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lunes, 24 de julio de 2017

Festividad de Santiago apóstol - Mt 20,20-28

Hoy celebramos la memoria de Santiago, hijo de Zebedeo, que junto a su hermano Juan eran conocidos como los hijos del trueno, por su carácter impetuoso. Fue el primero del grupo de los «Doce» que murió por amor a Jesús, alrededor del año 43 d.C., por mandato del rey Herodes (primera lectura).

En el evangelio escogido para su fiesta no es que queden muy bien parados Santiago y su hermano Juan. La petición que Mateo pone en boca de su madre y Marcos en la de ellos mismos no es de lo más edificante. Es una solicitud de poder, de prestigio, de mando. ¡Muy humano! Pero no cuadra con la buena noticia de Jesús: «No sabéis lo que pedís», les recriminará el Maestro.

Jesús les enseñará otro camino a ellos, al resto del grupo de los Doce y a toda la comunidad de discípulos y discípulas: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» Quien tiene la misión de dirigir en la comunidad cristiana ha de estar dispuesto a servir, a ser esclavo de todas y de todos, a renunciar a cualquier parcela de poder. Y esto no es una declaración de intenciones que queda muy bonito en un discurso, sino una actitud irrenunciable. Incluso cuando significa jugarse la vida por defender a los más débiles, por ser fiel al mensaje de Jesús, como al final hizo Santiago.

lunes, 25 de enero de 2010

Transversalidad de la Biblia en la pastoral


Es, sobre todo, a partir de la última asamblea de la FEBIC (Federación Bíblica Católica) que la hasta entonces llamada «Pastoral bíblica» comenzó a denominarse «Animación bíblica de la pastoral». La primera prioridad que señaló la FEBIC para el período 2008-2014 es «la animación bíblica de toda la vida de la Iglesia, de manera que todo el ministerio pastoral esté inspirado y animado por la Palabra de Dios», subrayando que la Palabra de Dios ha de ser el alma (anima) de toda la pastoral de la Iglesia.

De esta intuición se ha hecho también eco el Sínodo de los obispos sobre «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia» (octubre 2008) cuando, por ejemplo, afirma: «La Dei Verbum [Concilio Vaticano II] exhorta a hacer de la Palabra de Dios no sólo el alma de la teología sino también el alma de toda la pastoral, de la vida y de la misión de la Iglesia (cf. DV 24). Los obispos deben ser los primeros promotores de esta dinámica en sus diócesis. Para ser anunciador y anunciador creíble, el obispo debe nutrirse, él el primero, de la Palabra de Dios, de manera que pueda sostener y hacer cada vez más fecundo su propio ministerio episcopal. El Sínodo recomienda incrementar la “pastoral bíblica” no en yuxtaposición a otras formas de pastoral sino como animación bíblica de toda la pastoral» (proposición 30).

La Biblia tiene una función transversal en toda la pastoral. Nada en la pastoral es ajeno a la Palabra de Dios. Y esto no sólo es aplicable a la pastoral sacramental o litúrgica. Se extiende a la homilía, a toda la predicación, a la catequesis (a toda la catequesis), a la pastoral social, a la de la salud, a la de la inmigración, a la ecuménica y un largo etcétera. La Palabra de Dios interpela a toda la comunidad cristiana y tiene la vocación de informar, de transformar toda la realidad eclesial.

Es necesario, es urgente que la Palabra de Dios recupere la centralidad que le corresponde. En todas las parroquias, en todos los grupos, en todas las comunidades y movimientos ha de ser una prioridad la lectura, estudio, plegaria de la Biblia, en una perspectiva actualizadora, provocadora, transformadora de la propia comunidad. El mismo sínodo de la Palabra pedía «una reflexión teológica sobre la sacramentalidad de la Palabra de Dios» (proposición 7). Es Jesús, Palabra de Dios, quien se hace presente, quien nos habla a través de ella.

Ya no podemos hablar de pastoral bíblica, como si ésta fuese una forma de pastoral, al lado de otras formas posibles. La Biblia es aquel fundamento imprescindible sin el que es imposible hacer pastoral, al menos pastoral cristiana.

lunes, 12 de octubre de 2009

Lectura orante de la Biblia



Una práctica que se desarrolló prioritariamente en los monasterios medievales se ha convertido en una de las formas más habituales de aproximarse a la Biblia por parte del pueblo cristiano: la lectio divina o lectura orante de la Palabra.

