martes, 6 de abril de 2010

Amor esponsal como imagen del amor de Dios

Cualquier afirmación que hagamos de Dios será siempre inapropiada, inexacta. La teología apofántica o teología negativa asevera: «si de Dios puedo afirmar algo, éste no es Dios». Sin llegar a compartir plenamente esta afirmación, al menos en su forma extrema, sí que creemos que todas las aproximaciones que hagamos de Dios serán siempre eso, aproximaciones. Nunca podremos llegar a aserciones unívocas sobre Él, nos tendremos que conformar con movernos en el mundo de la analogía (no del equívoco), con todas las limitaciones que eso supone.

Una vez manifestados estos presupuestos, constatamos que en la Biblia encontramos, con frecuencia, afirmaciones sobre Dios. Se habla de su santidad, de su justicia, de su misericordia, etc. También se le aplican sentimientos, a imagen de los sentimientos humanos: amor, ira, paciencia, fidelidad... Y, de forma similar, diversas realidades humanas se convierten en iconos de la realidad íntima de Dios. Nada de ello define ni, menos aún, agota la realidad divina, pero nos sirven para comprender un poco más al Dios de la Biblia.

El amor esponsal será una imagen privilegiada para expresar de forma plástica cómo es el amor de Dios. Este amor tomará la forma de enamoramiento, de atracción, de pasión, de fidelidad, de respeto, de diálogo amoroso...

Es curioso que en hebreo no existe una palabra que se corresponda exactamente con la nuestra «matrimonio». De hecho en la Biblia se habla de pacto, de alianza (berit, en hebreo) entre un hombre y una mujer, y se corresponde a la idea del pacto o alianza de Dios con su pueblo. De ahí que la imagen del matrimonio servirá para evocar las relaciones de Dios e Israel, de Dios y la comunidad creyente, de Dios y la persona humana.

Los textos que reproducen esta imagen son heterogéneos, aunque serán los libros proféticos y los sapienciales los que con más frecuencia la utilizarán.

Descubriremos este símil en la dura experiencia matrimonial del profeta Oseas (Os 1-3). El profeta se casa con una prostituta, de la que acaba enamorándose, pero no es correspondido en ese amor. Su esposa, Gómer, le es infiel de forma continuada. Después de múltiples infidelidades, el profeta presenta una acusación formal contra ella ante sus hijos (2,4-8). La relación esponsal ha terminado: ya no hay posibilidad alguna de reconciliación. Las infidelidades, las prostituciones han sido muchas y frecuentes. Oseas decide abandonarla, repudiarla: ya no la reconoce como esposa. La lectura en clave de las relaciones entre el Señor e Israel nace de forma espontánea: el pueblo ha sido infiel, se ha prostituido con falsos dioses; sólo es merecedor del abandono de Dios.

La siguiente escena (2,9-15) aumenta en fuerza dramática. Gómer corre tras sus amantes que la han abandonado. Ella esperaba encontrar con ellos la felicidad, conseguir de ellos «el trigo, el mosto y el aceite», y no lo consigue. El trigo, el vino (o mosto) y el aceite son los frutos de la tierra imprescindibles para sobrevivir en la cultura mediterránea del Antiguo Próximo Oriente, y era obligación del esposo proveer de ellos a la esposa. El profeta negará este derecho a su esposa, ya no se lo merece; no tiene ningún derecho. La lectura teológica también es obvia: Israel no tiene derecho a ningún privilegio de Dios, a causa de sus infidelidades, por buscar en otros dioses lo que sólo podía encontrar en el Dios de Israel.

En la tercera y última escena (2,16-18) es Dios mismo quien toma la palabra, no el profeta. El tono ya no es de rabia, venganza o castigo. Hay un cambio de lógica. El lenguaje actual es el de un esposo enamorado, capaz de perdonar y olvidar, por amor, cualquier cosa. El camino que elige el Señor no se corresponde con la lógica humana, es totalmente distinto al propuesto en las dos escenas anteriores. El Señor opta por «seducir» a su amada Israel, por volverla a enamorar. Y, para ello, decide llevarla al desierto, lugar donde nació el amor, el pacto de alianza entre ambos. Y allí «le hablaré al corazón». El esposo espera ansioso la respuesta de la esposa, necesita sentirse amado por ella, recobrar el primer amor de juventud.

Es un texto precioso que nos aproxima a entender cómo Dios ama, como nos ama. Ejemplos similares encontraremos en otros libros (Is 62,1-9; Ez 16,7b-63; Ct; etc.). Y es que el amor de Dios es único
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sábado, 3 de abril de 2010

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor - Lc 24,13-35

La escena de Jesús con los discípulos de Emaus (Cleofás y… ¿su esposa María?) es una de las más bellas del evangelio. Estos dos discípulos marchan de Jerusalén decepcionados, sus esperanzas frustradas: «nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves…», han asesinado nuestra esperanza. Les falta fe, les falta amor, por eso no tienen esperanza.

