jueves, 28 de enero de 2010

Domingo IV tiempo ordinario - Lc 4,21-30


El domingo pasado leíamos – escuchábamos la intervención de Jesús en la sinagoga de Nazaret. El evangelio de hoy comienza donde terminó la semana anterior: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír», afirma Jesús actualizando la profecía de Isaías.

Las reacciones ante el comentario de Jesús son diversas: mientras unos muestran aprobación y admiración; otro grupo, posiblemente más influyente, cuestionan sus palabras y su mensaje. No hemos de extrañarnos de ser incomprendidos cuando intentamos ser fieles a las enseñanzas de Jesús; incomprendidos incluso por «gente de Iglesia», como le ocurrió a Jesús.

Al grupo crítico no les parece Jesús demasiado importante; su padre, su familia son conocidos por todos y no sobresalen en nada. Entre ellos no hay poderosos, ni ricos, ni intelectuales, ni expertos en la Escritura, ni sacerdotes, ni… ¿Quién se cree este «don nadie»?

Jesús les recrimina su incredulidad; a ellos que representan la fe de Israel. Les reprocha que no saben reconocer cómo Dios actúa a través de lo sencillo, de lo aparentemente no importante. Tanto ayer como hoy, cuanto nos cuesta a los hombres y mujeres creyentes descubrir la acción de Dios en alguien o en algo que rompe nuestros esquemas de seguridad. Dios es siempre imprevisible. Jesús es la prueba de ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario