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lunes, 13 de agosto de 2018

La Asunción de María - Lc 1,39-56

María, en el evangelio de la festividad de la Asunción, aparece como la primera evangelizadora, la que hace de su vida un servicio a los demás. Ella se «pone en camino», aprisa, con prontitud. Sabe que Isabel, su parienta, necesita ayuda, y no se lo piensa dos veces, se dirige hacia Jerusalén, un camino de varios kilómetros, para ponerse a su servicio. María es la mujer creyente por excelencia, pero sabe que la fe implica una respuesta generosa, una demostración de amor de donación. Y, por eso, es «bienaventurada».
          
María proclama con su vida y con sus palabras las grandezas de Dios; un Dios que es grande porque está al lado de su pueblo, al lado de los pobres y necesitados, porque es el siempre fiel.
          
Y esta actitud de servicio, de disponibilidad, de ayuda la sigue ejerciendo desde el cielo, al lado de Dios Padre. Sigue atenta a nuestras necesidades, preocupada y ocupada en ayudar a los que más lo necesitan. Esto es esencialmente lo que celebramos en la fiesta de la Asunción.
          
Al estilo de vida de María estamos invitados toda la cristiandad. Cuando tres cuartas partes de la humanidad están viviendo de una forma precaria, sin lo mínimo necesario; cuando a nuestro alrededor hay tantas personas necesitadas, a causa de la inmigración, del desarraigo social, de marginación, de la crisis económica; cuando hay tantas personas que necesitan una palabra de consuelo, de amor...; y no reacciono, es que no he entendido la Buena Nueva de Jesús, como la vivió y la sigue viviendo María.

martes, 3 de julio de 2018

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 6,1-6

Sinagoga de Nazaret
Jesús, según la costumbre judía, asiste a la liturgia de la sinagoga del sábado, junto con sus discípulos. Después de las lecturas bíblicas, Jesús, seguramente en pie, como era costumbre, comenta dichos textos, y lo hace con una sabiduría, con una profundidad, con una novedad que produce admiración entre los que lo escuchan.

Pero esta admiración parece que no es general. Hay un grupo, sin duda muy influyente, que busca desacreditar a Jesús. Se preguntan, o mejor preguntan públicamente, en qué es diferente Jesús a los demás, para arrogarse una dignidad que según ellos no le corresponde. Cómo va a ser el Mesías un artesano manual, el hijo de una mujer sencilla, que todos conocen, igual que conocen al resto de su familia. Produce escándalo la pretensión de Jesús.

Jesús se asombra de la incredulidad, de la falta de fe de sus paisanos. Es imposible que se manifieste la acción de Dios, a través de él, cuando no hay fe. Sus compatriotas no entienden que Dios se muestre en lo sencillo, en la humildad, en lo simple. María, su madre, pertenece a la categoría de los sencillos, de los simples, de los pequeños. Por esta razón la mencionan los que quieren desacreditar a Jesús en esta escena: «¿No es éste... el hijo de María?». Con esta pregunta –y con el resto de interpelaciones– pretenden afrentar, ofender a Jesús, desacreditarlo. Pero nada más lejos de conseguir lo que pretenden. María, igual que Jesús, precisamente por su simplicidad, por su humildad, por su fe sencilla, pero profunda, es un auténtico icono de la acción de Dios.

jueves, 7 de junio de 2018

Domingo X del tiempo ordinario, ciclo B - Mc 3,20-35

En el fragmento del evangelio de Marcos que leemos - escuchamos esta semana encontramos dos escenas bien diferentes: en la primera el Jesús incomprendido y en la segunda la familia sustitutoria de los seguidores de Jesús.

Jesús es rechazado, incomprendido, tomado por loco, por endemoniado... por sus familiares, por los escribas. Si leyéramos todo el texto veríamos que la incomprensión se extiende al pueblo e, incluso, en gran medida a los discípulos. Los seguidores de Jesús también podemos padecer las mismas incomprensiones, incluso de los más próximos.

