martes, 20 de diciembre de 2011

La Natividad del Señor - Jn 1,1-18

Lugar del nacimiento de Jesús, según la tradición
La Navidad este año «cae» en domingo. Éste es uno de los comentarios que más se escuchan en estos días, sobre todo, por su repercusión laboral. Estos cuchicheos si los unimos al ambiente consumista al que ya nos tiene acostumbrados nuestra sociedad de consumo pueden desvirtuar, desdibujar lo que verdaderamente celebramos: el nacimiento, la venida al mundo del Hijo de Dios, incluso para los que nos llamamos cristianos.

El evangelio del domingo nos sitúa en lo nuclear de la festividad. El prólogo del evangelio de Juan nos presenta a Jesucristo, Palabra de Dios, en el principio, en el Génesis, junto a Dios Padre creándolo todo. Esta Palabra de Dios ha querido compartir la vida de Dios con nosotros, ha querido poner su tienda de campaña en medio de la Humanidad. Esto es lo que celebramos, no lo podemos olvidar.

Corremos el peligro de repetir la historia, como la describe el evangelista: «vino a su casa, y los suyos no la recibieron» El rostro de la Palabra de Dios que es Jesucristo puede ser rechazado o simplemente ignorado, por los suyos, por nosotros. Aquí el evangelio no está hablando de «los otros» (como nos gusta decir o pensar), sino de nosotros, de los suyos.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Domingo IV de Adviento - Lc 1,26-38

Basílica de la Anunciación, Nazaret
Volvemos a meditar el mismo evangelio que escuchamos hace diez días en la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Eso no impide el saborear y disfrutar nuevamente este precioso texto. La Iglesia quiere, en esta ocasión, que contemplemos el importante papel que jugó María, la madre de Jesús, en el Adviento de los tiempos pretéritos, pero también en el actual.

María posibilita, con su sí incondicional, que la espera del Mesías, del Hijo de Dios, sea una realidad. La realidad de Dios, su plan para la Humanidad, pasa por nuestra colaboración, que aunque sea o parezca pequeña, Dios ha querido que sea necesaria, imprescindible.

Por otro lado, es curioso cómo describe el ángel al que será el hijo de María: grande, Hijo del Altísimo, ostentará el trono de David, su reinado no tendrá fin. Conociendo la vida, predicación, muerte y resurrección de Jesús, parece que está hablando de otra persona. Pero es que los juicios y los caminos del Señor no son los nuestros, como afirma el profeta Isaías. La grandeza y el poder de Dios, del que participa Jesús, no tienen nada que ver con estas categorías cuando las usamos nosotros. Su poder, su grandeza, su reinado son exclusivamente de servicio. En ello está su grandeza. María sí que lo entendió perfectamente y ¿nosotros?

jueves, 8 de diciembre de 2011

Domingo III de Adviento - Jn 1,6-8.19-28

El evangelio del domingo pasado, nos hablaba de Jesús «buena noticia», en el de hoy, el evangelista Juan presentará a Jesús como «luz del mundo». De Él Juan el Bautista da testimonio. Ante la magnitud del misterio de Jesús, sólo podrá afirmar «no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Pero señalará también una nueva actitud que se une a las contempladas los dos domingos anteriores (vigilancia y cambio de vida): «allanad el camino del Señor», citando al profeta Isaías.

La acción de allanar implica en unas ocasiones rellenar y en otras aplanar: suplir las carencias y rebajar los salientes que estorban; en concreto, facilitar el camino. Ésta es una condición necesaria para recibir al Señor que viene. En nuestra vida y en las de los que nos rodean hay situaciones, estilos de vida que dificultan, o incluso que pueden imposibilitar que la «buena noticia» de Jesús «cale». Hemos de convertirnos en otros «bautistas» que preparan, que allanan el camino del Señor.

Jesús se quiere hacer presente, nos ofrece su amor infinito de manera incondicional. Pero no siempre estamos dispuestos a recibir el amor de Dios que Jesús nos ofrece. Cuantas veces no queremos amar ni dejamos que nos amen, desde nuestra soberbia, nuestro egoísmo e incluso nuestros complejos (de inferioridad o de superioridad, que para el caso es lo mismo). Eso es lo que hay que «allanar».

lunes, 5 de diciembre de 2011

Fiesta de la Inmaculada Concepción de María - Lc 1,26-38

María, la madre de Jesús, es celebrada en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María. La liturgia nos propone meditar el texto de la Anunciación, narrado en el evangelio de Lucas. El evangelista nos relata la vocación de María, la llamada que recibe de Dios para ser la Madre del Salvador, y su respuesta generosa, confiada a la voluntad divina: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Su espera del nacimiento de su hijo Jesús nos invita a vivir con más intensidad el tiempo litúrgico de Adviento, en el que nos encontramos.

El plan de Dios, su designio amoroso normalmente está vinculado a la aceptación humana libre. A Dios le gusta hacer las cosas así. María no puso obstáculos a la acción de Dios, se puso inmediatamente y de forma libre a su servicio. Y así fue posible la Encarnación. En esto, como en otras muchas ocasiones, María se convierte en imagen del verdadero discipulado.

Nosotros discípulos y discípulas de Jesús hemos de coger el testigo. Me explico: Dios, desde toda la eternidad, tiene un plan amoroso para la Humanidad. A nosotros nos toca ponernos al servicio de este plan, como lo hizo María. Así será posible su logro.

martes, 29 de noviembre de 2011

Domingo II de Adviento - Mc 1,1-8

Prólogo del evangelio de Marcos (texto griego)

Este domingo somos invitados a meditar el prólogo del evangelio de Marcos. El evangelista nos introduce en él con una buena noticia, la buena nueva de Jesús el Cristo, el Hijo de Dios. Este tiempo de Adviento es una preparación para recibir esta estupenda noticia, la mejor posible. ¿Jesús es para mí, para nosotros, la mejor noticia?

Estamos convidados a participar, a formar parte de la buena noticia: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Juan Bautista predicará que para ello se ha de pasar por un camino de conversión, de cambio de vida y de mentalidad.

La «buena noticia» de Jesús –nos recuerda la liturgia– sigue siendo algo actual. ¡Vale la pena cambiar de vida! Nuestros anhelos y esperanzas no son una quimera. Jesús viene. En Jesús la mujer y el hombre, todas y todos, encuentran respuesta a sus interrogantes más íntimos. Es posible ser feliz, es posible un mundo donde reine la justicia y la paz auténticas, es posible cambiar las cosas. Pero, hemos de creérnoslo y comenzar a compartirlo con los demás, y actuar.