Después de un largo «ayuno» de la lectura, meditación y estudio de la Biblia en el mundo católico –E. Bianchi lo ha denominado: el destierro de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y en la vida de los creyentes– el concilio Vaticano II (antes precedido, aunque de manera algo tímida, por algunos papas), abrió plenamente las puertas de la Palabra al Pueblo de Dios, sobre todo a partir de la constitución conciliar sobre la divina revelación
Dei Verbum. Después de este evento, las intervenciones y documentos vaticanos, así como de las diferentes iglesias locales, han sido muchos insistiendo en la primacía de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia; lo último el Sínodo de los obispos, celebrado en Roma en octubre del 2008, sobre «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia»

El camino recorrido es mucho, aunque aún insuficiente. La lectura creyente de la Biblia, hecha oración, tanto personal, como, sobre todo, comunitariamente, está posibilitando el encuentro dialogal con la Palabra de Dios. Cada vez hay más grupos que practican, por todos los lugares, muchas veces en las parroquias, y otras en casas particulares o en locales diversos, este diálogo con Dios, a través de su Palabra, y que está produciendo tan grandes frutos en las personas y en las comunidades.

La
lectio divina se puede practicar de maneras muy diversas, con una gran libertad de espíritu y de formas. No obstante, presentaremos el modo más habitual, que hunde sus raíces en la lectura orante en los monasterios, adaptando y añadiendo un elemento más a los clásicos (lectio, meditatio, oratio, contemplatio [lectura, meditación, oración y contemplación]), la acción o compromiso cristiano.

La «lectura» responde a la pregunta: ¿qué dice el texto? Y consiste en leer el fragmento de la Escritura escogido de manera atenta, respetuosa; releerlo… con atención, sin prisas. Aquí cabe el contextualizar lo leído, conocer o recordar el género literario en que se escribió, el contexto histórico y cultural, etc. La intención no es de erudición, sino de interpretar el texto, aproximándonos lo más posible al contexto en que se escribió, para evitar las lecturas fundamentalistas. Los textos escogidos pueden ser los de la liturgia, la lectura continuada de un evangelio, alguna carta de Pablo, algún texto del Antiguo Testamento. Es importante organizar un «plan de lectura» y no la elección de los textos al azar.

En la «meditación» buscaremos ¿qué me dice el texto? Interiorizar lo que antes hemos leído, aplicarlo a nuestras vidas concretas, hacer que la Palabra resuene en nuestra existencia. No es tanto una labor intelectual como el dejarse «empapar» por la Palabra.

La Biblia es también, yo diría sobre todo, «oración». Lo que hemos leído y meditado se convierte ahora en un diálogo amoroso entre Dios y yo, entre Dios y la comunidad. La oración es la respuesta a la Palabra que he leído, que he hecho mía, que he interiorizado. Hay que hablar con Dios, pero, sobre todo, dejar hablar a Dios.

El ingrediente siguiente es la «contemplación» Es un paso más, después de la oración. Es un mirar a Dios y sentirse mirado por Él. Es experiencia profunda, íntima del amor de Dios, manifestado en su Palabra. Es sentirse «inundado» por Dios, rebosante de su amor.

Pero la Palabra de Dios es mucho más. Implica la existencia humana. Invita a la «acción», al compromiso. La Palabra de Dios que encontramos en las Escrituras no es letra muerta –ya lo hemos visto en los pasos anteriores– si no que es capaz de cambiar a las personas, a las comunidades, al mundo. La Palabra de Dios nos interpela; nos posibilita ver la realidad que nos envuelve con la mirada de Dios. Nos compromete en la construcción de un mundo más humano, más digno, más respetuoso con las personas y con el entorno, más en la línea del plan amoroso de Dios.

Verdaderamente «la Palabra de Dios es viva y eficaz» (Heb 4,12). El número cada vez mayor de grupos que se reúnen alrededor de ella lo evidencia. Y es que la Biblia entusiasma, es capaz de producir el «milagro» de la transformación de los hombres, de las mujeres, de los jóvenes, de los niños, de las comunidades...