El segundo escenario nos presenta a María, la madre de Jesús, y algunos familiares cercanos buscando a Jesús, y los que lo rodean se lo hacen saber. El Maestro, gran pedagogo, aprovecha la ocasión para desviar la atención, el punto de mira al seguimiento discipular. Lo realmente importante no son tanto los lazos de sangre como la fidelidad a la voluntad divina, la actitud de escucha de la Palabra de Dios: «He aquí a mi madre y mis hermanos. El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre». Lógicamente María, su madre, es la discípula por excelencia, el ejemplo de fidelidad a la voluntad divina.

domingo, 18 de marzo de 2018

San José, esposo de María - Lc 2,41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

Comenzamos un nuevo año, y la primera festividad que celebramos es la de María, madre de Dios. Será Pablo el primero que nos recordará (segunda lectura) que «envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer». Y la mujer es María. Este acontecimiento nos ha abierto el camino para vivir en plenitud la filiación divina; ahora podemos llamar a Dios, abba, padre, papá. La madre de Jesús ha jugado un papel importantísimo, necesario en este evento.

La liturgia nos invita a meditar en este día una lectura del evangelista Lucas que nos trae a la memoria lo nuclear de las celebraciones navideñas que estamos viviendo. Unos personajes sencillos, unos pastores, reconocen la acción de Dios en algo tan normal y cotidiano como encontrar a un niño, a Jesús, acostado en un pesebre, con María y José, sus padres. Y ello les anima a dar gloria y alabanza a Dios.
           
María, por su parte, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Ella acoge la acción de Dios y la hace suya. No siempre entiende todo, pero la «Palabra de Dios» va calando en ella, la guarda y la medita en su corazón.

Estas dos actitudes que sugiere el evangelista son fundamentales: saber ver la acción de Dios en lo simple y cotidiano, y dar gracias por ello; y la escucha atenta, permeable de la Palabra de Dios, guardándola en lo más íntimo nuestro, meditándola en el corazón. Sólo así cambiarán nuestras vidas y también la sociedad y la iglesia, según el plan amoroso de Dios.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia - Lc 2,22-40

Cada año, dentro de las celebraciones navideñas, hay un «hueco» para recordar que Jesucristo, el Hijo de Dios, no sólo se hizo un ser humano como nosotros y nosotras, sino que lo hizo en el seno de una familia. Todas las lecturas de este domingo nos «hablarán» de la familia. La «familia de Nazaret» será la familia de Jesús durante un período largo de su vida: Él, María y José.
           
El evangelio de Lucas nos narra cómo la familia de Jesús es una familia fiel a las tradiciones religiosas de su pueblo. En la visita de los tres al Templo de Jerusalén, siendo Jesús aún un bebé, se encuentran con dos personajes peculiares: Simeón y Ana. Ambos son ancianos, pero fieles al Señor. Y los dos saben «ver» en este niño pequeño la respuesta a las esperanzas del «pueblo de Dios». Sólo las mujeres y los hombres de Dios saben «leer» la voluntad divina en los acontecimientos más sencillos aparentemente.

La liturgia de hoy nos invita a ver en las realidades cotidianas, seguramente también en las de nuestra propia familia, la acción de Dios. No hemos de buscar cosas extraordinarias –que rara vez ocurren–, sino el proyecto de Dios que se hace presente en la cotidianidad. Es ahí donde hemos de comenzar a construir el Reino de Dios.

martes, 19 de diciembre de 2017

Domingo IV de Adviento, ciclo B - Lc 1,26-38

Basílica de la Anunciación, Nazaret
Hoy volvemos a leer el relato del anuncio del ángel a María; hace escasos días lo hacíamos en la celebración de la «Inmaculada Concepción de María». Y es que la actitud de María, la madre de Jesús, contemplada en esta narración, completa el cuarto «punto cardinal» de las condiciones que la liturgia de Adviento nos propone (vigilancia, cambio de vida, allanar el camino y la fe hecha disponibilidad) para esperar debidamente la venida de Jesús: la histórica que conmemoramos cada año en Navidad y la definitiva de la Parusía.

El texto subraya la fe y la disponibilidad de María, dos caras de la misma realidad. La fe no es creer una colección de verdades; es, ante todo, fiarse de Dios, ser fiel a su llamada, responder con la vida a su requerimiento. María responderá, con contundencia, al ángel: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» María es una mujer libre, con decisión, que pone su existencia al servicio del plan amoroso de Dios. Un plan que tiene un nombre concreto, Jesús. Dios ha querido compartir, por amor, nuestra humanidad hasta las últimas consecuencias. María contribuirá a que sea posible. Cada uno de nosotros y de nosotras estamos llamados también a cooperar en esta tarea. La «buena noticia» de Jesús vale la pena.

lunes, 4 de diciembre de 2017

La Inmaculada Concepción de María - Lc 1,26-38

Haciendo un paréntesis en las celebraciones de Adviento este viernes, 8 de diciembre, contemplamos la fiesta de la «Inmaculada Concepción de María», la madre de Jesús.

