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domingo, 18 de marzo de 2018

San José, esposo de María - Lc 2,41-51a

De José, el esposo de María, la madre de Jesús, tenemos muy pocos datos. Los evangelios son parcos en ofrecernos noticias de este personaje, por otro lado, extraordinario. Sabemos que se desposó con María; que no entendía la concepción virginal de Jesús, pero aún así acepta la voluntad de Dios; que era un hombre justo, bueno, de una fe profunda; que cuidó de Jesús y de María; que trabajaba de carpintero, oficio que enseño también a Jesús, y poco más sabemos.

En pocas palabras, era un hombre sencillo, con una fe inquebrantable. Suponemos que como un buen padre judío enseñaría a su hijo adoptivo, a Jesús, junto con María, las primeras oraciones, le explicaría lo que él sencillamente sabía de las Escrituras sagradas, le acompañaría en muchas ocasiones a la sinagoga para que aprendiese la Palabra de Dios, como también en las fiestas principales, sobre todo en la de la Pascua, al Templo de Jerusalén. Uno de los dos evangelios posibles que nos propone hoy la liturgia (Lc 2,41-51a) nos narra una de estas visitas a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

José es un ejemplo de hombre bueno, de padre abnegado, de honestidad y de fe sencilla. Todos estos valores son fundamentales, también hoy. Lo importante no es lo extraordinario: Dios se manifiesta en la sencillez, en la humildad, en la entrega; y en todo esto es maestro José.

martes, 27 de febrero de 2018

Domingo III de Cuaresma, ciclo B - Jn 2,13-25

Jesús se revela contra un mundo en el que lo económico es lo prioritario; el dinero importa más que las personas. Y esto ocurría incluso en el Templo de Jerusalén. El Templo era el lugar de la «presencia de Dios» y los vendedores y cambistas, los especuladores monetarios, habían convertido «en un mercado la casa de mi Padre», dirá Jesús. La reacción de Jesús es visceral. No puede admitir que el Templo de Dios se haya transformado en un lugar de negocios y de exclusión.

Pero la narración evangélica aprovecha la escena para explicar una realidad más profunda. Jesús es el auténtico Templo de Dios. En su humanidad se hace efectiva de una forma única la presencia de Dios. Dios se hace presente en el ser humano.

La resurrección de Jesús será el signo definitivo de esta realidad. Jesús ha inaugurado una nueva forma de entender lo sagrado, lo santo. Cada hombre y cada mujer son el lugar donde se manifiesta la santidad de Dios, su presencia única.

Lo prioritario en sus seguidores, en los que perciben esta nueva realidad, no puede ser el dinero, el poder o el prestigio social. No podemos admitir la exclusión de ningún ser humano por ninguna causa. La vida, la predicación de Jesús, su muerte y su resurrección inician un nuevo devenir, donde lo nuclear es el ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios.

martes, 30 de agosto de 2016

Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo C - Lc 14,25-33

Una lectura superficial del evangelio de este domingo nos puede hacer pensar que Jesús pide renunciar al amor familiar para seguirle. Pero curiosamente también menciona la renuncia a uno mismo y a todos los bienes. Y todo ello envuelto en dos ejemplos que hablan de la necesidad de «calcular», de «deliberar» antes de tomar una decisión.

El seguimiento de Jesús no es algo cultural (y que en otra cultura distinta hubiese sido diferente, ¿o sí?) o que asumimos por costumbre familiar o social. La opción cristiana implica que Jesús es para mí el «horizonte de comprensión», significa que todo en mi vida es según la perspectiva del evangelio de Jesús. Y esto es una elección que implica cálculo y deliberación, nada tiene que ver con ningún tipo de fundamentalismo, ni de cristianismo de costumbre o cultural. Todo queda relativizado ante algo tan inmenso: ese es el sentido de los primeros versículos del texto.

La determinación por seguir a Jesús supone cambiar nuestra escala de valores: el amor de donación, gratuito se convierte en el «norte» de mi existencia; el amor preferencial por los pobres; la lucha por la justicia; el considerar que cada ser humano es mi hermano o mi hermana; la pasión por la Palabra de Dios; la relación íntima con Dios-Padre...