El encuentro con un desconocido va a cambiar su perspectiva. A nadie pasa desapercibida la catequesis eucarística implícita en la narración. El desconocido les explica las Escrituras, les invita a «leer» en la Palabra de Dios el plan divino de salvación; les ofrece ver con otros ojos el proyecto de Dios materializado en la persona de Jesús. La Biblia leída – escuchada así abre nuevas perspectivas, posibilita la fe, entusiasma: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Cuando llegan a Emaus el desconocido se despide de ellos, pero los discípulos no le permiten que continúe solo el camino; está anocheciendo y no es prudente seguir caminando una persona solitaria. La hospitalidad, el amor les va a permitir acoger al mismo Jesús, sin ellos saberlo. Y lo reconocerán en la «fracción del pan», en la Eucaristía. Jesús sale de la escena, y ellos sin demora vuelven a Jerusalén, aunque es de noche, para comunicar a todos su experiencia del Resucitado. Todo ha cambiado en sus vidas. ¿Así vivimos nosotros y nosotras la Eucaristía dominical?

jueves, 1 de abril de 2010

Viernes Santo - Jn 18,1–19,42

Volvemos a leer – escuchar el relato de la Pasión, pero esta vez según el evangelio de Juan que se repite cada «Viernes Santo»; el Domingo de Ramos lo escuchamos según Marcos (el propio del ciclo litúrgico B).

Quiero resaltar algún aspecto; el querer detenerse en todo, en un comentario breve, resulta algo difícil. El evangelista quiere subrayar dos actitudes bien distintas ante una situación que requiere un testimonio claro. A Jesús le buscan para hacerle prisionero, para torturarlo, para darle muerte… Es el epílogo de una vida puesta al servicio de los demás, fiel a la voluntad de Dios-Padre y, por eso, a los que preguntan por él responde: «Yo soy». No se esconde, ni esconde su íntima realidad. «Yo soy» nos habla de una alta cristología, de su divinidad; aunque ahora fijaremos la atención prioritariamente en su testimonio de la verdad. A Simón Pedro le interrogan sobre su relación con Jesús. Ahora la respuesta, por el contrario, no nace del amor a la verdad si no del miedo, un miedo paralizador; a la pregunta de si es discípulo de Jesús contestará: «No lo soy».

Dos respuestas, dos actitudes: «Yo soy»; «no lo soy». La Semana Santa es un momento privilegiado para meditar cuál es mi respuesta ante las situaciones difíciles, ante una demanda de testimonio cristiano, ante las necesidades del prójimo…

La respuesta de Jesús lleva a la vida, a la resurrección; la de Pedro, no. Aunque siempre es posible arrepentirse, cambiar de actitud, volver a empezar… como Pedro.

martes, 30 de marzo de 2010

Jueves Santo - Jn 13,1-15

El evangelio de Juan subraya, en la narración de la última cena, el amor y el espíritu de servicio de Jesús. Está interpelando a la comunidad cristiana, a cada discípulo o discípula: no puedes ser seguidor de Jesús, no puedes participar plenamente de la Eucaristía si no haces tuyas estas actitudes; si no te haces el servidor de todos; si no estás dispuesto a ponerte a los pies de los demás.

La teoría la conocemos muy bien; nos la recuerda la liturgia de cada «Jueves santo»; la hemos leído – escuchado infinidad de veces. Jesús, también a nosotros cristianos y cristianas del siglo XXI, nos pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho?» Supongo que la totalidad contestaríamos que sí, que lo entendemos, que lo comprendemos. A nivel intelectual no tenemos ninguna duda, ninguna objeción. Pero, Jesús añade: «lo que yo he hecho…, hacedlo también vosotros» Ya no es lo mismo; aquí no habla ni de entender ni de creer, si no de hacer. La fe si no se traduce en vida, en actitudes es una quimera, una mentira.

La actitud que vive Jesús y que pide a sus seguidores es de amor: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.» Y esta actitud puede significar hasta las últimas consecuencias (¿hasta la muerte?); pero habitualmente implica algo más normal, más común: estar siempre dispuesto para los demás; hacer propias las alegrías, pero también las angustias, los miedos, las necesidades del otro.

jueves, 25 de marzo de 2010

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Lc 19,28-40 / Lc 22,14–23,56

Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por el pueblo –procesión y bendición de los ramos– y, al mismo tiempo, con la lectura del evangelio de la Pasión –ya en la Eucaristía–, anticipamos el desenlace trágico de la vida de Jesús, con su muerte en la cruz.

Son las dos caras de la celebración de este día: aclamación y pasión. La primera, alguno dirá, más folclórica; la segunda, de una gran fuerza dramática. Creo que ninguno de los dos aspectos sobra: son complementarios. La alabanza a Dios, aunque sólo sea en momentos puntuales o circunstanciales, es siempre algo bueno: «Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras.»

El evangelio de la Pasión, en la celebración eucarística, nos recuerda que la vida y el mensaje de Jesús y, por consiguiente, de todo cristiano, no es un paseo triunfal; con frecuencia está cargado de dificultades y, en algunos casos, con un final trágico: ahí está el ejemplo de tantos mártires de ayer y de hoy. En la narración evangélica encontramos momentos entrañables, como la última cena; de oración intensa; de traición; de arrepentimiento; de burla y sarcasmo; de perdón; de muerte…; de esperanza. La lectura / escucha atenta de este evangelio es un buen ejercicio de meditación y de examen de conciencia: ¿mi vida responde al mensaje y a la vida de Jesús?