El evangelio que la liturgia nos propone para esta festividad es el del anuncio del ángel, narrado por Lucas. María es elegida por Dios para ser la madre de Jesús, la madre del Hijo de Dios; ha sido elegida desde toda la eternidad. Nos encontramos ante un relato de vocación, en el que el Señor «llama» a alguien –en este caso a María– para una misión especial, pero antes es necesario la respuesta libre de la persona llamada. María da su «sí» incondicional a la propuesta divina: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Lo hace consciente y libremente; está plenamente convencida que el plan de Dios es lo mejor posible y acepta contribuir, reconociendo sus limitaciones, a que se haga realidad.

No siempre estamos dispuestos, como lo hizo María, a poner toda nuestra vida, toda nuestra existencia al servicio del plan de Dios. Nosotros también –guardando las distancias– estamos llamados a contribuir al plan amoroso divino, a cambiar este mundo en un lugar más fraternal, donde todos/as podamos desarrollar nuestras potencialidades, donde sea respetada la dignidad de cada ser humano, independientemente de su lugar de nacimiento, de su sexo, de su cultura o religión.      

domingo, 13 de agosto de 2017

La Asunción de María, madre de Jesús - Lc 1,39-56

En la fiesta de la Asunción celebramos que María ha subido al cielo y desde allí intercede por todos y cada uno de nosotros y de nosotras. La primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto (segunda lectura) nos recuerda que Cristo ha resucitado, que el es la primicia, el primero que como hombre disfruta ya de una vida que no tiene fin, donde la muerte es aniquilada. María –proclama la liturgia de este día– ya está gozando de esta realidad y, desde ella, sigue preocupándose y ocupándose de todos sus hijos e hijas, de cada ser humano.

El evangelio nos presenta a María visitando a su parienta Isabel, haciendo un largo viaje para ponerse a su servicio. Ha sabido por el anuncio del ángel que está embarazada de seis meses y corre a darle la enhorabuena, a alegrarse con ella, pero sobre todo a ayudarla, a atenderla en lo que necesite. María es una mujer servicial, atenta a las necesidades ajenas, y este papel sigue ejerciéndolo, de una forma amorosa.

Ella «canta», «proclama» las grandezas de Dios, un Dios que está del lado de los humildes, de los hambrientos, de los pobres. Un Dios amor: amor misericordioso, amor fiel. Por eso celebramos que desde el cielo sigue atenta a nuestras necesidades y nos muestra un Dios que rompe con muchos esquemas del mundo, con muchos modelos incluso religiosos: un Dios entrañable.

jueves, 13 de abril de 2017

Viernes santo - Jn 18,1-19,42

El «viernes santo» constituye el cenit de los acontecimientos de los que hacemos memoria en estos intensos días litúrgicos. La vida y la predicación de Jesús culminan en una muerte ignominiosa, padeciendo –como nos recuerda la carta a los Hebreos (segunda lectura)– angustia, sufrimiento, soledad… Incluso Pedro, el primero en el grupo de los «Doce», niega el conocerlo; todos sus amigos y seguidores han desaparecido de la escena. La muerte en cruz es el desenlace previsible para una vida que pone en entredicho muchas actitudes aparentemente religiosas. Jesús resultaba incómodo.
           
Jesús entrega, desde la cruz, su espíritu al Padre, confiado en que sólo Dios puede sacar una victoria de un dramático fracaso. Y desde la cruz nos confía, a todos los discípulos, a todos los seres humanos –en la figura del discípulo amado– a su madre, a María.

Esperamos serenos la resurrección del Señor. Queremos aceptar todo lo que significa el mensaje de Jesús, también todo lo que tiene de dificultad, de sufrimiento, de exigencia… Confiamos en que la voluntad de Dios, que Él vivió y predicó, es lo mejor para la Humanidad, para la comunidad eclesial, para mí. Y estoy dispuesto a empeñar toda mi existencia, aún a riesgo de incomprensiones y…, en vivir los valores del Reino, en convertir el seguimiento de Jesús y su mensaje en mi «horizonte de comprensión»

lunes, 20 de marzo de 2017

La Anunciación del Señor - Lc 1,26-38


Dentro de nueve meses volveremos a celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, el hijo de María. Esto es lo que anticipamos en la fiesta de la Anunciación del Señor.

