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martes, 15 de mayo de 2018

Pentecostés - Jn 20,19-23

La venida del Espíritu Santo conmemoramos este domingo. Jesús ha muerto y ha resucitado; lo han experimentado sus discípulos y discípulas más próximos. Pero tienen miedo, un miedo que los paraliza, y están escondidos, «con las puertas cerradas».

La presencia de Jesús les tranquiliza, les llena de alegría, les produce paz. Jesús les da el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo». La situación ha cambiado radicalmente. El Espíritu ha producido el «milagro».

Les faltaba fe, como a nosotros nos pasa con frecuencia. Porque lo contrario a la fe no es la increencia sino el miedo. El miedo anula las facultades de decisión y raciocinio. El miedo es angustia ante un riesgo real o hipotético. El miedo es ante todo una falta de confianza. ¿De confianza en qué o en quién? En este caso es falta de confianza en la Palabra de Jesús.

Cuando la Palabra de Dios no es lo central en nuestra vida personal, familiar, comunitaria…, nuestra fe se está quebrando; nos falta alegría, paz, capacidad de perdón. Observamos nuestro alrededor con desconfianza, con miedo.

¡Recibamos el don del Espíritu Santo con los brazos abiertos! Él —si nos dejamos― cambiará nuestras vidas y nuestras comunidades; nos quitará el temor que nos paraliza.

lunes, 29 de mayo de 2017

Domingo de Pentecostés, ciclo A - Jn 20,19-23

Cenáculo, Jerusalén
Tanto el libro de los Hechos de los apóstoles (primera lectura) como el evangelio de hoy nos muestran a la primera comunidad de seguidores de Jesús como un grupo de gente con miedo: encerrados y temerosos. Un acontecimiento nuevo va a cambiar esencialmente la situación. La venida del Espíritu Santo convertirá el miedo en paz, en alegría, en generosidad en el perdón, en osadía en la predicación, en la utilización de un lenguaje por todos comprensible… Es la respuesta de Jesús a su promesa de no dejarles nunca solos.

Pentecostés es un grito de esperanza, de unidad, de sana audacia. El Espíritu reparte sus dones –también hoy– para el bien común: de la comunidad eclesial y de la sociedad en general (cf. segunda lectura). Todos y cada uno/a estamos llamados a participar de este festival del Espíritu. 

No podemos eludir esta llamada personal y, sobre todo, eclesial de poner todos nuestros dones –por el hecho de ser dones, recibidos – a trabajar, abandonando miedos que ya no tienen sentido. El evangelio de Jesús es «Buena Noticia» para la Humanidad, para todos. Su mensaje, su manera de entender las relaciones humanas y la relación con Dios es lo mejor que le puede pasar al mundo. Y no estamos solos en esta tarea.

lunes, 18 de mayo de 2015

Pentecostés - Jn 20,19-23

Este domingo celebramos la venida del Espíritu Santo. Jesús ha muerto y ha resucitado; lo han experimentado sus discípulos y discípulas más próximos. Pero tienen miedo, un miedo que los paraliza, y están escondidos, «con las puertas cerradas».

La presencia de Jesús les tranquiliza, les llena de alegría, les produce paz. Jesús les da el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo». La situación ha cambiado radicalmente. El Espíritu ha producido el «milagro».

Les faltaba fe, como a nosotros nos pasa con frecuencia. Porque lo contrario a la fe no es la increencia sino el miedo. El miedo anula las facultades de decisión y raciocinio. El miedo es angustia ante un riesgo real o hipotético. El miedo es ante todo una falta de confianza. ¿De confianza en qué o en quién? En este caso es falta de confianza en la Palabra de Jesús.

Cuando la Palabra de Dios no es lo central en nuestra vida personal, familiar, comunitaria…, nuestra fe se está quebrando; nos falta alegría, paz, capacidad de perdón. Observamos nuestro alrededor con desconfianza, con miedo.

¡Recibamos el don del Espíritu Santo con los brazos abiertos! Él —si nos dejamos― cambiará nuestras vidas y nuestras comunidades; nos quitará el temor que nos paraliza.

martes, 3 de junio de 2014

Domingo de Pentecostés - Jn 20,19-23

Cenáculo, Jerusalén
Tanto el libro de los Hechos de los apóstoles (primera lectura) como el evangelio de hoy nos muestran a la primera comunidad de seguidores de Jesús como un grupo de gente con miedo: encerrados y temerosos. Un acontecimiento nuevo va a cambiar esencialmente la situación. La venida del Espíritu Santo convertirá el miedo en paz, en alegría, en generosidad en el perdón, en osadía en la predicación, en la utilización de un lenguaje por todos comprensible… Es la respuesta de Jesús a su promesa de no dejarles nunca solos.

Pentecostés es un grito de esperanza, de unidad, de sana audacia. El Espíritu reparte sus dones –también hoy– para el bien común: de la comunidad eclesial y de la sociedad en general (cf. segunda lectura). Todos y cada uno/a estamos llamados a participar de este festival del Espíritu.

