martes, 5 de abril de 2016

Domingo III de Pascua - Jn 21,1-19

Jesús resucitado se hace el encontradizo con los discípulos, vemos en el evangelio de hoy. Será su Palabra la que hará posible una pesca abundante, también el que no se rompa la red. La misión que ha encomendado a sus discípulos sólo es posible a partir de la Palabra de Jesús. En su Palabra eficaz el discípulo amado –todos somos el discípulo amado– reconoce al Señor. Es Jesús el que también les ofrece alimento, participa con ellos de un banquete sencillo. Dos «lugares» de encuentro con Jesús: su Palabra y la comida fraternal, que fácilmente nos evoca la Eucaristía.

Y añadirá un tercer elemento, que ya está insinuado en los anteriores: el amor de donación. La tarea que encarga a Pedro, apacentar, pastorear sus corderos y sus ovejas, sólo tiene sentido desde el amor, desde el servicio, desde la donación desinteresada. Pedro deberá pasar la prueba del amor, sólo en este crisol quedará probada su idoneidad como dirigente de la comunidad. Una capacidad que tiene mucho más de servicio que de poder, de entrega que de imposición, de amor entrañable que de exigencias...

La centralidad de la Palabra de Dios, la participación fraternal en la Eucaristía, los diversos carismas entendidos siempre como servicio nos marcan el camino de la misión que Jesús ha encomendado a sus discípulos, a su Iglesia.

lunes, 4 de abril de 2016

Anunciación del Señor - Lc 1,26-38

Iglesia de la Anunciación, Nazaret
En esta solemnidad celebramos el anuncio a María de que va a ser la madre del Hijo de Dios. María se turbó, comenta el evangelista, ante la noticia. Estaba perpleja, desconcertada. ¿Cómo ella una mujer sencilla, sin grandes aspiraciones, es invitada a ser protagonista excepcional de los planes de Dios, es tratada con esos títulos que le suenan a exageraciones, y de los que no se considera merecedora? Ella, ¿cómo va a ser bendita entre todas las mujeres, llena del don de Dios, escogida por el Señor? El ángel le pide que no tenga miedo. Es la obra de Dios, y sabe que María es una mujer abierta a la acción divina. Le anuncia que será madre de Jesús.

María pone su libertad al servicio de los planes de Dios; no hay mejor uso posible del libre albedrío. Su hágase en mí significa que todo su ser lo entrega en obediencia a la voluntad divina. No es una negación de la libertad frente a Dios, sino el uso de la misma en una opción libre y voluntariamente elegida y aceptada; eso sí, como respuesta a una llamada personal de Dios. De Él es la iniciativa, pero la respuesta es plenamente humana, totalmente personal. Y María ha sabido elegir.

Ella es un espejo donde deberíamos mirarnos todas y todos los discípulos de Jesús, para sentirnos identificados.

martes, 29 de marzo de 2016

Domingo II de Pascua o de la divina Misericordia - Jn 20,19-31

Las dos escenas que narra el evangelio de este domingo acontecen en el día primero de la semana, es decir, el domingo. La resurrección de Jesús se ha producido en domingo, y este día va a ser central para las comunidades seguidoras del Resucitado.

Los discípulos están temerosos, con miedo, con las puertas cerradas..., y Jesús se hace presente en medio de ellos. Les trae la alegría de la Resurrección y la vida, la paz, la fuerza del Espíritu Santo y el signo del perdón misericordioso.

Aún les falta fe: Tomás es el paradigma de esta situación. Pero la experiencia de Jesús resucitado transforma sus vidas; será el mismo Tomás el que expresará uno de los actos de fe más profundos: «¡Señor mío y Dios mío!».

Todos estamos llamados a experimentar a Cristo resucitado. Desde la fe. Pero, no por eso con menos intensidad. Esta experiencia nos liberará, igual que a los discípulos del evangelio, de nuestros miedos, complejos, faltas de fe o esperanza... Nos empujará a «abrir las puertas de par en par» a Cristo, a los hermanos, a los necesitados. Jesús nos invita a transformar la sociedad, a llevar la paz del evangelio, a cantar la alegría de la vida, a ser portadores de perdón y de amor entrañable.

viernes, 25 de marzo de 2016

Domingo de Pascua de Resurrección, ciclo C - Lc 24,13-35

La escena de Jesús con los discípulos de Emaús (Cleofás y… ¿su esposa María?) es una de las más bellas del evangelio. Estos dos discípulos marchan de Jerusalén decepcionados, sus esperanzas frustradas: «nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves…», han asesinado nuestra esperanza. Les falta fe, les falta amor, por eso no tienen esperanza.

El encuentro con un desconocido va a cambiar su perspectiva. A nadie pasa desapercibida la catequesis eucarística implícita en la narración. El desconocido les explica las Escrituras, les invita a «leer» en la Palabra de Dios el plan divino de salvación; les ofrece ver con otros ojos el proyecto de Dios materializado en la persona de Jesús. La Biblia leída – escuchada así abre nuevas perspectivas, posibilita la fe, entusiasma: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Cuando llegan a Emaús el desconocido se despide de ellos, pero los discípulos no le permiten que continúe solo el camino; está anocheciendo y no es prudente seguir caminando una persona solitaria. La hospitalidad, el amor les va a permitir acoger al mismo Jesús, sin ellos saberlo. Y lo reconocerán en la «fracción del pan», en la Eucaristía. Jesús sale de la escena, y ellos sin demora vuelven a Jerusalén, aunque es de noche, para comunicar a todos su experiencia del Resucitado. Todo ha cambiado en sus vidas. ¿Así vivimos nosotros y nosotras la Eucaristía dominical?

miércoles, 23 de marzo de 2016

Viernes Santo - Jn 18,1-19,42

En la cruz de Jesús, en lo alto, hay un letrero, escrito en hebreo, latín y griego: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos» Una auténtica paradoja. Un rey que reina desde la cruz, colgado en un madero. Su sufrimiento y su muerte son la forma concreta de ejercer su reinado, su poder. Desde entonces el sufrimiento, el dolor, la muerte no son algo inútil. Él ha querido solidarizarse con el sufrimiento humano, con el dolor de todos, en su propia carne. Nos ha mostrado el rostro humano de Dios: de un Dios compasivo, de un Dios que padece con el que sufre.

Pero Él no nos ofrece la alternativa de la resignación, sino de la esperanza. De la esperanza de los justos. A Jesús lo mataron porque sus palabras y, sobre todo, su forma de actuar molestaba a los poderosos: era un peligro para su status. Pero, el mal y la muerte no tienen la última palabra. La cruz de Jesús es signo de esperanza.

Viernes santo es sufrimiento, dolor y muerte. Pero para el seguidor de Jesús, para quien tiene fe es, sobre todo: esperanza, vida, resistencia ante la injusticia y el mal, expectativa de resurrección, certeza de que el bien vencerá; convicción de que el Dios de Jesús es un Dios de vida.