De la misma forma que la carta a los Hebreos (segunda lectura) y el salmo de hoy nos recuerdan una actitud de Jesús, y anteriormente del salmista, de entrega incondicional a la voluntad divina, «aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad», también se puede aplicar a María, que entendió toda su existencia como una entrega libre y amorosa a la voluntad de Dios: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

La actitud del discípulo y de la discípula de Jesús –María fue la primera– está en la misma línea, conscientes de que el plan amoroso de Dios para la Humanidad es lo mejor que nos puede pasar. Y, por consiguiente, he de poner todo mi empeño, toda mi vida, todo mi obrar en comenzar a construir ya aquí y ahora el reino de Dios («venga a nosotros tu reino», aún conscientes de que no será en este mundo donde alcanzará su plenitud, pero sí se inicia; en el empeño de que cada hombre y cada mujer reconozca en el otro su hermano y su hermana; en que sea respetada la dignidad de toda persona humana…

martes, 3 de enero de 2017

La Epifanía del Señor - Mt 2,1-12

La palabra «Epifanía» significa manifestación. Dios se ha manifestado, en Jesús, a todos los pueblos, a todos los hombres y a todas las mujeres de todos los lugares, de todos los tiempos. Los magos de Oriente que vienen a adorar al «Rey de los judíos», a Jesús niño, representan al conjunto de las naciones, a quien Dios se quiere mostrar como respuesta a sus esperanzas y expectativas.

Las actitudes que muestran los diferentes personajes de la narración del evangelio de hoy también son trasladables a nuestras situaciones actuales concretas. A Herodes le inquieta el nacimiento de Jesús, lo que le preocupa es que alguien le pueda hacer sombra, que alguno rivalice con él y merme su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben, conocen la Escritura, pero se muestran indiferentes ante el acontecimiento que anuncian los sabios de Oriente: ellos ya viven bien, ¿para qué necesitan un salvador? Los extranjeros que siguen la estrella se entusiasman, incluso recorren un largo camino, preguntan, investigan, «se llenaron de inmensa alegría» cuando encuentran el camino y se arrodillan ante la grandeza de Dios que se manifiesta en lo pequeño. María muestra al niño, a su Hijo, a todos los que lo requieren, pasando discretamente a un segundo plano. ¿Cuál es mi actitud ante las manifestaciones de Dios en la vida cotidiana?

viernes, 30 de diciembre de 2016

Santa María, Madre de Dios - Lc 2,16-21

María, la madre de Jesús, es celebrada en esta festividad como la Madre de Dios, ya que en Jesús convergen las dos naturalezas: la humana y la divina. Pablo en la carta a los Gálatas (segunda lectura) «canta» la grandeza de Dios que nos «envió a su Hijo, nacido de una mujer», de María. Esta realidad, tan inmensa, ha posibilitado el que nosotros y nosotras hayamos recibido la adopción divina y podemos llamar a Dios: «¡Abba!», (Padre, Papá). María se ha convertido en protagonista secundaria, pero necesaria, imprescindible, de esta realidad tan inmensa, definitiva, que nos ha traído Jesús.

Ella, María, la madre de Jesús, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (evangelio de hoy). Va descubriendo día a día los planes de Dios y los va viviendo en su propia carne, en la intimidad de la oración, que nace de una fe profunda: ella pondrá su voluntad y toda su existencia al servicio del plan amoroso divino. 

María es modelo de oración confiada, de fe inquebrantable, de escucha atenta de la Palabra de Dios, de hacer suya la voluntad de Dios, aunque no siempre la entienda plenamente, de servicio a los demás, de amor de donación... Ella es la Madre de Dios, la madre de Jesús, quien nos ha traído la libertad definitiva: «ya no eres esclavo, sino hijo».

martes, 27 de diciembre de 2016

Sagrada Familia - Mt 2,13-15.19-23


El evangelio que nos propone la liturgia para la fiesta de la «Sagrada Familia» es el de la huida a Egipto de María y José, con Jesús niño. A la mayoría de nosotros nos resulta difícil identificarnos con esta escena: tenemos un hogar (mayor o menor, en propiedad o en alquiler, pero tenemos un lugar donde vivir), disfrutamos de cierta seguridad económica (aunque  a veces a algunos nos cueste llegar a final de mes) y, sobre todo, no peligra nuestra vida ni la de nuestros seres queridos.

