro es que en casi todas las cosas que hacemos buscamos la aprobación de los demás, la palmadita en el hombro, el reconocimiento social... Jesús dirá de esta forma de actuar: Os aseguro que ya han recibido su paga.

Él nos invita a otro estilo de hacer: una preocupación exquisita por las necesidades del prójimo, es decir, del próximo, porque es mi hermano o mi hermana, hijos del mismo Padre; una penitencia para «ponerme en la piel» de tantos que hacen «penitencia» forzosa cada día; y un diálogo frecuente con Dios que ha de ser necesidad vital de mi existencia: tengo necesidad de salir de mi banalidad, que mi vida transcienda. Esto no tiene nada que ver con buscar el aplauso de los otros.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

María, la madre de Jesús, es celebrada en esta festividad como la Madre de Dios, ya que en Jesús convergen las dos naturalezas: la humana y la divina. Pablo en la carta a los Gálatas (segunda lectura) «canta» la grandeza de Dios que nos «envió a su Hijo, nacido de una mujer», de María. Esta realidad, tan inmensa, ha posibilitado el que nosotros y nosotras hayamos recibido la adopción divina y podemos llamar a Dios: «¡Abba!», (Padre, Papá). María se ha convertido en protagonista secundaria, pero necesaria, imprescindible, de esta realidad tan inmensa, definitiva, que nos ha traído Jesús.

Ella, María, la madre de Jesús, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (evangelio de hoy). Va descubriendo día a día los planes de Dios y los va viviendo en su propia carne, en la intimidad de la oración, que nace de una fe profunda: ella pondrá su voluntad y toda su existencia al servicio del plan amoroso divino. 

María es modelo de oración confiada, de fe inquebrantable, de escucha atenta de la Palabra de Dios, de hacer suya la voluntad de Dios, aunque no siempre la entienda plenamente, de servicio a los demás, de amor de donación... Ella es la Madre de Dios, la madre de Jesús, quien nos ha traído la libertad definitiva: «ya no eres esclavo, sino hijo».

lunes, 17 de octubre de 2016

Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 18,9-14

El evangelio continúa con el tema de la oración, que ya inició el domingo anterior. Esta semana Jesús se fijará en dos actitudes ante la oración y, para ello, se valdrá de dos personajes tipos: un fariseo y un publicano. Nos hablan de dos formas de dialogar con Dios, de dos maneras de plantear la relación con Él, que necesariamente se traducen también en dos posturas ante el prójimo.

El fariseo personifica a la persona religiosa, cumplidor escrupuloso de cada uno de los mandamientos, incluso entregaba el diez por ciento de lo que ganaba para obras piadosas. Pero, le faltaba amor en lo que hacía, estaba demasiado «seguro de sí mismo y despreciaba a los demás». Se sentía superior a los otros, porque él era de los «buenos»: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás»

Por el contrario, el publicano no es demasiado religioso, poco cumplidor, más bien de los que «meten la pata» con frecuencia, incluso su trabajo no es excesivamente honrado. Pero, se siente pecador, necesitado de misericordia; sabe que su vida tiene que cambiar. Su oración nace del corazón. Se humilla porque se siente indigno ante Dios.

Y comenta el narrador que el segundo «bajó a su casa justificado», y el primero no. ¡Qué paradoja!; rompe nuestros esquemas. Y es que Jesús señala que el publicano puede cambiar, el fariseo no; el pecador puede amar, el soberbio no.

lunes, 10 de octubre de 2016

Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 18,1-8

Mira que comparar a Dios con un juez inicuo: ¡qué cosas se le ocurrían a Jesús! Nos narra el evangelista la historia de un magistrado que no tenía demasiado interés por la justicia, pero la insistencia machacona de una mujer viuda le hace salir de su letargo y acceder a su petición. Y la parábola nos quiere mostrar cómo ha de ser nuestra oración, nuestra relación con Dios.

La oración, desde esta perspectiva, debe ser «orar siempre, sin desanimarse». Es una oración que nace de la confianza en que Dios siempre hace justicia –no cómo el juez de la parábola–, porque nos ama, porque Él nos ha elegido como hijos e hijas suyos. Pero, desea que se lo pidamos, que nuestra oración no desfallezca, que no perdamos nunca la confianza. Dios está siempre de nuestro lado.

