
El evangelio de este domingo nos recuerda que todos los bienes que hemos recibido no son exclusivamente para provecho propio. Todos los bienes de la tierra, antes que nada, tienen una función social, están al servicio del bien común. El derecho a la propiedad está subordinado al bien común. Este es una enseñanza que se fundamenta en la Palabra de Dios y de la que se han hecho eco tanto la Patrística como la mayoría de encíclicas sociales de los últimos Papas.
En este sentido siguen siendo actuales las palabras de san Basilio (s. IV): «Si cada cual asumiera solamente lo necesario para su sustento, dejando lo superfluo para el que se halla en la indigencia, no habría ricos ni pobres… Te has convertido en explotador al apropiarte de los bienes que recibiste para administrarlos. El pan que te reservas pertenece al hambriento; al desnudo los vestidos que conservas en tus armarios; al descalzo, el calzado que se apolilla en tu casa; al menesterosa, el dinero que escondes en tus arcas. Así, pues, cometes tantas injusticias cuantos son los hombres a quienes podías haber socorrido» (PG 31,276).