La narración resulta más próxima a muchos inmigrantes, por no decir a los refugiados políticos o a los exiliados. Jesús, María y José tienen que emigrar a un país extraño, con el miedo en el cuerpo de la persecución, a un lugar con lengua y cultura diferentes, abandonando casa, familia, amigos y conocidos, como delincuentes que escapan de la justicia. Y con la incertidumbre de si serán acogidos o rechazados en su nuevo destino. ¿Éste es el modelo de familia que nos propone el evangelio? 

El amor que hay en esta familia lo supera todo; un amor que se hace extensivo a todas las mujeres y a todos los hombres. Jesús, desde su niñez, se identifica con el más necesitado (también lo harán María y José). Hemos de descubrir el rostro de Cristo, de la «Sagrada Familia», en cada ser humano que vive en situaciones análogas a las que le toco vivir a esta familia singular.

martes, 13 de diciembre de 2016

Domingo IV de Adviento, ciclo A - Mt 1,18-24

Iluminación navideña
En el tiempo de Adviento la figura de María, la madre de Jesús, juega un papel muy importante, imprescindible. María es la mujer que lleva en sus entrañas al elegido para salvar a su pueblo, al niño que hará presente a Dios en medio de los seres humanos. Esta mujer sencilla, una mujer del pueblo, se convertirá en la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios.

La madre de Jesús se convierte en protagonista necesaria de la historia de la salvación. Ella es la madre de Jesús, del «Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Junto con José se ocuparán de los primeros años de la vida de Jesús. Dios hace presente su plan de salvación para la humanidad valiéndose de personas sencillas, aparentemente sin importancia, pero dispuestas a poner toda su existencia al servicio de la obra de Dios.

María y José son dos ejemplos de cómo hemos de esperar la llegada del Señor (éste es el sentido de la palabra «adviento»): abiertos a la voluntad de Dios –«hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»–, no siempre plenamente comprensible, pero conscientes de que en ella está el bien de la Humanidad.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Festividad de «La Inmaculada Concepción» - Lc 1,26-38

Celebramos la fiesta de la «Inmaculada Concepción de María», cómo María, la madre de Jesús, no tiene ninguna relación con el pecado, con el mal. El evangelio de la celebración actual nos habla de María, denominándola la «llena de gracia» en el anuncio del ángel. Y María es la «llena de gracia», porque Dios está con ella y en ella: «el Señor está contigo». Ella es receptora de los dones de Dios, es la elegida para ser la madre de Jesús, la madre de Dios. Ella tendrá que jugar un papel decisivo en la historia de la salvación.

Pero María no será un personaje pasivo en esta historia. Será necesaria su fe inquebrantable, su disponibilidad a aceptar la voluntad de Dios –consciente de que sólo en ésta está el bien de la Humanidad–, su respuesta generosa al don de Dios, su apuesta firme por la Palabra de Dios. Su sí no tiene vuelta atrás; sabe que toda su existencia quedará transformada a partir de esta decisión, pero se fía totalmente de Dios, «porque para Dios nada hay imposible».

María es la discípula por excelencia, una mujer sencilla que ha sabido poner toda su existencia al servicio de la voluntad de Dios, participando de las esperanzas de su pueblo y colaborando, de forma decisiva, en hacerlas presentes.

domingo, 14 de agosto de 2016

La Asunción de María - Lc 1,39-56

María, en el evangelio de su festividad, aparece como la primera evangelizadora, la que hace de su vida un servicio a los demás. Ella se «pone en camino», aprisa, con prontitud. Sabe que su familiar Isabel necesita ayuda, y no se lo piensa dos veces, se dirige hacia Jerusalén, un camino de varios kilómetros, para ponerse a su servicio. María es la mujer creyente por excelencia, pero sabe que la fe implica una respuesta generosa, una demostración de amor de donación. Y, por eso, es «bienaventurada».

María proclama con su vida y con sus palabras las grandezas de Dios; un Dios que es grande porque está al lado de su pueblo, al lado de los pobres y necesitados, porque es el siempre fiel.

Y esta actitud de servicio, de disponibilidad, de ayuda la sigue ejerciendo desde el cielo, al lado de Dios Padre. Sigue atenta a nuestras necesidades, preocupada y ocupada en ayudar a los que más lo necesitan. Esto es esencialmente lo que celebramos en la fiesta de hoy.