Jesús explica que la oración nace de la fe, está íntimamente relacionada con ella. Nace de la necesidad de entrar en diálogo con Dios, de explicarle nuestras alegrías y nuestras necesidades, nuestras inquietudes y desasosiegos. Pero, en algunas ocasiones, se convierte en un grito desesperado, desde una situación sin salida. «Os digo que les hará justicia sin tardar», afirma Jesús. Aunque paro ello se requiere la actitud de fe, de fiarse de Dios, que está siempre de parte de quien sufre la injusticia.

martes, 2 de agosto de 2016

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 12,32-48

En la misma línea que el domingo anterior, hoy el evangelio nos invita a no poner la confianza en los bienes efímeros: dinero, fama, placer, etc. Nos propone, como afirmábamos, otra forma de riqueza en la que no hay que temer ni que te roben, ni que se deteriore. Una riqueza en la que el hermano y la hermana necesitados son lo prioritario. Un tesoro que proporciona la auténtica felicidad y da sentido a la vida: «Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón

Jesús quiere que todos participemos del banquete del Reino, pero para ello nos exige estar preparados, vivir en la tensión de la llegada del Reino de Dios (Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas), como oramos en el Padrenuestro: Venga a nosotros tu Reino.

Como seguidores de Jesús hemos de preguntarnos, con frecuencia, dónde tenemos puesto el corazón. ¿Qué es lo prioritario en nuestra vida?. A nuestro alrededor, si no estamos (o no queremos estar) ciegos, hay muchas situaciones de injusticia, de pobreza, de marginación. No puedo pasar indiferente ante esta realidad. La responsabilidad ante estas situaciones no es una opción frente a otras, si nos tomamos en serio el mensaje de Jesús.

martes, 19 de julio de 2016

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 11,1-13

Oración del Padrenuestro, en arameo y hebreo
Jesús enseña a orar a sus discípulos. Les muestra que Dios es un Padre que siempre escucha, y nos da lo mejor: el gozo del Espíritu.

La oración del Padrenuestro es una plegaria de confianza: es Dios quien santifica, quien perdona, quien preserva del mal, quien nos proporciona el pan de la unidad, quien puede hacer posible que el Reino de Dios se haga presente en este mundo.

Pero, al mismo tiempo, esta oración implica una respuesta nuestra, una responsabilidad de la comunidad cristiana: la plegaria insistente y esperanzada, el compromiso por hacer presente los valores del Reino, el compartir el pan cotidiano, la disponibilidad siempre al perdón (como condición necesaria para recibir el perdón de Dios), la lucha para que el bien prevalezca sobre el mal.

El rezar el Padrenuestro significa fiarse de Dios, pero también el estar dispuesto a vivir las exigencias de esta oración. Si no considero a cada hombre y a cada mujer mi hermano o mi hermana no he entendido lo que estoy orando. Si no me preocupa y ocupa sus necesidades, materiales y espirituales, no tiene sentido lo que repito diariamente: no puedo estar indiferente cuando tantos no tienen que comer, o duermen y viven en la calle, o están desesperanzados o desesperados, o padecen tantas angustias e incluso la muerte por buscar una vida mejor en nuestro egoísta Occidente...

martes, 3 de mayo de 2016

La Ascensión del Señor - Lc 24,46-53

Jesús ha resucitado, asciende al cielo, pero la historia de la Buena Noticia que ha traído para todos los seres humanos sólo ha hecho que empezar.

En su nombre Él envía a todos sus discípulos y discípulas a predicar de palabra, pero sobre todo con el testimonio de su vida que las cosas y las personas pueden cambiar (conversión), que no nos podemos quedar en una crítica negativa y derrotista de la realidad que nos envuelve, que nos hemos de empeñar con todas las fuerzas en hacer posible este cambio. Y, también, que Dios ofrece gratuitamente su perdón a todos los hombres y a todas las mujeres, que siempre hay otra oportunidad, porque lo que define a Dios es el amor.

Él se queda con nosotros, no nos deja solos. Promete –y siempre cumple sus promesas– que seremos revestidos de la fuerza de lo alto; es decir, que Dios estará a nuestro lado, de nuestra parte, y nos proporcionará la fuerza que necesitamos para esta inmensa tarea.

El grupo de discípulos recibe su impulso de la oración: Ellos se postraron ante él. Es la fuerza que nace de una oración confiada. Y, por ello, se vuelven con gran alegría. Algo que define al seguidor y a la seguidora de Jesús es la alegría, la gran alegría, que no desfallece ante las dificultades o dramas de la vida.