No podemos eludir esta llamada personal y, sobre todo, eclesial de poner todos nuestros dones –por el hecho de ser dones, recibidos– a trabajar, abandonando miedos que ya no tienen sentido. El evangelio de Jesús es «Buena Noticia» para la Humanidad, para todos. Su mensaje, su manera de entender las relaciones humanas y la relación con Dios es lo mejor que le puede pasar al mundo. Y no estamos solos en esta tarea.

martes, 14 de mayo de 2013

Domingo de Pentecostés - Jn 20,19-23


Cenáculo, Jerusalén
El evangelio de este domingo nos recuerda que Jesús nos envía, de la misma forma que el Padre le envió a Él. Y ¿a qué nos envía? El nos encarga continuar su obra, y para ello nos manda el Espíritu Santo. Él es el que hará posible que nosotros podamos proseguir la renovación que comenzó Jesús.

Es curiosa la escena inicial de la narración: los discípulos están con miedo, con las puertas cerradas, y es de noche. Tres datos concisos, pero precisos: desconfían y están temerosos de todo; viven cerrados a todo lo exterior; les falta «luz» para caminar, no ven nada con claridad. Difícilmente con estas actitudes se puede continuar la obra de Jesús. ¡Cuantos de nosotros nos sentimos «retratados» en esta escena!

 Pero Jesús les trae la paz, el sosiego interior, la alegría que ellos necesitan. El miedo, la desconfianza, la cerrazón, la oscuridad interior imposibilitan tener paz. Jesús les devuelve la confianza, y les encarga ser transmisores de la Buena Noticia del Reino. Son portadores del Evangelio del perdón, de la Buena Nueva del amor que han de extender por todas partes. Ahora cuentan con el Espíritu Santo. Ya no hay razón para tener miedo, ya no hay motivo para posponer el encargo. El trabajo por hacer es ingente: ¡manos a la obra!

martes, 22 de mayo de 2012

Pentecostés - Jn 20,19-23

Vivimos en el tiempo del Espíritu. Es ésta una realidad que deberíamos vivir con mayor intensidad. Es el Espíritu Santo el que construye la comunidad creyente, el que nos trae la paz, el que posibilita el perdón, quien hace posible que Cristo se haga presente en la Eucaristía, quien nos habla a través de la Palabra de Dios, el que construye la unidad, etc.

Hoy celebramos que Jesús nos lo ha enviado: no ha querido dejarnos huérfanos. Es el Espíritu Santo el que se revela en la comunidad eclesial y en cada uno de sus miembros: «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (segunda lectura). Esa es la razón profunda de la misión del Espíritu Santo: el bien de todos, el bien común.

Somos la comunidad del Espíritu. Es el Espíritu Santo el que debe guiar, el que sustenta, el que inspira toda la acción eclesial; o así debería ser: deberíamos dejarlo; ser conscientes. Por encima de nuestros planes, nuestra organización, nuestros métodos…

jueves, 9 de junio de 2011

Domingo de Pentecostés - Jn 20,19-23


En la proclamación del evangelio del domingo pasado, fiesta de la Ascensión, oímos que los discípulos se sienten inseguros, «algunos vacilaban»; hoy escuchamos que tienen «miedo». Dos actitudes muy distantes de una fe auténtica: inseguridad y temor; pero muy humanas. Con Jesús todo cambia: el trae paz y alegría. Donde hay paz y alegría no hay lugar para la confusión y el miedo. Jesús da a sus discípulos (nos da) el Espíritu Santo: Él, el Espíritu, es quien posibilita este cambio tan sorprendente de actitud.

Es el Espíritu Santo el que ofrece la reconciliación, el perdón en la comunidad de los seguidores de Jesús. Debemos reconocer el papel insustituible del Espíritu Santo en nuestras vidas, en el acontecer de la vida eclesial, en el mundo…

La fiesta de Pentecostés es una oportunidad, para el discipulado de Jesús, de descubrir la acción del Espíritu Santo, de tenerle en cuenta en nuestras decisiones, de contar con Él para continuar la misión inaugurada por Jesús, de confiar que con Él el mundo y la historia pueden cambiar. Él nos acompaña para que en nuestra existencia, en la vida, en la Iglesia, en el mundo haya paz, alegría, perdón, amor. ¡Es posible!

jueves, 20 de mayo de 2010

Domingo de Pentecostés - Jn 20,19-23


De la misma manera que la resurrección de Jesús aconteció «el día primero de la semana», es decir, el domingo, la venida del Espíritu Santo coincide en este mismo día de la semana. El domingo, ya en las primeras comunidades de creyentes, va adquiriendo un valor nuclear.
El Espíritu Santo actualiza el mensaje y los gestos de Jesús. Es un don del mismo Jesús. Y esta donación va acompañada de paz, de alegría, de perdón, de amor, de evangelización.
Nuestras celebraciones dominicales también deberían hacerse eco de estas actitudes, conscientes de que el Espíritu Santo está presente en medio de nosotros: Él hace posible entender el mensaje de Jesús; Él es el que posibilita comprender plenamente las Escrituras; Él actualiza la presencia de Jesús en nuestras Eucaristías; Él se hace presente en nuestras vidas y en las de nuestras comunidades; Él es quien contagia paz, alegría y perdón y nos propone compartirlo con todos los que nos rodean.
La participación dominical en la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía ha de ser el punto de partida semanal para vivir esta realidad durante toda la semana.