Al estilo de vida de María estamos invitados toda la cristiandad. Cuando tres cuartas partes de la humanidad están viviendo de una forma precaria, sin lo mínimo necesario; cuando a nuestro alrededor hay tantas personas necesitadas, a causa de la inmigración, del desarraigo social, de situaciones de marginación; cuando hay tantas personas que necesitan una palabra de consuelo, de amor...; y no reacciono, es que no he entendido la Buena Nueva de Jesús, como la vivió y la sigue viviendo María.

lunes, 4 de abril de 2016

Anunciación del Señor - Lc 1,26-38

Iglesia de la Anunciación, Nazaret
En esta solemnidad celebramos el anuncio a María de que va a ser la madre del Hijo de Dios. María se turbó, comenta el evangelista, ante la noticia. Estaba perpleja, desconcertada. ¿Cómo ella una mujer sencilla, sin grandes aspiraciones, es invitada a ser protagonista excepcional de los planes de Dios, es tratada con esos títulos que le suenan a exageraciones, y de los que no se considera merecedora? Ella, ¿cómo va a ser bendita entre todas las mujeres, llena del don de Dios, escogida por el Señor? El ángel le pide que no tenga miedo. Es la obra de Dios, y sabe que María es una mujer abierta a la acción divina. Le anuncia que será madre de Jesús.

María pone su libertad al servicio de los planes de Dios; no hay mejor uso posible del libre albedrío. Su hágase en mí significa que todo su ser lo entrega en obediencia a la voluntad divina. No es una negación de la libertad frente a Dios, sino el uso de la misma en una opción libre y voluntariamente elegida y aceptada; eso sí, como respuesta a una llamada personal de Dios. De Él es la iniciativa, pero la respuesta es plenamente humana, totalmente personal. Y María ha sabido elegir.

Ella es un espejo donde deberíamos mirarnos todas y todos los discípulos de Jesús, para sentirnos identificados.

lunes, 14 de marzo de 2016

Festividad de San José, esposo de María, la madre de Jesús - Mt 1,16.18-21.24a o Lc 2,41-51a

Los pocos textos de los evangelios en que aparece José, esposo de María, son suficientes para hacernos una idea de que es un hombre de Dios por los cuatro costados.

Es un hombre fiel a la voluntad de Dios, una voluntad no siempre comprensible ni fácil. Es una persona de una fe robusta, de una esperanza sin fisuras, de un amor de donación hasta las últimas consecuencias.

Los evangelios de la infancia nos mostrarán a un personaje que pasa casi desapercibido. Él es el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Pero, su papel aparentemente secundario será de una importancia vital: estará al lado de Jesús durante todo el tiempo de su crecimiento. Se preocupará, junto con María, de su cuidado, mantenimiento y educación. Le enseñará los primeros rudimentos, le introducirá en el conocimiento de la Palabra de Dios, le iniciará en los auténticos valores humanos y religiosos y, sobre todo, le amará como un buen padre. Pero sabrá guardar siempre un segundo plano, sin pretensiones, sin buscar el prestigio personal.

Cuánto deberíamos aprender de este hombre sencillo, pero plenamente abierto a la voluntad de Dios y al bien de toda la humanidad.

martes, 12 de enero de 2016

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo C - Jn 2,1-11

Se celebra una boda en Caná de Galilea, a la que asisten como invitados Jesús, María y algunos discípulos de Jesús.

María, atenta a las necesidades de los demás y servicial por naturaleza, se da cuenta, antes que nadie, que la familia de la pareja se encuentra en apuros, se han quedado sin vino para agasajar a los invitados, y esta situación es un problema que exige una solución urgente. María hace suyas las necesidades de los demás, y las convierte en petición confiada a Jesús, su hijo: No tienen vino. La respuesta de Jesús es enigmática, sólo en la lectura de todo el evangelio quedará clarificada.

María no se arredra, y se dirige a los sirvientes de la casa: Haced lo que él os diga. Si la primera intervención de María nos muestra su preocupación por las necesidades ajenas, ésta nos indica una confianza plena en su Hijo, y una actitud a seguir, una consigna: fiarse plenamente de la voluntad de Dios, ponerse al servicio de ella. Si María primero hace notar a Jesús su desvelo por los demás, no tiene vino; ahora se pone al servicio de su voluntad, de la voluntad divina. Ambas actitudes son complementarias: una oración confiada, concretada en las necesidades del prójimo y, al mismo tiempo, una apuesta humilde por la voluntad de Dios. Y se produce el «milagro», que Juan prefiere llamar en su evangelio «signo»